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mayo-agosto, 2015
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Al Generalísimo Máximo Gómez Báez: ¡honor y gratitud eterna! 
Lohania Aruca Alonso

El 17 de junio de 2015 se cumplió el 110º aniversario del fallecimiento del Generalísimo Máximo Gómez Báez; nacido en Baní, territorio de la República Dominicana, el 18 de noviembre de 1836, su deceso ocurrió en La Habana en 1905. Fortísimos lazos unen este personaje épico a la historia de Cuba, particularmente a las luchas por la independencia libradas en el siglo XIX.

Asombran las diversas facetas de este extraordinario hombre de origen humilde, campesino. Un guerrero profesional desde edad temprana, que emigró hacia Cuba en 1865 debido a la derrota del Ejército español que intentó reconquistar su ex colonia de Santo Domingo, junto al cual tomó partido el joven Gómez; aunque renunció definitivamente a su empleo y grados en ese ejército colonialista una vez que se instaló en territorio hispano cubano, dedicándose principalmente a labores agrícolas.

Su sensibilidad ante el panorama político cubano, eminentemente liberal revolucionario: separatista y antiesclavista, en la década de los sesenta de la centuria decimonona en que se desarrolló la mayor parte de su vida, lo acerca a los cubanos que conspiraban contra la metrópoli española. La lectura del inicio de su primer Diario,[1] que escribió en relación con la Guerra de los Diez Años (enero de 1869-27 de febrero de 1878), da fe de la razón de su entrada en nuestra historia, así como de la fecha y lugar en que esto sucedió:

En Enero, residiendo en el Dátil, Jurisdicción de Bayamo, hablaba con mi inolvidable amigo José Vázquez (q.e.p.d.) de la Revolución de Cuba, éste trató de mi persona en Juntas que se celebraban en San Luis promovidas por Eduardo Bertot y esto motivó que los que componían aquel pequeño círculo revolucionario manifestasen deseos de entenderse conmigo, Vázquez me lo comunicó y yo me acerqué a ellos; más antes de entrar en ningún compromiso me informé de si algunos hombres de mayor representación estaban en la iniciación [masónica]; así era, y entonces celebré mi compromiso formal, y principié a conspirar en unión de aquellos ciudadanos, iniciando a todos los campesinos de aquella zona que yo conocía y ayudando a la preparación de pertrechos de guerra; nos ocupamos de estos trabajos hasta el 16 de Octubre que avanzando Carlos Manuel de Céspedes sobre Bayamo, después de la derrota que sufrió en Yara nos pronunciamos en el Dátil; […] y ayudé allí, con el título de Sargento, a organizar una partida de más de 400 hombres; el 17 ya Céspedes en Santa Isabel finca situada en las márgenes del río Bayamo, mandó que se le incorporara la partida del Dátil…[2]

Cada uno de los Diarios de Campaña que se reúnen en la obra ya citada constituyen documentos de extraordinario valor por el orden cronológico y los detalles de los hechos con que su autor va realizando sus anotaciones, e igualmente por los juicios que realiza de estos y de los actores que participan en ellos. A lo largo de los treinta años en que se desenvuelven sus testimonios personales y directos de una historia que se hace y deshace, entre victorias y reveses de toda índole, también va quedando asentado el desarrollo y maduración del propio Gómez.

Los escenarios bélicos o los que se crean en el período de la tregua o entreguerras, incluyen reflexiones sobre la Revolución Cubana, los avances y percances, a las que se debe atender para comprender hasta dónde llegó el compromiso del Generalísimo por obtener la victoria de los cubanos y cubanas, al costo más alto de sus intereses personales o familiares.

Siempre ocupa la posición de un extranjero que solo tiene el derecho de ofrendar el sacrificio de su vida, y el de su familia, por la causa grande que ama con total sinceridad; pero, al mismo tiempo, asume el deber de respetar las decisiones tomadas por los nacionales, los patriotas cubanos. Es un ejemplo de desinterés, de solidaridad hacia el prójimo que lo necesita, sin ceder, no obstante, en sus más firmes principios.

Veamos un fragmento de sus notas del 19 de febrero de 1878, después de acordado el Pacto del Zanjón, y de reunirse con Antonio Maceo para explicarle sus puntos de vista, también desea encontrarse con la familia del amigo y pasa la noche en el rancho donde se resguardan:

Fue una de esas noches tristes para mí, metido entre todas aquellas mujeres tan patriotas, compañeras de nosotros en las montañas durante esa terrible lucha de diez años –en donde tanto habíamos sufrido.

Allí no se durmió esa noche, la pasamos en tristes comentarios, con mayor razón cuando haciendo relación de todo lo que había acontecido por los trastornos y desórdenes, me esperaba un fatal resultado para la revolución, por lo que a mí no me sorprendía la situación del momento. Había gastado mi prestigio en querer evitarlo pero en todas partes había encontrado oposición y ya era tarde para yo poder hacer nada en favor de la Revolución.

Que cuanto podía hacer era salir cuanto antes del país, porque jamás viviría bajo el dominio de España.[3]

Sus sentimientos como padre de familia forman parte de su vida en campaña, asentando las fechas del nacimiento o del doloroso deceso de algunos de los numerosos descendientes de su unión con la cubana Bernarda del Toro:“Nació Andrés, a las 2 de la mañana del 1º de febrero de 1872”.[4] “Falleció Andresito, el día 1º de Enero de 1873”.[5]

Durante la Época Segunda, La Tregua (1º de marzo de 1873-1º Enero 1884), lo acosa la miseria en los distintos países adonde llega con su familia o solo; son cuantiosas las anotaciones acerca de la falta de recursos para sobrevivir en Jamaica y otros sitios de su angustiosa peregrinación. Cuando llega a Belice en busca de trabajo, escribe el 15 de febrero de 1881: “Voy muy triste y preocupado por dejar a Manana con mis hijos sola en un pueblo donde tenemos pocas relaciones”.

Estas lastimosas situaciones personales y los fracasos de nuevos planes revolucionarios, los enfrenta con razonamientos sencillos y sabios:

[…] me he trazado este plan de vida -procurar hacer todo el bien que pueda, no aflojarme por ninguna desgracia, no ambicionar el dinero como única causa del bien social y privado- puesto que nunca he podido comprarme con él los mejores goces de que yo he disfrutado, sino cuando lo he puesto en manos que piden pan y no han podido alcanzarlo, después me hubiera sido posible pasar sin dinero muchos días, como lo pasan multitud de gentes, puesto que son más los pobres que los ricos.[6]

Por fin, las condiciones para el reinicio de la Guerra de Independencia de 1895 lo encuentran dispuesto. Y cuando José Martí, Delegado del Partido Revolucionario, lo visita en la “Reforma”, República Dominicana, escribe el 11 de septiembre de 1892: “Le he ofrecido mi concurso, en todo y para todo lo que se me considere útil, prometiendo servir a esa Revolución, con el mismo desprendimiento, desinterés personal y lealtad con que la serví en el 68”.[7]

Esta última etapa, en la que acepta las riendas de la guerra como máxima autoridad militar y regresa a Cuba, le depararía grandes disgustos y fatales pérdidas: la muerte de José Martí (19 de mayo de 1895); al año siguiente, la caída en combate el 7 de diciembre de 1896 de su Lugarteniente general Antonio Maceo y Grajales, y junto a este, la de su joven hijo Francisco Gómez Toro.

Día 16 Diciembre 1896. En San Faustino, Camagüey. El más triste para mí. Me despierta la noticia de la muerte de mi hijo Pancho y del General Antonio Maceo, ocurrida en Punta Brava, Provincia de La Habana.

Algunos de mis compañeros abrigan la esperanza de que puede ser falsa la noticia, pero yo siento la verdad de ella en la tristeza de mi corazón. Pobre mi esposa, pobre Madre, qué golpe para tu corazón![8]

Por supuesto, es imposible sintetizar y condensar todo el caudal de conocimientos que nos aportan los diarios de Gómez; solo a modo de simples pinceladas, ayudan a trasmitir la grandeza de este héroe, más allá de las batallas famosas, ya estudiadas y atesoradas por la historia militar de Cuba. Considero que estos pequeños fragmentos tal vez contribuyan a que los lectores sientan con mayor hondura el justo homenaje y la eterna gratitud al Héroe, y que le insten a conocer mucho más sobre él, como digno ejemplo del concepto de patriota.

Concluyo estas líneas con las últimas reflexiones de Gómez, precisamente apuntadas el 8 de enero de 1899, en torno a la dramática situación creada a partir de la intervención estadounidense en la guerra hispano cubana y sus consecuencias inmediatas:

La actitud del Gobierno Americano con el heroico Pueblo Cubano, en estos momentos históricos, no revela a mi juicio más que un gran negocio, aparte de los peligros que para el País envuelve la situación que mortifica el espíritu público y hace más difícil la organización de todos sus ramos… Nada más natural y justo, que el dueño de una casa sea el mismo que la va a vivir con su familia, el que la amueble y la adorne a su satisfacción y gusto; y no que se vea obligado a seguir, contra su voluntad y gusto, las imposiciones del vecino […].[9]

La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo; de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía.[10]



[1] Gómez, Máximo: Diario de Campaña 1868-1899, Centenario 1868, Instituto del Libro, La Habana, 1968. Esta compilación de los diarios de Gómez se divide por épocas, de la primera a la sexta, señalando con precisión las fechas que abarca cada época; además, tiene un apéndice Diario de José Martí, desde el 9 de abril hasta el 17 de mayo de 1895. El prólogo del libro fue hecho por el historiador cubano Erasmo Dumpièrre, del Instituto de Historia de Cuba. Se respeta la ortografía del autor, según hace constar la nota a pie de la primera página de la Época Primera.

[2] Gómez: ob. cit., p. 1.

[3] Ibíd., p. 140.

[4] Ibíd., p. 26.

[5] Ibíd., p. 33.

[6] Ibíd., pp. 236-237.

[7] Ibíd., Época Sexta, Preparando la Guerra de Independencia, El Manifiesto de Montecristi (desde el 11 de septiembre de 1892 hasta el 25 de marzo de 1895), p. 263.

[8] Ibíd., p. 316.

[9] Ibíd., pp. 370-371.

[10] Ibíd., p. 372.

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La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea
Sobre los Estados Unidos y otros temas martianos
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