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ISSN 2075-6046
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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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La Guerra Grande: Dos puntos de vista 
José Abreu Cardet

EL JUEZ DEFINITIVO TIENE LA PALABRA

(INTRODUCCION)

En este libro hemos reunido una serie de testimonios y ensayos sobre la guerra de independencia que, entre 1868 a 1878, libraron los cubanos. La obra se inicia con dos testimonios. El primero es un análisis sobre las causas de la guerra expresada por un integrista convencido, como fue Antonio José Nápoles Fajardo, hermano del famoso poeta Juan Cristóbal de los mismos apellidos y que ha pasado a la historia como El Cucalambé. Continuamos con unas anotaciones sobre los primeros días de la contienda por el general mambí Calixto García Íñiguez. Incluimos dos estudios sobre mujeres que aunque escribieron relevantes páginas en aquellos años terribles hoy están poco menos que olvidadas. Nos referimos a Isabel Vélez Cabrera, la esposa de Calixto García, y Juana de la Torre, la mujer que le propinó la primera derrota a las fuerzas coloniales en octubre de 1868. El estudio biográfico sobre esta última nos ha servido para tratar de entender como la historiografía ha valorado el papel de la mujer en aquella contienda. Un análisis sobre los primeros noventa días de la guerra en Oriente nos sitúa ante las muchas alternativas que tuvieron ante sí los mambises y las circunstancias que los hicieron escoger uno u otro sendero de la construcción de la vida política dentro del independentismo.

La acción bélica, propiamente, tratamos de analizarla desde las perspectivas de los dos bandos, en varios ensayos uno de ellos sobre el combate del El Salado, otro sobre un territorio aparentemente alejado de la contienda en sus años más cruciales como Baracoa. Los destacamentos españoles y sus tácticas son valorados en uno de los ensayos lo que nos sitúa ante una de las más efectivas y desconocidas reacciones militares españolas en la contienda. Asunto, también, escasamente valorado hasta el presente es el financiamiento de la gran ofensiva político-militar desarrollada en los últimos años de la lucha. Tema que tratamos en uno de los ensayos.

Por último hacemos un análisis sobre la reconstrucción intelectual de la guerra por sus participantes y luego por los historiadores.

En ocasiones nos parece que los acontecimientos generados por aquel desproporcionado esfuerzo bélico guardan ricos y olvidados filones de una extraña mitología. En este caso es imaginación generada por los propios hechos y no por los estudiosos del pasado.

Como si lo acontecido guardara un matiz de criterios propios. Sobre ese peculiar mundo que parece todavía latir en algún rincón del pasado es de lo que trata este conjunto de breves testimonios y ensayos. En fin, el lector, ese juez definitivo, tiene la palabra.

UNA VISIÓN INTEGRISTA DE LA GUERRA DEL 68

Las guerras de independencia son de los fragmentos del pasado cubano a las que la historiografía les ha puesto mayor atención. Es difícil encontrar un acontecimiento relevante en aquella contienda o una figura importante a la que no se le haya dedicado uno o varios estudios. Este interés no es exclusivo de los historiadores de la Isla. También existe una visión española de carácter histórico que desde el mismo día del alzamiento comenzó a reflejarse en artículos de periódicos, revistas, folletos y libros. Paralelo a las guerras de independencia iban surgiendo esos textos que hoy ocupan un espacio relativamente amplio en los anaqueles de las bibliotecas. En ella se reflejaba el punto de vista de los colonialistas.

Con mayor o menor imparcialidad con menos o más pasión el criterio de los intelectuales españoles, que fueron contemporáneos a las contiendas y escribieron sobre ellas, está matizado por ese apego a la defensa del derecho de la metrópoli a perpetuar su dominio en la colonia.

Los acontecimientos superaron estas obras Los cubanos demostraron durante tres guerras que estaban dispuestos a conquistar su independencia. Estos textos colonialistas no fueron a parar materialmente al basurero, aunque intelectual y moralmente les correspondió ese lugar. Los cubanos, en la medida en que el tiempo iba imponiendo un razonamiento más distante de aquellos acontecimientos han tratado de cuidar tales obras en las bibliotecas, sometiéndolas a procesos de conservación y restauración cuando ha sido necesario y posible. Se ha comprendido que tras las muchas calumnias, el justificar crímenes horribles, existe también una información valiosa que es necesario conservar. Incluso los mismos criterios antagónicos de los autores tienen un valor para el estudio científico social, pues a través de ellos se puede llegar a comprender las mentalidades y las motivaciones de aquellos hombres que se enfrentaron a la rebelión de los cubanos. Esos textos y criterios también forman parte de la Historia de Cuba.

Cuando se decidió incluir en esta obra este fragmento de El Sitio de Holguín, de Antonio José Nápoles, experimentamos un sentimiento embarazoso de que comenzábamos a caminar en terreno que no era el nuestro. Nos movíamos al otro lado de la colina. Entrábamos en las residencias en que nuestros antepasados mambises soñaron con incendiar y degollar a filo de un buen machete Collins a sus ocupantes.

Sin embargo, comprendimos que todos estos libros también conforman nuestro pasado. La mayoría de los cubanos tenemos, también, un abuelo integrista en ocasiones tan convencido como el abuelo mambí.

El Sitio de Holguín, de Antonio José Nápoles Fajardo, lo podemos dividir en dos partes. La primera es un estudio sobre las causas del alzamiento de 1868 en la jurisdicción de Holguín. La segunda, una descripción de lo ocurrido durante el sitio de Holguín. La primera parte es más un ensayo que una monografía descriptiva. El autor valora como una de las causas del alzamiento en Holguín el estado de endeudamiento de los campesinos creado por comerciantes usureros, la corrupción y el vicio establecido en los campos de la comarca. También, el efecto de tenientes gobernadores mediocres. Según su criterio tales asuntos se podían haber resuelto en el marco del sistema colonial español. Para ese autor esa fue una de las causas de la guerra, pero no la única. Asunto ampliamente explicado en cualquier libro sobre aquel acontecimiento. Sin embargo, el valor de la obra de Nápoles radica precisamente en que a diferencia de la mayoría de los textos escritos en su época y durante muchos años ofrece detalladas descripciones de lo acontecido sin hacer análisis ni esbozar una interpretación. Otra de las características de la obra de Nápoles Fajardo es que le da participación en los hechos a gente que en otros textos han sido olvidados como los dependientes, artesanos, mujeres, presos y otros de menor relevancia social siguiendo los parámetros de la época.

Por la participación del autor en los acontecimientos que narra y la cercanía en el tiempo en que fue escrito, febrero de 1869, el libro tiene, al mismo tiempo, un serio límite: la pasión. Para el autor, los mambises son un grupo de delincuentes y saqueadores. Trata de disminuirlos por todos los medios a su alcance por lo que cuando se refiere al bando contrario debemos, por principio, de poner en duda sus criterios e incluso la información. Por último el Sitio de Holguín podemos considerarlo como uno de los primeros estudios de carácter regional escrito por un cubano en el sentido moderno que se entiende por tal definición. Nápoles hace una interpretación sobre un acontecimiento de carácter nacional destacando las particularidades que se dan en la localidad.

La única ciudad cubana que ha sido demolida hasta sus cimientos en dos ocasiones en un periodo de unos veinte años es Las Tunas. En septiembre de 1876 las fuerzas de Vicente García la tomaron en un sorpresivo ataque. En agosto de 1897, Calixto García le puso sitio. En ambas ocasiones el poblado fue reducida a cenizas. El fuego se hizo cargo del libro donde anotaron el bautizo de Antonio José Nápoles Fajardo. Asunto que nos obliga a iniciar estas notas sobre el ensayista y periodista tunero sin poder ofrecer una fecha de nacimiento.

Sus padres fueron Manuel Agustín Nápoles Estrada y Antonia María Fajardo. Residían en Las Tunas. El matrimonio tuvo varios hijos. Tres varones, a los que bautizaron con los nombres de Juan Cristóbal, Manuel y nuestro biografiado Antonio José. Las hembras Antonia, Ismaela, Manuela, Ana Gertrudis y María de la Concepción Cleofás. Al menos, estos son los hijos legítimamente reconocidos del matrimonio. Los varones crearon un mundo en extremo exótico para una comunidad conformada por terratenientes, ganaderos, campesinos y peones. Una parte considerable analfabeta y reducida a la vida monótona de sus fincas y sitios de labranzas. Esta gente no era propietaria de una cultura literaria o científica. Es el criterio más común y creído hasta ahora.

La familia Nápoles Fajardo daría un aporte considerable a la memoria cultural tunera, pues Juan Cristóbal y Manuel fueron dos poetas que anclaron la región en la literatura cubana. También Antonio José tenía sensibilidad de poeta, aunque de él apenas han quedado tres poesías. Es de suponer la existencia de un número mayor, pero no tenemos la constancia.

La vida de Antonio José está rodeada por una bruma que nos ha dejado espacios inacabados. La imprecisión en fechas y acontecimientos marcan la biografía de este intelectual. Como la punta de un iceberg, de vez en cuando emergen fragmentos de información sobre su pasado.

El 14 de agosto de 1848 el escribano de Las Tunas Miguel Martí anotaba:

Escritura de donación que otorgó el Sr. cura D. Jose Rafael Fajardo a favor de D. Antonio José y D. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo todos vecinos, de 15 pesos de posesión a cada uno en su sitio Cornito en el hato conocido de Las Tunas para labranzas.[1]

Luego, otra noticia que ha escapado al olvido nos dice que contrajo matrimonio con Josefa María Roselló con la cual tiene una niña que nació el 4 de febrero de 1861[2]

Antonio José aparece muy tempranamente vinculado a la tipografía. La historia de la imprenta en Las Tunas es bastante temprana si tenemos en cuenta las reducidas dimensiones culturales de la región durante el período colonial. El 7 de marzo de 1859 cinco vecinos de la población le dirigen una solicitud al Capitán General para comprar una imprenta y crear un periódico semanal titulado El Hormigo.[3]

El grupo de promotores adquiere la imprenta en Puerto Príncipe y la establecen en Las Tunas bajo la dirección de Manuel Nápoles Fajardo. En diciembre de 1860 Manuel traspasa la administración a su hermano Antonio José. Este la traspasa más tarde a Lorenzo de Artime y Morán pues ha decidido trasladarse a Holguín.

Hay una serie de hechos que no parecen ser simples exponentes aislados del pasado de la región de Las Tunas. Entre ellos podemos considerar la fundación de una imprenta y un periódico, la existencia de poetas como los hermanos Nápoles. Incluso las características del propio movimiento independentista que se convirtió en un poderoso centro político para los demás revolucionarios de las comarcas orientales y camagüeyanas. No parece muy creíble la historia tantas veces repetida de que un grupo de ignorantes campesinos y terratenientes tuneros fueran capaces de convencer a buena parte de la elite revolucionaria para que los siguiera en sus movimientos políticos durante la guerra. Más, teniendo en cuenta que en esa elite se encontraban destacados intelectuales.

Es significativo que en esa sociedad se formó un hombre de las dimensiones de Antonio José Nápoles Fajardo, capaz de hacer análisis sobre la sociedad que estaba fuera del contexto del desarrollo de buena parte de otras obras de ese tipo, nos sitúa en una encrucijada sin respuesta todavía. ¿Estamos ante una excepción o la punta de un iceberg?

Nápoles según hace constar en su libro llegó a Holguín en 1861. En esos años esta población era el centro de un amplio desarrollo motivado por lo que hoy llamaríamos una locomotora económica. El puerto de Gibara y su hinterland se había convertido en un centro de comercio sin precedente en la región. Por sus muelles se embarcaba una cantidad considerable de mercancías. En las inmediaciones de la bahía surgió una rica zona de cultivo con la presencia de varios ingenios azucareros y una infinidad de vegas que llenaban los muelles de forma sistemática de convoyes de azúcar y tercios de tabaco. En Holguín, Nápoles funda el periódico El Oriental. Para esto dispone de una imprenta.

Nápoles actuará con una fidelidad absoluta al régimen español. No estamos ante un simple arribista que se unía al carro de los poderosos en busca de alguna ventaja económica, era un convencido de sus ideas y así lo demostró. En los momentos más difíciles para el colonialismo español en Cuba, cuando la revolución independentista triunfaba en el Departamento Oriental y tal parecía que la Nochebuena de 1868 se celebraría en Cuba libre. Antonio José se unió con absoluta pasión a los defensores del integrismo. Formó fila junto al reducido grupo de fieles a la metrópoli en la ciudad de Holguín. Con ellos se encerró en La Periquera sufriendo el sitio más prolongado impuesto por el Ejército Libertador La victoria insurrecta parecía inminente, pero el ánimo de Nápoles no flaqueó.

De todas formas la definición de traidor le es muy cercana. Mientras miles de sus compatriotas morían por Cuba Libre, Nápoles se refugia entre las fuerzas más reaccionarias, entre los que sostenían la esclavitud colonial. Moralmente estuvo junto con los que formaron el pelotón de fusilamiento que puso fin a al vida de los jóvenes estudiantes de medicina.

Pero la historia humana no se escribe en blanco y negro. Es importante esclarecer que una parte considerable de los vecinos de la Isla estuvieron al lado de las fuerzas colonialistas en las guerras de independencia y en especial, en la de 1868. Entre ellos se encontraba una buena cantidad de inmigrantes españoles, colonos franceses del sur de Oriente, y también una los que, nacidos en la Isla, combatieron contra la revolución. Muchos de ellos eran mercenarios, recibían una paga como contraguerrilleros, o su integración a los cuerpos de voluntarios los alejaba de las sospecha de una posible militancia independentista. Lo más triste fue que individuos que pertenecieron al Ejército Libertador, traicionaran y acabaran brindando sus conocimientos sobre los mambises a los colonialistas por un plato de lentejas. Desgraciadamente tales actitudes conforman también la condición humana. Pero un grupo de cubanos integristas actuaron con un gran convencimiento y fueron fieles a España hasta las últimas consecuencias. Nápoles Fajardo parece que milita más en este grupo que en los primeros que se movían por una simple paga.

La participación de una cantidad relativamente importante de cubanos en el integrismo es producto de un complejo proceso donde nos encontramos desde el arribismo y el oportunismo mercenario hasta asuntos ligados a la formación de nuestra nacionalidad que no podemos simplificar. Antonio José está atrapado en esa madeja social, se siente español o miembro de una provincia española de ultramar. Pero al mismo tiempo no lo es. En su obra más significativa, El Sitio de Holguín, afirma con orgullo ser natural de la mayor de Las Antillas pero no ha dejado de sentirse como parte de España. En la obra esboza la necesidad de realizar reformas en la sociedad colonial. Señala críticamente muchos de sus males, pero piensa que se les puede dar solución. Se siente ganado por la seguridad que ofrece el colonialismo español.

El ejemplo de los pueblos latinoamericanos era deprimente y pesó bastante en la intelectualidad cubana de la época. Un ejemplo elocuente de esto era José María Heredia quien afirmaba en una carta al Capitán General de la Isla que había abrazado el independentismo: “...pero las calamidades y miserias que he presenciando hace ocho años, han modificado mucho mis opiniones, y verían como un crimen cualquier tentativa para transplantar á la feliz y opulenta Cuba los males que afligen al continente americano”.[4]

Aquí no se viven las endémicas guerras civiles, las epidemias de bandolerismo de las repúblicas latinoamericanas. Según ese criterio colonialista un buen teniente gobernador, una policía eficiente podrían ponerle fin a los brotes de bandolerismo que de vez en cuando se establecen en la comarca donde vive el periodista tunero.

Según Nápoles bajo el gobierno español se puede evitar el endeudamiento de los campesinos o los efectos de los vicios y lo superfluo que mina la vida de los cubanos de la época.

Las dictaduras prolongadas pueden crear esta psicología de aceptación sumisa de considerar que el fin del yugo entronizara el caos por siempre. Pero, pese a todos los males de la independencia, el futuro demostró hasta la saciedad que el colonialismo no ofrecía solución alguna para la Isla.

Los mambises tenían todas sus razones para machetear a Nápoles Fajardo si lo hubieran sorprendido en una de sus muchas emboscadas. Con sus razones, Julio Grave de Peralta o Vicente García le hubieran guardado un espacio en la rama de alguna guásima coronada por un lazo corredizo. Ellos tenían razones, pero también es necesario que tengamos en cuenta la obra de ese integrista convencido, que querámoslo o no, forma parte de nuestra historia.

En la época lo más común era que los estudios históricos se redujeran a una acumulación de datos sin mucho análisis. Mientras, Antonio José nos dejo un cúmulo de criterios muy bien elaborados y fundamentados, además de una cuidadosa observación de su tiempo y entorno fue agudo en la elaboración de criterios originales, para su época.

A continuación hemos reproducido un fragmento del Sitio de Holguín de este autor que, en esencia, es un sorprendente ensayo sobre la sociedad holguinera en particular y en general de las jurisdicciones del Cauto y pues su situación de desbordante desarrollo del comercio por su puerto cercano se da, por ejemplo, en Manzanillo ciudad que aunque con otras características hacia una función similar a Gibara con un amplio espacio de las jurisdicciones del propio Manzanillo y Bayamo. Nápoles Fajardo refleja en su obra solo una parte de la verdad. Las contradicciones metrópoli-colonia iban más allá de la acción de un grupo de voraces e inescrupulosos comerciantes. Las contradicciones estaban implícitas en el mismo desarrollo de la nacionalidad cubana y los limites del colonialismo. Pero de todas formas es necesario escucharlos a todos para comprender aquellos años que bruscamente se nos vienen encima con estampidos terribles, oscuridades amedrentadoras y resplandores grandiosos y puros. Acompáñenos en esta lectura breve que en esencia representa la visión integrista sobre los motivos del inicio de la guerra. Le damos la palabra a Antonio José Nápoles Fajardo.

En el Capítulo II de la obra citada dice:

…Vamos á llegar al período mas memorable que recuerda la historia de Holguín, período de agonías para el Municipio, de descontento general por los desembolsos inapelables que exigía el sistema tributario; de angustias por la penuria de escasez metálica, que gravitaba sobre el país y porque toda la jurisdicción, adeudada en las tiendas de campo y en casa de los usureros prestamistas, estaba en situación lamentable. Porque una de las cosas que mas ha contribuido á que la revolución tome incremen­to, ha sido ese número ilimitado de tiendas, en los campos que han llevado antes que la civilización á todos los Cuartones,[5] el lujo, los vicios, la mala fe y con ellos las ruinas de las familias. Nos esplicaremos [sic]. Hace veinte anos que nosotros decíamos: ‘Hay jurisdicciones, como la de Holguín, en que la revolución es muy difícil, porque la mayor parte de los campesinos son propietarios y cultivan su propio terreno. Andando el tiempo vinimos á establecernos en esta ciudad, trece años después, y ¡cuanta mudanza! ¡cuanto cambio en el modo de vivir de los habitantes de esta jurisdicción! Las tres ó cuatro tiendas de los campos de la jurisdicción, todas cerca de la casa del respectivo Capitán[6] se habían multiplicado por sí mismas cuatro veces; en cada cuartón un tenducho, dos y hasta tres; cada tenducho una madriguera y cada. madriguera una pocilga para los vicios.

Las familias de los campos, sencillas é inocentes, vivían felices en sus propiedades y abandonaban su campestre morada tres veces al año; por Semana Santa, por Santiago y por Pascua de Navidad: la ciudad ofrecía en esas épocas un aspecto de animación y vida que regocijaba.[7]

Pero mas tarde el tendero del cuartón, capitalista de doce pesos, comen­zó por llamar la música al cuartón, por llevar á la tienda botitos, vestidos costosos, sillones, manteletas, chales y demás adminículos que antes eran innecesarios en los campos. A las primeras funciones iban montadas las hijas de los hacendados en los sillones que guardaban enfundados para los viajes a la ciudad y las de los labriegos, hacían uso de enjalmas ó lomillos, que era la montura mas usual en el país.

Repitióse la fiesta otro día y ya todas las muchachas montaban sillones que el tendero fiaba á los padres, á pagar con la cosecha; el listado fue reemplazado con la falsa muselina, los zapatos de dril cuyo corte era de tres reales, fueron sustituidos con el botito de tres duros, el pañuelo tan propio de la guajira era inconveniente al lado del chal y la manteleta, el collar de colores era inadmisible al lado de las cuentas azules y coloradas de la industria francesa, y como el tendero explotaba [sic] en terreno virgen aconsejaba en nombre de la decencia semejantes gastos, se hacía la persona mas importante y entendida del Cuartón, fiaba á pagar con la cosecha, y como un esceso (sic) trae otros, mientras las muchachas bailaban ó eran bailadas al aire libre ó bajo una enramada, los hombres hacían honor á Baco en la bodega (siendo este uno de los graves males de las tiendas de campo)[8] cuando no estaban recreándose mas ó menos ocultos, con la baraja ó los dados.

El caso es que llega el primer año de cosecha, y aunque esta bastase á cada uno de los campesinos para satisfacer la deuda al tendero, se le entrega toda, pero siempre necesita cada cual un pico para este o el otro asunto, conviene el tendero en anticipar la cantidad que será pagada en tabaco el año siguiente, solo que en vez de dos quintales le pone cuatro y además el rédito consiguiente al dinero que anticipa.[9]

Si es sabido aquel refrán que dice: “labrador empeñado, es hombre arruinado”, ¿qué porvenir le aguardará al pobre labriego, que embalsado entre las manos del tendero le queda siempre la tienda abierta para que el esclavo tenga donde ir á vender lo que roba, para que el hijo frecuente la escuela de Baco y él mismo para que tenga donde gastar en sardinas, salchichones, galletas y otras baratijas que antes le eran innecesarias?[10]

Y todavía es nada eso; un campesino va al pueblo y en casa de su antiguo y formalote marchante, que siempre le pesaba bien, compra una arroba de sal, media de café, una cuarta de arroz y una libra de cebollas; llega á su casa arregla su romana de palo y ella le dice que el tendero del campo le cercena mucho de lo que compra pesado, pero vive distante y vale mas el viaje que lo que quiere reclamar. Desiste de ello y, con repugnancia al principio y por hábito después, si el tendero engaña al labriego, este le engaña á su vez en la calidad, clase y hasta en la cantidad de lo que le entrega.

Por supuesto, á los tres o cuatro años la deuda del labrador es enorme pero el tendero no quiere el perjuicio del labrador, no le quita bueyes ni caballos, sino que se contenta conque le hipoteque el sitio, porque como somos mortales, prevé la eventualidad de una desgracia mortuoria, y se asegura de ese modo. Por su parte el campesino agradece que no lo lleven á los tribunales y él mismo se pone el dogal al cuello. Así es como se improvisan fortunas en pocos años, que ahora muy pocos disfrutarán y se convencerán de que el brutal egoísmo no puede dar sazo­nados frutos. Pero no había "un hombre” previsor que conociese á fondo el estado del país, que no lamentase el mal que padecía, y todos temían una bancarrota general, que ha sido el principal móvil de la torpe é inocente revolución de que trataremos en breve. Además —y esto con la mejor buena fe—, muchos tenderos decían á los contribuyentes por el nuevo y oneroso sistema de contribuciones, que no pagasen estas para que el Gobierno se convenciese de la imposibilidad de que subsistiera tal impuesto; y como las seducciones de los cabecillas tenían por base la abolición del nuevo sistema, los campesinos creyeron lo que se les decía, de que comerciantes y hacendados estaban por la revolución, cuando estamos seguros de que ni unos ni otros pensaban en ella.[11]

Así finaliza Antonio José su razonamiento sobre las causas de la revolución en Holguín. Excluye por entero de ellas al sistema colonial español. Culpa en esencia, al espíritu de lucro de los tenderos. Pese a que es un criterio muy simplista no por eso deja de ofrecer interés para quienes estudian el pasado de la Isla y en especial las guerras de independencia. Por lo demás Nápoles nos deja una interesante descripción de la vida en los campos cubanos de la época llena de coloridos y detalles. Estamos ante un olvidado testimonio tomado en cuenta solo cuando nos referimos a la acción militar del Sitio de Holguín. Sin embargo, al doblar de cada puñado de letras hay un mundo vibrante y contradictorio que desembocó en una de las mayores hazañas de América Latina.


LA VISIÓN DE UN MAMBÍ

La figura del general Calixto García es harto conocida y en ello nos basaremos. Para un lector poco informado podemos decir que nació en Holguín el 4 de agosto de 1839. Su la adolescencia la pasó en Jiguaní con su familia, pero no perdió el contacto con su natal Holguín. Esto le permitió ser testigo y actor excepcional de la Guerra de 1868. Estaba estrechamente vinculado al movimiento conspirativo en tres localidades: Holguín, Jiguaní y Bayamo. En esta última vivió algún tiempo y allí se sumó a la conspiración, como él mismo reconociera, en 1898, en una carta a Tomás Estrada Palma. Estas notas se refieren a la conspiración y las primeras horas del alzamiento, y terminan el 12 de octubre de 1868

Las notas fueron escritas en fecha imprecisa y rememoran la organización de la conspiración, las causas de ésta y su acción en los primeros días. Estamos ante la visión de un conspirador de relieve, pero también podemos valorar los criterios de alguien que proviene de una antigua familia de terratenientes del valle del Cauto sobre asuntos tan complejos como la participación de los negros y mulatos en el movimiento revolucionario. Incluso sus criterios sobre el fracaso de las conspiraciones anteriores. El documento a que hago referencia pertenece al archivo particular del fallecido historiador Juan Andrés Cué Bada, quien lo publicó en la revista Historia de Holguín, en 1971. Dada la escasa circulación de esa publicación, su limitada tirada y el tiempo transcurrido podemos considerar que el documento está prácticamente inédito. A continuación reproducimos textualmente las palabras de Calixto García:

El 10 de octubre de 1868 al retirarme a mi casa, a las diez de la noche en Holguín encontré al Ldo. Joaquín Castellanos[12] que me participó que Carlos Manuel de Céspedes se había sublevado en Manzanillo habiendo sido secundado al movimiento en Jiguaní por Mármol y en Tunas por Vicente García.

Yo puse en duda la noticia a lo menos respecto a Jiguaní en cuyo pueblo yo tenía preparada mucha gente para el levantamiento que debía esperar mi aviso para verificarlo; pero a pesar de eso me dirigí al teatro donde pensé encontrarme al Ldo. Belisario Alvarez Jefe de la conspiración en Holguín y para quien había traído comunicaciones verbales de Bayamo.

Efectivamente encontré a Alvarez y llevándolo a la Plaza de San José le comunique la noticia que acababa de recibir preguntándole qué pensaba hacer en el caso de ser cierto el acontecimiento; pero a mis repetidas preguntas dio por última respuesta que si se habían lanzado nuestros hermanos Holguín con él al frente los ayudaría aunque para ello tuvieran que pelear con bastones y piedras.

Cuan pronto varió de tan noble opinión cambiando su puesto de libertador por el de uno de los siervos más abyectos del tirano. Tal bochorno leguemos a nuestros hijos para el traidor Belisario Alvarez .[13]

En la misma noche marché para Jiguaní a donde llegué el 11 y si bien tuve la confirmación de haberse dado el grito de Independencia en Yara por Carlos Manuel también vi que Jiguaní no lo había secundado aún. Aprovecharé estos momentos para hacer una ligera reseña de los acontecimientos que antecedieron a la Revolución del 68.

Cansados los ánimos de sufrir la ominosa dominación española, cada día más y más irritante con su manera de gobernar en la cual el robo era la principal palabra, la degradación de empleados que no miraban a Cuba mas que como una mina que debía ser explotada, los destinos de mas importancia vendidos al mejor postor por los degradados ministros de la corona de España y como consecuencia de este sistema la poca estabilidad en los puestos públicos, la agricultura, gravada con impuestos que la hacían improductiva para los que tenían la desgracia de dedicarse a ella y la ruina de los cubanos en quiénes el gobierno español los veía o simplemente sospechaba pudieran abrigar en su corazón deseos de sacudir al yugo que agobiaba a nuestra patria obligaron a los buenos cubanos a pensar en que era llegada la hora de hacer algo; pero algo que pudiera dar la libertad a Cuba por la que suspirábamos todos.

No era en verdad tarea muy fácil conspirar bajo la suspicaz vigilancia de un gobierno que como el español imponía castigos severísimos a la más ligera sospecha; pero eso no detuvo al buen patriota G. Francisco Maceo[14] que en unión de los CC Manuel Fernández y Leopoldo Arteaga fundaron en Bayamo una logia que con el nombre de masonería encubría la conspiración que se trazaba.

El 26 de julio de 1866 tuvo efecto la primera reunión tenida y de esa fecha debe empezar a contarse la historia de la Revolución de Cuba.

Narrar los trabajos y la astucia que se desplegaron para no dejar traslucir la verdadera idea que animaban a estos patriotas, sería tarea muy ardua y que dejo a cargo de plumas más diestras baste decir que desde aquel momento empezó a aumentar el número de obreros[15] creándose iguales sociedades en Holguín, Manzanillo, Camagüey, Las Tunas y Cuba. A pesar de eso no se trabajó en la obra con el empeño que merecía quizás a la poca pericia de los que dirigían la conspiración lo que dio por resultado la falta de recursos de guerra en que nos encontramos los cubanos el día del alzamiento. Sin embargo en obsequio de la verdad debo consignar aquí el nombre del benemérito Pedro Figueredo[16] que fue uno de los que con más ardor se dirigió a la Habana donde hizo un llamamiento a aquellos con quienes creía poder contar; pero desgraciadamente con muy poco o ningún resultado. No por eso se desanimaron los bayameses y convencidos que nada tenían que esperar de la parte Occidental de la Isla determinaron llevar a cabo el pensamiento aunque perecieron en la empresa.

Para dar a esta la fuerza que debía tener echaron mano de la clase llamada parda a la que hicieron comprender que una era la patria y que la diferencia de color no los excluía de llevar su grano de arena al gran edificio que tratábamos de levantar. Grande y noble idea por cierto y a la cual debió que la revolución del 68 no hubiera corrido la misma suerte que la del 44, 51 y 54[17].

A principio de octubre del 68 pasaba CC Donato Mármol[18] y Santiesteban[19] a las Tunas para ponerse de acuerdo con aquellos patriotas sobre el día que debía verificarse el pronunciamiento y acordaron hacerlo el 14 del mismo mes, aunque no estaban de acuerdo los de Holguín, Camagüey y muchos del mismo Bayamo. Imposible era demorar el golpe por más tiempo y contribuyó a acelerarlo la Revolución de septiembre en España que echó por tierra el trono y la impúdica Mesalina[20] que la ocupaba. Aunque quiso demorarse el movimiento y fue desaprobada la obligación contraída por Mármol en la Junta que celebraron los bayameses en el punto llamado Buenavista; pero Carlos Manuel de Céspedes cortando todas las dificultades se alzó el 10 de octubre de 1868 en La Demajagua.

Descritos ligeramente los sucesos anteriores al levantamiento volveré a tomar el hilo de mi narración.

En la mañana del 12 de octubre recibí una esquela de Donato Mármol en la que me citaba para que me reuniera con él en el camino de Bayamo con la gente que pudiera reunir en la mañana del día siguiente, hícelo así logrando apoderarse aquel día de los pueblos de Jiguaní y Baire, sin encontrar resistencia, prendiendo a las autoridades que los españoles tenían de esos pueblos.[21]



[1] Archivo particular de Juan Andrés Cué Bada. Santiago de Cuba.

[2] Iglesia de Las Tunas. Libro de bautizos de blancos, folio 37 número 165 Libro número 1.

[3] ANC Fondo Gobierno Superior Civil de la Isla de Cuba, Legajo 679 Registro 1, Expediente 1376

No 21592.

[4] Antonio Pirala: Anales de la Guerra de Cuba, Madrid F. González Rojas, 1895, t 1 p 14

[5] Cuartones. La jurisdicción estaba estructurada en capitanas pedáneas y estas, a su vez, en tenencias pedáneas o cuartones como también se les llamaba.

[6] Se refiere al capitán pedáneo máxima autoridad en que estaba estructurada la jurisdicción. Casi siempre este funcionario residía en la cabecera de la capitanía.

[7] Es interesante que el autor no señala como día significativo el de San Isidoro patrón, de la ciudad el que tendría en el siglo XX una mayor relevancia.

[8] En un documento del general mambí Julio Grave de Peralta referente a los abastecimientos en el territorio controlado por los libertadores, en 1869 se sitúa el aguardiente como un producto de primera necesidad. Un documento del cabildo de Holguín de ese año también le da gran importancia al aguardiente. Sería interesante valorar el gusto por esta bebida en la población cubana de la época.

[9] Los préstamos a pagar por tabaco se venían realizando en la jurisdicción desde principios del siglo XIX. En el hinterland del puerto de Gibara era bastante común tales transacciones.

[10] Según Nápoles Fajardo estamos ante el preámbulo de una especie de sociedad de consumo. Realmente en Holguín se había producido, luego de la habilitación del puerto de Gibara, en la década del veinte del siglo XIX una extensión del comercio por toda la jurisdicción. Este había ido avanzando paulatinamente hacia el interior. Nápoles Fajardo señala esta nueva situación con gran alarma. La ruina del campesinado y de una parte importante de los terratenientes criollos no fue causada solamente por la acción de los tenderos fue un proceso más complejo imposible de explicar en una nota breve.

[11] Nápoles Fajado considera como una causa fundamental del estallido revolucionarios los impuestos abusivos establecidos por el estado español y el engaño a que fueron sometidos los campesinos que se les planteó que el alzamiento no era por la independencia sino contra ese impuesto. En varias ocasiones esgrime la tesis del engaño a que fueron sometidos los campesinos para llevarlos al alzamiento. La tesis no tiene solidez alguna si conocemos que la guerra se extendió por 10 años. No es creíble el mantener una multitud engañada sometida a tan dura prueba.

[12] Joaquín Castellanos era miembro de relieve de la conspiración holguinera.

[13]Belisario Álvarez y Céspedes estaba emparentado con Carlos Manuel de Céspedes. Luego de iniciada la guerra justificaría su actuación en una carta en la que expresa que: “... sin previo aviso supimos en Holguín el movimiento de Yara llenándonos de confusión” BNC / CM / Ponce / No. 128. Fue detenido por los voluntarios que sospechaban de su participación en la conspiración. Domingo Dulce lo liberó.

[14] Francisco Maceo Osorio ( 1828- 1873) Natural de Bayamo fue mayor general y ocupó cargos civiles en el gobierno mambí. Murió enfermo en el campo revolucionario.

[15] Nombre con que se designa a los miembros de una logia masónica.

[16] Pedro Figueredo Cisneros (1819- 1870) bayamés llegó a mayor general. Fue un importante conspirador.

[17] Se refiere a la conspiración de La Escalera 1844, los movimientos encabezados por Joaquín de Agüero y la muerte de Narciso López. Ambos ocurridos en 1851. Así como a la fracasada conspiración de Ramón Pintó en 1854.

[18] Donato Mármol y Tamayo líder mambí de Jiguaní y Santiago de Cuba. Nació en 1843 y murió con el grado de mayor general en 1870.

[19] Jaime Santiesteban Garcini natural de Manzanillo fue uno de los iniciadores de la conspiración en esa comarca. Alcanzó el grado de general de brigada. Murió en 1897.

[20] Mesalina, emperatriz romana famosa por su excesos. Así se le llamaba, por algunos de sus enemigos, a Isabel II de España.

[21] Publicado por Juan Andrés Cué Bada en el Boletín Histórico, Órgano de la Comisión Regional de Historia de Holguín, Enero - Febrero de 1971, pp. 29-31.

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