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“La lección que dan las cosas”: sociedad y nación cubana a través de las exposiciones (1876-1904) 
Ricardo Quiza Moreno

Ya las exposiciones no son lugares de paseo. Son avisos, son lecciones enormes y silenciosas, son escuelas.

José Martí, “La exposición de Boston”, La América, New York, agosto de 1893.

La expresión de la identidad a través de ejes tan representativos de la globalización como el desarrollo de redes viales, la libertad de imprenta o la creación de partidos políticos, fue ratificada progresivamente no solo en el contexto cubano de la segunda mitad del siglo XIX sino también en diversos eventos culturales como las exposiciones, fuesen organizadas en Cuba como en el extranjero las que sirvieron para demostrar la creciente vitalidad de la nación y la sociedad cubanas. Si bien desde 1827 Cuba contaba con cierto hábito en la organización de exposiciones, la exhibición de mayor envergadura y que mejor encaja en el momento de eclosión y afianzamiento de la nación y el nacionalismo insular, fue la de Matanzas celebrada en 1881. Asimismo las exhibiciones internacionales a las que Cuba asistió y que reflejaron con mayor nitidez ese proceso de trasformaciones que dieran origen a la formación del estado nacional en 1902, fueron las celebradas en las ciudades norteamericanas de Filadelfia (1876), Chicago (1893), Búfalo (1901) y San Luis (1904), así como las de París de 1889 y 1900, pues para ese tiempo los Estados Unidos constituían el principal socio comercial de la Isla, mientras yanquis y franceses eran importantes referentes en materia de innovación económica y sus sistemas políticos y universos culturales solían ser paradigmáticos

La Isla en un estante: las exposiciones como reflejo de las condiciones materiales y tecnológicas de Cuba

A cinco años de proclamarse el mal habido invento de Alexander Graham Bell, en la exposición norteamericana de Filadelfia, se inicia el primer servicio telefónico público en La Habana. Este servicio, auspiciado al igual que el del alumbrado por intereses norteamericanos, comenzó con cierta intermitencia a finales de 1881, hasta que se produjo su inauguración oficial el 6 de marzo de 1882.[1]

Las bondades del teléfono no se extendieron lo suficiente por toda la Isla, pero contribuyeron a intensificar la actividad de grandes y medianos negocios e industrias, así como de entidades vinculadas a la publicidad y a la difusión de información, tales como periódicos, imprentas y litografías, sin descontar, además, a las instituciones oficiales.

Entre los abonados existentes en La Habana en 1883, se hallaban importantes empresas locales como Crusellas Hno. y Cía. y la fábrica de jabón Sabatés, asistentes a la exhibición de Matanzas de 1881 y premiadas ambas en las exposiciones de Búfalo y San Luis;[2] los periódicos Diario de la Marina, El Triunfo y El Avisador Comercial; la Comandancia de Orden Público; el Administrador General de Correos; la Inspección General de Telégrafos; el restaurante Dos Hermanos; los Almacenes de Hacendados; la fábrica de Emilio Castelar, cuyas obreras fueran premiadas doce años después en la exhibición de Chicago (1893); así como los representantes de la máquina de coser Singer, exhibida en Chicago (1893)[3] y premiada en Matanzas (1881),[4] entre otros.

Pero, como ya se ha anticipado, la Isla estaba conectada también con el exterior. Según el Nomenclator comercial, agrícola, industrial, artes y oficios de 1883-1884 de la Isla de Cuba, existían no menos de tres compañías involucradas en el negocio telegráfico: La Compañía Internacional Oceánica, la West Indian and Panama Telegraph y la Cuba Submarine Telegraph, encargadas de enlazar a la colonia entre sí, así como con los Estados Unidos, Martinica, Jamaica, Puerto Rico, Guadalupe, Barbados, Panamá, Brasil, Uruguay, Perú, Argentina y Chile, entre otros territorios. A estas compañías se le une la denominada Cable Francés que conectaba a Santiago de Cuba con Haití, Santo Domingo, Martinica, Curazao y Venezuela[5].

Documentos recogidos por la historiadora Fe Iglesias, muestran cómo el desarrollo telegráfico afectaba, incluso, a las operaciones comerciales. De tal grado fue la influencia, que Claudio Yglesia, presidente de la Junta General de Comercio, dirigió en 1878 una comunicación en la que argumentaba que el establecimiento del telégrafo terrestre, junto a la rápida sustitución de los buques de vela por los de vapor, había trastornado radicalmente el modo de operar en el comercio del azúcar.[6]

De algún modo el desarrollo telegráfico de Cuba fue reflejado en diversos espacios de promoción, entre ellos la prensa y las exposiciones, como ocurriera con la muestra de diversos instrumentos y cartas telegráficas de la Península y de la colonia, por parte de la Inspección General de Telégrafos de la Habana, en la exposición universal de Filadelfia (1876).[7]

El trasiego de noticias y también de personas era facilitado por la aparición de nuevas vías y métodos para el transporte y la comunicación, destacándose la navegación de cabotaje (beneficiada por la navegación a vapor) y el ferrocarril.

Con la puesta en práctica del tramo Habana-Bejucal, el 19 de noviembre de 1837, Cuba se convertía en la primera colonia en poseer esta vía de comunicación, por encima de toda Iberoamérica y ocupando el séptimo lugar a nivel mundial. Con esta alternativa de transporte, se incrementaron las perspectivas de los negocios, fundamentalmente el azucarero, y se amplió la posibilidad de intercambio entre los residentes en la Isla. Para la séptima década del siglo XIX numerosos tramos ferrocarrileros entrelazaban la región occidental con el centro de la Isla; estos segmentos del “camino de hierro” coincidían con aquellas zonas cubiertas por la plantación azucarera, en las cuales se advertía un sostenido crecimiento económico. Solo a partir de la primera intervención norteamericana en la Isla y del establecimiento de la República (1898-1902) aumenta el interés por agrandar el negocio ferrocarrilero y explotar las inmensas extensiones de tierra fértil habilitadas en el oriente cubano, de ahí que surja el proyecto más importante de cuantos se habían formulado hasta entonces: la construcción del Ferrocarril Central que enlazara a la región del centro con la oriental. En 1904 existían un total de 2277 kilómetros de vías férreas en explotación, por 1366 que había en 1876.[8]

Casi siempre vinculado a intereses foráneos, así como a la explotación de esclavos, trabajadores inmigrantes y obreros cubanos, el ferrocarril contribuyó, sin embargo, a consolidar la formación de la nación cubana. El criterio del destacado economista Oscar Pino Santos, respecto a la construcción del Ferrocarril Central, es válido para todo el proceso constitutivo del “camino de hierro” en Cuba: “Resultaría demasiado simplista, por ejemplo, desconocer el papel influyente que la construcción del ferrocarril de Santa Clara a Santiago de Cuba jugó en la evolución formativa de la nación cubana”.[9]

La importancia concedida al ferrocarril fue tan notoria que en la feria-exhibición Canaria organizada en la provincia de Matanzas, en 1872, el señor Francisco Piqué era premiado por exhibir un ferrocarril de vía estrecha.[10] Cuatro años más tarde, en la Centennial Exhibition de Filadelfia (1876), un representante de La Habana, llamado Mario Campos, llevó un sistema de raíles y vagones con aplicación especial a la tracción de la caña en los ingenios.[11] Apenas un lustro después, en la “Galería de Industria” de la exposición internacional de Matanzas (1881), el “Ferrocarril de la Bahía de La Habana” expuso dos coches confeccionados en la Isla.[12]

Empero, la red de transporte marítimo y ferroviario influyó de otra forma en las exposiciones. Así, en las exhibiciones matanceras de 1872 y 1881, varias líneas de vapores y ferrocarriles ofrecieron facilidades en el traslado de personas y objetos para el evento. Una noticia aparecida en el Boletín Oficial de la Provincia de Matanzas daba cuenta del traslado en el vapor español Alicante de veinticuatro bultos procedentes de Santiago de Cuba con destino a la exposición;[13] al tiempo que los ferrocarriles de Villa Clara, Puerto Príncipe, Cárdenas, Sagua la Grande, Matanzas, Caibarién, Marianao, y los denominados “Bahía de La Habana” y “Ferrocarril Oeste”, concedieron libre transporte para los utensilios e individuos interesados en asistir a la muestra matancera de 1881.[14]

Cuba es La Habana: ¿representatividad “nacional” en una Isla “moderna”?

El aprovechamiento de los hallazgos científicos y tecnológicos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX se concentró en los centros urbanos, fundamentalmente en aquellos enclavados en la región occidental y centro de la colonia, los que fueron favorecidos por las riquezas acumuladas a lo largo de muchos años de explotación azucarera y a través de empresas como la trata negrera y la esclavitud; todo ello sin sufrir con la misma intensidad y duración los desastres de la guerra. La Habana, en su condición de centro político, administrativo y económico de la región, fue la receptora principal de tales inventivas.

Las estadísticas referentes a participaciones y premios obtenidos por los representantes de Cuba en las exhibiciones de Filadelfia (1876), Chicago (1893), Búfalo (1901) y San Luis (1904), así como en la exposición organizada en Matanzas (1881), confirman el abrumador desequilibrio económico y científico técnico existente entre los principales enclaves urbanísticos de la colonia y el resto de la Isla, aún cuando la mayoría de la población estaba asentada en sus zonas rurales.[15].

En la exhibición conmemorativa del centenario de la independencia en los Estados Unidos (1876), asistieron noventa y cinco expositores en representación de la Isla; de ellos, sesenta y seis pertenecían a La Habana, nueve a Santiago de Cuba, tres a Matanzas y el resto, a diferentes localidades del llamado interior de la colonia.[16] Asimismo, de los cuarenta y siete premios alcanzados, treinta y ocho correspondieron a La Habana, tres a Santiago de Cuba y dos a Matanzas, al tiempo que Cienfuegos y Gibara obtenían un galardón .[17]

La tendencia se confirmó en las exposiciones de Matanzas (1881), Chicago (1893),[18] Búfalo (1901) y San Luis (1904). A Matanzas asistieron, por razones obvias, doscientos veinticuatro expositores de la localidad así como ciento cincuenta y dos habaneros, quienes predominaron en el total de asistentes no solo respecto a las representaciones de otras localidades de la Isla, sino también sobre las delegaciones de Estados Unidos con cincuenta y nueve representantes y la española con cuarenta y cinco.[19]

En 1901, los enviados de La Habana y Santa Clara a la exhibición panamericana sumaron un aproximado de trescientos once y ciento cincuenta y dos respectivamente, muy por encima de Santiago de Cuba que ocupó la tercera plaza con ochenta y un expositores.[20] Respecto a los premios, los concursantes de La Habana capturaron veintinueve medallas de oro, treinta y ocho de plata y treinta y siete de bronce; seguidos por los concursantes de la región central con tres de oro, siete de plata y once de bronce; y los del departamento oriental con tres preseas de oro, tres plateadas y cuatro bronceadas. Tres años más tarde, la cantidad de concurrentes habaneros en San Luis ascendió a ciento cuarenta y seis; a treinta y cuatro por la zona central; y a cuarenta y cinco de la representación oriental. En cuanto a premios, los de la capital alcanzaron ciento veintidós galardones (once grandes premios, cuarenta y seis de oro, treinta y ocho de plata y veintisiete de bronce), cifra superior a las cincuenta y nueve distinciones recibidas por el resto de las provincias del país.[21]

El entorno de la patria: urbanización y espacio público

En ese clima de desigualdades regionales, la capital de la Isla fue objeto de un intenso proceso urbanístico, entre 1850 y 1862, incitado por importantes medidas gubernativas, a saber: la creación en 1855 de la Escuela General Preparatoria encargada de oficios (entre ellos el de maestro de obras); la aprobación, un sexenio después, de un nuevo cuerpo de ordenanzas de construcción; y el levantamiento, entre 1861 y 1871, del primer plano topográfico con curvas a nivel de la ciudad de La Habana en la que, en una docena de años, se aprobaron más hectáreas para urbanizar su zona de extramuros, que en todo un siglo anterior.[22]

Luego del estancamiento como resultado de la guerra, la década del ochenta del siglo XIX fue propicia a la recuperación constructiva de la principal ciudad de la Isla y al renacer de la vida urbana en numerosos poblados diseminados en las regiones azucareras.[23] Tiempo después, los interventores norteamericanos en la Isla y el primer gobierno republicano priorizarían un proyecto donde se contemplaba la construcción de hospitales, así como la pavimentación y alcantarillado de las ciudades, a tono con los planes de salubridad del imperialismo.[24]

Una serie de muestras exhibidas en las exposiciones de Filadelfia (1876), Matanzas (1881), Chicago (1893), Búfalo (1901) y San Luis (1904) corroboran el auge urbanístico de la Isla.

En la exposición de Filadelfia (1876) participaron cuatro expositores a título individual, y otro como parte del departamento de Inspección de Minas, con muestras de asfalto. En la exhibición de Chicago (1893) fue premiada también una entidad productora de asfalto.[25]

La tradición prosiguió en Matanzas (1881), al ser premiado con medalla de oro el cemento “natural hidráulico” del habanero E. Gurruchaga;[26] y también en Búfalo (1901), pues allí se agruparon dieciséis expositores con modelos de asfalto en el rubro denominado “Asfalto y sus compuestos”, perteneciente al grupo titulado “Minerales combustibles”. Pero estos no fueron los únicos materiales constructivos exhibidos en la exposición panamericana. En el grupo 60 (“Productos minerales no metálicos”) se presentaron dos exhibidores: Antonio Carvajal con una muestra de yeso; y la Sociedad “L´Almendares” de La Habana, con ejemplares de cemento crudo, calcáreos para fabricar cemento y cemento calcinado. En ese mismo apartado, pero en el subgrupo relativo a “Barros y objetos hechos con él”, hubo presentaciones de tejas criollas, de ladrillos comunes y ahuecados. Estos tres productos, al igual que los cementos de la empresa L´Almendares, fueron premiados con medalla de bronce. En el grupo 62, dedicado a “Productos de canteras”, se enseñaron cajas con muestras de mármoles de Isla de Pinos (en la actualidad Isla de la Juventud).[27] En la exposición de San Luis (1904) volvieron a competir empresas del ramo de la construcción o de materias primas asociadas a esta industria. Esta vez, en el acápite de “Manufacturas”, repitieron las tejas criollas de Juan Ageo, quien, al igual que en 1901, obtuvo medalla de bronce.[28] Al lauro de Ageo se agregó la medalla de oro para el cemento fabricado por la compañía Almendares [29] y las de bronce por productos tales como el chapapote y los ladrillos.[30]

La multiplicación de pueblos y el ensanche de ciudades originado en la segunda mitad del XIX allanarían el brote de espacios apropiados para la conformación de juicios respecto a la cotidianeidad o a la situación política de la Isla. Este espacio público “colonial” forjó un campo de opinión colectiva sustraído, en ocasiones, del poder metropolitano; al tiempo que favoreció la producción, distribución y consumo de ideas en torno a la nación.

Datos estadísticos extraídos de los años 60 y 80 del siglo decimonónico informan sobre la cantidad y variedad de zonas de congregación pública donde seguramente circularon y se compartieron criterios respecto al orgullo nacional, los “chismes” diarios, las modas, los niveles de corrupción y criminalidad reinantes[31], el desgobierno colonial, el clima y hasta el alto costo de la vida.

Las Noticias Estadísticas de la Isla de Cuba en 1862 reflejan la existencia, por ejemplo, de ciento ochenta y ocho billares, que contabilizaban más de dos millones de pesos en rentas. Por esa época existían también un total de diecisiete baños públicos y de mar, situados en su mayoría en las ciudades de La Habana y Matanzas. Al mismo tiempo, La Habana poseía ciento seis bares con cantina de los ciento sesenta y cuatro contabilizados legalmente en la colonia; a la capital le seguían la ciudades de Cárdenas y Matanzas.[32]

No menos importante resulta la cantidad de fábricas, especialmente tabacaleras, instaladas en La Habana entre los años de 1870 y 1890, lugares donde confluían durante muchas horas un buen número de obreros, al decir del historiador Carlos Venegas: “Como la industria estaba concentrada dentro del casco urbanizado, el tabaquero pudo participar con facilidad en todos los servicios públicos, como cafés, sociedades de recreo, teatros, haciéndolos parte de su ámbito, de su cultura.[33] Del mismo modo, se hallaban registradas oficialmente 12 academias de baile en proporción de dos per cápita para Cienfuegos, Puerto Príncipe (Camaguey en la actualidad), Manzanillo y Tunas, a las que se sumaban tres en La Habana y una en Bayamo. En 1862, las ciudades de La Habana, Matanzas y Puerto Príncipe contaban con más de un teatro de los veinticuatro que se registraban en la Isla. Otros sitios importantes para la congregación de personas fueron las parroquias auxiliares, las Ermitas y oratorios que ascendían a doscientos veintiocho. En el momento previo a su primera guerra de independencia había en Cuba dieciséis librerías con una renta estimada en los 116 500 pesos. De estos sitios, reconocidos en su época por reunir de modo más o menos informal a individuos pertenecientes a las llamadas profesiones liberales, nueve estaban enclavados en La Habana, cinco en Santiago de Cuba, uno en Puerto Príncipe y otro en Remedios.[34] Dos décadas después La Habana poseía veinticuatro sitios para expender libros lo que excedía al total de establecimientos existentes con anterioridad en toda la Isla.[35] En contraste con el perfil espiritual de tales empresas se hallaban cientos de vallas para gallos en La Habana, Cienfuegos, Colón, Pinar del Río, Matanzas y Remedios.[36]

Sitios de socialización por excelencia, las exposiciones de la Isla al igual que las del resto del mundo no estuvieron ajenas a la emergencia de zonas de congregación y debate; de hecho el evento de este tipo más importante celebrado en Cuba como fuera el de 1881 poseía, además de variados y extensos pabellones de exposición, un apartado para la prensa equipado con salones para celebrar juntas y conferencias; existían asimismo dos patios con jardines de aclimatación, un hipódromo y hasta un “Pabellón de Señoras” de estilo pompeyano y piso de madera donde “encontrarían las Sras. cuanto puedan necesitar para su tocado.”[37]

En definitiva, el nacionalismo de los cubanos en el fin de siécle se definió gracias a una infraestructura material y un área física que facilitaron un grupo de convenciones tanto acerca de sí mismos como respecto al “otro” metropolitano. Pero esos discursos de lo propio fueron confirmados a su vez por un tejido de ideas inherentes a fuerzas sociales de diversa índole.

El alma de Cuba: la sociedad civil

Como resultado de la guerra, de procesos económicos internos y de la relativa flexibilidad asumida por España, quedó estructurada una sociedad civil caracterizada por la aparición de partidos, el incremento de corporaciones de diverso orden y la existencia de una restringida libertad de asociación, reunión y prensa, lo que unido al proselitismo de los independentistas hacia una población de emigrados acrecentada por circunstancias económicas, o por el conflicto colonial, contribuiría a dar fin con el dominio hispano en uno de sus últimos reductos.

La constitución española de 1876 se extendió a Cuba por Real Decreto de 7 de abril de 1881; no obstante, desde el fin de la guerra, se puso en práctica su artículo 13, concerniente al derecho de asociación, a pesar de que la Ley de Asociaciones como tal no se promulgó hasta el 13 de junio de 1888. En virtud del referido código se multiplicaron las asociaciones gremiales, de recreo y de instrucción, así como deportivas, las sociedades de socorros mutuos, las de beneficencia y las científicas.[38] Este proceso continuó in crescendo en el siglo XX, como consecuencia del cese del dominio español y la instauración posterior del sistema político republicano.

En tal sentido, esas “maquetas” de la realidad, que fueran las exposiciones, refractaron el apogeo de la sociedad civil insular. Las referidas asociaciones estuvieron representadas generalmente por medio de sus memorias o de sus órganos divulgativos; y entre ellas se distinguió la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fundada en 1869, y cuyos Anales estuvieron en cuanta exhibición importante se realizara en la Isla o fuera de ella.

En la Centennial Exhibition celebrada en Filadelfia, los Anales de la Real Academia recibieron un diploma acreditativo de premio, al tiempo que años más tarde se llevarían medalla de bronce en la Exposición de París (1878),[39] medalla de oro en la exhibición matancera de 1881, otro premio en Chicago (1893), medalla de oro en la exposición panamericana (1901) y gran premio en la de San Luis (1904), en las dos últimas bajo el nombre de Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.[40]

Otras entidades con representación en las exposiciones fueron la filantrópica Sociedad Protectora de Niños,[41] las corporaciones económicas al estilo de las Cámaras de Comercio y el Círculo de Hacendados,[42] la espirituana sociedad “El Progreso”, así como la Sociedad de Labores Cubanas de corte femenino y caritativo.[43] A la larga lista de entidades que florecieron en esta época y que estuvieron representadas en las exhibiciones se unía una institución de cariz profesional como el Colegio de Abogados de La Habana[44] y la Sociedad de Estudios Clínicos en la que militaron importantes médicos como Carlos J. Finlay, su ayudante Claudio Delgado, Jorge Le Roy Cassá, Joaquín Albarrán y Juan Santos Fernández.[45]

Pero el papel de las asociaciones no se redujo a la exhibición de sus enseres, ellas encauzaron los esfuerzos gubernamentales y privados para garantizar la organización y participación de los residentes en la Isla en los eventos expositivos, tanto dentro como fuera de la mayor de las Antillas. En los momentos iniciales la Sociedad Económica Amigos del País encabezó tales esfuerzos, luego el compromiso recayó en la habanera Cámara de Comercio, la cual logró sus propósitos a través de donativos de la propia corporación, mediante la administración de fondos otorgados por el gobierno, y gracias a la presencia de sus componentes en calidad de expositores, miembros del jurado, o directivos de las delegaciones de la Isla en exhibiciones internacionales.[46]

Dada la coincidencia entre el perfil de la Cámara de Comercio e Industria y el privilegio ofrecido a estos ramos en el ámbito de las exposiciones, la citada entidad económica acaparó el centro de las actividades relacionadas con la organización y participación cubana en tales espacios, hasta que una institución oficial como la Secretaría de Agricultura, Industria y Comercio, creada a raíz de la intervención yanqui, tomó las riendas del asunto.[47]

El cuarto poder reclama espacios: la prensa periódica y especializada en el contexto de las exhibiciones

Estas asociaciones, así como las denominadas “clases vivas” y los partidos políticos creados entonces, eran representadas por la prensa, tanto periódica como especializada. A la altura de 1883, la capital colonial tenía once diarios en La Habana, algunos de ellos de gran circulación y con pretensiones “nacionales” como el conservador Diario de la Marina, El Avisador Comercial o El Triunfo, órgano difusor del Partido Liberal Autonomista. El resto de la Isla contaba también con muchos diarios repartidos en localidades como Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Matanzas, Santa Clara Trinidad, Manzanillo, Baracoa, Gibara, Cienfuegos, Caibarién, Sagua La Grande, Cárdenas, Bayamo y Remedios, entre otras[48]. A esta serie de publicaciones se añadirían las editadas por los emigrados en el extranjero y las confeccionadas en la manigua durante la Guerra de 1895.[49] Algunos de estos periódicos prosiguieron su vida durante la república, uniéndose al rosario de publicaciones que florecieran a partir de 1902. Lo cierto es que en el “entre siglos” cubano hubo prensa representativa de diversas clases políticas y de los más variados sectores sociales, las que cohabitaban con revistas o periódicos de corte gremial e incluso con otros cuyos intereses eran científicos o literarios.[50]

El “cuarto poder” ocupó su sitio en las exposiciones a tono con la importancia concedida a la información en el apogeo del mundo moderno. La prensa de la Isla estuvo presente en los grandes eventos expositivos internacionales, fuesen desarrollados en Cuba —donde se le dedicó un pabellón durante la exposición matancera de 1881[51]— como en Europa o los Estados Unidos.

Los informes más relevantes acerca de la participación de Cuba en las exhibiciones se debieron fundamentalmente a las crónicas de periodistas, escritores o científicos publicadas en la prensa de la época; pero, además, las revistas o periódicos concursaban en tales eventos instalándose en el apartado de “Artes Liberales”, “Educación” o “Educación y Libros”.

Desde su debut en 1876 con los multipremiados Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, hasta el aluvión de publicaciones ostentadas en la exposición de Búfalo, la prensa cubana contribuyó a generar en los Estados Unidos una imagen que contrarrestaba la visión de “pueblo bárbaro” atribuida por algunos medios políticos y de divulgación en ese país.[52]

A propósito de la participación cubana en la exposición panamericana de 1901, el Secretario de Estado y Gobernación Fernando Figueredo ratificaba el interés por mostrar a través del envío masivo de periódicos el “rostro culto” de la Isla.[53]

Lo cierto es que las posiciones nacionalistas, de filiación a lo extranjero o proclives a la mediación, se erigieron mayormente a partir de las opiniones vertidas por los corresponsales destacados en las exhibiciones y en general en un marco de conexiones lo suficientemente extenso como para que las ideas en torno a lo “propio” y lo “ajeno” fluyeran con suficiente efectividad y rapidez. Entre tanto, el atraso existente en vastas zonas rurales de la colonia no hacía más que confirmar la necesidad de un cambio profundo.

Mirarse hacia adentro: clase, raza y género en el ámbito de las exposiciones

Las exposiciones organizadas dentro y fuera de Cuba arrojaban luz sobre la estratificación social derivada del colonialismo y el capitalismo. Con su capacidad para reflejar el entorno social, tales encuentros sirvieron para dar publicidad al conjunto de industriales, comerciantes y hacendados radicados en la Isla, de modo que su participación implicaba el robustecimiento de sus respectivos negocios. En ese sentido la élite económica se aprovechó de las exposiciones para asegurar su preeminencia social o en el mercado. No pocos anuncios comerciales ponderaron la calidad de un producto u empresa local apelando a la lista de premios alcanzados en tales eventos, tal y como ocurriera con las litografías y marquillas de tabaco o las etiquetas del ron, diseñadas con las medallas obtenidas en esos certámenes y dispuestas generalmente en forma de semicírculo alrededor del nombre de los fabricantes, convertidos, a la sazón, en “vedettes” de un espectáculo organizado especialmente para ellos.

Con independencia del sentimiento patrio que pudieran albergar las “clases vivas”, más de una vez estas acudieron a motivos nacionalistas para encubrir sus aspiraciones individuales o de clan. Así, el señor Manuel Carranza, dueño de las abaniquerías “La Complaciente” y “La Especial”, mostraba en las exposiciones sus utensilios con grabados alusivos al Morro y a diferentes escenas del paisaje local (con palmas incluidas).[54] El teorema de lo “folklórico” le traería dividendos a su promotor puesto que los abanicos de Carranza se anunciaban en la prensa como triunfadores en París y Búfalo.[55] Quizás el colmo de esta estrategia fueran las muestras llevadas a París y San Luis, respectivamente, por la empresa tabaquera Havana Comercial y por el empresario licorero Enrique Aldabó. En el primer caso, los habanos fueron exhibidos en un quiosco de maderas preciosas con estantes verticales adornados por el escudo cubano y coronado en su cúpula por el nombre de la compañía; paralelamente, Aldabó construyó una mesa de majagua adornada también con escudos cubanos (de caoba) encima de la cual dispuso una serie de cajas de la más fina madera que lucía sus productos.[56]

En oposición al empaque individualizado, lujoso y en ocasiones nacionalista de los respectivos enseres de las “clases altas”, se hallaba el anonimato de aquellos sectores y grupos que ocupaban la base de la pirámide social.

Justo después de recorrer las secciones de productos agrícolas cubanos en la exposición colombina de 1893, Raimundo Cabrera reconocía la precariedad del “Laborioso y sufrido labriego cubano”, cuya labor “ímproba y sin recompensa solo sirve para enriquecer á [sic] los que comercian con tus afanes”. De hecho, Cabrera contrapuso la escandalosa invisibilidad del veguero al “gusto y buen orden”, revelado por las muestras que ofrecieran los magnates tabacaleros.[57]

En el mismo sentido, la alabanza de las máquinas y demás productos exhibidos por la burguesía contrastaba con el olvido de los trabajadores. Durante la exposición de Chicago, Raimundo Cabrera descubre una máquina torcedora de tabaco y vislumbra el conflicto que se avecina: “la máquina por su simplicidad no será costosa y no es aventurado presumir que dentro de pocos años nuestros obreros tabaqueros tendrán un competidor invencible que los compelerá a solicitar distintos oficios.”[58]

Tal y como avizorara Cabrera, la lucha contra la máquina torcedora tuvo repercusión en Cuba hasta que una serie de circunstancias, entre las que se incluía la resistencia del movimiento obrero en la Isla, lograron desplazar el engendro mecánico.[59]

Lo extravagante de todo ello y que confirma el nivel de premeditación en los esfuerzos encaminados a ignorar a la masa obrera de la Isla es que, en 1892, un año antes de la celebración colombina, los trabajadores cubanos convocaron a su primer congreso dada la vitalidad alcanzada por esta clase social.[60]

Lejos de lo que pudiera pensarse, las exposiciones trajeron más sinsabores que estímulos a la clase proletaria; de hecho, el único reconocimiento se produjo en 1893 cuando se premió al conjunto de obreras de las fábricas de tabaco “La Corona”, “Partagás” y la perteneciente a Emilio Castelar. Para rematar la injusticia, el premio no fue directamente a sus manos sino a los de su presunta representante… la Reina de España.[61]

A su vez, el atentado perpetrado por un anarquista, y que costara la vida al presidente William McKinley en los predios de la exposición de Búfalo, repercutió negativamente en el sector obrero de la Isla, especialmente en aquellos que mantenían el credo ácrata y que fueron perseguidos por el jefe del gobierno interventor norteamericano y amigo del malogrado dignatario, el general Leonard Wood.[62]

De igual forma, la incidencia de la esclavitud y el racismo marcó la concurrencia de Cuba en las exposiciones norteamericanas e incluso dejó su huella en las exhibiciones organizadas en la propia Isla. Un indicio de la inequidad racial generada desde la época colonial es que en ningún caso las fuentes escritas o gráficas recogen a miembros de la raza negra formando parte del comité organizador, las juntas directivas, o en general de las delegaciones que asistieron a las citas de Filadelfia, Matanzas y Chicago. La única evidencia de la escasa presencia de los negros cubanos en tales citas parte de una fotografía tomada en la exposición de Búfalo a los integrantes de la Banda de la Policía de La Habana.[63] Es posible que otros individuos de la “raza de color” participasen, a distancia, en las reuniones de Búfalo y San Luis, como parte del ejército de estudiantes y profesores que contribuyeron a dar cuenta del proyecto educacional llevado a cabo en la Isla, pero hasta el momento los datos obtenidos no precisan la composición racial de los participantes.

De cualquier modo, la situación para los negros no varió mucho en la incipiente República. A las conquistas políticas y jurídicas obtenidas por los negros, con su participación en el conflicto libertador, se oponían las duras condiciones económicas y una suerte de inculpación a través de los medios políticos y de la prensa que los dibujaba como salvajes brujos, asesinos y delincuentes cuyos atavismos físicos y culturales imposibilitaban su inserción en el emergente proyecto nacional.

En 1904 ocurrió un hecho de sangre que fue usado por buena parte de la opinión pública de la Isla para incriminar a los negros: el asesinato de la niña Zoila en la localidad de Güira de Melena, crimen atribuido a motivos religiosos provenientes de los llamados cultos afrocubanos.[64] A raíz de este suceso una importante publicación de la época, la revista La Higiene, diario premiado con medalla de bronce en la exposición de Búfalo y que combinaba cuestiones sobre ciencia, sanidad y moral con asuntos relativos a la política y a la cívica ciudadana, razonaba a través de su director, Manuel Delfín que: “la brutal ignorancia de desalmados fanáticos de la brujería ha sido la que indujo a alguien a dar muerte a esa tierna niña.[65]

Mientras la campaña antinegra discurría, en la Cámara de Representantes se debatía en torno a la supervivencia de la discriminación racial en la nueva República. En tal sentido el representante negro, Generoso Campos Marquetti, criticaba la actitud de algunos funcionarios destacados en la exposición de San Luis, quienes exigían a la Secretaría de Instrucción Pública que acudiesen a la exposición “gentes de una sola raza”, entiéndase la blanca.[66]

La reactivación del “miedo al negro” se extendió a los asiáticos, en particular los chinos, cuyos contingentes arribaron desde la segunda mitad del siglo XIX a la Isla y formaron parte de su fuerza de trabajo, sobre todo en el campo donde estuvieron atados por contratos leoninos.

En el curso de las exposiciones en las que estuvieron involucrados los criollos no participaron individuos de origen chino. Para gran parte de la élite y de la opinión pública de la Isla ni estos ni los negros eran aún componentes de la ciudadanía patria; mucho menos un renglón “exportable” de la imagen nacional. Los chinos eran más bien identificados como personajes extraños y lascivos, promotores por excelencia de los juegos de azar y el consumo de drogas.

La defensa de la nación frente a ciertos agentes contaminantes como los “amarillos” era un tema obligado de la prensa nacional, tan es así que el conflicto armado ruso-japonés fue usado para argumentar la “necesidad absoluta de aplastar al Japón”. Un editorial aparecido en el mismo ejemplar del diario La Lucha, donde se discutía la conveniencia de la participación negra en la exposición de San Luis, clamaba por la derrota japonesa aludiendo al “interés”, “honor” y supremacía cultural de la raza blanca. [67]

Detrás de esos principios, en apariencia universales, se agazapaban temores alrededor del impacto para la Isla del alud de inmigrantes asiáticos que, junto a los braceros provenientes del Caribe anglófono y francófono, buscaban mejores oportunidades en el proyecto de expansión azucarera de la Isla.

Lo contradictorio consistía en que los grupos sociales que alentaban el racismo y la discriminación contra negros, caribeños y asiáticos necesitaban de esas mismas fuerzas para explotarlas como mano de obra barata. A propósito del tema, y contestando a los esfuerzos del Círculo de Hacendados que intentaba introducir doscientos mil chinos en Cuba, el periódico La Lucha publicaba un artículo de opinión bajo el título “Pobladores y braceros”, donde abogaba por el crecimiento de la población cubana y agitaba el conservadurismo y la xenofobia, pese a tratarse de un diario de tendencia liberal.[68]

Este tipo de postura parecía contravenir el reclamo de un trato justo para los cubanos por parte de las naciones desarrolladas; más de una vez, en el marco de las exposiciones, los científicos, periodistas, intelectuales y miembros de las clases económicas poderosas de la mayor de las Antillas ejercieron criterios discriminatorios hacia individuos originarios de otras razas y culturas.

Las actitudes “orientalistas” de los criollos se enfatizaron en exposiciones universales como las de Chicago (1893) y París (1900), que contaban con espacios significativos para la reproducción de la vida y costumbres de numerosos pueblos. En Chicago, el redactor Manuel Serafín Pichardo calificaba el desfile de los asiáticos como “contingente exótico y abigarrado […] que tiene de cerca una bestialidad repulsiva”, al tiempo que comparaba la “magnífica reproducción” de Viena donde se respira “el encanto solemne de lo histórico” con “el taparrabo mugriento” y el “canto inacorde” de los javaneses. Mientras tanto, las danzas lascivas bailadas por jóvenes turcas de “vientre epiléptico” le provocaban a Pichardo más “repulsión” que “voluptuosidad”;[69] no pocos de estos sentimientos fueron compartidos por otros colegas de la Isla como Raimundo Cabrera, quien al pasar por el Midway Plaisance de la exposición de Chicago reconocía la presencia de “negros salvajes” carentes de pudor, así como también la existencia de cierta “semi-civilización oriental”.[70]Por su parte, el corresponsal de El Fígaro en la exposición parisina de 1900 afirmaba que los chinos eran “raros” e inspiraban “lástima” y califica de sucios a “las hordas de otomanos” cuya cultura dejaba mucho que desear.[71]

Asimismo, la asunción de criterios alrededor de las relaciones de género, la caracterización de los roles asignados a hombres y a mujeres, y el despliegue de identidades como la femenina en el seno de una sociedad machista como la criolla, se darían cita en las exposiciones. Según declaraciones de Manuel Serafín Pichardo en su libro sobre la exposición de Chicago, afirmaciones que recibieran la reprimenda de quien fuera su prologuista, el doctor Enrique José Varona, las cubanas corrían el riesgo de masculinizarse y perder su identidad tal y como pasaba con sus semejantes yanquis.[72]

Por lo general, los certámenes expositivos robustecían lo que era un hecho consumado. Las representaciones, muchas veces parciales que emitieran los cubanos, sancionaban cierta división sexual del trabajo que contemplaba una abundante presencia femenina en rubros asociados a las labores domésticas como el denominado “Manufacturas”, donde iban a parar las costuras, bordados, artesanías, entre otros objetos provenientes de las habilidades manuales del “ama de casa”; en menor medida aparecían las mujeres ligadas al mundo intelectual o empresarial, en este último caso generalmente concurrían como herederas de los negocios del difunto esposo.

Otro renglón que contribuiría al aumento de la participación femenina en las exposiciones fue el de “Educación” a partir del auge experimentado por este sector en los primeros años republicanos. Sin embargo, el peso que adquiriera la presencia de la mujer no significaba un reajuste de la mentalidad machista imperante sino la confirmación de la imagen maternal atribuida a las féminas, quien, a tenor de ciertos roles diseñados, debía encargarse de extender la educación del hogar a la escuela. Por demás, no pocos de las contribuciones pedagógicas de las maestras convivían con los “pañuelos bordados” y “encajes de crochet” aportados por ellas mismas y sus alumnas.

Un repaso a los galardones alcanzados por las mujeres cubanas confirma que el criterio de premiación asumido en tales eventos tanto en Cuba como fuera de ella era universal. No obstante, hubo voces disidentes prestas a dignificar la identidad femenina y a corroborar sus aptitudes e inteligencia.

Ciertas declaraciones de Laura Zayas Bazán, presidenta de la Sociedad de Labores Cubanas con motivo de la ayuda a brindar por dicha entidad a las cubanas que participasen en la exposición Panamericana de 1901, resumen los principales aspectos que rodean la defensa de lo femenino en esos certámenes. Según Zayas Bazán, la Sociedad de Labores perseguía con ese auxilio “demostrar en el extranjero, la habilidad y el buen gusto de las mujeres cubanas”.[73]

Tres perspectivas se cruzaban en tal argumento: una nacionalista, que procuraba reafirmar en el “extranjero” el potencial de las cubanas. Este punto de vista hacía que las discusiones en torno al futuro político de la Isla cohabitasen y en ocasiones se sobrepusieran a la autoestima femenina. Quizás la máxima expresión de dicho dilema sea esa suerte de contraste establecido a raíz de la exposición de Chicago entre la posición asexuada y colonialista de la periodista española Eva Canel y el feminismo patriótico de su homóloga Aurelia Castillo.[74]

Otro aspecto tuvo que ver con la identidad de género y realzaba la “habilidad” femenina de las cubanas como lo ejemplificara la participación del Colegio de María Luisa Dolz, institución dirigida por la distinguida pedagoga e intelectual y unos de los paladines, junto a Aurelia Castillo, del feminismo insular durante el cierre del siglo XIX y la apertura del XX.

Por último, hay como una postura de compromiso que define la confección de tejidos y bordados, según el canon de “buen gusto” de la sociedad machista de entonces. En definitiva, la Sociedad de Labores se fue con dos medallas de oro... gracias a sus costuras.[75]

En definitiva, cuando los criollos se decidieron a participar en las exposiciones internacionales y a organizar un evento de categoría como la exhibición de 1881, tenían en su haber una sociedad civil medianamente organizada, arraigados sentimiento de identidad y un relativo desarrollo en el ámbito de las industrias locales,[76] todo ello en medio de una sociedad asimétrica y con evidentes desigualdades regionales, raciales, clasistas y de género.

El trasiego de útiles en las exhibiciones organizadas dentro o fuera de la Isla respondía más al tráfico de significantes que de significados; por ello la Revista Cubana en su reseña del libro de Raimundo Cabrera, Cartas a Govín, dedicado a la presencia cubana en la exposición de Chicago, aludía no sin razón, a la “lección que dan las cosas”.[77]

Notas



[1] Miguel González Royo, “El primer servicio telefónico en Cuba”, en: El teléfono en Cuba. 1849-1959, La Habana, Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología, Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A., 2004, pp. 19-40.

[2] En la exhibición de Búfalo, las compañías Crusellas y Sabatés tuvieron menciones honoríficas, mientras en San Luis ambas alcanzaron medalla de plata. Asimismo, el folleto titulado Expositores premiados en la exposición de Matanzas menciona a Sabatés Hno. y Cía. como ganadores de premio, pero sin especificar el tipo de medalla obtenida. Asimismo, se sabe que la fábrica de jabón Sabatés estuvo como expositora en la feria-exposición canaria de 1872 celebrada también en Matanzas.

Catálogo Oficial de la Exposición de Matanzas, Matanzas, Imp. “Aurora del Yumurí” 1881, pp. 56; Expositores premiados en la exposición de Matanzas de 1881, Habana, Imprenta del “Avisador Comercial”, 1881, pp. 16; Domingo Figarola Caneda, Guía Oficial de la Exposición de Matanzas, Gelabert no. 60, Imprenta “La Nacional”, 1881, XLIV-XLV; Adrián Álvarez Chávez y Eduardo Daniel González Gómez, “La Exposición Canaria de 1872 en Matanzas”, en 1861. Revista de Espeleología y Arqueología. Órgano Oficial del Comité Espeleológico de Matanzas, Sociedad Espeleológica de Cuba, a. 5, enero 2004: pp. 14; Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Cuba en la Exposición Panamericana de Buffalo, La Habana, Imprenta, encuadernación y rayados de Vicente López Veiga,1901, 112, pp. 120; Cuba at the Louisiana Purchase Exposition. 1904. (Publicado por la Comisión Cubana en la Exposición Universal de St. Louis, St. Louis, Lambert-Deacon-Hull Printing Co., pp. 43.

[3] Aurelia Castillo, Un paseo por América. Cartas de México y de Chicago, La Habana, Imp. “ La Constancia”, 1895, pp.161.

[4]Expositores premiados...., pp. 6, 27; Catálogo Oficial…., pp. 58.

[5] La República de Cuba: breve reseña para la exposición de St. Louis, Missouri, USA., La Habana, Imprenta Rambla y Bouza, 1904, pp. 28.

[6] Fe Iglesias García, Del ingenio al central, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1999, pp. 79-80.

[7] España. Comisario Regio en la Exposición Universal de Filadelfia, 1876, Exposición Universal de Filadelfia en 1876. Lista preparatoria del catálogo de españa y sus posesiones de Ultramar, Filadelfia, Imprenta de Campbell, [1876], pp. 114.

[8] Oscar Zanetti y Alejandro García, Caminos para el azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1987, pp. 211, 221, 401-402, véase además el Anexo Estadístico de la referida obra.

[9] Oscar Pino Santos, El asalto a Cuba por la oligarquía financiera yanqui, Casa de las Américas, La Habana, 1973, p. 54. Sobre el mismo asunto Zanetti y García, afirman: “Al facilitar la circulación de hombres y productos, la nueva vía férrea contribuía a consolidar la estructura de un mercado interno indispensable para el desarrollo de la economía cubana, a la vez que constituía una importante base para la unificación político administrativa del país”. Oscar Zanetti y Alejandro García: Caminos para… pp. 221.

[10] Adrián Álvarez Chávez y Eduardo Daniel González Gómez, “La Exposición Canaria …”, pp. 4.

[11] España. Comisario Regio en la Exposición Universal de Filadelfia, Exposición Universal..., pp. 114.

[12] Mireya Cabrera, El Ateneo de Matanzas: su historia y trascendencia (1874-1968), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000, pp. 51.

[13] Boletín Oficial de la Provincia de Matanzas, a. 2, no. 272, Matanzas, domingo 13 de febrero, 1881, s/p.

[14] Domingo Figarola Caneda, Guía Oficial de la Exposición…., XV-XVI; Mireya Cabrera, El Ateneo…, pp. 47.

Según los investigadores Adrián Alvarez Chávez y Eduardo Daniel González Gómez, la dirección del Ferrocarril de la Bahía de La Habana estableció trenes extras para garantizar la afluencia de público a la exposición de 1872. A su vez, esta compañía rebajó el precio del boleto en un 25% a aquellos viajeros que los tuvieran de ida para ir a la exhibición; y en un 50% a los que adquiriesen de ida y vuelta. Durante los cinco días que duró la exposición salían diariamente de Regla para Matanzas, y viceversa, tres trenes; y de Matanzas hacia Bemba (Jovellanos) y en sentido contrario, dos. “La Exposición Canaria…”: pp. 12.

[15] Véase: Centro de Estudios Demográficos: La población de Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1996, pp. 217.

[16] España. Comisario Regio en la Exposición Universal de Filadelfia, 1876, Exposición Universal..., pp. 113-115.

[17] Archivo Nacional de Cuba (ANC): Fondo Gobierno General, Legajo 442, Expediente 21444, “Lista de los expositores de la Isla de Cuba premiados en la Exposición de Filadelfia que fue remitida en 3 de noviembre de 1876 al Excmo. Sor. Gobernador General de la Isla”, 15 de mayo de 1877.

[18] En los datos acerca de los representantes cubanos premiados en Chicago (1893) ofrecidos por Manuel S. Pichardo no aparece siempre el lugar de procedencia. No obstante, se puede deducir a través del nombre del participante o de la empresa que resultaron galardonados, que la mayoría pertenecían a La Habana o a la región centro occidental. Así, por ejemplo, de un total de setenta y tres premiados se consignan cuarenta nombres de individuos y empresas como representantes declaradamente habaneros.

Manuel Serafín Pichardo, La ciudad blanca (prefacio Enrique J. Varona), La Habana, La Propaganda Literaria, MDCCCXIV, [1894], pp. 227-232.

[19] Catálogo…, pp. 41-105.

[20] Estas cifras son aproximadas pues en algunos casos no se consigna la procedencia de los expositores. En cuanto al ramo educativo, el más importante para los cubanos en esta exposición, las cifras corroboraron la preeminencia de La Habana, con noventa y cuatro participantes, por sobre Santa Clara (ochenta) y Santiago de Cuba con treinta y dos concursantes.

Gobierno Militar de la Isla de Cuba: Cuba en la Exposición Panamericana….pp. (3)-107 y (109)-129.

[21] Cuba at the Louisiana…, pp. 7- 89.

[22] Carlos Venegas: La urbanización de las murallas: dependencia y modernidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1990, pp. 38.

[23] Carlos Venegas: Cuba y sus pueblos: censos y mapas de los siglos XVIII y XIX, La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2002, pp. 128-129.

[24] Para una caracterización general de este proceso en Cuba y su capital véase: Lliliam Llanes, 1898-1921: La transformación de la Habana a través de la arquitectura, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993, pp. 39-52.

[25] Manuel Serafín Pichardo: La ciudad…., pp. 227.

[26] Expositores premiados…., pp. 11.

[27] A ellos se suma la muestra de asfalto del holguinero Prisciliano Cordero en el grupo 54 (“Colección de minerales”), que fuera premiada con medalla de oro como parte de la exhibición colectiva realizada por la Secretaría de Agricultura, Industria y Comercio.

Gobierno Militar de la Isla de Cuba: Cuba en la Exposición Panamericana…, pp. 30, 31-33, (115).

[28] Cuba at the Louisiana…, pp. 47, 87.

[29] Esta parece ser la misma compañía nombrada L´Almendares que compitiera tres años antes en Búfalo. Según la desaparecida historiadora María Antonia Marquez Dolz:

“El hallazgo de sustancias calcáreas y tierras idóneas en las márgenes del río Almendares motivó al grupo de empresarios que en 1901 fundaron la instalación de igual nombre; poco después de inaugurada, mediante una construcción aledaña los dueños extendían sus operaciones a la fabricación de ladrillos, tejas, tuberías, mosaicos, etc.” (María Antonia Marqués Dolz, María Antonia Marqués Dolz, Las industrias menores: empresarios y empresas en Cuba (1880-1920), La Habana, Editora Política, 2002, pp. 73.

[30] Cuba at the Louisiana..., pp. 87, 89.

[31] Sobre el asunto, véase: María del Carmen Barcia Zequeira, Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2000; Yolanda Díaz Martínez, La peligrosa Habana: violencia y criminalidad a finales del siglo XIX, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2005.

[32] Noticias estadísticas de la Isla de Cuba en 1862, Imprenta del Gobierno, Capitanía General y Real Hacienda, Habana, 1862, s/p.

[33] Carlos Venegas Fornias, “La Habana: ¿ciudad industrial?”, en Catauro (revista cubana de antropología), a. 7, no. 12, La Habana, julio-diciembre, 2005, pp. 32.

[34] Noticias estadísticas…., s/p.

[35] Nomenclator…, pp.247.

[36] Nomenclator..., pp.247

[37] Domingo Figarola Caneda, Guía de la Exposición…., pp. LXXXVII-LXXXIX.

[38] Sobre este tema véase la reciente e importante contribución realizada por la profesora e investigadora María del Carmen Barcia en sus libros: Capas populares y modernidad en Cuba (18781930), La Habana, Fundación Fernando Ortiz, 2005; y Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX, Ed. cit., 88.

Otro aporte notable a este asunto proviene de la más reciente obra de José A Piqueras en especial de su capítulo quinto, véase al respecto José A. Piqueras, “Sociedad civil, desigualdad y disentimiento (1878-1895), en: Sociedad civil y poder en Cuba. Colonia y Poscolonia, Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2006, pp. 157-213. Sobre el nacimiento y auge de las sociedades científicas en Cuba consúltese, Reinaldo Funes Monzote, El despertar del asociacionismo científico en Cuba (1876-1920), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2004.

[39] Esta exposición, aunque menos conocida que sus semejantes de 1889 y 1900 tuvo cierta repercusión para la Isla, no solo por la medalla de bronce que alcanzara la Real Academia a través de sus Anales, sino también porque allí obtuvo medalla de oro el ingeniero Francisco Albear con su proyecto de Acueducto, un modelo de obra ingeniera que fuera puesto en práctica en 1893.

Véase, “Sesión pública ordinaria del 13 de junio de 1880”, en Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, t. XVII, Habana, Impr. “La Antilla” de N. Cacho Negrete, 1880, 66; “Sesión pública ordinaria del 15 de diciembre de 1878”, en Anales de la Real…, t. XV, Habana, Imp. “La Antilla”de N. Cacho- Negrete, 1878, pp. 319; Rolando García Blanco (coordinador-editor): Cien figuras de la ciencia en Cuba, La Habana, Editorial Científico Técnica, 2002, pp. 92-98.

[40] A esta suma pudieran agregarse las colecciones de “Historia Natural” y la “Colección Científica” pertenecientes a la misma institución y que obtuvieran medalla de plata y mención respectivamente en la Panamerican Exposition así como el conjunto de obras del científico alemán Juan Gundlach y del hacendado y político Francisco de Arango y Parreño que fueran premiadas en Chicago.

Para un análisis de la participación de la Academia en las exposiciones véase, “Sesión pública ordinaria del 16 de noviembre de 1875”, en Anales de la Real…, [La Habana], Imprenta de N. Cacho y Negrete, 1875, 252-253; “Noticias”, en Crónica Médico Quirúrgica de la Habana, La Habana, a. II, julio de 1876: 379; España. Comisario Regio en la Exposición Universal de Filadelfia, 1876, Exposición Universal..., 113; “Sesión pública ordinaria del 15 de diciembre de 1878”, en Anales de la Real…, t. XV., La Habana, Imp. “La Antilla” de N. Cacho-Negrete, 1878, 319; “Sesión pública ordinaria del 13 de junio de 1880”, en Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, t. XVII, La Habana, Imprenta “La Antilla” de N. Cacho y Negrete, 1880, 66; “Sesión extraordinaria del 1 de septiembre de 1881, en Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, t. XVIII, La Habana, Imprenta “La Antilla”, 1881, 178-179; “Sesión pública ordinaria del II de marzo de 1894”, en Anales de la Real…, t. XXX., La Habana, A. Miranda y Ca. Impresores, abril 15, 1894, 51; Manuel Serafín Pichardo, La ciudad…., 118-119; Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Cuba en la exposición Panamericana…., (122)- 126; “Cuba en San Luis”, en La Lucha, La Habana, a. XX, no. 245, miércoles 12 de octubre, 1904: s/p; “Regreso”, en Boletín Mensual de la Liga contra la Tuberculosis en Cuba, La Habana, a. IV, no. 4, octubre, 1904: 63.

[41] La Sociedad Protectora de Niños de la Isla de Cuba fue fundada en 1883 por el sacerdote madrileño Jerónimo Mariano Useda y Alarcón.

“Esta sociedad tomaría bajo su protección a los niños desamparados, en peligro físico o moral, abandonados, recién nacidos, hijos de mujeres presas, niños enfermos, niños trabajadores, detenidos o penados, en gestación y lactantes.”

“La Sociedad tomaría bajo su protección a los niños hasta que estuvieran colocados en arte, oficio o profesión, y a las niñas hasta el matrimonio o que estuvieran en condiciones de atender honradamente a sus necesidades.”

La Sociedad obtuvo en la exposición de Chicago un premio gracias a sus Memorias.

Véase al respecto, “Nuestro Fundador”, en http://www.amordedios.net/usera/fundador.htm, 2007; Manuel Serafín Pichardo, La ciudad..., 230; Anales de la Real…, t. XXX, La Habana, Impr. de A. Álvarez y Comp., 1893, pp. 62-63.

[42] Por nuevas condicionantes existentes en la Isla en las postrimerías del XIX surgieron diversas corporaciones representativas de diferentes intereses económicos. De ese modo se fundaron importantes entidades como La Cámara de Comercio y el Círculo de Hacendados.

La Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de La Habana surgió en 1876; en sus inicios se denominó Centro Comercial General de Comercio de La Habana, hasta que más tarde se le rebautizó con el de Junta General de Comercio con la concesión de carácter oficial; este nombre se modificó de nuevo en 1887 para adoptar el de Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de La Habana, en el siglo XIX hubo organizaciones similares en Santiago de Cuba y Cienfuegos. El 20 de mayo de 1899 la Cámara de Comercio adoptó un matiz “nacional” y pasó a denominarse Centro de Comerciantes e Industriales de la Isla de Cuba, hasta que en enero de 1906 cambió su nombre por el de Cámara de Comercio e Industria de la Isla de Cuba.

El Círculo de Hacendados fue creado en 1878 y tuvo como órgano difusor a la Revista de Agricultura. Órgano Oficial del Círculo de Hacendados, la que divulgó muchísimas actividades relacionadas con las exposiciones.

Oscar Zanetti, Comercio y poder. Relaciones hispanonorteamericanas en torno al 98, La Habana, Ediciones Casa de las Américas, 1998, pp. 49-50; Joaquín Argüelles, “Cámaras de Comercio en Cuba. Una historia de 125 años”, en Cuba Foreign Trade (Publicación Oficial de la Cámara de Comercio de la República de Cuba), La Habana, no. 2, Cuba, 2001, pp. 32-35.

[43] La Sociedad de Labores Cubanas fue creada el 10 de febrero de 1900 con sede en La Habana y su propósito era el de “proporcionar toda clase de trabajos a las mujeres residentes en esta Isla, sin lucro alguno para los asociados” según declaraciones de su presidenta Laura Zayas Bazán.

Esta entidad se planteó ayudar a todas las cubanas que quisieran concurrir a la Exposición Panamericana de Búfalo. En dicha exposición la Sociedad obtuvo dos medallas doradas.

Laura Zayas Bazán, “Las labores cubanas en Buffalo”, en La Lucha, La Habana, a. XVII, no. 84, lunes 8 de abril, 1901, pp. 1; Gobierno Militar de la Isla de Cuba: Cuba en la Exposición Panamericana…., pp. 118.

[44] Los Colegios de Abogados eran entidades profesionales dependientes en primera instancia de los reglamentos de sus similares españolas. Durante todo el XIX era de obligatorio cumplimiento pertenecer a esa entidad para ejercer la profesión. Según la página en Internet de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos de Cuba: “A partir de 1819, por orden del rey Fernando VII se establecen Colegios de Abogados en La Habana y Puerto Príncipe. El primero se funda en la ciudad de Puerto Príncipe en 1831, con estatutos propios inspirados en el Colegio de Abogados de Madrid. Motivos políticos determinaron que el Colegio de Abogados de La Habana surgiera con posterioridad y que se estableciera definitivamente en 1879. Desde 1842 se habían constituido los de Santiago de Cuba y Trinidad - Remedios - Sancti Spiritus.”.

En la exposición Universal de 1893, en Chicago, el Colegio de Abogados obtuvo premio con un conjunto de revistas, véase al respecto, “Antecedentes, surgimiento y desarrollo de la Organización de Bufetes Colectivos” en documento en línea, http://www.eft.com.ar/doctrina/articulos/onbc.htm, 2007; Manuel Serafín Pichardo, La ciudad...., pp. 231.

[45] La Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana se fundó el 11 de octubre de 1879. Según sus promotores su objetivo era el de “la adquisición y perfeccionamiento de los conocimientos médico quirúrgicos bajo un punto de vista esencialmente práctico”. A su vez dirigiría “sus mayores esfuerzos y su más preferente atención al estudio de las afecciones propias de este clima”.

Al decir del investigador Reinaldo Funes: “En las dos décadas finales del siglo XIX la Sociedad de estudios Clínicos de La Habana se convirtió en el principal centro de discusión de resultados y promoción de la investigación en el campo de las ciencias médicas después de la Real Academia”. La Sociedad estuvo representada en la exposición de Búfalo donde obtuvo medalla de bronce con una colección de sus Anales. Reinaldo Funes Monzote, El despertar..., pp.115-116, 118; Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Cuba en la Exposición Panamericana..., pp. 92, 125.

[46] La confianza depositada por las instituciones metropolitanas en esta entidad fue de tal magnitud que el Ministro de Ultramar les entregó 20 000 pesos para garantizar la participación cubana en la exposición parisina de 1889.

Asimismo, y por Real Orden 627 del 24 de abril de 1893, el Gobernador General y la Administración General del Gobierno de la Isla de Cuba nombraba con carácter oficial a Rosendo Fernández, miembro de la Cámara de Comercio, como representante de la Comisión Cubana en la exposición de Chicago. La Cámara, que esta vez recibió una ayuda gubernamental de 10 000 pesos oro, para que creara una Comisión en el seno de su Directiva y organizara las muestras. Un año antes, con motivo de la exposición auspiciada por la Sociedad Gallega, la Cámara creó una Comisión para contribuir con un premio de 102 pesos oro.

“A la Exposición de París”, en Revista de Agricultura. Órgano Oficial del Círculo de Hacendados de la Isla de Cuba, a. IX, no. 13, domingo 31 de marzo, 1889: 154; “Actas y acuerdos de la directiva. Sesiones celebradas después de la del 25 de abril último. Ordinaria del día 13 de mayo de 1890”, en Boletín Oficial de la Cámara de Industria Comercio y Navegación de La Habana, La Habana, mayo 31, 1890: 17; Boletín Oficial de la Cámara…, La Habana, junio 30, 1890: 6; “Exposición de Chicago”, en Boletín Oficial de la Cámara…, La Habana, a. V, no. XL, febrero 28, 1893: 19-21; “Parte Oficial”. Administración General. Gobierno General de la Isla de Cuba”, en Gaceta de La Habana, a. LV, no. 119, t. I, domingo 21 de mayo de 1893: 957; “Exposición Certamen en la Sociedad ´Aires d´a miña terra´”, en Boletín Oficial de la Cámara…, a. IV, no. XXXIII, julio 31, 1892: 182-183; “Exposición Certamen”, en Boletín Oficial de la Cámara…, a. IV, no. XXXIV, agosto 31, 1892: 202-203.

[47] La Secretaría de Agricultura, Industria y Comercio lideró la participación cubana en las exposiciones de París (1900), Búfalo (1901) y San Luis (1904).

[48] Nomenclator…, pp. 157.

[49] Ambrosio Fornet, El libro en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994, pp. 173-193, 193-206.

[50] Un inventario de las revistas científicas cubanas del período 1876-1920 podrá verse en Reinaldo Funes, El despertar..., pp. 319-320.

Sobre las revistas y periódicos de carácter general y de otros de orden literario véase: Instituto Cubano de Literatura y Lingüística: Diccionario de la Literatura Cubana, (t. I), Ciudad de La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1980; y Diccionario…, (t. II), Ciudad de La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984.

[51] El pabellón de la prensa consistió en un octágono de ocho metros de largo por seis y medio de alto, equipado para celebrar juntas, conferencias de prensa, y facilitar el trabajo de corresponsalía de los periodistas.

Domingo Figarola Caneda, Guía Oficial de la Exposición…., LXXXVII-LXXXIX.

[52] El premio obtenido por los Anales… en 1876 estimuló la participación en las exhibiciones de la prensa, periódica y especializada; la existencia de un pabellón exclusivo para las labores periodísticas y la participación de la prestigiosa Revista de Cuba junto a los ya conocidos Anales… en la exposición internacional de Matanzas corroboran dicho ascenso.

Sin embargo, el gran salto ocurrió en 1901, a raíz de la exposición panamericana de Búfalo donde se presentaron junto al órgano oficial de la rebautizada Academia de Ciencias de La Habana, ochenta y dos colecciones de revistas y periódicos, entre ellos las Memorias de la Sociedad Económica Amigos del País, la revista Cuba y América, Revista de Agricultura, Revista de Instrucción Pública, la Crónica Médico Quirúrgica, Archivos de la Policlínica, los periódicos La Higiene de Manuel Delfín, La Escuela Moderna, El Avisador Comercial, El País, El Nuevo País, El Mundo, La Discusión, El Cubano Libre, el Diario de la Marina, y periódicos representativos de muchísimas localidades del país como Holguín, Guanajay, Güira de Melena, Batabanó, Regla, Alquízar, Bejucal, Macuriges, Santa Clara, Rodas, Yaguajay, Puerto Príncipe, Nuevitas, Manzanillo, Guantánamo, San Luis, Sagua la Grande y Sancti Spíritus.

En 1904 la representación fue menor pero obtuvo mayor la cantidad de premios que en Búfalo. En esta última los representantes de la Isla obtuvieron una medalla de oro, dos de plata, cinco de bronce y seis menciones honoríficas; mientras en la reunión de San Luis, las veintisiete muestras (se descuenta una colección del Journal de Nueva York) alcanzaron un Gran Premio (en este caso de los Anales…, ubicados erróneamente en el Departamento de “Educación” cuando en realidad concursaron bajo el apartado de “Artes Liberales”), cinco medallas de oro y dos de plata, una de ellas entregada como premio colectivo a veinte periódicos cubanos.

A todo ello se añade una medalla de plata concedida a la Revista de Instrucción Primaria mostrada en el área relativa a la “Educación”.

Véanse, además, Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Cuba en la Exposición Panamericana…., 91-100, 122-127; Cuba at the Louisiana…, pp. 17-36, 41-43, 75-87.

[53] ANC, Fondo Secretaría de Estado y Gobernación, legajo 96, expediente 713, Expediente relativo a la Exposición de Buffalo, 10 de mayo de 1901.

La colección aludida recibió medalla de plata en la Panamerican Exposition.

Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Ob. cit., pp. 124.

[54] “Los expositores cubanos”, en Cuba y América, [La Habana], a. V, no. 103, agosto, 1901, pp.295.

[55] Havana Sun, [La Habana], Friday, december 20, 1901: s/p.

[56] El Fígaro, La Habana, a. XVI, no. 30, 12 de agosto, 1900, pp. 380-381; “Cuba en Saint Louis”, en: La Lucha, La Habana, a. XX, no. 101, miércoles 27 de abril, 1904: s/p.

[57] Raimundo Cabrera, Cartas a Govín sobre la Exposición de Chicago, impresiones de viaje. (Segunda serie), La Habana, “Los niños huérfanos”, 1893, pp. 118-119. Prosiguiendo con el argumento Raimundo Cabrera agrega:

“Entre aquellos riquísimos Kioskos, construidos con maderas cubanas y por artistas cubanos, que contienen vitolas y hojas de tabaco habano, las más estimadas en el mundo, presentadas por los señores Bances y López, Cabañas, Inclán y Díaz, García Alonso, don Manuel del Valle, Upmann, Tres Palacios, Arcano, Salomón Hermano, Fernández Corral y otros fabricantes; se presentaba a mi imaginación la figura casi desnuda del humilde veguero o aparcero de Vuelta Abajo, siempre pobre, siempre adeudado y perseguido por el recaudador de impuestos, ó lo que es peor, por el bodeguero refaccionista cuya cuenta de anticipos y de tanto por ciento, es la negación absoluta del ahorro. Lo veía en su rústica choza desamueblada; sin libros, porque no sabe leer, ni tiene escuelas suficientes para su enseñanza; rutinario, porque no hay cerca de él una administración que le guíe y le suministre la noción y los medios para emprender nuevos procedimientos; ¡miserable siervo de la gleba en comparación del rico, feliz y siempre esperanzado farmer de Washington!”

[58] Raimundo Cabrera, Cartas…, pp. 112-113.

[59] El valor adicional que adquiría y aun adquiere este producto cuando sale de las hábiles manos de un torcedor contribuyó también a que fuera desechada la idea de elaborarlo con ayuda de la maquinaria.

Sobre el tema hay una excelente monografía de Martín Duarte Hurtado, La máquina torcedora de tabaco y las luchas en torno a su implantación en Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973.

[60] Sobre el particular véase: Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba: Historia del Movimiento Obrero Cubano, 1865-1898, t. I (1865-1935), La Habana, Editora Política, 1985, pp. 73-85.

[61] Manuel Serafín Pichardo, La ciudad…., pp. 227.

[62] José Rivero Muñiz, El movimiento obrero durante la primera intervención, La Habana, Dirección de Publicaciones Universidad Central de las Villas, Impresores Úcar García S. A., 1961, pp. 181.

[63] La banda de la policía de la Habana en la exposición Pan-Americana de Buffalo, 1901, La Habana, Imprenta “La Prueba”, 1901, s/p.

[64] El hecho generó numerosa literatura incluyendo materiales científicos como el libro Los negros brujos de Fernando Ortiz, quien con los años deviniera figura importantísima de la antropología y la etnografía en la Isla. Ortiz, al igual que los numerosos diarios de la época apoyaba determinados puntos de vista que vinculaban la criminalidad a la condición somática del negro.

Véase, Ricardo Quiza Moreno, “Fernando Ortiz y su hampa afrocubana”, en Diez nuevas miradas de Historia de Cuba. (José A. Piqueras editor). Castelló de la Plana España, Publicaciones de la Universitat Jaume I, 1998.

[65] Manuel Delfín, “La muerte de una niña”, en La Higiene, La Habana, a. 9, no. 75, (segunda época), noviembre 20 de 1904: 1628.

En un texto de similar corte Delfín agregaba: “Las más groseras supersticiones reinan en nuestros campos y en los suburbios de nuestras poblaciones más importantes: una mezcla informe de las creencias del culto externo del catolicismo con las más bárbaras prácticas del fetiquismo africano; torpes manifestaciones de una ignorancia inveterada que han arraigado de tal manera en nuestro pueblo que será difícil sini imposible arrancar de cuajo”. Dr .M.D, “Los negros brujos”, en La Higiene, La Habana, a. 9, no. 177 (segunda época), diciembre 10 de 1904: 1657.

[66] “La Cámara de Representantes”, en: La Lucha, La Habana, a. XX, no. 163, martes 12 de julio, 1904: s/p.

[67] “Aplastemos al Japón”, en: La Lucha, La Habana, a. XX, no. 163, martes 12 de julio, 1904: s/p.

[68] “Pobladores y braceros”, en: La Lucha, La Habana, a. XX, no. 132, jueves 2 de junio, 1904: s/p.

[69] Manuel Serafín Pichardo, La ciudad…, 101, pp. 154-157.

[70] Raimundo Cabrera, Cartas…., pp. 75, 77-78.

[71] Miguel Eduardo Pardo, “Crónicas parisienses El Fígaro en la Exposición”, en El Fígaro, Habana, año XVI, número 22, 15 de junio, 1900, pp. 280.

[72] Según Manuel S. Pichardo: “La mujer en los Estados Unidos sigue invadiendo todos los campos” y a continuación advierte a sus coterráneas “¡Oh, no sigan tales huellas las mujeres cubanas, continúen siendo femeninas! Este esfuerzo, este combate, este asalto de la mujer, la hará sin duda competidora del hombre, capaz de los mayores atrevimientos, doblemente útil en la vida práctica, pero tiende á despojarla de la exquisitez y de la debilidad que han sido su encanto”.

Enrique J. Varona, abandonando el protocolo que exige todo prólogo, anotaría en la introducción del libro del propio Pichardo lo siguiente: “El señor Pichardo aconseja con calor a nuestras compatriotas que no sigan las huellas de la mujer americana. Ya teme ver á las graciosas y sensibles hijas de Cuba, adelantándose a paso gimnástico por la áspera liza de la vida, compitiendo con el hombre en las rudas labores profesionales, dejando caer de sus manos afanosas las flores perfumadas de la poesía y del arte, para ceñirse la toga ó manejar la toga o el bisturí […] Pero hay que mirar este problema con otros ojos que los de la fantasía y ¿por qué no decirlo? Del egoísmo inconciente y, por tanto, más sagaz y engañoso […] Durante largos siglos ha hecho el hombre de la mujer su parásito y es ley biológica que el parasitismo atrofia y deforma.”

Manuel Serafín Pichardo, La ciudad…, pp. 42-43.

Enrique José Varona, “Prólogo”, en Manuel Serafín Pichardo, La ciudad…., pp. 9-10.

Un somero análisis de este asunto podrá verse en, Luisa Campuzano “Mirar al Norte: Viajeras cubanas a los Estados Unidos (1840-1900)”, en: Mirar el Niágara. Huellas culturales entre Cuba y los Estados Unidos (compilación, introducción y notas, Rafael Hernández), La Habana, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2000, pp. 72.

[73] Laura Zayas Bazán, “Las labores cubanas en Buffalo”, en La Lucha, La Habana, a. XVII, no. 84, lunes 8 de abril, 1901, [1].

[74] Las contribuciones de Eva Canel para el Boletín de la Cámara de Comercio… se caracterizaron por su crítica a los norteamericanos, quienes a esas alturas eran vistos por los sectores integristas como un enemigo para la estabilidad del predominio español en Cuba. En tal sentido, la actitud de la Canel no se diferenciaba de la que sostuviera la prensa colonialista en la isla que por similares motivos pretendió desacreditar la celebración universal de 1893, postura que fuera rechazada por Raimundo Cabrera en sus ya citadas Cartas a Govín sobre la Exposición de Chicago… En cambio Aurelia Castillo aprovechó el certamen para fundamentar sus criterios a favor de la causa cubana, al tiempo que justipreciaba los avances de Norteamérica pero reconociendo el peligro de una futura absorción de la Isla por parte de la potencia emergente.

Sobre el tema véase: María del Carmen Barcia, “Eva Canel una mujer de paradojas”, en Anuario de Estudios Americanos, a. LVII, no. 1, ene–jun, 2001, pp. 227-251; Eva Canel, Lo que vi en Cuba, Imprenta y Papelería “La Universal”, Habana, 1916; Aurelia Castillo, Escritos de Aurelia Castillo de González, (vol. III.), La Habana, Imprenta “El Siglo XX”, 1913; Escritos de Aurelia Castillo de González, (vol. V.), La Habana, Imprenta “El Siglo XX”, 1914; : Un paseo por América. Cartas de México y de Chicago, La Habana, Imp. “ La Constancia”, 1895; : Un paseo por Europa. Cartas de Francia (exposición de 1889), de Italia y de Suiza, La Habana, La Propaganda Literaria, 1891.

[75] Gobierno Militar de la Isla de Cuba, Cuba en la Exposición Panamericana…., pp. 129.

[76] Sobre el tema véase, María Antonia Marqués Dolz: Las industrias menores…, La Habana, Editora Política, La Habana, 2002.

[77] "Miscelánea", en Revista Cubana, La Habana, (t. XVIII), 1893: 567-568.

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