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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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Abrir paso a las iniciativas, la participación y la libertad comprometida con el socialismo
Diosnara Ortega

Entrevista con Fernando Martínez Heredia a propósito de su más reciente libro El ejercicio de Pensar.

La vida de los revolucionarios está seguida de largas luchas en las que casi nunca se llega a esa entonada lucha final. Cuando los enemigos contra los que se levantan las revoluciones perviven, entonces les está destinado un camino de conflictos y enfrentamientos a aquellos cuyo fin será siempre la libertad y la justicia humana. Fernando Martínez Heredia es uno de estos revolucionarios, también hereje, «diversionista ideológico» e incluso marxista. Todas estas caracterizaciones han sido utilizadas como insultos, allí donde no prima un modo revolucionario de pensar.

A propósito de su último libro El ejercicio de pensar, editado por el ICIC Juan Marinello y por Ruth Casa Editorial, Martínez Heredia nos convida a reflexionar en torno a su obra y el contexto en el que reaparece.

1.      ¿Qué sentido tiene El ejercicio de pensar en el contexto cubano actual?

Seguro que lo dices porque el ensayo El ejercicio de pensar se escribió en diciembre de 1966. Yo lo incluí en el libro por dos razones: la primera es personal, y si se quiere sentimental. Fue el primer artículo mío que se publicó y tuvo alguna importancia. Pero la segunda razón es la que responde tu pregunta: yo considero que el ejercicio de pensar es imprescindible como una característica humana.

Frente a todos los que han repetido las formas simplificadoras del marxismo, por ejemplo, los que creían en la primacía de la mano sobre el cerebro, Carlos Marx decía en El Capital que las arañas y las abejas —estas estuvieron de moda por las capacidades que parecían tener— podían realizar actividades mucho más inteligentes que los operarios torpes, pero que aun el albañil menos capacitado tiene una superioridad sobre ellas: se representa en su mente el producto de su trabajo antes de comenzar a realizarlo.

Yendo más lejos, el ser humano que piensa es capaz de levantarse aún más sobre la condición animal, es capaz de sobreponerse a que su actuación se base solamente en la sobrevivencia y el egoísmo, en la sumisión a intereses que lo llevan a ser mezquino y negarles un lugar humano de vida a quienes no sean sus familiares y sus amigos. Esa posibilidad se ha visto de muchísimas formas, desde los que creen en el mejoramiento humano individual hasta los revolucionarios que son capaces de todo por la liberación de todas las personas. Ella exige un ejercicio de pensar que es superior al ejercicio del pensamiento corriente, porque es un ejercicio del pensar que tiene que violentar las estructuras mismas del pensamiento usual. Es decir, si uno se pone a ver con un poco más de profundidad lo que parece ser una majestad individual del pensar, se da cuenta de que la mayoría de los pensamientos están siendo guiados por la forma de dominación de la sociedad en que suceden. El individuo no es tan soberano como cree, ni mucho menos. Se somete a ese dominio de una manera u otra, muy a menudo independientemente de su voluntad. Por ejemplo, tratar de ser bueno —esa apelación moral tan bonita—, está contenida dentro de lo que puede pensar, y dentro de lo que a él no se le ocurriría pensar, dos conjuntos prefijados que lo norman y constriñen.

Por consiguiente, el pensamiento que quiera elevarse y ser realmente humano debe ser rebelde a las estructuras usuales de pensamiento. Y todavía más, tiene que empezar a identificar esas estructuras y ser rebelde a ellas de manera consciente.

Cuando Joaquín de Agüero liberó a sus pocos esclavos en Puerto Príncipe, en 1843, se pretendió que tenía una enfermedad mental. Hasta sus amigos lo tachaban de loco. Es decir, podía habérsele ocurrido lo que hizo, pero no podía hacerlo. Y si lo llevó a cabo, siendo un hombre “de posición”, es porque se había enfermado. Así llegamos a otro punto que es muy importante: el pensamiento tiene que corresponderse con la acción, el ejercicio de pensar tiene que estar relacionado con la acción. Tiene que romper varias cárceles. Primero, la estructura y el peso del pensamiento dominante, que responde a las cárceles de la dominación social, y que puede ser de lo más sutil del mundo, no tiene que ser brutal. Segundo, la de no ser consecuente con su propio ejercicio de pensar, flaqueza que aborta y ahoga tantas calidades humanas. Sólo liberándose de esas prisiones puede llegar a ser rebelde el pensamiento. Por eso he dicho alguna vez que la rebeldía es la adultez de la cultura.

El ejercicio de pensar tiene que corresponderse con una consecuencia activa. No quiero decir con esto que todo el que piensa está obligado a romper con las trabas y los dilemas que el desarrollo mismo de la humanidad le dio. Puede que una persona alcance a desarrollar su pensamiento por caminos de liberación y sea reacio a la actuación. Pero si no es consecuente moralmente, si no se enfrenta a las encrucijadas en las que es necesario actuar políticamente con soberanía y rebeldía del pensar, entonces resultará fallido su ejercicio del pensar. Como ves, este asunto se va complicando.

El ejercicio de pensar tiene su teatro más privilegiado en la revolución. En ella aparecen pensamientos que nadie había soñado. Por ejemplo, cuando era muy jovencito yo leía mucho al más grande pensador cubano, José Martí, que decía: “la tierra es del que la trabaja”. Los compañeros míos de entonces también consideraban que el pensamiento de Martí era la guía superior. En cuanto triunfó la revolución, y antes también, ellos trataron de llevar a la práctica ese pensar. Pero en menos de dos años nos dimos cuenta de que teníamos que pensar mejor los problemas del mundo rural de Cuba. Era una realidad que gran parte de la gente que llamamos campesinos, que vivían en los campos y allí trabajaban, no estaban tan interesados en tener la propiedad de la tierra, sino en tener otras muchas cosas más: que nunca más hubiera represión, trabajar todo el año con salarios mejores, atención médica para sus familias, maestros para los niños. Cada vez querían más cosas, pero no exactamente lo que habíamos pensado nosotros, siguiendo un pensamiento revolucionario ya elaborado previamente. La cuestión se vuelve por tanto más compleja, porque exige que el pensamiento se revolucione a sí mismo una y otra vez. Sin dudas estamos hablando de un ejercicio difícil. Pero al mismo tiempo, sostengo que es un ejercicio imprescindible.

Se puede pensar el mejoramiento humano y el cambio de la sociedad sin salir del sistema capitalista, o pensarlo contra la dominación capitalista. No me referiré al primer caso, sino al nuestro, el que llamamos socialismo. En él es imprescindible no solamente la liquidación del poder del capitalismo y de sus sistemas político, represivo y de hegemonía, de las relaciones económicas de ese sistema como rectoras de la vida de la gente, de su modo de apropiación; es imprescindible que al mismo tiempo se vaya produciendo la expropiación del mundo espiritual, la expropiación cultural en el sentido inmaterial, de demolición de una cantidad de fortalezas de la sociedad de clases que están dentro de las personas. Es forzoso que se dé una aventura intelectual nunca antes soñada, una y otra vez, para que la transición socialista —es decir, el régimen revolucionario de tipo comunista que pretende en las condiciones reales del mundo cambiar de manera liberadora las relaciones sociales y las individualidades—se prefigure de una manera muy superior a lo que ha sido, que se tengan intuiciones, razonamientos, que se haga normal debatir, que se discuta, que se convenza a la gente, que se conduzca y no que se domine de manera más o menos autoritaria. Es decir, que vayamos aprendiendo la liberación, y que se vaya enseñando la gente mutuamente, no unos a los otros solamente, sino mutuamente. Todo esto exige que el pensamiento tenga un lugar muy importante y creciente.

Entiendo que la posición acertada es la que privilegia la praxis, la creación consciente y cada vez más masiva de nuevas relaciones, instituciones y una nueva cultura. Entiendo que el centro del pensamiento del Che es que el factor subjetivo tiene que ser el fundamental en todo el proceso de la revolución, y comparto esa idea. Para poder desempeñar las tareas y los papeles que tiene delante de sí, el factor subjetivo está obligado a formar conciencia, y a hacer masiva esa conciencia. De ahí que el ejercicio de pensar no es una frase que quiere ser feliz, sino un deber muy grande. Le puse así a aquel artículo que escribí por las madrugadas cuando era muy joven, porque creía que en aquel momento en que estábamos eso era imprescindible. Hoy he cambiado un poco, ahora creo que en todos los momentos es imprescindible.

2. El 3 de julio del 2007, cuando expuso en el ISA sus diez rasgos del dogmatismo, se produjo una ovación. ¿Fue esa respuesta del público allí presente una reacción ante la vigencia de esas características dentro del pensamiento social cubano y del proyecto mismo?

Sin dudas sí, porque el problema de cómo sobreviven ciertas características negativas a lo que algunos con razón han dicho que son sus condiciones de existencia, es un problema sumamente importante. Por ejemplo, el racismo, los condicionamientos verdaderos del racismo en Cuba son del siglo XIX. El racismo fue un elemento cultural muy necesario para la dominación en el siglo XIX, cuando el modo de producción fue una gigantesca empresa que tenía en su núcleo fundamental a personas que eran propiedad de los patronos, los esclavos, y la clase dominante en lo económico renunció a ser clase nacional y a que el país fuera independiente, para no renunciar a la ganancia y a su posición de poder. El racismo fue elaborado e impuesto, porque en el siglo XIX, tan moderno como aquellos propietarios criollos, parecía imposible sostener que unas personas fueran inferiores a otras.

La desaparición de la esclavitud y la independencia nacional estuvieron profundamente ligados en Cuba. Las prácticas liberadoras y el desarrollo del abolicionismo revolucionario en la Guerra de los Diez Años, las ideas y la acción del Partido Revolucionario Cubano de Martí y el evento decisivo de la Revolución del 95, cuando el pueblo de Cuba en masa emprendió una guerra popular y arrostró un genocidio en que murió casi la quinta parte de la población, la ideología mambisa, republicana y de democratismo muy profundo, todo exigía que la política impulsara junto a la libertad personal y la república democrática, a la justicia y la igualdad. El racismo no tendría ningún asidero. Sin embargo, la guerra triunfó pero la revolución fue asfixiada, la república fue burguesa y neocolonial, y el complejo cultural que se ha creado y desarrollado a través de generaciones, y que comparten las personas, posee muy fuertes tendencias a la permanencia y capacidades de resistencia. El racismo se recompuso y participó en la construcción social de raza y racismo de la república de la primera mitad del siglo XX. Sus discontinuidades y sus nexos respecto al racismo del XIX, el alcance y los límites del antirracismo postrevolucionario, son lecciones que están a nuestro alcance. Las experiencias históricas ayudan mucho.

El dogmatismo que combatíamos nosotros en los años sesenta tenía sus raíces en una inconsecuencia tremenda. La revolución cubana que triunfó en 1959 acabó con el capitalismo, pero desde el inicio tuvo que romper con lo que llamaban el socialismo. Por eso el Che escribe en su diario, en Bolivia, el día 26 de julio: “rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios.” En los años sesenta, Cuba era una herejía para la URSS y el movimiento internacional identificado con ella. Cuando nos enfrentábamos al dogmatismo en realidad nos oponíamos a aquellos que creían que tras la liberación del país había que aprender un nuevo sistema de dominación en nombre del socialismo. Es necesario tener esto en cuenta cuando recuperamos la memoria de las polémicas que en aquel tiempo se ventilaron en los terrenos de las bellas artes. No era sólo si Proust, Joyce y Kafka eran tres literatos que nadie debía leer, porque expresaban la decadencia del capitalismo, o si unas corrientes pictóricas eran “socialistas” y otras eran “burguesas”, si las películas italianas probablemente fueran de la burguesía también. Clasificar los gustos y ordenar qué se debe consumir y qué no, formaba parte de una ideología de obedecer y mandar, de clasificar y condenar, de legitimar una dominación sobre la sociedad. Hubiera sido la imposición de una nueva esclavitud en nombre de la liberación.

El dogmatismo se presentaba de una nueva manera, no de una forma brutal. Se presentaba bajo este argumento: “ahora al fin somos socialistas, e incluso somos marxistas-leninistas. Todo el que sea socialista y marxista-leninista debe creer en este nuevo dogma e imponérselo a los demás, y todo el tiempo imponérselo a sí mismo”.

Me interesa muchísimo el problema de la desgarradura terrible que se hicieron a sí mismos muchas personas que yo llamaría personas decentes, que fueron dogmáticas y que siguen siéndolo, puesto que por sus virtudes personales nos resulta todavía más difícil entender la malvada entraña del dogmatismo. La teoría política debería recoger, aunque fuera de una manera subalterna, la categoría ‘persona decente’. Al creer ellos que están prestando un servicio, hacen todavía más confuso el problema. Por esto me pareció necesario, el 3 de julio del 2007, al menos tratar de sintetizar y ofrecer alguna ayuda a los estudiosos y a los que actúan ahora, sintetizando diez rasgos que posee el dogmatismo, no sólo para combatirlo mejor, sino para comprenderlo y liquidarlo a fondo, entre todos, sin dejarle posibilidad de que renazca, porque renace una y otra vez. Si renace una y otra vez, no es posible pensar simplemente que sea como la hierba mala, hay que tratar de encontrar sus raíces sociales, sus raíces culturales, y relacionar el problema con otros problemas más generales de nuestro proceso de liberación, que se ha encontrado con sus fronteras y sus límites una y otra vez, económicas, políticas, internacionales, de amenazas por parte del imperialismo, de los daños provenientes de la imposición o la copia de rasgos del régimen soviético, de los males que hemos permitido, alentado o creado nosotros mismos, del riesgo constante de la formación de grupos con poder que expropien la revolución.

Necesitamos lo que Cintio Vitier definió hace quince años maravillosamente bien: resistencia y libertad. Solamente con resistencia no podemos defender la libertad. Claro, cuando uno dice resistencia y libertad enseguida aparece la justicia, porque sin justicia no es factible la libertad. Más vale que multipliquemos nuestras capacidades, y para multiplicar esas capacidades no sólo hay que acabar con el dogmatismo, hay que enterrarlo muy profundamente.

3. Un día le escuché decir que “las ideas siempre tienen que ser superiores al medio en que se reproducen” ¿Podría un resurgimiento del pensamiento crítico revolucionario subvertir las estructuras desde las que se administran las ciencias sociales en Cuba hoy, o tendremos que esperar a que esas estructuras cambien mediante otros procesos y/o voluntades políticas?

Yo creo que peco mucho de optimista histórico, pero siempre me prevengo con un poco de pesimismo cotidiano. Opino que para que se logre lo que pides tiene que predominar el revolucionamiento. Cuba tiene un promedio tan alto de niveles escolares y técnicos que las estadísticas deben parecerles increíbles a muchos. Tiene un desarrollo de la conciencia política tan alto que resulta incomprensible para muchos en el mundo. Entonces uno se pregunta ¿cómo es posible que el pensamiento y las ciencias sociales no estén a la altura de todo eso? Ya una parte de nosotros hemos constatado que no lo están, pero persiste una inercia opuesta a cambiar la situación, reforzada por la incomprensión o la resistencia dentro de instituciones que debían favorecer su desarrollo. La fuerza de la conciencia política, y la formación especializada de por lo menos un millón de cubanos, debería ser más que suficiente para que se produjeran revolucionamientos del pensamiento y las ciencias sociales.

Por otra parte, el ámbito latinoamericano es el más dinámico en el desarrollo del pensamiento social en el mundo actual; no es famoso porque no es del primer mundo. En los primeros quince años que siguieron a 1959, América Latina tuvo una influencia decisiva entre los estímulos culturales externos de la revolución. En los últimos quince años las relaciones estatales con la región se han generalizado y fortalecido, y las relaciones económicas —que eran mínimas—han ido creciendo hasta alcanzar un peso fundamental en nuestras relaciones externas. Pero este nuevo auge es mucho más complejo y rico. Hace cuarenta años, Cuba se involucraba a fondo en los intentos revolucionarios de liberación del continente; hoy, decenas de miles de cubanos atienden la salud de una gran parte de los latinoamericanos, enseñan métodos para dejar de ser analfabetos y forman profesionales de sus países. Y la ola creciente de autonomía frente al imperialismo, los poderes populares, los movimientos populares combativos, la idea de un socialismo del siglo XXI, cuadro en el que Cuba tiene un papel relevante, alimenta los anhelos de renovar y desarrollar nuestro socialismo. Todo esto tiene que ser un acicate para el pensamiento cubano y facilitar que se recobre y avance. Me pregunto cómo es posible que todavía el pensamiento social latinoamericano avanzado y marxista sea bastante desconocido en Cuba.

No hay nada mejor para avanzar que reconocer los propios defectos. El joven Marx escribió una vez que la vergüenza es un sentimiento revolucionario. Si superamos la fase de reconocer los errores y avergonzarnos un poco, y actuamos, sin duda los logros y las potencialidades inmensas que ya tienen el pensamiento y las ciencias sociales cubanas serán un terreno más que suficiente. Alguien me diría de inmediato: ¿pero por qué no sucede? Y ahí viene otro problema. Hemos tenido una historia que no voy a sintetizar aquí, y que abordo a lo largo de todo El ejercicio de pensar. Prefiero remitirme al libro. Agrego solamente que las insuficiencias, los descalabros, los graves errores cometidos en el campo del pensamiento y las ciencias sociales, no pueden eternizarse por el temor de que detrás de su desarrollo sobrevenga la división entre nosotros, cuando ese peligro, que es real, podría venir del aumento del apoliticismo, de relaciones sociales que no son socialistas, del egoísmo que está relacionado con el dinero, con el afán de lucro, que han crecido y pugnan sordamente con la cultura de la solidaridad y la justicia social. Los enemigos del socialismo cubano, que no son pequeños ni son débiles, serían más débiles y más pequeños si desarrolláramos más el pensamiento y las ciencias sociales. Para mí, es necesario que se abra paso a las iniciativas, la participación y la libertad comprometida con el socialismo. Es necesario que se unan iniciativas y fuerzas, desde las estructuras y sobre todo desde la gente, que se unan.

4. ¿Cómo podemos entender las fisuras que nuestras ciencias sociales han continuado profundizando en relación con una tradición de marxismo liberador y nacional? ¿A qué procesos de poder o a qué tipos de poder responden estas fisuras?

Prefiero en este caso referirme a las vicisitudes del marxismo. Nosotros asumimos el marxismo desde una situación muy difícil, cuando parecía tener su centro y su legitimidad en la URSS. En realidad, el marxismo se arraiga en Cuba en los años de la Revolución del 30, el marxismo de Julio Antonio Mella, el de Mariátegui, el marxismo relacionado con el intento de liberar al país de Antonio Guiteras. Después hubo cubanos que mantuvieron la llama de un marxismo independiente, que concurre en la formación de las ideas del movimiento insurreccional del 26 de Julio, desde La historia me absolverá. En los años sesenta, el pensamiento vivió avances extraordinarios y batallas muy duras —trato estos temas en el libro—, y comenzó a echar las bases de una cultura propia de liberación. Esos logros, y sobre todo los problemas que planteó, constituyen una fuente muy valiosa para las tareas y los proyectos actuales.

En los años setenta se consumó la sujeción, el empobrecimiento y la dogmatización del pensamiento social. El marxismo fue subyugado y sometido a un subdesarrollo inducido. Esa situación entró en crisis con el Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, en la segunda mitad de los ochenta, pero el proceso confrontó muchas dificultades, y perdió suelo ante la tremenda crisis desencadenada al inicio de los años noventa. No hubo tiempo ni condiciones suficientes para transformar un medio que incluía la formación de decenas de miles de personas para reproducir lo que llamaban marxismo-leninismo (fue una gran ofensa a Lenin llamarle marxismo-leninismo a la ideología que se impuso cuando los ideales de Lenin fueron abandonados). En medio de la caída simultánea de los niveles de calidad de la vida y del prestigio del socialismo, una gran parte de la población joven se alejó de todo el marxismo, no de una corriente u otra. Las estrategias de sobrevivencia de ciertos grupos excluían también al marxismo. A mí me sucedió algo muy interesante: después de tantos años de ser tenido por demasiado heterodoxo, comencé a ser visto como un ortodoxo, o más exactamente, como un bicho raro, por ser marxista. Entonces ser marxista empezaba a ser raro.

Afortunadamente ya no estamos en esa situación, y el marxismo ha recuperado algún terreno. Nuevas generaciones que no tienen que desaprender el marxismo-leninismo, porque nunca lo conocieron, y gente heroica de edades medianas estudian marxismo o se acercan a él. Pero estamos en una fase demasiado temprana, la influencia del marxismo como epistemología de las ciencias sociales es pequeñísima. Incluso hay personas capacitadas que sienten un poco de vergüenza de ser marxista, les parece que no va a estar bien y que no los van a considerar científicos serios. La influencia tan grande que goza hoy la ideología burguesa tiene un peso enorme en esta situación. El economicismo, que cuando yo era muy joven venía de Moscú, ahora viene de los centros intelectuales del capitalismo desarrollado, que ha convertido el individualismo en método y pretende que el conocimiento de las conductas en los procesos sociales se mida por el costo-beneficio. Después de los decretos sobre “el fin de” —paradigmas, metarrelatos, historia—, un economicismo vestido de universidad del primer mundo es exigido en muchos medios para alternar, y también para tener oportunidades de acceder a algunos gajes del mundo académico. Esta ideología es “democratizada” por la avalancha de productos masivos en los que los seres humanos se dividen entre los que tienen “éxito” y los que “fracasan”.

Tenemos por delante grandes batallas por librar. Una de ellas es la de asumir el marxismo. Si digo que es necesario asumirlo críticamente sería redundante, porque no se puede asumir nada importante si no es críticamente, pero en este caso me atrevo a insistir, por parecerme imprescindible. En cuanto uno se descuida vuelve a aparecer el marxismo dogmático. Por cierto, en muchos planteles dentro del sistema educacional cubano se sigue enseñando marxismo dogmático y se siguen utilizando libros de los que ya nadie debería acordarse. Lo único sano que pueden hacer los alumnos que sufren esa experiencia es olvidarla después de los exámenes. Desde varios ángulos, la asunción del marxismo es débil todavía, pero creo que va a tener una importancia creciente en la recuperación del pensamiento y la ciencia social en Cuba. El camino por recorrer es todavía muy largo, a pesar de que tenemos una cantidad de profesionales mayor que nunca antes, y una gran cantidad de monografías de excelente calidad.

5. ¿Cómo los intelectuales cubanos pueden ser militantes revolucionarios y comprometidos con la transición socialista hoy en Cuba?

La pregunta es difícil, porque la respuesta siempre es muy compleja. Me niego a responder con una suerte de catecismo; sería un error gravísimo, casi una estupidez. Pero tengo al menos la sensación de que está claro un requisito: actuar y pensar libremente. El pensamiento debe de ser más libre que otras actividades, tener menos condicionamientos. Tiene que ser más libre que sus condiciones de producción, debe ser superior a ellas. El pensamiento tiene que parecer a veces, incluso, incorrecto, y no puede tener miedo a cometer errores. A partir de ahí valdrá la pena, para trabajar por estar a la altura de un proyecto tan ambicioso como es la liberación de las personas y las sociedades.

7 de noviembre de 2008

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Por los vericuetos de la historia.
Waldo Fernández Cuenca

Entrevista con Mario Mencia Cobas

Desde pequeño nos enseñan a querer la tierra donde se nace y amar la historia patria. Conocemos a grandes héroes y heroicas batallas en pos de los más nobles ideales, pero poco nos hablan de los que día a día la reconstruyen: los historiadores. Personas que dedican años y a veces la vida entera para acercarnos a los hechos que tan heroicamente se nos muestran. Y la historia como los historiadores y la vida misma está llena de contradicciones, matices y hasta misterios.

En la búsqueda incansable de estos vericuetos de la historia cubana está Mario Mencía Cobas reconocido historiador de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado. Mencía es especialista de la última etapa de aquella república que, sumida en la más despótica de las tiranías, vio el resurgir de una generación que le dio un vuelco gigantesco a la historia de este continente para siempre. Sus libros La Prisión Fecunda, El Grito del Moncada, Tiempos Precursores y otros, hasta acumular más de veinte títulos, representan referencia indispensable para estudiar y entender este decisivo período. Conversar sobre la historia con Mencía fue sin dudas un reto interesante.

¿Cómo comienza su atracción por la Historia?

Hay que remontarse mucho tiempo atrás, a mi época estudiantil universitaria. Yo cursé Ciencias Políticas en la década del sesenta, de esa época proviene mi inclinación hacia la Historia. Esto me llevó a escribir trabajos de corte histórico en la Revista Universidad de La Habana y en el periódico Juventud Rebelde, antes de terminar la carrera, en especial sobre los movimientos guerrilleros de liberación que bajo el influjo de la Revolución Cubana se desarrollaban en América Latina.

La lucha contra Batista después del golpe de Estado del 52 como última etapa de nuestra historia prerrevolucionaria ocupa la mayor parte de sus investigaciones históricas, ¿por qué escoge esa etapa?

Precisamente al indagar y escribir sobre aquellos movimientos revolucionarios, todos los cuales fracasan -incluido el del Che en Bolivia- a excepción del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, es que me doy cuenta de un fenómeno interesante y es que los integrantes de aquellos movimientos creían imitar la gesta cubana, lo cual era un error al que agregan otro: tenían una visión distorsionada de lo ocurrido en Cuba, desconocían muchos aspectos de nuestra lucha contra Batista. Aquellos errores costaron torrentes de sangre joven en América Latina. Aquí mismo se hiperbolizaba el papel de las guerrillas en las montañas, a las que se asignaba un carácter absoluto, independiente por completo de otros factores coadyuvantes.

A partir de esa experiencia me doy cuenta de que lo más importante era estudiar nuestro proceso revolucionario con sus características, y divulgar cómo se había desarrollado en la práctica nuestro proceso insurreccional. Prevalecía una visión esquemática, rígida, unilateral, se pensaba que Fidel había desembarcado, se había alzado en las montañas y a los dos años triunfa. Se olvidaba todo el acontecer social y político que precedía y acompañaba el decurso de la guerra, el conjunto de fuerzas que en ella intervenía, los cinco años de lucha de 1952 a 1956, el holocausto del Moncada, la importantísima etapa del presidio, la del exilio preparador, el paulatino surgimiento de la vanguardia, el prestigio en ascenso entre los sectores más radicales de la población que aureolaba ya a Fidel cuando desembarca en el Granma. Esta compleja urdimbre de circunstancias en desarrollo y confluencia no se apreciaba en los movimientos revolucionarios de nuestro hemisferio.

¿A qué le atribuye que después del Golpe de Estado de Batista se gesten diferentes movimientos y métodos de lucha en pos de derrocar al tirano?

Olvidándonos de quienes se pasan al bando golpista, después del 10 de marzo hay una reacción general de repudio a Batista, consustancial a la idiosincrasia del cubano esencialmente rebelde e insumiso. Batista era una persona especialmente detestada y odiada por nuestra población. Hay que recordar que este era el segundo período dictatorial de Batista, ya que había gobernado impositivamente de 1933 a 1944.

De modo que mucha gente empezó a oponerse a Batista con los métodos que sabían o se le ocurrían. Los hubo que enarbolaban tesis políticas y legalistas, en definitiva pacíficas, y los hubo que estuvieron por el uso de la violencia. Te digo esto para resaltar el hecho de que las principales organizaciones -y esto es algo que casi siempre se olvida- que comienzan primero a combatir al tirano con mayor proselitismo y más recursos son varias, entre ellas las de tres dirigentes políticos que vienen de los años treintas como Justo Carrillo Hernández con Acción Libertadora, Aureliano Sánchez Arango con la Triple A, Rafael García-Bárcena con el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR). Ellos son los iniciadores del insurreccionalismo contra la segunda tiranía batistiana, aunque sin el apropiado método y una correcta perspectiva estratégica revolucionaria como la tendrá después la organización estructurada por Fidel.

¿Qué importancia le otorga a la lucha clandestina en las ciudades?

Era fundamental. La lucha clandestina produce el asalto al cuartel Moncada, la lucha clandestina produce la expedición del Granma y produce el inicio de la guerra. La guerra es una sola, se desarrolla en dos escenarios, el rural y el urbano, cuyos efectos interactúan y se ínter influyen. Las guerrillas en las montañas siempre contaron con el apoyo de la ciudad y no solo en las diferentes ciudades del país, sino también con la ayuda de un Frente Externo que en países como México, Venezuela y Estados Unidos -por mencionar los más influyentes- coadyuvaba con la lucha armada de muy diversas maneras (recaudación de dinero, publicidad, organización de expediciones, envío de armas para Cuba). Solo un ejemplo: en el mes de diciembre de 1956 cuando todavía los expedicionarios se están recuperando del combate de Alegría de Pío y tratando de reunificarse, la compañera Celia Sánchez, a nombre del Movimiento 26 de Julio en Manzanillo y Niquero, le envía a Fidel 7 mil pesos para que él pagara los gastos de la guerrilla. Al campesinado le pagaban lo que consumían, comida, todo. Tres meses después, en marzo de 1957, Frank País envía a Fidel el primer refuerzo de 50 hombres armados de Santiago de Cuba y el resto de la provincia de Oriente. Con ellos y un importante alijo de armas y proyectiles que le hace llegar después podrá la Columna Uno obtener la importante victoria de El Uvero en mayo.

¿Qué lugar merece la Universidad de la Habana en la historia contemporánea de Cuba?

Sin la Universidad de La Habana no podría hacerse la historia de Cuba porque al margen de algunos elementos que pudieran no tener calidad política, la gran parte de la juventud revolucionaria estudiantil se concertó allí para transformar nuestra historia. La Universidad de la Habana era un lugar que hacía eco como caja de resonancia a toda la rebeldía nacional y la ampliaba a una velocidad tremenda. Por ejemplo, casi todas las fuerzas de oposición al machadato como el DEU, el Ala Izquierda Estudiantil, el ABC y otras organizaciones y combatientes independientes como Antonio Guiteras partieron de la Universidad.

¿Cómo surge la idea de hacer el libro El Grito del Moncada?

En 1972 inicié formalmente las investigaciones de la segunda dictadura de Batista y de ahí paso al asalto al Moncada, que se volcaban en artículos que publicaba periódicamente. Recopilé una gran cantidad de documentos históricos y realicé numerosas entrevistas que me permitieron acometer en catorce años una primera versión de ese trascendental suceso. El fruto fue El Grito del Moncada (1986) antecedido por La prisión fecunda, en 1980, la que también tuvo su origen en una serie de trabajos periodísticos. Durante veinte años más, alternado con otras actividades, estuve reuniendo más materiales, investigando mucho más, y elaboré otra obra más acabada, más analítica y aportativa desde el punto de vista historiográfico, El Moncada, la respuesta necesaria, de la que ahora estoy completando una segunda edición aumentada y muy modificada.

¿Pudo recoger los testimonios personales de Fidel o Raúl?

Pude recoger el testimonio de Fidel a partir de tres conversaciones que sostuve con él. No fueron entrevistas. A Raúl Castro no he tenido acceso.

El libro publicado en los EE.UU. por el historiador Antonio de la Cova sobre estos mismos sucesos del Moncada ¿Cuál es su opinión sobre él?

Bueno, hay aseveraciones en ese libro que son ciertas. Otras, no. El tuvo la posibilidad (posibilidad fuera de mi alcance) de entrevistar a los moncadistas que abandonaron el país después del triunfo de la insurrección. Su lectura me ha permitido redondear una veintena de fichas biográficas de asaltantes y perfilar una mejor reconstrucción histórica de fragmentos de aquellos sucesos, digamos por ejemplo el ataque al cuartel Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo. De esta acción tres de los cuatro que la prepararon y dirigieron salieron exiliados en ese momento y se fueron del país después de 1959, entre ellos Raúl Martínez Ararás, uno de los máximos jefes del movimiento con Fidel y Abel. Se van también Orlando Castro García y Gerardo Pérez-Puelles Valmaseda entre otros ya sin el mismo rango e importancia. Por De la Cova he podido conocer la versión de ellos acerca de lo que hicieron, cómo escapan, cómo salen y qué hacen fuera de Cuba en aquella época. En ese sentido merece mi agradecimiento.

Ahora bien, en The Moncada Attack, Birth of the Cuban Revolution Antonio Rafael de la Cova se regodea asignándome el papel de historiador oficialista de la Revolución, coletilla con la que nuestros adversarios pretenden denostar la cientificidad de nuestro quehacer en la esfera histórica. Sin embargo, el Profesor Asistente de la Universidad de Indiana no parece haber adquirido conciencia de que él acepta a ultranza toda la información que le aportan los que abandonaron el país, aunque muchas veces tales testimonios -parcial o totalmente- resientan un mínimo de lógica. A partir de ese universo factual y argumental no cernido y de dudosa factura acopiado en fuentes del exilio desafecto, De la Cova monta toda la trama de su libro, con lo cual asume la misma posición que me critica, la de historiador oficialista, pero en su caso ubicándose en un plano diametralmente opuesto al mío, el de historiador oficialista de la contrarrevolución.

Usted es un conocedor de la historia del Directorio Revolucionario. A su entender, ¿cuáles fueron los principales errores estratégicos cometidos por ese movimiento en la lucha contra la tiranía?

Eso que te lo responda el Comandante Faure Chomón. Mi función como historiador no es enjuiciar ninguna organización sino, en todo caso, reconstruir su trayectoria. Pronto viajaré a Santiago de Cuba para apoyar como tutor la defensa de una Maestría sobre el Directorio Revolucionario. Es de un joven profesor de la Universidad de Oriente. La tesis presenta muchos elementos muy bien trabajados, pero también algunas limitaciones debido a que algunos importantes dirigentes del Directorio ofrecen resistencia a testimoniar. Existen indicios de que en el pasado se manifestaron opiniones no coincidentes que todavía subsisten, al punto de que se prefiere delegar la facultad de informar respecto a la organización en el Comandante Chomón, su Secretario General después de la caída de José Antonio Echeverría y de Fructuoso Rodríguez. Esto, si bien implica un gran respeto a la jerarquía, no es lo más saludable para un buen trabajo de reconstrucción de la historia.

¿Cómo valora la figura de José Antonio Echeverría?

Sin duda alguna, con Julio Antonio Mella, la figura más descollante de nuestra juventud estudiantil. Un revolucionario integral. El dirigente juvenil cubano más carismático de todos los tiempos.

¿Considera a José Antonio el catalizador del Directorio?

Más que catalizador. Él fue el artífice del Directorio Revolucionario. Lo seguían fuese cual fuera su posición. Cuando la Carta de México hay ciertos atisbos de que pudo haber alguna oposición a que fuera a firmar la Carta con Fidel; él lo hizo y asumió toda la responsabilidad. Cuando por determinadas razones decide no hacer ninguna acción al producirse el desembarco del Granma, todo el mundo acata su decisión a pesar de otras opiniones.

¿Cómo valora la actuación de los principales dirigentes del DR al producirse el triunfo revolucionario?

¿Por qué solamente la actuación de los principales dirigentes del DR? Aquí habría que abordar con una incalculable amplitud cuestiones que ninguna de las principales fuerzas políticas de la lucha revolucionaria ha pretendido esclarecer con posterioridad: el Partido Socialista Popular, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Es una etapa muy compleja donde salieron a flote problemas que se daban dentro de estas organizaciones y entre estas organizaciones, a los que se agregaron serios problemas nuevos que surgieron al final de la guerra, los cuales afortunadamente han ido quedando superados. La valoración de aquel complicado momento escapa a las posibilidades de una entrevista. Su inmediatez todavía hoy fuerza a que sean los representantes de esas organizaciones quienes valoren y enjuicien lo sucedido.

¿Cuál es su consideración acerca de que no exista un recuento histórico de ese movimiento?

En parte por lo que anteriormente te decía. Pero la cuestión fundamental de la ausencia de una historia del Directorio se debe –y esto lo he sufrido como historiador- al insuficiente apoyo por parte de los protagonistas a colaborar incondicionalmente. Existen contradicciones entre algunos de ellos que dan al traste con esta posibilidad. Unos se inhiben, otros omiten… Pero esto también ocurre con el Movimiento 26 de Julio, con el Partido Socialista Popular y, prácticamente, con cualquier organización y tema histórico contemporáneo en el que se pretenda hurgar. Aunque tengas pruebas fehacientes, si el resultado de la búsqueda contradice las versiones acuñadas por protagonistas ahí mismo empiezan a surgir las dificultades. Hay asuntos que se quieren silenciar, hechos que se pretende desaparecer, afirmaciones inciertas que en algún momento se divulgaron por razones políticas coyunturales (incluso pueden estar en documentos considerados históricos) y después no se han querido rectificar. Todo esto y otras cuestiones igualmente delicadas obstaculizan la investigación a fondo. Pero, mira, han pasado más de cien años y todavía estamos especulando acerca de lo que pasó en La Mejorana con Martí, Gómez y Maceo, imagínate cuando se trata de asuntos más recientes con sus actores sociales vivos.

¿Qué me puede decir del Frente del Escambray creado por Faure?

Ahora surge esta versión de la creación del Frente por Faure Chomón. Eloy Gutiérrez Menoyo sube al Escambray en septiembre-octubre de 1957 y lo hace como representante del Directorio, era su jefe de acción. Hasta ese momento Gutiérrez Menoyo actúa como Directorio y es su representante en el Escambray. Utiliza las vías clandestinas y los recursos del Directorio, va con hombres del Directorio, con armas del Directorio y mandatado por los dirigentes del Directorio radicados en Cuba. Por todas esas razones históricamente se ha considerado siempre la creación del Frente del Directorio Revolucionario con la subida de Eloy. Esa es la historia. Faure está afirmando que el frente se funda cuando él viene del exilio y pasa por el Escambray rumbo a La Habana en febrero de 1958. En mi criterio, lo ocurrido poco después de la llegada de los expedicionarios del Scapade es la separación de Gutiérrez Menoyo como jefe del frente del DR-13-M en el Escambray y la creación de uno comandado por él que habrá de llamarse Segundo Frente del Escambray. Pero esa es otra historia.

¿Qué les recomienda a los jóvenes que se interesan por la historia de su país?

Creo que todos los jóvenes deben interesase en nuestra Historia. Pero no todos los jóvenes lo están, y esto es una responsabilidad nuestra, tanto de los historiadores como de los protagonistas. Muchas cosas se enmascaran, se desdibujan, se cambian, se esquematizan, son presentadas mediante discursos trillados o el clásico teque carente de atractivo. También ocurre otro fenómeno contrario en el que todo es grandioso, fabuloso, inalcanzable para nuestros jóvenes. Queremos presentar una historia bella, perfecta, sin contradicciones, sin problemas, en la que todo fluye armónicamente, ascendentemente, sin altas y bajas, sin tropiezos, sin fracasos, en que todo estuvo perfectamente planeado desde un principio; una historia conformada por infalibles dioses del Olimpo, olvidando que en realidad fue llevada adelante por personas de grandes méritos sí pero de carne y hueso, con novias y novios, que hacen el amor y tienen otras necesidades y se comportan igual que cualquier ser humano. Esa imagen idílica también aleja a los héroes y heroínas de nuestra historia de la gente común. A esto se suma la forma en que a veces se nos presenta la historia, con pésimos textos, verdaderos ladrillos que hacen que el joven se aburra y abandone su lectura, y esto lo padecí en mi época universitaria.

¿Cuál ha sido su mayor satisfacción como historiador?

Publicar el resultado de mis investigaciones y constatar que mis obras son leídas. Me doy cuenta de su utilidad y valor cuando las presento en todo el país. Por ejemplo, La Prisión Fecunda tuvo una tirada de 355 mil ejemplares solo superada en su momento por el Diario del Che en Bolivia que se distribuyó gratis. Ver tu trabajo realizado socialmente mediante su lectura por decenas de miles de personas es la mayor satisfacción que puedes tener.

¿Su gran decepción?

Ocurre en estos momentos, cuando he llegado a la convicción de que no me alcanza lo que queda de vida para transformar en obras todas las investigaciones acumuladas a lo largo de tanto tiempo. Sé que no voy a poder y la ansiedad me corroe mientras busco la fórmula para lograrlo. No es decepción, es frustración.

El país vive una nueva etapa con el gradual relevo de la generación histórica ¿Cómo avizora el futuro de la nación?

La avizoro con nuevos protagonistas. La historia no se detiene en una generación o en una etapa. La historia de Cuba no se detuvo en 1878, no se detuvo en 1898, no se detuvo en el 33 ni en el 59, ni se detendrá en el 2008 ni en el 2040. Vendrán otras situaciones políticas que tendrán nuevas soluciones revolucionarias. Estoy plenamente convencido de que si Cuba sufre una agresión, de esta juventud emergerán los nuevos protagonistas que continuarán haciendo nuestra historia.

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Respetar las tradiciones y la historia: entrevista con Guillermo Jiménez
Waldo Fernández Cuenca

Tenía un montón de preguntas preparadas desde hacía rato y habíamos postergado el encuentro varias veces por causas ajenas a nuestra voluntad, pero Jimenito es de palabra fácil, gusta de hablar cantidad y logra capturar tu atención todo el tiempo. Descubrir su vida detrás de su obra, ha sido realmente fascinante, las preguntas combinan mi sed insaciable por la historia y por con sus vivencias personales. Busqué entrelazar un serio análisis de la Cuba republicana y la actual con su visión muy personal de la enseñanza de la historia en nuestro país y hasta el debate de quién era el hombre más rico del país en 1958.

Las Empresas de Cuba 1958 y Los Propietarios de Cuba 1958 son ya de esas obras imprescindibles de la historiografía cubana sin ser Jimenito (como cariñosamente lo llaman) un típico historiador. Son dos libros que tributan a la larga desmitificación de la Cuba republicana, aún no lograda del todo. Ese fue él móvil primigenio de la entrevista. Estas obras y su autor encierran una visión ecléctica de Cuba, Isla que se resiste a maniqueos encasillamientos para deslumbrarnos siempre.

1. ¿Cuál es el principal leitmotiv de Guillermo Jiménez en recopilar las empresas y los principales propietarios de Cuba de la llamada República?

Yo estuve muchos años como administrador de una fábrica, casi sin trabajar porque ya después de los primeros meses en la fábrica –en que me declararon Vanguardia nacional del Ministerio de la Industria Ligera un año y dos años Vanguardia provincial- irónicamente era en el trabajo donde había realizado menos esfuerzo, casi no tenía nada que hacer. Yo me había autoeducado para tener una participación más activa en la Revolución, para participar de la Revolución en el poder y contribuir modestamente a llevar a cabo el programa de justicia social que habían inspirado nuestras luchas revolucionarias, pero me tocó esa inactividad lo cual fue terrible para mí porque soy una persona muy activa. Pero eso fue lo que me tocó.

Comprendí que debía encontrar fórmulas que preservaran mi salud mental y mi racionalidad, que no redujesen mis facultades intelectuales y mantuviesen mi objetividad más allá de mis propios intereses personales, y, sobre todo, mis valores y mi dignidad, sin concesiones y menos recurriendo a falsas salidas, porque eran muy estrechas las opciones que tenía. La Revolución no me daba muchas opciones. Y, aun cuando la Revolución me había dejado un muy estrecho margen, bordeado por dos límites, cual de ellos más inapropiado acorde a mis patrones de conducta: mis principios y mi escala de valores, y sin permitirme escoger un camino propio sin violar aquellos, una opción para mí no era salirme de la Revolución -no obstante habérseme sacrificado a una especie de ostracismo e inanición- porque era una definición política muy seria que nada tiene que ver conmigo.

Ante ese panorama me quedó claro que lo único que me era dable hacer era mantener y alimentar mi intelecto. Me consideré como una especie de becado por la Revolución, que me brindaba facilidades para superar en algo mis ignorancias. En el pasado, ya en dos ocasiones, también había estado algún tiempo sin trabajar lo cual me dio la posibilidad de ponerme a estudiar de manera autodidacta. Estudié la historia de mi país desde el punto de vista económico, relacionando sus hechos políticos principales con los altibajos de la economía y sus relaciones con la de las potencias de turno durante la Colonia o en la República. Profundicé en la historia azucarera sin la cual no se entiende nada de nuestra Isla.

Me puse a leer marxismo del cual no sabía mucho, a estudiar pormenorizadamente la Revolución Rusa, el ascenso al poder del estalinismo y sus procedimientos, su política internacional y continué con la historia rusa, su filosofía y su literatura para conocer cuánto de su idiosincrasia hubo en el socialismo soviético. Estudié la Revolución China; la conversión de los antiguos países europeos del Este en socialistas; la Segunda Guerra Mundial; la sociedad norteamericana y sus típicos procedimientos de hacer política, las características nacionales, su historia cultural y literaria, etc., todo lo cual era imprescindible para entender la política de la Guerra Fría que llevó sus cánones hasta el último rincón de la actividad mundial de una forma no vista nunca antes, ni cuando el enfrentamiento entre Papistas y Reformistas durante el Renacimiento europeo.

Traté de mantenerme al tanto de la economía y las finanzas internacionales y de los últimos avances científicos del mundo. Pero siempre sin abandonar la literatura, que es mi más antigua y fiel compañera, la que más tiempo ha acompañado mis soledades, en todos los tiempos, buenos y malos, con lo cual me organicé ciclos por géneros y países, todo eso lo hacía para mi cultura general y con la esperanza de que alguna vez pudiese ser útil a mi país, era una forma de aprovechar mi tiempo. Estudié, sobre todo, la política económica de Fulgencio Batista para ver por qué la revolución había triunfado increíblemente o tan relativamente, fácil. Este caudal me serviría de antecedente para emprender el trabajo posterior.

En un momento determinado una prestigiosa institución del país me pidió que le presentara un ensayo sobre la política económica de Batista y -solo por complacer a una amiga- comencé a realizarlo, ya que me era relativamente fácil puesto que era uno de los temas que había completado seriamente, pero a medida que avanzaba me surgían más preguntas que respuestas, en especial aquellas derivadas en relacionar las políticas gubernamentales con los intereses empresariales: a quienes favorecían o perjudicaban y, aún peor, poder identificar en particular a aquellos propietarios influyentes, determinantes en muchos cursos e inflexiones de esas políticas. Además, cuáles eran los canales y procedimientos usuales para trasmitir las directrices principales en ambas direcciones, del gobierno a los propietarios y viceversa.

Empecé a preguntarme cómo realmente había funcionado la burguesía en Cuba ¿Quiénes eran? ¿De dónde habían salido? Entonces preferí abandonar aquel compromiso y encontrar las respuestas a mis inquisiciones. Hice una exhaustiva indagación bibliográfica y, para mi asombro, me tropecé que ni en la Colonia ni en la República existían obras de ese tenor, que tampoco ni en intramuros ni extramuros de Cuba durante el período revolucionario existía algo. Según supe posteriormente, que tanto la oligarquía esclavista como la burguesía republicana fueron remisas a comunicar sus operaciones de negocios, que no hubo tampoco mercados bursátiles y de inversiones que regularan la entrega y publicación de sus interioridades tal como existen en muchos países, con acceso no solo a esferas gubernamentales y a sus accionistas sino a cualquiera que quiera acceder a las mismas. Nada de eso lo hubo jamás en Cuba. Eso me obligó a picotear y entresacar de múltiples fuentes no elaboradas para ese objetivo.

Se me ocurrió, entonces, que una buena fuente serían los numerosos expedientes de todas las instituciones bancarias nacionalizadas tras el triunfo de la Revolución que, durante mi paso por el antiguo Banco Nacional de Cuba había conocido, había facilitado su mejor conservación y los había protegido como su salvaguarda incluso contra algún organismo poderoso que, subestimándolo, prefería eliminarlo para apropiarse del espacio que ocupaban.

Tras facilitarme algunos dirigentes del BNC su búsqueda minuciosa, hallamos que, en definitiva, se había logrado el fatal propósito, y ya no existía la que podía considerarse la más valiosa información para entender realmente el curso de los acontecimientos, esa que nunca se hace pública ni en documentos, manifiestos o declaraciones y se mantiene en los cuartos oscuros de la historia. Solo se había salvado el archivo del antiguo organismo estatal Banco Nacional de Cuba desde su fundación en 1950. Estaba conservado en el Archivo Nacional de Cuba, donde prácticamente revisé todos sus legajos y los de los bancos paraestatales creados, o sea, el BANDES, BANFAIC, la Financiera Nacional, el Banco para el Comercio Exterior que, aunque no tan ricos como los de la banca privada, me permitió dilucidar la mayor parte de la piedra angular de la investigación, o sea, las verdaderas propiedades de cada quién, permitiéndome, valorar y comprender a cabalidad lo que encontraba en otras fuentes menos privadas y ocultas al público.

Pero a medida que iba avanzando acopiaba tanta información que se me ocurre que debía escribir un libro sobre el funcionamiento del capitalismo y las características de la burguesía en Cuba desde todos los ángulos posibles.

Pero era tanta la información auxiliar recopilada, sobrepasando los límites de ese trabajo que comprendí que estas podían ser unas herramientas fabulosas para las nuevas y viejas generaciones de cubanos que no conocían nada sobre el funcionamiento del capitalismo en nuestro país, por lo que decidí posponer de nuevo mis objetivos y prepararla en forma de diccionarios, interrelacionando todos sus aspectos, con cuyo perfil en definitiva publiqué mis dos libros, concebidos como un legado para las nuevas generaciones y para los investigadores actuales y futuros.

2. ¿Cómo ocurre, a grandes rasgos, el proceso de formación de la burguesía nacional que arriba a 1959?

Es difícil contestar eso en una pregunta para una breve entrevista, porque lo primero que notas cuando te acercas a la burguesía cubana es que en una mayor medida que en otros países la oligarquía criolla, cubana y española desde el siglo XVI hasta el año 1959 está continuamente desplazándose, renovándose a un ritmo mucho mayor que lo ocurrido en un país promedio. Ocurren casi cíclicamente las reestructuraciones en el seno de la oligarquía predominante en cada etapa, tras las frecuentes convulsiones de naturaleza política, económica o social, por lo que muy pocas familias van a mantenerse en un primer plano. En esos tres o cuatro siglos, hay una renovación continua, en la República esto se va a ver con mayor fuerza que en el pasado. Al terminar el colonialismo español y caer bajo la esfera de la influencia política de Estados Unidos, se puede decir que este país está por hacerse, pues la mayoría de la riqueza acumulada se había perdido en la Guerra del 95 con la tea incendiaria mambisa y la reconcentración de Weyler entre otros factores. Entonces en las nuevas condiciones hay muy pocas familias criollas del siglo XIX que mantengan su patrimonio, no pasan de 20. En ese período hay una considerable formación de nuevas fortunas, sobre todo españolas a finales del siglo XIX, las cuales serán un grupo muy fuerte y numeroso que nunca van a poder ser desplazados del todo por los norteamericanos, quienes después del crac de 1921 serán hegemónicos en la política y la economía de la Isla.

La composición de la burguesía cubana va a ser muy heterogénea en ese momento, pero un aspecto importante es que la burguesía va a perder su capacidad de iniciativa por una serie de procesos económicos que sería muy largo de explicar como el problema del azúcar y la dependencia del mercado norteamericano. Llega un momento en que a partir de los años 30 se paraliza el desarrollo inversionista en el azúcar y se crea un mecanismo en que estamos atados a las cuotas azucareras de Estados Unidos y lo que hace la burguesía es buscar la manera de distribuir de una forma más o menos pareja entre los hacendados, los colonos de caña y los obreros la participación en las ganancias con lo cual paraliza, detiene o, más bien, congela su propio desarrollo capitalista y, por ende, el del resto del país. Existe algo peor y es la dependencia total y completa de las decisiones de los norteamericanos sobre la economía cubana. Por lo tanto no hay una “conciencia de clase” en esta burguesía para decirlo con palabritas de los manuales, la cual tiene una fuerte dependencia de los Estados Unidos, y esto se va a reflejar después.

3. A eso quería llegar ¿Cómo podríamos definir la ideología e identificación de este grupo con los más graves problemas de aquella sociedad?

Dentro de los sectores de la burguesía cubana hay un sector predominante que son los hacendados azucareros, ellos eran los que decidían el futuro del país, en Cuba existía lo que se podría llamar una especie de Estado Corporativo, por ejemplo la zafra azucarera –el suceso económico más importante de la época- formalmente comenzaba por un decreto presidencial, pero eso era solo así, de manera formal, los que decidían realmente eran los hacendados y su Asociación distribuyéndose las cuotas, etc. Estos a su vez dependían en general de la cuota azucarera que el Senado estadounidense aprobara para Cuba. Estos factores hacían que la oligarquía cubana dependiera económicamente y hasta psicológicamente de los Estados Unidos. Esto último lo podemos ver cuando la revolución comienza a radicalizarse y la burguesía comienza a irse del país, esperando a que los americanos resuelvan el problema, ellos no, los norteamericanos son los que tienen que resolver el problema de Cuba, pensamiento que muchos mantienen 50 años después.

4. ¿Cuál es el legado a la formación y devenir de la nación que nos deja este vital grupo de la Cuba prerrevolucionaria?

Aunque no se puede separar y dividir los aportes de cada sector de la sociedad a la nación, sino que es un conjunto de todo, este grupo, por decirlo así, nos dejó un legado que forma parte de la cultura y la idiosincrasia cubana. El modelo de plantación esclavista que va a impulsar el desarrollo económico de Cuba –muy polémico y discutible, no solo por razones humanitarias, que son suficientes, sino también desde un frío punto de vista económico- es importado por un grupo de oligarcas criollos, no por españoles, un grupo de mentes muy preclaras intelectualmente dirigidas por Francisco de Arango y Parreño, estos criollos más allá de que están planteando la esclavitud como forma de acumulación de riqueza, en otros órdenes de la vida -del momento en que les tocó vivir- tuvieron posiciones progresistas desde el punto de vista cultural, científico y tecnológico aunque el modelo que planteaban para desarrollar el país era totalmente arcaico e inhumano.

Ese es nuestro pecado original: la esclavitud como forma de acumular nuestra riqueza. Este grupo, muy avanzado intelectualmente también viajó por los países más desarrollados del momento como Inglaterra y por las Islas del Caribe para ver cual era la tecnología más avanzada en la producción de azúcar. Estaban muy al tanto del desarrollo de las ciencias, claro, siempre en función de sus intereses.

5. Leí recientemente en una entrevista que Batista era realmente el hombre más rico de Cuba ¿para usted quién fue el hombre más rico de este país Julio Lobo o Fulgencio Batista?

Es muy difícil contestar eso porque cuando yo comencé esta investigación comprendí que no la podía hacer como se haría en cualquier parte del mundo apelando a la declaración de ingresos del ciudadano porque en Cuba esa declaración era totalmente falsa ya que el ministerio más corrupto que había en Cuba era el Ministerio de Hacienda, por ahí empecé pero desistí porque era una gran mentira. Entonces busqué un mecanismo -ya que no podía valorar la liquidez y las propiedades en valor por ser muy difícil- y lo que hice fue clasificar las propiedades por su importancia según su peso dentro de la estructura económica de la época, basado en lo cual improvisé una clasificación acorde a la naturaleza del modelo cubano, fundamentada en criterios que expliqué en mis dos libros. Desde ese punto de vista el hombre más importante, con más acumulación de bienes de producción fundamentales, indiscutiblemente que era Julio Lobo pues poseía propiedades en toda la industria vertical del azúcar. Era el mayor propietarios de centrales, el principal colono, el que más tierras tenía, muchas a nombre de su esposa e hijas, propietario de un banco, una naviera, en fin, innumerables empresas de primera línea en la estructura empresarial cubana. Era el principal especulador de azúcar en el mundo, el 60% del mercado del azúcar mundial lo controlaba él.

Ahora ¿cuál es el fenómeno de Batista? En la última etapa de la dictadura Joaquín Martínez Sáenz presidente del Banco Nacional idea una fórmula muy efectiva para movilizar la gran liquidez acumulada en la banca desde los últimos años de la segunda guerra mundial y forzarla, mediante un complicado sistema de bonos estatales obligatorios, a dirigirla a una serie de planes estatales de desarrollo económico. Este sistema lo adulteró para convertirlo en un formidable método, inédito hasta entonces para malversar los fondos disponibles, más allá del estéril presupuesto estatal, tan golpeado por todos los políticos de turno desde el inicio de la República, porque antes casi todos los presidentes robaban directamente del erario público excepto Carlos Prío que utilizó métodos más sutiles, hoy llamado “tráfico de influencia” o “uso de información gubernamental en beneficio propio”. ¿Qué hizo Batista? Se las arregló para tener una participación única o mayoritaria en cada uno de los proyectos de desarrollo económico y social auspiciados y financiados por la banca paraestatal, o sea, el BANDES, BANFAIC, Banco para el Comercio Exterior, Financiera Nacional. No hay uno solo en que no tenga participación, en todos tenía intereses, salvo los que tenían que ver con empresas norteamericanas.

Batista tenía incluso un plan para apoderarse de la Cuban Telephone Company, la filial cubana de la casa matriz norteamericana, la poderosa ITT, una de las principales transnacionales norteamericanas de la época. Batista había pospuesto desde 1952 las solicitudes hechas por la firma para que se le autorizase a aumentar las tarifas de su servicio como una condición previa para invertir en la ampliación del servicio telefónico, una especie de chantaje empresarial. Batista confiaba que, con su dilación, bajase el valor de las acciones en bolsa para entonces ir comprándolas paulatinamente, junto con sus asociados, hasta convertirse en el grupo mayoritario. Vana pretensión. Nada menos que el célebre Foster Dulles, el Secretario de Estado del General Eisenhower lo conminó en una carta personal a acabar de acceder a las solicitudes de la ITT. Batista, raudo y veloz, se apresuró a firmar con toda pompa en un Salón de los Espejos que aun olía a pólvora y sangre de la batalla escenificada en su lujoso salón el día anterior, 13 de marzo de 1957, durante el asalto al Palacio Presidencial.

No hay un negocio de financiamiento estatal en la época de Batista en que él no tuviera participación. No hay una obra de construcción en la cual los constructores poseedores de la contrata no tuvieran que darle su correspondiente cohecho a Batista y esto se hacía a pecho descubierto. Incluso llegó al extremo que en algunos negocios como los de Barlovento él impuso que para darle autorización tenían que pasarle a su propiedad parte de las tierras. El negocio de los casinos de juegos, que empezó a tomar auge en los últimos años, en un primer momento era una canonjía particular del Jefe de la Policía Nacional Salas Cañizares pero cuando a este lo matan, Batista lo incorporó a sus vastos ingresos personales a través de su cuñado Roberto Fernández de Miranda. La cantidad de propiedades de Batista era sencillamente increíble, se estaba convirtiendo en el dueño monopólico del transporte de carga por carretera solo le quedaban dos o tres empresas pequeñas por comprar, iba en ese camino en la transportación aérea, en el transporte urbano capitalino y solo en el naviero había logrado poco.

6. La figura de Batista la han querido reivindicar en Miami ¿Cómo considera usted que debiéramos abordar su vida en la Historia nacional?

Batista sin dudas era un hombre inteligente, de luces, fue un político muy hábil a pesar de no tener estudios, provenía de una familia pobre, rural y marginal. Entró en el ejército como una manera de salir de la pobreza y ahí se hizo sargento taquígrafo. Es un tipo con una estrella tremenda, favorecido por su audacia y sus habilidades políticas porque él sale a la palestra pública en este país a raíz de la caída de Machado, aprovechando un período convulso del país donde está el movimiento de los estudiantes y de los sargentos, a este último pertenecen Pablo Rodríguez y Eleuterio Pedraza; Batista se las arregla en el tumulto aquel de Columbia y los estudiantes para convertirse en una figura. Batista es de esos personajes que surgen en períodos convulsos de la historia como una especie de aerolito para apropiarse de lo que no le pertenece. Era también un político muy hábil para negociar, tiene que haberlo sido porque era el que regía los destinos de Cuba sin ser elegido oficialmente desde el 34 al 40, el llamado “hombre fuerte”.

Después, durante su mandato constitucional del 1940 al 44, te vas a encontrar algo interesante y es que va a tener dentro de su Ejecutivo a personas que después van a ser consideradas figuras ilustres de la cultura de este país como Medardo Vitier, Jorge Mañach y Juan Marinello, entre otros. Él logra en el año 1938 sentar en una misma mesa, y que lo apoyen y participen de su Consejo de Ministros, al Partido Comunista y al ABC, las dos organizaciones más alejadas ideológicamente dentro del espectro político nacional. Era sobre todo audaz, porque siempre en situaciones difíciles se hace dueño de la situación. Sucede lo mismo cuando da el Golpe de Estado en el 52 donde aprovecha ese vacío que ha producido la muerte de Chibás para asaltar el poder. Sin dudas era muy hábil, pero sobre todo era un hombre extremadamente ambicioso, a mí me da la impresión después de toda mi investigación que Batista no era un hombre ambicioso de poder sino más bien su ambición era de riqueza; yo no sé que tiempo dedicaba Batista a dirigir este país políticamente porque le dedicaba mucho tiempo a sus numerosos negocios.

En sentido general fue una figura negativa porque no despreciaba ningún instrumento político para cumplir sus propósitos, incluida la represión. Fue un hombre muy represivo y brutal. A pesar de sus propios esfuerzos por identificarse como el tribuno del pueblo, la realidad es que jamás hizo algo en servicio de los más desposeídos o para cambiar aún modestamente el sistema de injusticia social prevaleciente.

7. Su primer libro fue publicado primeramente por la editorial Universal de Miami, ¿cómo logra publicar su obra en EE.UU.?

Extrañísimo y de pura casualidad. Yo voy a Miami hace diez años en contra del criterio de mucha gente amiga que pensaba pudiera ser objeto de alguna situación extrema y, hasta de violencia en consideración a mi pasado, pero fui.

Allá tengo amigos y conocidos de mi infancia y juventud, necesitaba hacerme una operación en ambos ojos y me decido a ir, sobre todo para saciar mi insaciable curiosidad política y de otra naturaleza. Entonces en Miami, un poeta y pintor amigo mío sabía que estaba haciendo y que había terminado un libro sobre las empresas de Cuba y me dice que por que no lo publicaba aquí y yo le dije que eso era una locura, que en Miami nunca nadie me lo publicaría. Él estaba en ese momento de crítico literario y tenía relaciones con la principal editora de esta ciudad que es la Universal de Juan Manuel Salvat. Yo le dije que Salvat nunca me publicaría un libro a mí porque él fue de los primeros que creó una organización contrarrevolucionaria en el mismo seno de la Universidad cuando yo estaba de director del periódico Combate y desde sus páginas lo combatí, a él y a su amigo Alberto Müller que era administrador del periódico pero tuvo una posición de enfrentamiento a la Revolución por lo que salió del diario.

No era que me conociera de referencia, sino que habíamos tenido enfrentamientos en los primeros tiempos de la Revolución Cuando Salvat se entera que yo estoy en Miami se asombra y me manda a llamar pensando que yo he desertado o algo parecido, conversamos sobre el libro y me dice que se lo deje, que él lo va a ver. Pasó el tiempo. Yo me demoro en Miami porque me voy a operar de la vista lo que hace que esté más tiempo del planificado y este amigo poeta un buen día me dice que Salvat lo ha llamado diciéndole que el libro estaba muy bueno y que pensaba publicarlo. Voy a verlo y él me dice que se ha asesorado y le han dicho que el libro está muy objetivo y se ha decidido a publicarlo, pero que no sabe qué puede pasar si me lo publica, por mis antecedentes de Comandante y demás porque en Miami no se publica ningún libro de alguien que viva en Cuba. Es el único libro que se ha publicado en Miami de una persona que viva en Cuba.

Él estaba en una disyuntiva de cómo poner la ficha del autor y yo le dije que me lo dejara hacer a mí, pues me interesaba que cualquier lector del libro supiera antes de emprender su lectura los antecedentes del autor para que no hubiese confusión al respecto de ningún tipo. Él respetó lo que yo puse y no varió nada.

Yo pensé que se iba a formar un lío con este libro pero se agotó rápidamente, hasta donde yo sé estuvo en la lista de bestseller en Miami dos años y pico, casi tres. A pesar que apenas recibí ingresos por mis derechos de autor, lo cual sabía podía suceder debido a mi residencia en Cuba, deseaba dar a conocer mi obra allí en la ciudad donde residía la mayoría de los sobrevivientes mencionados en el libro o sus deudos más cercanos, pues esa era la verdadera prueba de fuego para el libro, pero, para mi sorpresa, lejos de recibir furibundos ataques en los medios radiales y televisivos -no precisamente afines a la Revolución- se elogió el libro que para asombro del público, era una investigación objetiva, seria y respetuosa. Nadie me replicó el libro en Estados Unidos, aunque, según conocería tiempo después por testimonios de algunos familiares de los principales mencionados que me escribieron o vinieron a Cuba para entrevistarse conmigo, muchos habían pensado, a priori al ver mis antecedentes, que el libro era un siniestro plan castrista para dividir aun más al exilio, etc.

Yo había tratado de publicarlo aquí y no había podido, había hablado con el director de la editorial especializada muchos años atrás, explicándole de qué se trataba, me dijo que fuera a verlo, fui tres veces y nunca me recibió. Después de su publicación en Miami seguía costándome trabajo publicarlo hasta que un buen día me llamó el presidente del Instituto Cubano del Libro, a quien no conocía y, tras hacerme múltiples y efusivos elogios del libro, en presencia del director de turno de la editorial, enfatizó la necesidad de publicarse de inmediato y con una calidad superior a la editada en Miami. Pero, no obstante sus palabras, el libro sufrió lo indecible durante años para que viera la luz hasta la intervención de un organismo superior. Así, de esa manera, finalmente se publica en el 2005. El de Los Propietarios, por ahora y por decisión propia, solo se ha publicado en Cuba.

8. ¿Cuál es la visión que debemos transmitirle hoy la juventud cubana de aquella etapa de nuestra historia?

Yo creo que nosotros no podemos igualar la historia de las generaciones nuestras a la vida de las nuevas generaciones porque son dos mundos distintos, yo creo que no es muy efectivo que tratemos de hacer una similitud entre nuestra generación y las más jóvenes. Entre las generaciones de padres e hijos siempre hay unas diferencias enormes, está esa frase que a mi me gusta mucho: “los hijos se parecen más a su época que a sus padres”, es algo que no podemos olvidar. En el caso de la Revolución Cubana esta diferencia es todavía más profunda porque aquí, aparte de la diferencia natural entre los padres e hijos; hay una diferencia abismal entre lo que fue este país antes del triunfo de la revolución y lo que es en la actualidad. Yo pienso que es importante que se respeten las tradiciones y la historia. En ambas cosas no hemos sido muy efectivos.

La cuestión de las tradiciones que forman parte de la herencia que recibe un pueblo y que crea el concepto de identidad cultural, del concepto de que tú perteneces a un grupo social, a un grupo nacional, a una cultura determinada donde están tus raíces y que te responde parte de las preguntas que se hace cualquier mortal: ¿De dónde vine? ¿A dónde voy? ¿Quién soy? Todo esto fundamentalmente le llega a las grandes masas por las tradiciones, más que por los estudios o la cultura (lo que no quiere decir que también te nutras de los estudios o la cultura para responderte esas preguntas). Lo primero que a nosotros nos llega lo recibimos por la tradición, que fundamentalmente la recibimos de nuestros padres, pero donde también el Estado debe jugar su papel.

La Revolución fue tan radical, y fue instaurando una cultura tan fuerte, tan profunda, tan abismal entre el mundo anterior y el que se proponía construir que, como un costo -no deseado-, se perdieron muchas de nuestras tradiciones que nos identifican con una idiosincrasia, con una identidad cultural particular incluso dentro de América Latina, porque aunque pertenezcamos a América Latina y tengamos algunas raíces comunes e historia comunes hay particularidades de nuestra identidad que contestan muchas preguntas que se pueden hacer las generaciones actuales. No hemos sido buenos en preservar esas tradiciones y en ponerlas en su justo lugar dentro de la densidad cultural del cubano hoy en día el cual no se parece al anterior.

En cuanto a la aproximación a la historia nos falta mucho, no hemos dado una continuidad lógica a la historia de Cuba desde el colonialismo hasta el paso a la República y de la República a la Revolución. Yo creo que hay grandes baches en las explicaciones, en el conocimiento, en la transmisión del conocimiento e interpretaciones de los hechos en la etapa republicana, en esos cincuenta y pico de años de la República, tenemos muchos baches que lo que hacen es crear confusión, crea una especie de divorcio de las nuevas generaciones con su realidad; con la realidad de la Revolución. Hay que rescatar eso. Hemos tenido equivocaciones tremendas.

La Revolución no surgió de la nada, no surgió por el deseo de una generación por muy valiosa que fuera o de sus dirigentes, fue una revolución rica en personalidades sí, pero surge también de realidades que no se explican correctamente. Se escribe mucha literatura, testimonios, narraciones de la lucha insurreccional pero no se concatena con la realidad anterior que es lo que la justifica y la explica para cualquier ser pensante, cualidad que caracteriza a nuestras actuales generaciones instruidas, por lo menos, hasta un noveno grado. Hay que explicarle las causas de los fenómenos, pero si en las instituciones educacionales y en los medios de difusión no se hace, se crea mucha confusión. A mi no me acaba de gustar que comparemos a las generaciones nuevas con las anteriores, son dos mundos distintos, debemos acercarnos más al mundo de los jóvenes y sus preocupaciones. Hay que transmitirle el respeto a las tradiciones y a los verdaderos valores históricos de manera objetiva pero desde el punto de vista del mundo actual y no del que vivimos nosotros, los que hicimos la revolución contra Batista.

9. ¿Cómo avizora la sociedad cubana en el futuro cuando desaparezca la generación que hizo la Revolución?

Es una gran incógnita. Pienso que hay algunas cosas sólidas, entre las cuales descuellan el sentido de justicia social que circula hoy por las venas de los cubanos; logros en la educación para todos, en el rescate de todas las aristas de la cultura universal y nacional y su apoyo y difusión, en la prevención de la salud pública y la asistencia gratuita universal, así como muchas de las antiguas reivindicaciones sociales de género y raza, en fin, el rescate de la dignidad y un cierto orgullo nacional. Creo que entre las nuevas generaciones que son hijas de la Revolución y aún aquellas que no están integradas del todo al proceso revolucionario, todas tienen un sentido de justicia social muy alto, este sentido lo han adquirido con independencia de su posición política (aunque no le llamen así, ni tengan conciencia de ello), lo he visto con las personas que han emigrado hacia Estados Unidos mucho después de la Revolución, tienen hasta un sentido de exagerado igualitarismo, que aunque no es lo más justo necesariamente ni tampoco lo más conveniente, dan una idea de que son hijos del proceso revolucionario. Esto, en muchos sentidos, es una gran salvaguarda.

Creo también que una de las cosas positivas alcanzadas y que cambian a una sociedad para siempre es lo logrado con la mujer cubana. Se habla mucho de eso, pero no se dice lo que para mí es lo más importante, porque si tu transformas una sociedad subdesarrollada como la nuestra, heredera de una cultura ibérica-morisca-sefardita machista, e integras a la mujer al trabajo y al estudio tan rápidamente, ya que desde hace muchos años en Cuba más de la mitad de la población universitaria son mujeres y algo mejor todavía, las mejores notas en los estudios desde hace algún tiempo son de mujeres, eso es para toda la vida. Porque la mujer a pesar de todo lo que digan no se le va a poder quitar la responsabilidad del hogar y la educación de los hijos porque eso es un mandato biológico, tú le podrás crear las mejores condiciones materiales posibles para aliviarle la desproporcionada carga social que hoy padecen y donde aún queda mucho terreno donde avanzar, pero la mujer nació biológicamente para criar a sus hijos. Una mujer que estudie y que tenga un sentido de independencia, revierte ese caudal en las generaciones futuras porque ya los hijos no van a estar llenos de prejuicios, con temores como era la mujer de antes, aislada del medio social, sin voz en los asuntos sociales y nacionales, circunscrita únicamente al territorio hogareño, con mucho menor acceso a los centros de estudio que los hombres, subordinada en todos los aspectos por su dependencia económica porque su futuro y sus proyectos de bienestar no estaban basados en sus cualidades y en su esfuerzo, sino se restringían a encontrar un “buen partido” .

De otra parte, creo debemos apurarnos para dejarle desbrozado a las nuevas generaciones un camino, racional y posible, para un desarrollo económico, justo y en función de los intereses de la mayoría -que se nos ha rezagado grandemente en los últimos años-, lo cual es imprescindible para consolidar todo lo anterior y para que las nuevas generaciones encaucen sus esperanzas y proyectos en consonancia con su país al ser capaz la Revolución de satisfacerle todas sus expectativas.

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El peor enemigo de la Revolución es la ignorancia
Leandro Estupiñán Zaldívar

Entrevista con Alfredo Guevara

El encuentro con Alfredo Guevara (1925) en mayo de 2007 fue extraño, pero mucho más raro ha sido el resultado de aquella conversación fraccionada, por cuestiones inexplicables, en dos secciones. Una transcurrió en su oficina del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. La otra, en el recibidor de su casa en el Vedado. Entablamos el diálogo entre cuadros de los más notorios artistas (coleccionarlos es una de sus pasiones) que ofrecen un fresco de lo que entendemos por Cuba, la Revolución y estos años que le han convertido en una figura polémica. Aquí transcrito, apenas podríamos llamarlo entrevista. Luce más como un testimonio. Y, por supuesto, lo es. Ambos encuentros, de los cuales nos separan dos años en los que Alfredo Guevara ha tenido tiempo para reflexionar sobre lo dicho allí, y sobre la vida en general, fueron un descenso a la memoria. Quisimos traer de vuelta algunos temas, “romper ciertos silencios”, le llama él. Esos silencios que abrazan la realidad cual animal inhóspito que aquella noche nos acechaba.

———

Creo que a mi generación, es decir, la de Fidel —generación que tiene la responsabilidad de haber pensado y echado a andar, con el sacrificio suyo y de otros que han desaparecido, la Revolución—, no la han defendido como debían. Ha habido demasiado silencio, demasiado hablar hacia el exterior y, no sé por qué razón entre nosotros, se ha esquivado la polémica, se ha esquivado la refutación.

Hace una cierta cantidad de años plantee a Fidel que no quería seguir en los cargos, renuncié. No cómo se renuncia en otros lugares, sino que le pedí que me liberara de todo lo que se pudiera menos del Festival —quería seguir en el trabajo latinoamericano—. Quería tener tiempo para escribir y para seleccionar documentos y publicarlos. Me dio esa autorización y es lo que estoy haciendo. En estos últimos tiempos, con esa polémica que tú sabes que se armó, ha quedado muy claro que este pensamiento que tengo es más que correcto. Los protagonistas teníamos que hablar.

Yo me horroricé hace unos años con la muerte de Bilito Castellanos. Me di cuenta que de aquel grupito que nos conocimos en nuestro primer año de la Universidad y que, poquito a poco, incluso, turbulentamente, fuimos intimando y acabamos por ser un grupo de amigos para siempre, había desaparecido casi todo el mundo. Pero, Bilito me interesaba mucho, no solo por el cariño, casi amor, que le tenía, sino porque era uno de los que podía escribir. Y dije, bueno, qué es lo que queda…

Creo que de aquellos primerísimos años, los años en que se preparó la Revolución y en que se gestaron otros momentos —momentos decisivos como el Moncada y, después, el Granma, la Sierra…—, los protagonistas que podían reseñar, con conocimiento verdadero, profundo, detallado de las cosas, ya casi no existen. Es por eso por lo que estimulé hasta donde pude —porque en estas cosas Fidel toma sus decisiones él— la entrevista con [Ignacio] Ramonet. En realidad, ya había habido un intento hace muchos años; pero, y sé que no le gustaría esto a quien queda de entonces…, me alegro que no haya sido en la época. Giangiacomo Feltrinelli intentó que se hiciera una entrevista en forma a Fidel, pero era muy temprano. Realmente, esta entrevista de Ramonet ha llegado en el momento oportuno, en el momento en que ya habíamos tenido la experiencia de la Revolución, un proceso que quería construir una sociedad más justa, que ha soñado con ser socialista.

El socialismo, en realidad, nadie sabe qué es hasta ahora, puesto que no hay ninguna experiencia válida de socialismo, ni siquiera la nuestra. En realidad, sigue siendo una utopía. Una utopía en la cual todavía creo, y en la cual ya muchos no creen. Muchos dicen que sí, pero tú, que eres joven, sabes muy bien que hay mucho escepticismo y muchas preguntas que se hace la gente, los que siguen queriendo que exista, pero se hacen preguntas. Entonces, como yo sí creo que vamos a llegar, llegará una generación, no sé si esta u otra, pero llegará…, sigo queriendo hacer una contribución a esta edad ya avanzada que tengo. Y en este caso, aceptar tu entrevista, sin conocerte, sabiendo que me expongo a que me utilices, acepté correr el riesgo. Para mí, lo peor es no correrlo. Por eso, estoy haciendo esta introducción. No sé si tú vienes con preguntas, pero yo quiero hacer una pequeña exposición.

Yo creo que la época a la que tú te quieres referir, puntualmente a Lunes de Revolución, no puede ser comprendida sin un análisis político, que es también histórico. Es decir, de cómo se construyó la Revolución.

Al triunfo de la Revolución, el Movimiento 26 de Julio, al que pertenecía ya en ese momento, no tenía una influencia marcada —sí emocionalmente, pero no estructuralmente desde el punto de vista ideológico— sobre la generación intelectual. No tenía a las capas de la intelectualidad artística. El Partido Socialista Popular había hecho un buen trabajo en esa dirección, porque no había manejado la tesis soviética del realismo socialista. Había sido inteligente su política con los intelectuales. Más bien, se había centrado en la identidad. En lo que a mí me tocó conocer, con la edad que tenía entonces. El PSP fue beneficiado para desarrollar esa influencia por el hecho de que el final de la Guerra Mundial, antes de que empezara le Guerra Fría, que empezó casi enseguida, desarrolló un clima de esperanza en el mundo. La Unión Soviética había jugado un papel muy importante en la derrota del nazi-fascismo y tenía la simpatía mundial. La tenía también de los judíos y de la intelectualidad judía del mundo, que era más que importante. Una parte de ella, la que se salvó, se había refugiado en los Estados Unidos. El viejo Partido, el Partido Socialista Popular que, confeso o no confeso, seguía los lineamientos de los restos más o menos encubiertos de la Internacional —que, en definitiva, era Stalin y el estalinismo—, y que perjudicó su imagen por su alianza con Batista, se benefició en imagen porque la Alianza Mundial Antifascista se creó para apoyar a los países en lucha; pero, en realidad y en particular a la Unión Soviética, y condujo al Partido Comunista Norteamericano, bajo la dirección de Earl Browder, a suavizarse. Y mientras Stalin no cambiaba su política interna respecto a los intelectuales, hacía afuera desarrollaba una forma de apertura, de alianza, de frente único. Por lo tanto, la política del Partido Comunista cubano, con nombre de PSP, fue la del frente único. Y el frente único no se logra nada más que haciendo concesiones. Roosevelt estaba en los Estados Unidos. Earl Browder era el dirigente del Partido y marcó ciertas líneas, esas líneas también se adoptaron aquí. Estas cosas aunque las seguía en la época, era tan joven que no quiere decir que las comprendía bien. Fui comprendiéndolas más tarde, cuando me tocó vivirlas conflictualmente.

Hace dos años, más o menos, alguien hizo un estudio en Francia sobre esa época y las cosas relacionadas con la vida intelectual, basado en correspondencias, etcétera, de las que dispone y de las que no dudo. Casi al mismo tiempo, recibí una llamada extrañísima de una persona que decía —puedes fijar la fecha, pues fue exactamente con la muerte de Guillermito Cabrera Infante— que quería lograr que alguien, al que yo conocí, se reconciliara conmigo. Resulta que ese alguien que quería reconciliarse conmigo era Germán Puig. Él quería reconciliarse conmigo ahora que había muerto Guillermito. Yo me quedé asombrado.

En el año 49, parcialmente, estuve por Europa. El 50 y 51 me lo pasé en Europa, básicamente en París, Praga y Roma. Entonces, para mí era… Había conocido a Germán Puig en Cuba, pero lo reencontré en la Ciudad Universitaria de París y me pareció muy simpático. Entonces, resulta que yo he tenido enemigos que no sabía quiénes eran. No sabía que tenía un enemigo. Un muchacho que había conocido aquí, que me parecía simpático también y que le gustaba mucho el cine. A mí me gustaba mucho el cine también, más nada. Pero, él había tratado de organizar cine-clubs y cinematecas, había tratado de organizar cosas, etcétera, y había tenido un conflicto con Titón [Tomás Gutiérrez Alea], a quien excluye de este conflicto, en este lío del que me enteré yo tarde. Es decir, me he enterado, ahora que tengo ochenta, no antes, de que yo había tenido un enemigo hace cuarenta o cincuenta años, no sé cuantos. Yo no sabía que tenía un enemigo con el que tenía que reconciliarme. Y de las cosas que habla el estudioso de Francia, que me parece una persona honesta, limpia, que está trabajando con papeles… Hago un paréntesis para decirte que por eso estoy haciendo esto, porque sé que a quien trabaja con papeles puede armársele una confusión tremenda. Los papeles dan pistas, pero hay que hablar con los protagonistas, y ya no tienes cómo hablar con casi ningún protagonista. Hay unos cuantos protagonistas aquí con los que tal vez ya hayas hablado, pero no van a decirte lo que yo te voy a decir ahora. Es decir, tengo experiencias extrañísimas de esas cosas. He descubierto que tenía un enemigo, con el cual tenía que reconciliarme. Voy a aceptar, pero necesito tiempo para hacerle una carta diciéndole que vivo asombrado de que hayamos sido enemigos. Esto, para decirte cuán complejas son estas cosas.

Cuando conocí a Fidel teníamos 19 años. Ya yo había empezado a caminar hacia el marxismo rápidamente; pero, yo venía de la anarquía. La imagen del anarquismo es de un tipo loco con cuatro bombas en el bolsillo, sembrando el terror por todas partes. Mi anarquismo y mis ideas no estuvieron exentas de eso, pero eran ante todo libertarias. Fui formado por mis profesores en la Universidad, básicamente, y bajo la influencia también de algunos… Fernando Ortiz no fue mi profesor y María Zambrano fue profesora en la medida en que asistía a sus conferencias… la admiraba mucho. También, por ciertos profesores republicanos. Pertenecía a una organización anarquista del puerto. Nada más que había negros, además, estibadores. Fue una experiencia. Si alguien, algún día cuando yo muera, empieza a indagar en mí, dirá: este es un cambia casaca que no tenía nombre. Porque pertenecí a la Juventud Auténtica, a la Juventud Ortodoxa y pertenecí a la Juventud Socialista. Y mientras era de la Juventud Ortodoxa y de la Juventud Auténtica, pertenecí a la Alianza Revolucionaria, que era la organización anarquista. Pero lo que cualquier investigador tendrá que aprender es que la realidad no es monolítica, ni en las personas ni en la sociedad. Está llena de conflictos y mi caso era el caso de alguien que estaba buscando y que a esa edad eso es lo único que puede hacer alguien: buscar. Estaba buscando un asidero intelectual, ideológico, político. Finalmente lo encontré en el marxismo. Pero, no encontré, salvo raras excepciones, idóneas personalidades del marxismo que representaran el marxismo que empezó a adentrarse en mí.

¿Por qué te digo todas estas cosas que no es lo que te interesa? Llega el triunfo de la Revolución. Yo me he ido del Partido, en medio de la clandestinidad. Lo discutí con el Partido. Me pasaron algunas cosas que me decidieron a romper. Primero, el grupo mío, de amigos, no estaba en el Partido. Eran los que rodeaban a Fidel. Eran Pedrito Miret, Léster Rodríguez, Melba [Hernández], Yeyé [Haydeé Santamaría] menos, aunque estuve bajo el mando de Yeyé después. Y Fidel y Raúl. Fidel y Raúl estaban en las mismas ideas. Pero, como yo era el que estaba más lanzado, nunca en público, pero ellos, en relajo, porque éramos unos jovencitos —no pienses en Fidel el estadista de ahora, ni en la figura histórica, ni en nada de eso—, me decían Guevaroski y Alfredoski; nunca en público, porque entonces se rompía la unidad que teníamos, el papel que jugábamos en la Universidad. Cuando estábamos solos me decían esas cosas, porque yo era el que estaba más lanzado.

Salgo del Partido, porque en una reunión del Partido, que era una reunión de Nuestro Tiempo, donde yo estaba militando, plantee que estaba de acuerdo con la invasión de Hungría, que estaba de acuerdo con la actitud del Partido de Hungría, que había llamado a las tropas soviéticas, pero que no lograba entender cómo al día siguiente, una vez dominada la insurrección, la dirección del Partido no se había suicidado. Yo, si hubiera sido dirigente del Partido húngaro, probablemente hubiera estado de acuerdo en parar la insurrección, pero después me hubiera cuestionado: «he disparado contra el pueblo, no puedo vivir». Me hubiera tenido que pegar un tiro. Entonces, Mirta Aguirre, pidió mi expulsión. Y su hermano, que también estaba allí, Sergio Aguirre, ellos dos, me expulsaron. No te diré los otros que estaban militando allí, porque te quedarías patidifuso si dijera los nombres. Solo que no soy hombre de odios y fueron mis compañeros después hasta que murió cada uno. Creo que se confundieron entonces, y se confundieron más tarde. Allí estaba militando María Antonieta Enríquez, una musicóloga que era la esposa, en ese momento, de Carlos Rafael Rodríguez, que ya se había separado de Edith García Buchaca. María Antonieta, no sé cómo, pudo avisarle a Carlos Rafael. Esto era en plena clandestinidad. Y Carlos Rafael, violando las normas de la clandestinidad, se presentó e impidió mi expulsión. Y además Carlos Rafael se preguntó en público, un público de 15 personas más o menos, un público clandestino, se preguntó cómo yo había aguantado aquella reunión. Acepté que no me expulsaran. Agradecí a Carlos Rafael muchísimo, pero Carlos Rafael tenía sus razones para hacerlo. Yo me había convertido para Carlos Rafael, por todos estos antecedentes míos, en el contacto con [Carlos] Prío, con la Triple A, con Aureliano Sánchez Arango, que estaba clandestino en un yate, y después en un supersótano en lo que es hoy Siboney. Yo era el contacto de él con las organizaciones, con el 26, con los Ortodoxos, pues en la dirección Ortodoxa estaban mis profesores de Filosofía y Letras de la Universidad.

A mi regreso de Europa me tocó vivir otra experiencia. Flavio Bravo, el líder de la Juventud Comunista, me puso a vender el periódico Hoy, voceado por las calles. Lo acepté porque, precisamente, soy tan engreído, tan seguro de mí mismo, que me daba lo mismo vocearlo que hacer otra cosa. Eso no cambiaba nada en mí, pero en un momento dado me sentía viviendo el absurdo. Me encontré con un bedel de la Universidad en el parque Maceo. Yo estaba voceando el periódico y me dijo: «ay, Alfredo, no sabía que estabas tan jodido». Entonces, me dije: «esto es demasiado ridículo», y se acabó la experiencia. Les dije: «si quieren utilizarme, a partir de ahora las condiciones las pongo yo». En la Universidad puse por condición que seguía las líneas de la Juventud, pero se discutía conmigo directamente y no formaba parte de nada. Por eso no milité. En Nuestro Tiempo llegué a militar entre intelectuales, pero ya no milité nunca más.

Algo similar, o peor, sucedió con Carlos Franqui, quien fue expulsado del PSP. Franqui había trabajado en el periódico del PSP antes del triunfo de la Revolución. El PSP había sido con él tan injusto como conmigo. Franqui se confundió conmigo, pensando que tendríamos las mismas reacciones. Es decir, él había salido con odio, pero con razón. Su odio era justo. Había sido maltratado de verdad. Lo menciono porque ese es el origen de muchos problemas futuros, a los cuales me referiré más adelante.

Después encontrarás el nexo de todas estas cosas. Decidí, en mi alma, salir del Partido. Empecé a caminar, para no salir abruptamente, y en la primera oportunidad que pude considerar oportuna, plantee mi desacuerdo con la política del Partido.

La política del Partido seguía siendo el frente único, el movimiento de masas, no la insurrección. En realidad, estaba convencido, desde el Moncada, que después de la sangre del Moncada se había acabado esa política. Pero me era muy difícil, porque yo seguía siendo un marxista. Yo salí del Partido y al día siguiente ya estaba militando junto a Fidel; no digo junto a Fidel persona, sino en la misma línea, en el 26.

El problema es que estaba militando virtualmente desde antes y conocía todo. Estuve en el entrenamiento del Moncada, siempre estuve con ellos. Cuando el asalto al Moncada, quien limpia las casas, porque tenía acceso a ellas, soy yo. Me detienen unos días después, pero alcancé a limpiar las casas, porque allí había textos marxistas. Ellos estaban estudiando el marxismo. No quiere decir que todos los asaltantes al Moncada supieran esto, pero era parte de la evolución intelectual de Fidel, de Raúl, de Pedrito, de Léster...

—… de Abel. En su casa también había libros marxistas.

De Abel [Santamaría] también, pero yo no tenía el acceso para llegar allí y hacer lo que me diera la gana. Pero, en todas las demás casas yo “acabé”. Incluso, en el cuarto en que vivían Raúl y Pedrito, una casa de huésped, entré, me llevé las cosas, llegó el SIM y yo, que ya estaba un poquito lejos, me acordé de que había un travesaño en el que Raúl a veces tenía cosas. Me dije, «ay mi madre». Volví a la casa. Ya se había ido el SIM. Me llevé lo que estaba en el travesaño. Yo logré limpiar todas las casas a las que tenía acceso. Unos días después me detuvieron. Esto, para decir que yo salí del PSP directo para las acciones del 26. Salí del PSP para correr más riesgos todavía. La pasé peor en la clandestinidad urbana que si hubiera estado en el monte. Yo no me veo en el monte. Pertenezco al asfalto. Corrí riesgos en La Habana, pero no vivía en un sótano, vivía en las casas burguesas más ricas de Cuba, aunque igual podían matarme al día siguiente. En otro medio me habrían agarrado a los tres minutos. Tú tienes que ser pez en tu agua y ahí debes actuar hasta donde puedas. Yo me sentía más seguro en la inseguridad de La Habana que en un medio en el que me sintiese un extraño. Al final, me detuvieron y me torturaron.

Me salvó mi padre. Él era Gran Maestro de la masonería. El movimiento estudiantil estaba protestando: yo estaba desaparecido. La palabra desaparecido, como se usa hoy, no existía entonces, pero lo estaba. Me habían detenido Carratalá y Peñate. Carratalá me había entregado a este último. Estuve en la estación de Zapata y C, una estación de policía. Cuando paso por ahí me horrorizo nada más de mirarla, porque fue donde acabaron conmigo. Logré avisar gracias a un policía. Yo era un guiñapo, un hematoma viviente. El policía se pone de espaldas, porque no podía hablarme, y me susurra: «¿tú sabes que te van a matar?» Le digo «sí». Dice: «si me das un teléfono aviso, porque la clave es que te vean». Todo esto sucedió en medio segundo. Se me ocurre la idea salvadora: llamar a un primo mío, que era cónsul en Buenos Aires, y que era de la carrera diplomática formal, porque era premio Sánchez Bustamante en Derecho Internacional en la Universidad, y se logró colar en el Ministerio de Estado desde la época de Prío. Y recordé también a Alicia, su esposa, que todavía vive con noventa y tantos años. Ellos estaban fuera de la lucha y yo no tenía por qué recordar el teléfono, pero me vino a la memoria el número, lo dije y se avisó. Mi familia se comunicó con mis contactos, muchos de ellos bien colocados entre la burguesía habanera que ayudó a la Revolución.

Varias mujeres de esa burguesía se aparecieron en Cadillacs, rodearon la estación de policía con sus chóferes uniformados, y se colaron dentro. Desde luego, a un individuo le podían dar una pateadura, pero con esas mujeres no era lo mismo. A mí no me torturaron exactamente con instrumentos de tortura, si no a culatazos. Todavía tengo problemas, lo que pasa es que ya no tienen importancia. Aquella acción impidió el asesinato inmediato. Después, mi padre, sabiendo lo que pasaba, me salvó con la presión de la masonería, que en la época era archipoderosa.

Como podrás apreciar, hice entonces una clandestinidad de riesgo, no una clandestinidad escondido debajo de una piedra. El tiempo de un combariente urbano está limitado siempre. O muere o se salva, pero si se salva no puede seguir en la ciudad. Al final, salí clandestino de Cuba. Se decidió la salida clandestina, porque yo estaba condenando los asilos fáciles, y no podía salir asilado.

No voy a contar la historia completa, es sólo para llegar al triunfo de la Revolución.

Llega el triunfo de la Revolución. En aquellos primeros días del 59, Fidel cuando llegó a Matanzas le dijo a Lidia, su hermana mayor, que me localizara. Yo considero que no me lo merecía, él me recordaba como el habanero que sabía de su confianza y que podía hacer cosas. Creo que él, entre la cárcel… nosotros nos vimos después de la cárcel; el exilio en México, donde no nos vimos; el Granma; la Sierra, etcétera, dejó en su memoria algunas personas que le podían ser útiles en los proyectos no confesos que tenía. Creo que por eso enseguida me quiso llamar. Yo, en su memoria, era alguien del grupo, estudioso, preparado, cultivado, de principios, decidido, que no había fallado en nada y que había estado en la clandestinidad, había resistido la cárcel, la tortura y me había mantenido firme.

Acaba de triunfar la Revolución, acaba de llegar Fidel. Me pidió que no me ocupara del cine, sabía que era mi vocación, que tenía que ayudarlo y que me tenía que ocupar de las leyes revolucionarias. Me dijo que tenía trabajar en eso y que coordinara las reuniones… éramos el Che, Vilma [Espín], [Antonio] Núñez Jiménez y también sugirió asesores, que podíamos tener, pero externos. Empezamos a hacer las leyes revolucionarias. Fíjate a quienes escogió. Después se produjo la unión en las ORI [Organizaciones Revolucionarias Integradas] de las tres organizaciones: el PSP, el 26 y el Directorio [Revolucionario]. Las situaciones, más o menos, conflictuales se fueron resolviendo. No voy a desarrollarlas. Pero, uno de los acuerdos fue disolver todas las estructuras internas de esas organizaciones, si las tenían. El que las tenía más elaboradas era el PSP. Entre otras cosas, y es a lo que me voy a referir y por lo que he hecho toda esta historia, tenía una Comisión de Cultura. Una comisión de influencia en plan de frente único sobre la intelectualidad, y que era la mano que estuvo detrás de Nuestro Tiempo. Fui uno de los instrumentos de los que se sirvió el PSP para dominar Nuestro Tiempo, en realidad era el que daba la cara hacia fuera, pero los importantes eran Carlos Rafael y Mirta.

En esa situación de integración de las organizaciones y sus conflictos a inicios de la Revolución, Franqui le teme mucho a la influencia creciente del Partido. Franqui tenía suficientes redes para no ignorar que por todas partes el PSP estaba diciendo que le estaban pasando el poder. Y, si además de eso, se iba produciendo un acercamiento a la Unión Soviética, entiendo su terror. Se han aliado las fuerzas políticas, pero él es un personaje del 26. Voy a decir lo que considero clave para entender la historia de alguna de las polémicas de los años sesenta. Ya dije que el Partido tenía influencia sobre una parte de la capa intelectual. El Movimiento 26 de Julio no tenía intelectuales artistas militantes en sus filas. Entonces, Franqui abre en el periódico la posibilidad de que una capa de jóvenes echen a andar rápidamente, se destaquen en todo, porque tienen el instrumento de la Revolución. Aquí entra Lunes de Revolución. ¿Hace esto «malo» a Lunes? No. No es un juicio sobre la calidad estética de Lunes de Revolución. Es un juicio sobre por qué se producen los conflictos. Se producen, no contra Lunes, se producen alrededor de la voluntad de poder, justa por otra parte, peligrosamente justa, de Carlos Franqui.

En ese momento yo estaba muy cerca del día-día de Fidel. No es que fuéramos de igual a igual, pero éramos dos amigos de la misma edad y desde fecha muy temprana. Estaba al lado de Fidel siempre, manejándolo todo y sabiéndolo todo. ¿Qué es lo que pasa? Que Franqui no cree en el talento y en la habilidad de Fidel. En esencia lo subestima. Carlos Franqui no estaba predestinado por la historia a ser contrarrevolucionario. Fue que se creyó o llegó a la convicción de que el PSP sumergía a Fidel en sus posiciones, y eso no podía aceptarlo. Él se sentía superior o más inteligente y hábil, o más sutil que Fidel. O más previsor. No sé…

En efecto, fue necesario contar con los cuadros del PSP —no estoy hablando de los cuadros intelectuales, sino de los cuadros políticos— en la alianza que habíamos hecho. Ahora, puedo decirte que el PSP, en mi convicción, no fue leal. No disolvió sus Comisiones. Entre ellas, no disolvió la ya mencionada Comisión cultural, manejada por Edith, pero también por Mirta. Después ellas entraron en conflicto.

¿Tú sabías estas cosas?

—Algunas.

No se disolvió la Comisión cultural. Y Raúl, el Che y Ramirito [Ramiro Valdés], y yo trabajando juntos, observábamos —Fidel lo sabía todo desde luego, pero él estaba dedicado a otras cosas—, cómo Franqui avanzaba y se iba apoderando de espacios, de medios. Estos muchachos que se nuclearon en torno a Lunes, que vieron el gran chance, no eran parte del juego de Franqui del que estamos hablando.

—Tampoco eran eso que usted llamó “intelectuales combatientes”.

Ese no es el problema. El problema concreto, para mí… no me gustan los calificativos. 47 años después y los adjetivos no hacen bien. Estábamos en un momento, en aquella época quiero decir, en el que había que definir las opciones de la Revolución. El plan de Fidel es la opción socialista. Simplemente, está ganando tiempo. Me acuerdo que paso por París y la Inteligencia francesa… —yo era amigo de alguien que era de la familia [Valéry] Giscard d'Estaing— y la Inteligencia a través de esa persona me hace la proposición de dejarse robar unos documentos del Estado francés para que le llegaran a Fidel. Esos documentos probaban que los negociadores de la zafra azucarera cubana estaban traicionando a Cuba. Pero los franceses estaban interesados en que se supiera por una razón: hoy Francia no necesita azúcar de caña, porque tiene una producción remolachera, pero en aquella época endulzar el café o cualquier otra cosa dependía de la zafra azucarera cubana. Cuba era el gran abastecedor de Europa, y lo seguía siendo al triunfo de la Revolución. En esa época Julio Lobo seguía secretamente asesorando a Fidel, pero había una fuerza aquí, que estaba en el Banco Nacional, que estaba saboteando. Y Fidel me dice cuando yo llego… Bueno, antes bebo aclararte que yo no acepté los documentos de esa forma, dije: «si me los entregan los tomo, robármelos no». Podía ser una trampa. Pero me los entregaron. Se los entrego a Fidel y él me dice: «no te preocupes, pásaselos al Che, que el Che está manejando este asunto». Estamos hablando del Consejo de Ministros en el que, además, yo participaba; y Fidel me dice: «mira, Fulanito nos traiciona a más tardar en julio; Menganito, no llega a noviembre; Ciclanito, cualquiera sabe si mañana». Ese Consejo de Ministros era por lo tanto un entretenimiento, pero lo necesitábamos. Fidel estaba ganando tiempo.

Este era el clima de la época Un clima muy convulso y muy inseguro porque estaban todas las fuerzas ahí presentes. Acuérdate que ponían bombas, una detrás de la otra… bombitas. Por ejemplo, las bombas que ponían en los cines eran unas cajetillas de cigarros que se llamaban Edén, que tiraban las cajetillas con un petardillo. Después cuando el ICAIC asume los cines, decidí que el único modo de parar las bombas era llamar a todos los bombistas, viejos amigos míos de La Habana, y ponerlos de administradores de todos los cines. En cuanto veían un tipo ya sabían que iba a poner una bomba. Ese era el clima. Acuérdate que hubo atentados… es decir, nosotros en realidad no estábamos en lucha contra Lunes de Revolución, después diré otras cosas. Otro era el combate. Y sigo.

Esta historia está en el silencio, pero no es por culpa de la “ignorancia”. Es toda una voluntad. Una voluntad marcada por intereses de algunos que están afuera, con el silencio cómplice de algunos de adentro, a los que interesa esa imagen, y de otros, ciertos pre-post-castristas. Sin obviar nuestros silencios propios en medio de tanto bregar. Por eso te lo digo de una vez: no me enfrenté a Lunes, sino a Franqui.

Las palabras de Fidel a los intelectuales comienzan por este conflicto. Yo hago mi intervención en la televisión, en la cual tenía el poder que no me pudo quitar Franqui. Todavía existía aquel espacio que hacía [Jorge] Mañach, la Universidad del Aire. Un día en la Universidad del Aire, está Fidel y va Franqui y me denuncia, en mi cara. Y Fidel me pide cuentas, me dice: «¿por qué todo esto?» Y le digo, «Fidel, en este ambiente no quiero contestarte, si me lo permites te hago un resumen de todo para que esto se pueda ver con sosiego». Fidel lo acepta y no por gusto, sino porque se las sabía todas. Yo le hago la carta que ya se ha editado, también dirigida a [Osvaldo] Dorticós, el Presidente. Celia [Sánchez] me llama no sé desde dónde y me dice: «Fidel lo ha leído todo y está de acuerdo contigo, ya hablaremos».

Me quedé entonces tranquilo con aquel mensaje de Fidel. Él empezó a pensar cómo arbitrar entre todos. No eran solo dos grupos, eran muchos y diferenciados incluso en las mismas organizaciones. Fidel comprendió muy bien que tenía que actuar y que tenía que unir porque se había dividido demasiado el ambiente. Después, al no hablarse de estas cosas, y quedarse nada más el discurso de Fidel, y apenas esa sola frase de “con la Revolución todo, contra la Revolución nada”, se ha limitado muchísimo la posibilidad de comprender toda la trama.

Y es que Franqui quería controlar también el ICAIC. Él se apoderó parcialmente de CMQ, pero me le adelanté a su vez con el cine La Rampa. El cine La Rampa lo había construido, casi lo había acabado de construir, en el momento del triunfo de la Revolución, Ventura Dellundé, un diputado, un representante de la Ortodoxia, amigo de [Eduardo] Chibás. Yo era muy amigo de Chibás y de alguien que era el Secretario General de la Juventud Ortodoxa, Max Lesnik. Para mí, incluso, fue duro eso, porque yo había andado con Ventura Dellundé hacia el final ya de la construcción del cine, que era un cine modelo. Cuando Dellundé emigra sorpresivamente y me toca revisar los papeles en su oficina, me corresponde a mí tenerlos en la mano, y resulta que Dellundé era accionista de CMQ. Entonces, me vuelvo accionista de CMQ y por lo tanto, me vuelvo un rival de la ambición de Franqui dentro de esa empresa. —A propósito, tratamos de conservar todo lo que Goar Mestre no pudo llevarse, porque lo que se llevó de grabaciones ese señor no tiene nombre—. Había otra empresa de televisión, la rival, la de [Gaspar] Pumarejo, que estaba en Prado, donde están hoy los Estudios de Sonido del ICAIC, por eso están ahí. Un día me reúno con Raúl, con el Che y con Ramirito y me dicen que hay que apoderarse de eso antes de que Franqui lo agarre. Les dije: «yo lo tomo, pero cómo». Me dieron una tropa, que rompió las puertas de aquello. Yo entré allí y me apoderé de esa Televisión. Por lo tanto, esa Televisión fue por un tiempito parte del ICAIC, acabado de fundar. En fin, íbamos cerrando el camino así.

Estábamos en un momento en el que había que definir las opciones de la Revolución. El plan de Fidel era la opción socialista. Estaba ganando tiempo.

Pero, todas estas batallas que no tienen nada que ver con la vida intelectual afecta el papel que juega Lunes de Revolución. ¿Por qué Lunes de Revolución también entra en el problema de la lucha intelectual? Me imagino que esto que te voy a decir ya lo tienes muy claro.

Antes del triunfo de la Revolución hay un desprendimiento de Orígenes y se funda Ciclón. Y no los que vinieron después, porque muchos de los que están en Lunes de Revolución son muchachos que están en Nueva York, París, fuera…; vienen y ven la oportunidad tremenda. Es justo que hagan lo que hicieron, que se metan ahí. Ellos no saben de estas luchas políticas, ni de cosas parecidas. Pero, no es el caso de los que vienen de Ciclón, que no saben tampoco que hay un conflicto hacia el socialismo, de las opciones, pero sí saben de por qué desde el periódico se le cierra el camino a Alicia Alonso, se le cierra el camino a [Alejo] Carpentier, se le cierra a [José] Lezama [Lima]. Hoy todo el mundo dice soy lezamiano, pero no es verdad. En aquel primer momento cerraron a todo el grupo Orígenes y a todo el grupo católico. Entonces, paradójicamente, la defensa del grupo católico nos toca a nosotros. No debía haber sido así. No tenía lógica, pero fue. Y fue por eso. Porque se había formado una situación verdaderamente de choque entre Ciclón y Orígenes. Hay un pequeño libro olvidado en el que los que salieron en Ciclón analizan sus propias posiciones. Es muy interesante ver cómo ellos veían las cosas. No hablo de Lunes, sino de Ciclón. Eso explica todo aquel instante en que había tanta radicalidad con las viejas figuras. La gente debe comprender que casi cincuenta años después, estamos revisando un proceso. Diez años después somos un poquito mejores o peores; y veinte años más tarde, más mejores o más peores, y así y así, porque así es la vida: un cambio perpetúo. Lo interesante de agarrar un librito como ese…

Cuando estaba en Nuestro Tiempo, por lo tanto era muy joven, no tenía mucha experiencia en el movimiento intelectual. Había vivido experiencias políticas, pero me faltaban experiencias del movimiento intelectual. Aunque, la FEU que yo dirigí fue una FEU volcada también a la vida intelectual, pero éramos animadores culturales, no protagonistas de la creación. Defendíamos a los artistas, hacíamos exposiciones. Una de las más importantes exposiciones de Carlos Enríquez fue en la FEU. Pero, eso no nos hacía intelectuales, éramos luchadores políticos. Hay ciertas cosas que en realidad las veíamos distintas. Al triunfo de la Revolución éramos guerrilleros, simplemente. Yo me acuerdo que cuando empezamos a hacer la Ley de la Reforma Agraria, no hablo de mí sólo, hablo del Che y de Vilma, te aseguro que era la misma situación. Nos vimos mal, porque no sabíamos qué cosa era la Ley de la Reforma Agraria. Sabíamos que estábamos defendiendo uno de los principios fundamentales; sabíamos que había que reformar el régimen de la tierra; sabíamos que había que liberar al campesino; sabíamos que había que liquidar, no a los terratenientes, sino a los latifundios; sabíamos qué era la United Fruit; pero, cómo organizarlo mejor. Rápidamente hubo que estudiar muchísimo y que discutir muchísimo. Puedo decirte que nos pasábamos el día discutiendo y llegaba Fidel, por no variar, a las tres de la mañana, y lo cambiaba todo. Y teníamos que empezar de nuevo. Realmente dirigir un Estado, reorganizar un país, no es ninguna tarea facilita. Fidel un día nos dijo: «a partir de ahora, los jueves al Banco Nacional». Y todos nos preguntamos: «¿y…?» El Che terminó dirigiendo el Banco Nacional. Fidel, cuando vio nuestras caras, dijo: «no podemos dirigir un país sin saber lo que es un Banco Nacional». En el Banco Nacional encontré a uno de los hombres de la Pentarquía, uno de los asesores de Guiteras, por casualidad. Me salió en un pasillo y se puso a disposición nuestra. Misteriosamente el guiterismo entró en nuestro mundo y en nuestra tarea de transformar la estructura jurídica de la sociedad. La prioridad nuestra era qué camino va a tener la Revolución, cómo organizar esto, y no las líneas del trabajo intelectual. Sí detectábamos que Franqui obstaculizaba el camino hacia esa sociedad. No lo obstaculizaba de mala fe, ya lo he dicho en las reuniones internas. Ahora es contrarrevolucionario, pero no lo estaba obstaculizando de mala fe. Es que no podía soportar la idea de que el PSP tuviera… y era lógico que temiera que el PSP tuviera un peso específico excesivo, porque era portador del stalinismo. Esto es un enredo de esos que hay que analizar con mucho cuidado para no ser injustos con nadie, aunque cuando alguien ya está en la contrarrevolución está en la contrarrevolución. Pero para comprender el proceso y la complejidad del proceso… se atravesaron varias cosas en el caso de Lunes de Revolución: ser ellos un instrumento involuntario de la política de Franqui y al mismo tiempo que adentro de Lunes estaba todavía presente la lucha entre Orígenes y Ciclón, y generacional. Todo esto para decirte que es mi opinión —yo tampoco soy el Papa ni cosa por el estilo, aunque el Papa tampoco es infalible—; creo que fue una gran revista, que muchas veces fue injusta, pero que merece ser estudiada como tú lo estás haciendo y, ojalá, que lo hagas con suficiente equilibrio. No es la Biblia, pero merece ser estudiada y reconocida, verse en toda su complejidad y con estos factores. Salió perdiendo en la lucha política, pero lo que la perdió fue una vocación errónea que tuvo de ser papal.

En una reunión que tuvimos hace pocos días en el Instituto Superior de Arte, en la que se estaban viendo otras cosas, pero tangencialmente se habló de esto, me decía hablo o no hablo, pero yo me estoy reservando, hoy estoy rompiendo la reserva. Yo quiero escribir todo esto a mi manera. He dicho ya muchas cosas de la época, pero otras no. Sin volver a Orígenes o a Ciclón no hay modo de entender las actitudes que se manifestaron. En la reunión que se celebró hace unos días, Arturo Arango hizo una intervención en la que recogió las ideas que fueron conformando la Unión de Escritores y Artistas y las revistas Unión y La Gaceta, etcétera. A mí me ha estimulado a profundizar en aquello. Esa fue la solución que dio Fidel. Efectivamente ese grupo que estaba allí estaba siendo utilizado, pero no sabía que estaba siendo utilizado porque no eran políticos, salvo dos o tres. Guillermito sí sabía, sí sabía lo que estaba haciendo.

Guillermito era muy inteligente, era de nuestro grupo originalmente: Titón, Guillermito y yo; ocasionalmente, Lisandro Otero. Cuando éramos jovencitos nos pasábamos la vida en los toques de santo, con los espiritistas, en todas las cosas habidas y por haber. Para Titón y para mí, y para él también, aquello era entrar a un mundo extraño, distinto. Íbamos en busca de algo que nos enriquecía, pero que no sabíamos qué era y que yo creo que está detrás de otras muchas cosas. Después nos separó la vida, las convicciones.

El día en que rompí con Guillermito me quedé aliviado. Fue al principio, antes de todos estos conflictos. Guillermito trabajaba conmigo en el ICAIC. Era asesor mío. Venía y, un día le digo: «oye, que maravilloso tu articulo, qué bueno», qué sé yo... Y me dijo: «me avergüenzo de haberlo escrito». Era un elogio de Fidel, ¿eh? Me dijo: «tu amigo es Mussolini». Ese día nos dimos una fajada tremenda y se acabó la amistad. Él la había escrito… pero yo no soportaba esas cosas. En una ocasión anterior hizo una crítica a una película…, claro que cuando la hizo nos reímos, porque la característica fundamental de Guillermito era en la vida personal la amargura y en la vida intelectual el ingenio. Era una mezcla tremenda, rarísima. Escribió una crítica de una película en Carteles y dice todo lo contrario en Bohemia. Le pregunto: «cómo es posible esto», y me responde, «qué tu crees, que voy a hacer el mismo artículo para dos publicaciones distintas». El problema de él no era el criterio, sino el ingenio: el juego de la frase, la contradicción, desconcertarte con el dato. Su literatura, no sus novelas, su literatura crítica es así. No creo que sea un enorme aporte, pero es un goce leerlo. Es un goce leer la parte de crítica de cine, por ese juego tremendo que hace con el idioma. Ese día que rompimos, yo sentí una sensación extrañísima, cosa que no me ha pasado jamás, y más de una vez he tenido problemas con los amigos. No sentí dolor, sentí alivio, porque él trasmitía amargura. Todo era retorcido… bueno, dije que no quería hablar de psicología.

Lo único que quería, y por lo que acepté la entrevista, es porque temo que no nos dé tiempo de escribir un poco, a mí y a otros, que tal vez lo estén haciendo. No veo a más nadie, salvo lo que hizo Fidel. Lo digo por mí mismo. Ya yo no soy el mismo. Ambos tenemos la misma edad. Aunque pasé un infarto cerebral hace poco, y conservo la lucidez, sigo escribiendo, etcétera, evidentemente hay cosas que ya no puedo hacer. Ojalá que Fidel, que es quien tiene más autoridad, escriba, que se ocupe de la historia de la Revolución, dé testimonio de algunas cosas que hacen falta porque si no se van a quedar en la oscuridad. Yo intentaré todo lo que pueda en lo que me queda de vida; mi autoridad no es poca pero es limitada. La de él es inmensa. Podía influir sobre las generaciones jóvenes de Cuba y de fuera de Cuba, de América latina y más allá. Tiene esa tarea. Lo que se logró con la entrevista a Ramonet es mucho, pero todavía tiene muchísimo por contar. Es lo fundamental que te quería contar. Es bien complejo y no es solo un problema literario, ni un problema de sí y no.

Estas cosas yo las he dicho de algún modo, pero quisiera estructurarlas. Sabes que cuando uno escribe también estructura y mide mejor que cuando habla. Y sobre estos temas quisiera medir cada frase, medir cada palabra.

—No obstante, a mí me queda la duda porque en una entrevista que le hace Fausto Canel y que publica Lunes… en el número 71, usted arremete contra la línea estética de Revolución y Lunes de Revolución.

Y no sólo ahí. En algo que se acaba de publicar que es mi carta a Fidel y Dorticos yo uso la palabra estética, pero no es la estética de la vanguardia. Lo que pasa es que no había aprendido yo a medir el lenguaje. Hoy no me equivocaría en las medidas del lenguaje. No había aprendido yo que en materia de estética cada palabra hay que cuidarla mucho. El enfrentamiento es porque Lunes de Revolución no era justo con algunos escritores y figuras paradigmáticas de la cultura nacional. No era un problema estético era ético.

Si has leído la colección de Cine cubano te darás cuenta que en Cine cubano yo me atreví, y vivo avergonzado de ello, a hacer balance de nuestro trabajo, del ICAIC, lo que hemos logrado y lo que no hemos logrado. Por lo tanto, hacíamos análisis de películas, hasta dónde hemos llegado… claro, el sustento de mi pensamiento entonces era si las películas son válidas culturalmente —entendida la cultura en su sentido muy amplio— o si son banales. Creo que eso no había que hacerlo. No había que hacer balance, ni hacer juicio. Es una de las cosas en las que me siento más liberado desde que dejé el ICAIC… No pensé nunca volver al ICAIC. Fue resultado de las circunstancias. Hacía 10 años que estaba en la UNESCO. Había un conflicto aquí y sabía que yo tenía un nivel de autoridad sobre la gente que me permitía abordar la situación que se había planteado, pero yo nunca pensé volver al cine. Y tuve que volver. Pero, ¿sabes lo más triste que ha pasado en mi vida en ese volver y que cuando salí fue la liberación más grande? No es la del trabajo, es la de decidir sobre los demás. Esa es la responsabilidad más horrible que existe. También es una responsabilidad, no cuando decides si un guión se hace o no se hace, sino cuando emites un juicio estético. Cuando dices esto sí, esto no; esto es mejor que aquello. Creo que todo es válido. Lo que no es válido es golpear a las personas. Lo que yo traté de decir y no dije bien no era una línea u otra. Por eso te dije lo del surrealismo, porque he hablado de eso en otro ensayito. El problema no es una línea u otra, porque para mí todas son válidas. El problema es querer imponerse a las personas. Eso es lo que sí creo que quisieron tener voluntad papal. Una cosa es enfrentarse al realismo socialista, que también lo he hecho. Y también creo que quien quiera hacer realismo socialista que lo haga.

En la reunión del otro día hice un elogio muy grande de [Eduardo] Heras León. Y te quiero decir que él era un poquito realista socialista, él no lo cree. Elogié la calidad de su persona, la calidad de su testimonio, el comportamiento que tuvo frente al abuso, y que haya conservado su espíritu revolucionario. El testimonio que dio el otro día era desgarrador. Pero, cuando él sale de la fábrica esa y escribe, realmente yo dije: «lo amansaron». Me quedé horrorizado. No las primeras cosas, pero esas, Acero. Después de oír el testimonio del otro día, que era desgarrador, escrito de una manera preciosa además. A mí me conmovió. No se puede oír un testimonio así y decir, «ay, qué bien», y doblar la página y dedicarse a otra cosa. Todavía no sé lo que va a producir en mí ese testimonio. Lo que pasa es que todo lo encasillamos. Si no es surrealista, es realista socialista, si no es dadaísta. Todo tiene que tener un nombre. En Acero, que cuando vi que se había metido en ese tema y cómo lo estaba abordando, y con tanta pasión aceptadora, pensé que era realismo socialista. Después del testimonio del otro día pienso que simplemente la experiencia que vivió lo conmovió. Convivir con aquel tipo de trabajador y con aquel tipo de vida lo golpeó a fondo. Yo no sé qué sería de mí si tuviera que vivir en una fragua. Me moriría. No lo hubiera resistido.

—De algún modo hemos hablado de las circunstancias que lo llevaron a escribir “Catedrales de paja”, un texto que sigo creyéndolo agresivo hacía la gente de Lunes. Usted los define como “terroristas intelectuales”.

Es que lo eran. Juzgaban a los demás. Y ésos demás eran demasiado grandes. Era Orígenes, era Carpentier, era Alicia Alonso, eran grandes figuras de nuestra cultura. Yo parto de los paradigmas.

Estoy por abrir el camino a los jóvenes. Incluso en lo que estoy haciendo ahora, “Persona y Pensamiento”, no sé si conoces, nada más que trabajo con jóvenes en ese proyecto. No le propongo a los jóvenes considerarse sabios. Hay que proponerse ser mejor que Carpentier, que Lezama, que Alicia. Hay que proponerse ser mejor que los mejores, que Harold [Gramatges], que Leo [Brouwer]. Hay que ser mejor que ellos; pero, hay que partir de ellos. Ahora mismo, no sé si lo sabes también, porque parece que no vas a las cosas pero las sabes, en la reunión en la que se eligió el Comité Organizador del Congreso [de la UNEAC] se insistió mucho en los jóvenes. Yo estuve en los encuentros donde se prepararon todas estas reuniones. Pero, como en la presentación no se aclararon ciertas cosas, la única intervención mía fue para decir: «estoy de acuerdo con abrirle el camino a los jóvenes, pero a los jóvenes con talento».

Si tú reclutas jóvenes talentosos y los vas empujando a que se ganen el derecho a ser de la juventud o de la Legión de Honor, está bien. El reclutamiento es entre el talento. No entre los que tienen la banderita roja.

—Eso es peligroso.

Eso es suicidio. Franqui lo hizo cuando él era joven todavía, relativamente, porque era un hombre maduro, y lo hizo en circunstancias en que era su salida. Benefició a esos jóvenes que tuvieron un chance a mano y que lo aprovecharon. Pero, por ese clima que había en el país...

Mira, cuando terminó la reunión de la Biblioteca, Edith García Buchaca era la secretaria del Consejo Nacional de Cultura, era la que dominaba y ¿qué hizo? Algunos de los jóvenes que habían estado en medio de todas las discusiones salieron como Consejeros culturales, attaches culturales. Ella fue la culpable. Fíjate que digo culpable, porque los separó de la Revolución. Tenían que haber seguido viviendo la Revolución, con igualdad de derecho, y al hacerse La Gaceta haber ido allí a jugar un papel. Y no los únicos. Yo pienso más… por eso quiero hablar o escribir sobre este mismo tema… creo que en realidad la solución de Fidel fue la posible, pero creo que la mejor solución en otras condiciones ahora, y mañana, y siempre, es que hayan cuatro revistas literarias, o cuantas se puedan, que representen todas las tendencias que puedan surgir. No una. Una sola, no. Ni tampoco avalada por el periódico del Comité Central. Tienen que haber varias. Es más, yo creo que los periódicos… el Granma, por ejemplo, diría: una página editorial y una columna internacional que representen al Partido, lo demás no. Eso de representar al Partido en el plano de la cultura… ni en la cultura, ni el deporte, ni en nada. Esas son otras cosas. Son otros terrenos de la vida.

—Y aquellos ataques que se hacían desde el propio Lunes…, ¿en qué medida afectaban la relación entre la intelectualidad y la Revolución?

No creo que afectaran. Era un período de lucha. Cuando hay turbulencia la gente inteligente sabe que hay que esperar y que un día se liberarán. No creo que los intelectuales que fueron afectados por los ataques de Lunes creyeran que eso era permanente. Sabía que había una lucha. No creo en monolitos, en ninguna época; ni entonces, ni ahora. Creo que siempre hay corrientes, personas, individualidades, grupos, etcétera, que tratan de influir en una dirección u otra, que combaten o simplemente no combaten y tratan de marcar con su impronta una situación. Lo grave es cuando se cristaliza una posición. Es verdad que ha habido momentos en nuestra historia durante estos cuarenta y tantos años en los que ha habido cristalizaciones. Por suerte, son cristales frágiles y al final se rompen. Y hay momentos de discusiones. El libro de Graziella [Pogolotti: Polémicas culturales de los 60] revela una de esas. No sé si has tenido en tus manos el libro del Che, Apuntes críticos de la Economía política. Es muy interesante porque muy tempranamente ya está planteando el problema de los manuales, que después discutieron en Cuba socialista, Teoría y práctica y otras publicaciones, Aurelio Alonso y Leonel Soto y otros. Discutieron sobre los manuales. Te recomiendo que le eches un vistazo para sentir la época. Algunas cosas mías están saliendo ahora porque yo he hecho lo siguiente: en Cuba no existe la ley de que pasado 25 años eres libre de publicar las cosas, como en los Estados Unidos, donde se desclasifican; pero, yo no acepté una sola cosa en el Partido con la que no estuviera de acuerdo. Siempre me expresé. Ahora, no salían publicadas, pero las estoy metiendo en libros.

Acabo de publicar una carta que le mandé a Blas [Roca] diciéndole todo lo que pensaba de ciertas cosas. Manolito Pérez la conservó. Yo creía que estaba perdida porque cuando salí del ICAIC saqué del archivo todo lo que me correspondía, pero esa carta nunca la encontré. Y Manolito Pérez tenía una copia, que es algo importante. El criterio se resume a esto: yo creo que los partidos, el nuestro también, no pueden ser correas de transmisión puras, tienen que ser núcleos pensantes (think tanks). Los americanos, el presidente puede ser un imbécil; pero, el think tanks que tiene al lado no es un imbécil, ni remotamente. Tú puedes hacer lo que quieras, puedes equivocarte y rectificar, que era la posición del Che. El Che decía: «si nos equivocamos, lo cambiamos».

La verdad no es absoluta. La verdad es siempre una aproximación, constantemente cambiante. El Che era así. El problema es que el cambio no puede ser un acto frívolo, pero el cambio es necesario constantemente. Ante nuevas situaciones, nuevas soluciones. Eso es la revolución.

—Es como el concepto de Fidel de moda: “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”.

Pero, fíjate, tú haces así de buenas a primeras y es la revolución permanente. Entonces eres trotskista. Ya estás encasillando. La tendencia a encasillar es algo espantoso.

La historia no se escribe así. La historia es laberíntica. La historia no es lineal. Los acontecimientos se dan por intercepción de muchos factores y, en las personas, por cambios que se producen por la experiencia y porque las convicciones pueden evolucionar. Yo me pienso a mí mismo hoy anarquista converso al marxismo y me pregunto: «¿yo habré dejado de ser anarquista?» No encuentro contradicción entre el espíritu libertario y el marxismo, en su ética. Entre otras cosas, porque Marx no dijo cómo iba a ser el socialismo. Eso es mentira. Y yo, aunque te parezca mentira… claro, es mentira que la mayor parte de los marxistas se han leído El capital. Eso es una mentira. En primer lugar, porque no hay quien se lo empuje completo así de un tirón. Pero yo, que ya me lo leí, me acabo de releer El capital. ¿Sabes para qué? Para poder polemizar. No me lo he leído de punta a cabo, me lo leí selectivamente; pero, hice una “maldad” más, por si tengo que polemizar, hice esa relectura de la obra en la única versión en la que Marx revisó las pruebas de galera. Estos son tiempos que vuelven a ser de polémica.

—Yo había leído algo, creo que en una entrevista concedida Amir Labaki, donde usted al hablar del caso PM, que fue como el clímax de los conflictos con Lunes de Revolución, dejaba entrever cierta inmadurez en su modo de actuar entonces. Usted decía: “acababa de salir de la clandestinidad. Me atacaron y respondí a puñetazos”. ¿Si no hubiese sido por esta aparente inmadurez, ante la aparición de PM habría reaccionando de otra manera?

Seguro hubiera reaccionado distinto, pero no aprobándola. En el momento en que salió PM, que además el tema de PM y las imágenes de PM no son más que lo vivido por nosotros en el marco del hampa habanera, conviviendo precisamente, no exactamente con Sabá [Cabrera Infante] y el fotógrafo [Orlando Jiménez Leal]; pero, sí con Guillermito, con Titón, con Lisandro, en ese grupo. Esto no era lo que había que hacer en el momento, pero tampoco creo que había que hacer un drama de eso. Hubiera estado en contra, hubiera hecho lo que hice. Yo no prohibí esa película, eso es mentira. Ellos se llevaron la película, se las entregué. Me negué a hacerme parte de esa película, a que la distribuyera el ICAIC. Ellos podían ponerla donde les diera su gana. Pero, parte de lo que quiero decir tiene que ver con esto.

En mi explicación anterior faltaron dos o tres puntos que tenía que haberte dicho. Uno, que estoy harto de que la historia de la cultura cubana sean PM, la UMAP y el Caso Padilla. La historia de la cultura cubana después del triunfo de la Revolución, en tanto que continuidad de lo anterior, continuidad y ruptura como es todo instante histórico, me parece que se ha empequeñecido. Aunque traté de explicarlo diciendo que el silencio en el que habíamos permanecido tantos años, muchos, dejando que el único vocero de la Revolución fuera Fidel, claro, nuestro gran comunicador; y todo el mundo en el silencio, no abordando nada, aun sabiendo todo lo que se decía en el exterior. Y algunos del interior, revolucionarios, además, pero que se enredan en este hecho de que para ser escuchado hay que hablar de PM y de la UMAP, como si los procesos históricos no fueran altamente complejos, tuvieran etapas, se cometieran errores, se superaran, como lo hacen las personas. Hombre o mujer, nadie es igual diez años después. Lo mismo pasó en la época. Y han pasado tantas cosas de las cuales no se hablan. Entre otras, se resaltan todos nuestros defectos, nuestros fallos, los vacíos que tiene todavía nuestra sociedad, de que el socialismo no haya podido ser lo que queríamos, etcétera. Tenemos 800 mil universitarios. La riqueza más grande de un país es eso. Es una riqueza inoperante en este instante, pero al menor chance de que despegue de nuevo la sociedad cubana, que está estancada, hay algo que ya no hay que construir y es el tesoro más grande. No lo digo por gusto. Si ahora el Banco Mundial, el superbanco y el archibanco, todas esas cosas que existen por ahí y una concentración de millonarios que sigan queriendo aportar para el desarrollo de Cuba dieran 50 mil millones de euros para el desarrollo, podíamos hacerlo. Pero si le dieran 50 mil millones a otro país de la región, no pueden desarrollarse, ¿qué te parece? No pueden hacer nada. Y, aunque yo viví en México y agradezco muchas cosas a México, te diré lo siguiente: una de las cosas que ayudaron al desarrollo de México fue que entraran 300 mil personas preparadas de la República española de un tirón, en un año. Esa es la inversión más importante siempre. En esta época que vivimos, mucho más. Sin el saber no hay desarrollo. Bien, tenemos esa inmensa cuenta en el banco y momentáneamente no podemos hacer nada con ella, pero podremos hacer. Es mi confianza, yo soy un optimista.

Ahora, no dije otra cosa que es muy importante y que tiene que ver con la pregunta que me has hecho sobre mí mismo. Yo era alguien que había participado en la lucha de un modo directo, había sido torturado, que me hicieron salir de Cuba en esas condiciones. Me hicieron salir porque ya no podía resistir La Habana. Ya había decidido participar de otro modo. Este es el momento en el que ya era del 26, no del Partido; pero, tenía la experiencia del Partido. Eso me permitió analizar muchas cosas. Tampoco hay que olvidar que había vivido casi tres años en Europa y había alcanzado un nivel de información cultural, no sólo en la cultura, me interesé mucho en la política cultural de la URSS. Todo lo que había pasado antes del Congreso de intelectuales del 34 en el que se proclamó el realismo socialista. Había leído una buena parte de la literatura y de los libros sobre arte que una editorial, que se llamaba Slavia, que funcionaba en Suiza. Había estudiado a fondo lo que había pasado en la URSS. Aunque no estaba seguro de que íbamos a llegar al poder, estaba eso como un sedimento mío. Al triunfo de la revolución, no solo yo, todos los que participamos de un modo activo, nos manteníamos en algo así como “alerta de combate”. Y cuando empezaron a pasar estas cosas, pasa que algunas gentes yo ni sabía quiénes eran. Quiero decir, de esos jóvenes de Lunes. Yo sabía quiénes eran las grandes figuras, y no puede olvidarse que ellos también eran jóvenes que estaban empezando.

El otro día se estaba hablando de El Puente, yo me acuerdo que yo conocía a gente de El Puente, pero porque me abordaban, porque iban a mi casa, incluso. Si llega a ser por la vida natural de las cosas, nunca hubiera sabido quiénes eran. Estaba atareado, en el equipo que redactaba las leyes de la Revolución, la Ley de la Reforma Agraria, no ocupándome de las broncas entre El Puente y no sé quién o lo que había pasado entre Ciclón y Orígenes. No es que lo ignorara, es que no eran prioridades mías. Lo que pasa es que, de buenas a primeras, sentimos un grupo de nosotros, y ahora voy a llegar al otro aspecto, que el periódico Revolución estaba utilizando la cultura para apoderarse de los medios de comunicación, que eran los que le interesaban de verdad. Hay que decir lo siguiente: una parte de los participantes en toda esta época que eran militantes del viejo Partido tenían la conciencia plena de apoderarse del poder. Te diré, para mencionar nada más que en el campo de la cultura, que ésta era la mentalidad de Edith García Buchaca, que quería ser ministro de Cultura, y que puedo afirmarlo, porque me lo pidió a mí, quería que se creara el Ministerio y ser Ministra; y arrastrada por el momento Mirta Aguirre, instrumentalizada primero, apartada después. Dos mujeres de talento, una de inmenso talento y de inmensa cultura Mirta; otra, culta y de talento, pero más política y más estalinista que Stalin. Bueno, eso es exagerar, más que Stalin no podía serlo. Estoy hablando de la cultura. A su vez, el Movimiento 26 de Julio no era un monolito. El 26 no era un monolito porque algunos teníamos esa adopción marxista dentro del 26, pero otros, que eran tan revolucionaros como nosotros porque habían participado también en la Revolución como acto y no como palabrería —digo palabrería y parece despreciativo, no es así; hay veces que palabrería no significa despreciar—, los otros, que no voy a mencionar, porque no estoy dispuesto a mencionar gente que son más que revolucionarios, los que están vivos y los que están muertos, que no habían aceptado todavía el marxismo. Todos éramos del mismo Movimiento. Había gente que había aceptado el marxismo, pero le tenía horror al PSP. Si fuera un monolito no hubiera habido tantas decepciones, tantos enredos y deserciones. Nosotros no estábamos discutiendo con conspiradores. Como ya dije: la naturaleza personal de Franqui no estaba predestinada a ser un contrarrevolucionario, aunque haya terminado en eso. Otros sí, porque su pensamiento no podía evolucionar.

Había también dos PSP, uno más joven, del que fueron parte esos compañeros que después se quedaron conmigo en el ICAIC, pero que un día, en una reunión convocada por el PSP y presidida por Edith García Buchaca… —esto estaba pasando en el mismo momento de PM, lo que pasa es que no lo sabe la gente—, se intentó ponerme un comisario. Y todos lo aceptaron, porque Edith les informó que Fidel le estaba pasando el poder al Partido. Se tragaron lo que le dijeron, porque era muy en serio, porque había mucha confusión. Era una época de entusiasmo desbordarte, de pasión revolucionaria, con banderas y amores y alegría. También de turbulencia inmensa, de cuál era el camino, de qué es lo que se quería hacer. Yo no acepté y, cuando salí de ahí, me fui directo a ver a Fidel. No estaba Fidel y se lo conté a Celia —Fidel y Celia vivían a unas cuadras del ICAIC. Celia se indignó: «Está pasando en todo el país. Nos tienen tomado el teléfono». ¡A Fidel!, ¡Fidel vivía ahí! Y yo, que nunca he hecho las cosas como me las indican, sino de acuerdo con mi filtro, boté a los que tenía que botar y dejé a los que tenía que dejar. Los que eran de verdad cineastas en potencia se quedaron conmigo. Tomé el mando como mi generación lo ha hecho siempre en circunstancias dífíciles, de mandón.

En realidad, todo lo sabía desde antes. Porque Tony Briones —que era un muchacho que yo me había encontrado en un campamento que teníamos en México, que fue él quien vigiló la construcción de los estudios en Cubanacán y otras cosas que nosotros nacionalizamos, que nos ayudó cuando tomamos la televisión de Pumarejo y no se separó de mí hasta que lo mataron en Venezuela— levanta un intercomunicador para comunicarse con alguien (los intercomunicadores eran cosas estrafalarias, enormes) y se había quedado del otro lado un intercomunicador mal colgado, y escucha una reunión de la que yo no estaba informado. Me dice, «ven acá». Yo me acerco y escuchamos que se esta planeando lo del comisario. Es decir, que a la otra reunión yo voy ya preparado; pero, pensando que lo podía parar explicando a los compañeros, etcétera. Pero me encuentro que esa reunión la estaba dirigiendo Edith García Buchaca, que a su vez encabezaba la Comisión de Cultura del PSP, que debía estar disuelta y que no lo estaba.

Entonces, toda esta convulsa situación es el marco de PM. Alguna gente, cuando maneja las cosas, a falta de suficiente información, cree que yo pude hacer lo de PM solo. Pero el PSP se metió también, y se metió Blas, y se metió Mirta. La mejor prueba es que cuando… se produce la reunión de la Casa de las Américas, donde se discute el destino de PM, estoy ajeno. Es Mirta Aguirre y su equipo del PSP los que van allí y discuten, y hablan de que se ponga en las organizaciones y hacen de esto… lo que pasa es que Sabá y el otro muchacho se presentan en el quinto piso —todavía no estaba mi oficina en el séptimo piso del ICAIC, y me llaman fascista. Entonces, les entré a piñazos. Claro, tú ves ahora un personaje que no puede entrarles a piñazos a nadie, pero en aquel momento yo era otro, física y mentalmente. Tenía mezclada mi condición de combatiente y mi condición de intelectual, sin que todavía no depurara el lenguaje y las actitudes de una cosa y de la otra. Por eso es que yo digo que hubiera actuado posiblemente distinto.

Hoy hubiera sido más maquiavélico, es decir más diabólico. No vamos a decir maquiavélico porque Maquiavelo en definitiva no merece todo lo malo; vamos a decir diabólico, el diablo sí se lo merece. Creo que la inteligencia cuando es madura tiene un ángulo de diabolismo; si no, no es inteligencia. Yo debía haber comprendido que les estaba poniendo en bandeja un martirologio ridículo. No valía la pena aquello. Ahora, se callan muchas cosas. Primero, yo no me quedé con PM, yo se la entregué. Después se discutió cómo se usaba PM, etcétera, etcétera. Y le dejé esa misión a otros. Sabá se quedó en Cuba y fue funcionario de Cubarteimpex, y viajó hacia adentro hacia afuera. Pasaron años antes de que ellos decidieran convertirse en mártires. No sé si esto tú lo sabes, porque ahora tú pasaste de Lunes de Revolución a PM. Ellos se quedaron en Cuba, fueron funcionarios, y Padilla fue el dirigente de Cubarteimpex. Iba y venía y compraba libros. Las cosas no son tan simples. Guillermo Cabrera Infante tampoco se fue enseguida. Fue Consejero cultural en Bélgica, mala apuesta de Edith García Buchaca, que tenía poder para hacer esas cosas en su momento, y el embajador era nada menos que Gustavo Arcos, hasta el final jefe contrarrevolucionario, más bruto que una piedra, más salvaje que una piedra, racista, la negación de un revolucionario.

Ese era el Alfredo que estaba actuando en aquel momento. Pero, podía actuar hasta cierto punto, porque estaba la fuerza del PSP ahí. Yo no era todo lo lúcido que puedo ser hoy. No me había dado cuenta de que estaba poniéndoles en bandeja el martirologio, que además no se dio enseguida. Pasaron años. Después ha sido utilizado, es utilizado por los de afuera y también por los de adentro. La mejor prueba es que seguimos discutiendo lo mismo y no lo que hay que discutir.

—Los acontecimientos se quedan convertidos en mitos.

Se quedan como un mito, y el poder de un mito hay que saberlo. En determinadas ocasiones… por ejemplo, en el caso de dos cineastas que detuvieron porque uno hizo un documental masturbándose y hablando de la Revolución al mismo tiempo… los detuvieron. Yo no te voy a decir lo que hice, pero plantee que eso era un disparate. Qué más da que se masturben. Que hagan lo que les de la gana. Lo mejor sería sacarlos de la cárcel y dejarles en libertad. Así se hizo, y qué ha pasado, ¡nada!

Cuando Reinaldo Arenas salió de Cuba, ya se le había abierto el camino para que trabajara en la revista Cine cubano, a petición de la Inteligencia, porque otros organismos no lo quisieron aceptar y era el general Arquímedes quien estaba gestionando ponerlo en algún lugar para que pudiera repuntar. Reynaldo llegó a Miami. ¿Tú sabes lo que le pasó? Él nunca lo narró pero te juro que es así, y si un día estás presente y coincides te presento a mis amigos cubano-americanos, a la gente a la que tuvo que acudir Reynaldo para alquilar un apartamento en Miami. Porque no le querían alquilar allí un apartamento por ser homosexual.

Si en Cuba la homofobia estaba calientica, y es verdad, que no me digan que los cubanos en Miami aceptaban a los homosexuales. El macherío no surgió con la Revolución. El macherío existía antes. Existe en el trópico, existe en el mundo latino, existe en el mundo católico, existe en el mundo santero y existe en el hampa y existe en la burguesía. Ahora la gente se está civilizando, está aceptando la diversidad en el mundo. Eso no surgió en Cuba, ni cosa parecida. Es normal que entre el machismo, la vida guerrillera de una época, las condiciones de convivencia en la clandestinidad y la ignorancia, la homofobia era inevitable. El peor enemigo de la diversidad de criterios es la ignorancia. Por lo tanto, el peor enemigo de la Revolución es la ignorancia. Y éramos ignorantes. Esa es la verdad. Todo esto para decirte, que había demasiadas fuerzas encontradas. Todas, en el fondo, luchando por el poder.

Ahora, hay que comprender que la lucha que había era muy confusa. Franqui y lo que él tenía a su alrededor no estaban contra la idea socialista, tenían el terror de que la idea socialista fuera decomisada por el PSP. Pero yo tenía la convicción de que Fidel no iba a ser manipulado por nadie, ni por el PSP, ni por quien más influencia tuviera en él, ni por mí tampoco. Fidel no era manipulable. Fidel tenía su diseño, y yo acepté el suyo. Contrario a lo que hizo Franqui y lo pagaron los de Lunes de Revolución, sin ser culpables y sin saber lo que estaba pasando.

—Pero, lo ocurrido luego de las “Palabras a los intelectuales”, que fue en lo que desembocó todo esto, ¿hizo bien o hizo mal a la intelectualidad?

Fidel no podía hacer otra cosa. Supo lo que hacía, acertó y fue para bien.

—Pero, ¿se mal interpretaron las palabras?, aquello de “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Creo que para el trabajo intelectual fue más que positivo. Eso no quiere decir que unos años después en el Congreso de Educación y Cultura no haya pasado lo que pasó. Son dos cosas distintas. Se tergiversaron, pero no las palabras. Fue violada la línea. Incluso, el discurso de Fidel no tiene nada que ver con lo que se acuerda allí. El discurso de Fidel es una pasión latinoamericana. Y cuando Fidel se vuelca sobre Latinoamérica se está separando de la Unión Soviética. Hay que saber leer. Aunque sea aliado, la tenga y la necesite. Y cuando hace la Zafra de los 10 millones, que ya yo estoy hasta lo último con la interpretación de la Zafra de los 10 millones. Es verdad que fracasa, pero hay que reconocerle otra cosa: Fidel hace la Zafra de los 10 millones porque está desesperado por no caer en manos de la Unión Soviética. Está desesperado por encontrar un asidero para poder desarrollar su propia política. Ese es el carácter no lineal de la historia. ¡Es todo tan complejo, inciden tantas fuerzas! El papel de las circunstancias… ¿cómo podíamos nosotros cuando teníamos 19, 20, 21 años? Los que éramos en esa época no somos los mismos después, y cuando llega el triunfo de la Revolución…

El primer problema para mí es pensar que jóvenes como ustedes tengan que escribir sobre temas que no vivieron. Tienen que encontrar un hilo por aquí, un hilo por allá, porque no hemos dicho nuestras verdades.

—Algunos de los entrevistados durante esta búsqueda para rehacer el tema de Lunes de Revolución me dicen que es necesario esperar más tiempo, que ya de esto escribió un puertorriqueño y no lo hizo bien; que escribió una brasileña, y tampoco. Les digo, pero cómo ellos van hacerlo bien si nosotros, que somos cubanos no acabamos de entender cuanto ha pasado en este tiempo.

¡Cómo lo van entender!

—Alfredo, además de andar en estos asuntos organizativos junto a Fidel, en las leyes revolucionarias, usted era también director del ICAIC. Entonces…

Las cosas no son así. El ICAIC se fundó el 24 de marzo del 59, pero Fidel me había dicho meses antes: «no te puedes ocupar del cine». Pero, un día me dijo: «prepara ahora la Ley del cine». Imagínate, yo estaba en la Ley de Reforma Agraria, estaba en algo tan descabellado para mí como la Ley de la Marina Mercante. Él veía que yo hacía todo, y estaba con él, y me iba en los helicópteros a visitar lugares… yo dije «no puedo perder la oportunidad». Formé un grupo entre los que estaban Titón, Julio [García-Espinosa], Humberto Ramos que era el jurista... Un grupito pequeño, que se metió a prepararlo todo conmigo. Preparamos la ley. Quería que en la Ley aparecieran determinadas frases. Sobre todo me interesaba la primera frase: “el cine es un arte”, que fuera el primer país del mundo en que su ley del cine recordara que el cine es un arte. Eso no quiere decir que pude dedicarle todo el tiempo. Lo que pasa es que cuando uno tiene esa edad se multiplica, no duerme, hace locuras. Lo hacia todo y no pasaba nada, seguí viviendo y no me di cuenta de que paralizaba otras cosas de mi desarrollo. Después de 23 años de estar al frente del ICAIC —tres años había sido mi pacto con Fidel, porque después iba a dedicarme a hacer cine yo— salí para la UNESCO. No salí contento, porque era el resultado de las broncas con Tony Pérez [Herrero]. Creía que me habían derrotado, pero en realidad creo que me preservaron; Fidel hace eso. Y ¿tú sabes lo que hice los 10 años que estuve en París? Reciclarme. Los pasé estudiando. Porque aunque tenía funciones no es lo mismo que la locura de este país.

—Yo le recordaba lo del ICAIC porque los estudiosos de la época, quienes se han acercado al problema, insisten en que eso fue, efectivamente, una lucha por el poder, el poder cultural. Y de alguna manera usted representaba una parte de esas fuerzas…

Lo que no soporto es la idea de que era el PSP contra… mentira. En Revolución estaba una fracción, una parte del 26, reclutada por Franqui, como te expliqué.

Cuando Graziella me dijo que le interesaba que te recibiera. Yo dije: «bueno, yo no sé quién es este; pero Graziella sí sé quién es». Y dije, «bueno, déjame jugármela, porque esto es jugársela, porque me pueden instrumentar». Me ha parecido que no eres de esa categoría, pero lo que quiero es, ya que hay alguien que se va a dedicar a esto, decirle un punto de vista que no acaba de aparecer y que en los libros míos empieza a aparecer. Creo que tiene que aparecer específicamente. Quiero decirte que pasé una parte de la mañana de hoy escribiéndote una carta, que la voy a terminar algún día y te la mandaré. Es mi modo de decir estas cosas por escrito, organizadamente, etcétera. Yo me comunico con mis amigos por carta.

—Quería retomar esto que usted mencionaba de la ignorancia y el mal que hace. Parece que ha sido, entonces, la ignorancia la que ha convertido su imagen en la de un anti-Lunes. Y si ha sido la ignorancia…

No ha sido la ignorancia. Es toda una voluntad. Una voluntad, que quienes desarrollan son los de afuera.

—¿De manera consciente?

Conscientemente. Es verdad que me enfrenté a Lunes, pero no es a Lunes al que me enfrenté, fue a Franqui. Como te he precisado antes. Incluso, las palabras de Fidel a los intelectuales comienzan de otro modo. Evidentemente Fidel empieza a pensar cómo arbitrar entre todos. Entre todos, no es dos grupos, son muchos y diferenciados incluso en las mismas organizaciones. Esto que me voy a atrever a decirte, aunque estés grabándolo, no lo tomes como una convicción porque tengo dudas, pero debo decirte que ese instante que conduce a la reunión de Fidel con los intelectuales y todo este clima, fue el que creó que Fidel comprendiera muy bien que tenía que actuar y que tenía que unir porque se había dividido demasiado el ambiente. Pero, después no hablar de estas cosas, y quedarnos nada más que con el discurso de Fidel —discurso que no solo es la frase tan citada—, a veces dudo si fue una involuntaria decisión, falta de creatividad o debilidad de nuestra parte: toda idea grande y abarcadora merece ser continuada, afirmada y enriquecida, también intelectualmente.

Yo empecé a publicar mis textos hace diez años nada más. ¿Por qué? Nadie ha contestado nada. Qué orgullo teníamos de no dialogar con el enemigo. No era dialogar, era enfrentarnos. El único que se enfrentaba era Fidel. Pero, desde la Revolución hay pocas respuestas. Incluso, cuando el Caso Padilla, cuando pasa todo, Fidel dice horrores de la intelectualidad que nos empieza a condenar, pero me manda para Europa con esta instrucción: convencer, neutralizar, conquistar. Hay una posición que no es contradictoria, que es lo que siempre digo a nuestros embajadores, no es a los convencidos con los que hay que convencer. No es ese el trabajo. El trabajo de un Embajador es ir a los otros, es enriquecer, ampliar el área de los que nos comprenden. Trabajar con las organizaciones de apoyo, que lo haga el segundo secretario. Pero tengo que trabajar precisamente con los que no quieren acercarse a mí. Y hay algunos embajadores que actúan así, que hablan con las organizaciones de solidaridad, almuerzan con las organizaciones de solidaridad, comen con las organizaciones de solidaridad, mandan recados a las organizaciones de solidaridad y mandan informes aquí sobre el trabajo con las organizaciones de solidaridad. Bueno, ¿y qué? Si cuando yo voy a hacer un trabajo en el exterior no voy a consolidar lo que tengo, sino a ampliar el campo de acción. Es como yo veo la diplomacia y como veo también la polémica. Y ¿cuál es el resultado de este silencio? Que no hay polemistas, que salen por ahí y y no pueden enfrentar una conferencia de prensa, la época de los Raúl Roa se había terminado. Ahora puede que algunos intelectuales lo puedan hacer, pero… ¿los periodistas por qué no lo pueden hacer? Prácticamente no hay un periodista que sepa contestar a nadie. Temen que le den un palo después, cuyo chichón no se cura en 10 años. Pienso que entonces, ahora y siempre no importa la condición, las posibilidades, etcétera. Hay que tener algunas otras cosas, pero también hay que tener lo que no tienen… jugársela. Y si le dicen que se equivocaron pues le digo para eso estoy. No hay modo de que en un combate siempre se gane, por qué le aceptamos a los peloteros que pierdan un día y yo polemista no puedo perder un día. Ese es el problema.

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Un hombre culto: entrevista sobre el Che a Oscar Fernández Mell
Andrés Castillo Bernal

Aprovecho la oportunidad que me brindan una vez más, pues por aquí pasan bastantes personas y muchos extranjeros, para hablar acerca de alguien que ha sido tan importante en mi vida y en mí desarrollo político como Ernesto Guevara. Se habla mucho de él, como guerrillero. Fue formidable en Cuba, en el Congo, en Bolivia, aunque no alcanzó lo que esperaba, desafortunadamente. Pero a mí lo que más me cautiva de él es, después del triunfo de la Revolución, cuando se presenta como hombre de Estado, que se le pide hacerse economista, ministro de Industria, y se hace ministro de Industria, y no solo eso; él se reunía con ingenieros metalúrgicos para poder hablar sobre la materia, y lo hacía con gran fluidez casi como si fuera un orador, y se debía a su vocación y sobre todo a su capacidad de concentración para el trabajo.

Pero fue también el escritor, el periodista fundador del periódico Verde Olivo, que fue como apareció primero, y hacedor de artículos en distintas publicaciones nacionales y extranjeras muy importantes; un hombre muy diverso, pero con un objetivo final. Era el hombre que nos representaba en todos los foros internacionales, el de las tareas en el exterior. Era el hombre que hablaba de Cuba y su Revolución.

También quiero destacar que del Che no se dice lo suficiente. Fue un hombre culto, muy culto, posiblemente uno de los más cultos de la Revolución, aunque él no hacía alarde de eso. Pero eran pocas las cosas que podían tratarse en una conversación, de las cuales no supiera dar un criterio, una opinión, tanto desde un punto de vista histórico, filosófico como literario.

Admiraba la poesía y a la autora de sus días

Era un admirador de la poesía. Le gustaba mucho la buena poesía e intentaba hacer algunas cosas como los párrafos que le dedicó a San Luis cuando murió. Y alguna que otra vez hizo sus pininos en la poesía. Le gustaba escribir, pero el trabajo le impedía dedicarle mucho tiempo a las cosas que podían producirle placer. También era un admirador de León Felipe. En general era un hombre que sentía un gran respeto por el arte. Por ejemplo el ballet, aunque no era un aficionado, no dejaba de comprender que era una expresión muy linda del cuerpo. Y también le gustaba la buena música, sabiéndose “zurdo” por completo. Los tangos los cantaba muy mal, intentaba tararearlos pero desentonaba. Y para el baile era..., por

ahí hay unas anécdotas de Alberto Granados, su amigo cordobés, quien cuenta que él le decía: “oye, cuando toquen algo que tú sepas que yo sé bailar, me lo dices...”, y tocaban una cosa y él salía bailando otra.

Era un gran admirador de los grandes pintores. Sin embargo, tenía sus preferencias y sus cosas. Por ejemplo, estando una vez en París -esta anécdota me la hizo a mí Emilio Aragonés-, con Osmany Cienfuegos, fueron los tres al Museo del Louvre a ver la Monalisa y

cuando regresaron, Aragonés comento con Osmany, -“tú vas ver que seguramente no le gustó-“. Y efectivamente, comentó: “Chico, dicen que esa obra tiene tanto relieve mundial, pero yo no la encuentro tan tan... como dice la gente”. En mi opinión, era un crítico de mucho rigor. Le encantaba el arte, a todas las ciudades que iba visitaba los Museos y sabía mucho de los grandes acontecimientos de la Humanidad.

No era ajeno al mundo de la cultura, siempre buscaba un tiempo para multiplicar sus conocimientos que lo acompañaban desde niño, gracias a su madre. Ella era una mujer encantadora y muy culta, muy inteligente, con la que uno podía estar horas conversando. Su

expresión era de una dulzura exquisita, lo cual debe haber amortiguado su carácter. Él admiraba a su mamá. Ella era muy afable. Sabía expresarse. Te reitero, era muy dulce y tenía una gran cultura.

De cualquier aspecto de la cultura o personaje de la historia, él podía hablar de la parte que más le impresionaba desde el punto de vista personal. Hablaba de Kafka, como si hubiera sido compañero de él. Con esto quiero decir que era un hombre culto, instruido y cuando se sentaba a redactar, lo hacía muy bien.

Oratoria, honestidad y fotografía

Yo pude ver también su desarrollo en la oratoria. En el primer discurso que le oí, en el Pedrero, allá en el Escambray, en el centro de la Isla, hizo algunas referencias surrealistas, demasiada ideología para aquel medio. Pienso que fueron buenas palabras, no fueron muy largas, fueron cortas. Pero no sé, en aquel medio no se comprendía muy bien porque él quiso hacer una síntesis de lo acontecido durante la invasión y resultó un poco confuso. Era un

auditorio de campesinos. Después fue evolucionando, al principio era muy parco, expresaba ideas muy lacónicas y poco a poco, viendo la televisión… algunas veces él llegaba y me decía: “no se puede leer, hay que improvisar”. Él empezó hablando diez minutos y luego decía: “hoy hablé 15”. Después hablaba media hora. No era de largos discursos, pero sí expresaba todo lo que quería de una manera muy coordinada y que atraía mucho a la gente, a pesar de que era lineal en el curso de sus intervenciones. No gesticulaba, casi nada. En su oratoria estaban presentes varias de sus virtudes, una de las que más yo admiro es su honestidad y su manera de ser consecuente en el decir y el hacer. Tal como hablaba, actuaba. En su vida privada, en su vida personal o en su vida pública, jamás dijo una cosa y luego hizo otra a escondidas. En eso era muy, muy exigente consigo mismo; de una honestidad a toda prueba. En sus criterios, en su manera de pensar, algunas veces podía herir, pero era su forma de pensar. No era un hombre interesado en los aspectos materiales de la vida, ni siquiera con la comida, con lo que le proporcionara bienestar. Esas eran cosas intranscendentes para él.

También hizo fotografía, como todo el mundo sabe. Vivió de eso en México. Le encantaban las fotos. En la Fortaleza de La Cabaña, en La Habana, Cuba, se conserva su cámara, que compró en los primeros tiempos de la Revolución, cuando llegó a la capital del país. Pero después sus responsabilidades no le permitieron continuar por ese rumbo. Yo tenía una Kiev que me habían regalado en la Unión Soviética, muy buena también. Hubo un momento que él iba a regalar su nikon y yo le dije: “mira, Che, no te deshagas de tu cámara y regala esta”, y le entrego mi Kiev, y como a las dos o tres días me envió su nikon, y yo la conservo como algo extraordinario, y la tengo depositada allí en La Cabaña.

Honor sincero y no petulante

Me preguntas sobre el concepto del honor en el Che. Pienso que el honor para él era parte de su vida, casi la sabia. Él todo lo que hacía, lo mismo aquí, cuando le dieron la misión de venir en la invasión, o en el Escambray, todo lo hacía en interés y en honor de la Revolución; es más, su temor grande era quedar mal con el movimiento revolucionario y con la Revolución. Cuando nosotros estábamos en el Congo, que aquello no caminaba, no había por

donde agarrarlo y él trató de hacerlo por todos lados, por arriba, por abajo, por dentro, por fuera, con todos los dirigentes, con los desconocidos, con todos los congoleses que le pasaban por el lado, él trató de agarrarlo y echar las cosas hacia adelante, y su principal

preocupación era el prestigio de la Revolución Cubana. Creo que eso forma parte del honor, tanto de él, como del honor de Cuba. Su gran preocupación era cómo quedaba la Revolución Cubana si nosotros salíamos o teníamos un fracaso. Creo que eso forma parte de su honor, que él cuidaba con esmero, pero no del honor petulante, sino del honor sincero, de hacer las cosas bien, por el bien de la sociedad, por el bien de la humanidad. Te diría más. Él siempre decía que tenía que dejar algún recuerdo, algo, para que la humanidad lo recordara, y creo que lo ha logrado con creces y sin ningún tipo de prepotencia. Lo logró al extremo de que treinta y seis años después de su muerte se habla más que cuando murió. A mí me llama la atención que hay más de setenta libros dedicados al Che. Hay siete, ocho, diez biografías, pero biografías de más de ochocientas páginas, de escritores importantes. Algo tiene su

imagen. Hay una frase de Paco Ignacio Taibo II, escritor y novelista mexicano, cuando le preguntan en qué consiste esa magia de la imagen del Che, recorriendo el mundo constantemente, levantada por gente que no lo conocieron, y que muchas veces ni saben

dónde está Cuba, ni dónde está Bolivia… y dice Paco algo así como que su imagen traduce una transparencia y una honestidad endiablada, algo así. Su imagen a mí todavía me impacta. Y es una pena que haya muerto, porque a su edad, con el desarrollo político, cultural, social, histórico que alcanzó, podía haber desempeñado un papel mucho más relevante en la práctica, para la Revolución y para Cuba misma, desde el punto de vista económico, porque él era un estudioso de la economía. Él se había estudiado El Capital, lo leía y releía, y tenía sus apuntes con sus criterios sobre distintos aspectos.

Las cosas bellas de la vida

Pienso que es importante hablar también de ese otro Che, el hombre que amó a su esposa, sus hijos, su familia, sin que eso pugnara con el excepcional guerrillero, estadista revolucionario,

austero, exigente consigo mismo, hombre culto, que amaba la poesía. Su epistolario lo demuestra. Como buen argentino, le encantaba degustar un buen asado y tomarse un buen vino, cuando las circunstancias lo permitían, aunque no era un bebedor y menos un hombre bohemio. Él no se reñía con la gente bohemia, siempre decía que cada uno era responsable de sus actos. Pero el centro de su vida era la Revolución, preocupado por la humanidad y por el

bienestar de todo el mundo. Su pensamiento estaba encaminado a la concepción del hombre nuevo, de manera genérica, es decir, la transformación del pensamiento en el hacer y decir de una sociedad diferente, que no sabemos cuándo se hará realidad, pero él fue un propulsor de esas ideas. Él era un hombre que admiraba las cosas bellas de la vida, no era un artista, pero ello no quiere decir que no tuviera sensibilidad para el arte, y para la vida; la tenía, y muy

aguda. Sabía apreciar la calidad de una buena pintura, la danza, la poesía, la literatura. Y por supuesto, una buena joya, un buen reloj. Era un hombre con cierta desenvoltura económica, no podemos decir que era un proletario. Renunció a las comodidades en aras de la justicia social. Muchas veces se ha hablado de su manera vestir, criticando su forma de hacerlo, como si no supiera lo que era ponerse un buen traje, vestirse de manera elegante. Yo no lo hubiera concebido jamás yendo al Ministerio de cuello y corbata. Él buscaba la comodidad y el placer de sentirse libre. Su uniforme verde olivo de campaña, que tanto usaba, era una tela de algodón muy fresca, lo hacía sentirse muy bien. Él se lo ponía por fuera y sus botas eran

las que se hacían en el Ministerio de Industria, aunque le podían propiciar botas más cómodas, de paracaidista, de piel de becerro. Se las regalaban de este tipo pero jamás las usó. Agradecía el gesto pero no las aceptaba. Usaba las que se confeccionaban en el Ministerio de Industria y muchas veces se las daba a alguno de los ayudantes para que se las amoldara y luego se las ponía él. Yo recuerdo de alguien que le regaló unas de paracaidista y le respondió que no las aceptaba porque no le gustaban las guataquerías y lo mandó lejos. Por eso digo que lo que estaba buscando era su comodidad. Eso no quita que supiera ponerse un

buen traje. Cuando salió para el Congo, así fue. Claro, no podía ser de otra manera.

Muchas veces se tiene la impresión de que era un hombre brusco; podía dar esa imagen, pero el Che era un hombre muy educado y sobre todo muy sensible. Durante la guerra, la tropa con la que invadió el territorio central del país se llamaba Columna 8 Ciro Redondo, en honor al guerrillero amigo caído en el combate de Mar Verde el 29 de noviembre de 1957. Desde ese día, el Che tomó su gorra, se quedó con ella y siempre la llevaba puesta. Cuando

veníamos en la invasión, se le perdió. Ya la gorra estaba toda desbaratada, de verdad no servía para nada, pero se le vio contrariado, bravo, como si hubiera perdido algo muy importante, ¿pero qué era? Los sentimientos, era el recuerdo de Ciro. Él era amigo a todo, pero siempre dentro de los principios. La cívica y la moral, las conocía perfectamente y las sabía emplear. No era un tipo desfachatado. Se le han adjudicado muchas anécdotas que no son reales en el sentido de su carácter.

 “El que calla otorga”

La famosa anécdota de Germán Pinelli el conocido conductor de programas de la televisión cubana, que afirma que este lo llamó diciéndole:

- Che.

Y él respondió:

- Soy Che para mis amigos, exclusivamente; para usted y cualquier otro,

Comandante...

Más o menos así dicen que fue la frase. No es verdad. Eso no existió nunca. Yo se lo pregunté, ¿sabes cuál fue su respuesta?

- Yo no le hago eso ni a mi peor enemigo. A un enemigo se le pueden hacer cosas peores, pero esa no.

Unos meses antes de morir Pinelli, le hicieron una entrevista por la televisión muy amplia y le preguntaron al respecto. Él dijo que jamás había estado ni siquiera a diez metros del Che, lo cual era verdad. Y te digo que era incapaz de esas cosas, pues él era un hombre muy, muy educado y además sabía serlo. Lo que pasa que también era un hombre con mucha pasión. Cuando las cosas no salen bien todo el mundo se pone bravo y dice cosas y ofende, etc.,

etc., y por eso no debemos medir al hombre. Hay muchas personas que no actúan correctamente o se equivocan con frecuencia y hay que llamarles la atención de manera permanente. A ese tipo de personas el sí las trataba bastante duro, con mucha exigencia.

Por ejemplo, hay un dicho que dice, “el que calla otorga”, a lo cual él respondía: “no, no, el que calla no dice nada”, ese era su razonamiento y su expresión de ese dicho o refrán, como se le quiera llamar a esa frase que se ha extendido tanto por el mundo. Él tenía sus propias valoraciones, era una persona con criterios propios. Además de todo lo que hemos señalado, hay un detalle. Al Che le encantaba jugar al ajedrez. Yo personalmente creo que si se hubiera dedicado al juego ciencia hubiera llegado lejos, pues él tenía un gran poder de concentración, algo fundamental para ser un buen ajedrecista, él era un hombre muy inteligente. Otra cosa,

también era una persona con una cultura cinematográfica, fue un propulsor de este arte en Cuba. Igualmente era aficionado al deporte, jugó mucho fútbol ruby, una disciplina muy fuerte, sobre todo teniendo en cuenta que era asmático. A pesar de eso su figura era atlética; enfrentaba tan cruel enfermedad con tremendo estoicismo, haciendo gala de una férrea voluntad. Se ponía mucha adrenalina, lo cual le provocaba fuertes dolores de cabeza, pero

tenía una capacidad para enfrentar el dolor que tú no puedes imaginar siquiera. En eso también era un ejemplo. Sólo cuando estaba muy mal, muy mal, aceptaba ponerse suero con cortisona, para que orinara y botara toda la adrenalina que había ingerido por lo del asma. Te podrás imaginar cómo se ponía su corazón. Él tenía una fortaleza mental muy grande para realizar sus empeños.

Che de todos los días

También quiero enfatizar sobre lo cotidiano en el Che, pues a veces hasta en eso se tiende a distanciar su figura y no se sabe exactamente cómo era en su vida personal; de eso se habla poco, pero era un ser normal, se levantaba temprano, daba una vuelta por la casa, hacía su desayuno, y después cogía el carro y partía. Otro aspecto de su comportamiento diario en algún momento particular,  cuando llegábamos a alguna casa donde por cualquier razón había que quedarse, y yo andaba con él, preguntaba “cuál es el cuarto de Oscarito” y eso lo hacía normal. Simplemente era un hombre normal, saludaba, conversábamos o nos poníamos a ver la televisión si llegábamos de noche. Sus comidas no eran ampulosas, le gustaba la carne, los vegetales. Sus gustos eran muy sencillos. En una ocasión su carro ya estaba en muy mal estado y solicitó que le enviaran uno. Le mandaron un Osdmovile, era un carro precioso, lujoso; llegó, lo miró y dijo: “dile que me manden un Chevrolet”. ¿Por qué?, digo yo, “pues porque este carro no es tan pretencioso”.

Te cuento otra anécdota que refleja su sencillez. En una ocasión íbamos en dirección a la carretera Panamericana, cerca de una escuela militar y por ahí había una casita, muy humilde, parecía un bohío. Dice: “aquí mismo nos quedamos. Ponemos la hamaca y aquí vivimos”. Le digo: “Che, tú estás loco, no hay protección ninguna. Tú estás aquí en la calle, vas a venir cansado de trabajar, te vas a acostar, te vas a dormir y dan un salto y te caen en la misma cama”. Y al fin logramos convencerlo, pero él decía esta es la casa en que tienen que vivir los dirigentes. Esa es una historia real que habla de su modestia, de su austeridad, de su sencillez. Hay mucho que decir del Che para realmente conocerlo algo y que los demás sepan de verdad su estirpe y de sus sentimientos.

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Entrevista a Jorge ¨Papito¨Serguera sobre el proceso Contra Hubert Matos Benítez

En varias oportunidades el profesor Reinaldo Suárez —quien ha realizado una encomiable labor de salvamento de testimonios imprescindibles para construir la historia de la Revolución Cubana—, entrevistó a Jorge Papito Serguera Riverí, abogado, defensor de revolucionarios ante el Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba; combatiente y oficial del Segundo Frente Oriental “Frank País”; Comandante y Auditor General del Ejército Rebelde. Fiscal revolucionario en trascendentales procesos judiciales de los años iniciales de la revolución; desempeñó luego otras responsabilidades y misiones políticas y de gobierno, en las que impuso su carácter y personalidad, dejando marcas contradictorias o polémicas con frecuencia. La intención de las entrevistas fue salvar su singular memoria histórica, sin la cual muchos acontecimientos capitales de la revolución sólo podrán conocerse limitadamente. En el esfuerzo de rescate, avanzó un trecho considerable, hasta donde fue posible.

Entre los temas tratados se encuentra el proceso penal que a finales de 1959 se le siguió al comandante Huber Matos Benítez por un conato de sedición contrarrevolucionaria en Camagüey y en el que Papito Serguera fue el fiscal. Ante la imposibilidad por razones de espacio de reproducir la trascripción íntegra de la entrevista que Suárez realizara a Serguera sobre el tema, Cuadernos publica fragmentos de la misma.

La conspiración trujillista y el desmantelamiento de los remanentes del viejo Ejército en el Ejército Rebelde se produce a mediados de agosto de 1959. Dos meses después, a los tres días que el comandante Raúl Castro asume como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, se produce la situación con Huber Matos en la ciudad de Camagüey. ¿Qué conoce de estos hechos?

En primer lugar, el conocimiento que yo tengo de toda la situación creada por Huber Matos lo tengo porque fui el que instruyó el expediente completo de Huber Matos. Fui el Fiscal del caso. Todo lo que se habló allí, yo lo sé. Puede haber algunas cosas que se me hayan olvidado, pero el conocimiento esencial, ese lo retengo.

Lo primero que hay que aclarar, porque tú mencionas en esta pregunta el tema de los trujillistas, es que son dos hechos totalmente desvinculados. Por lo menos, que a mi me conste. No sé si habrá alguna otra información y algún otro documento a partir del cual uno pueda basar una sentencia histórica de estos hechos contrarevolucionarios vinculados con antelación. Yo no creo eso. La única vinculación histórica que pueda tener, es que fueron hechos contrarevolucionarios. Pero no estaban vinculados. Son independientes, y no tiene que ver una cosa con la otra.

Existía en algunos la tendencia a la preocupación, —para no tacharlos tampoco de contrarevolucionarios—, frente a los objetivos de la Revolución. Los propósitos tendientes a detener, atemperar o establecer límite o fronteras, como tú quieras llamarles, implicaban crearle un malecón a la Revolución. Un malecón al movimiento social. Las revoluciones con malecón terminan siendo un movimiento reformista. Ninguna revolución verdadera tiene malecón. Son fuerzas externas a la Revolución las que tratan de imponerle el contén. […]

En el caso de Huber Matos, evidentemente tenía preocupaciones desde casi el triunfo de la Revolución, de las que luego me fui enterando, a lo largo de ese período. Primero, tenía algunas aspiraciones de ser ministro de Educación, y se molestó cuando designaron a Armando Hart. Él creía que debió haber sido designado ministro de Educación, que él venía llamado a serlo, y eso lo molestó. Esa es una. La otra: él pretendía y pretendió siempre ser el primer jefe militar de Oriente. En este caso ser el jefe militar del Cuartel Moncada, que a su juicio lo revestía de una gran autoridad, pues estaba en Santiago de Cuba, que era una ciudad símbolo.

[…]

Usted ha calificado a Huber Matos como un advenedizo en la Revolución Cubana. ¿Qué criterios sigue o que prueba tiene para adjetivar de esa manera?

Yo llamo advenedizo como sinónimo de extranjero en la Revolución, Huber Matos no fue nunca un dirigente nacional de la Revolución ni un fundador del proceso político que comenzó contra la tiranía estrictamente el 10 de marzo, en Santiago de Cuba con una protesta estudiantil generalizada y en la Universidad de La Habana. Huber ni estaba en Santiago ni en La Habana. Pudo haber reaccionado individualmente contra la acción política del grupo de Batista, pero ni a partir de ahí, ni en meses ni años posteriores aparece en el horizonte político del proceso. Tampoco su nombre se encuentra vinculado con gestas sociales de protesta nacional, ni vinculado con el estudiantado ni con sindicatos obreros, ni con fuerzas campesinas.

La Revolución en un sentido sociológico y coyuntural específico realmente es un proceso largo, difícil, heterogéneo, en el que las ideas, los propósitos y los proyectos van constantemente de lo utópico a lo posible y en el que se produce constantemente una polémica interna dentro del proceso que afecta a todos los revolucionarios y que los convoca constantemente a revisar viejas ideas y a enfrentar nuevas ideas. Por eso es corriente escuchar que es un proceso lleno de contradicciones, en el que se enfrentan todas las contradicciones, políticas y sociales. En este sentido el proceso político revolucionario cubano no es una excepción. Pero todo el que lea esto tendrá que convenir que mientras mas viejo o antiguo en el proceso político sea un individuo más experiencia, más madurez y menos expuesto a conflictos extremos se encuentra. Estas tendencias, comunes a todo proceso político profundo de alcance social y político universal en una determinada región o país afectan a todos los que se encuentran inmersos en dicho movimiento. Es en este sentido en que lo califico de advenedizo, cosa que se ratifica con el ingenuo comportamiento y la poca madurez política de enfrentar este proceso apoyándose en un viejo esquema anticomunista típico de la guerra fría. Parecía más un seguidor de Harry Truman o del senador Mac Carthy que un ciudadano latinoamericano, revisando las causas y razones del proceso social al que se encontraba sometido su país.

Huber Matos es Comandante de la Sierra Maestra. ¿No desmiente esto todo lo anterior?

Bueno. En puridad esto debería responderlo Fidel, ¡que es el Jefe de la Revolución! Sin embargo, todo proceso tiene su historia, y este, la tiene.

Huber Matos va a culminar como Jefe de una Columna que no hizo y de la que no fue miembro en su gestación. El grupo de oficiales que van a formar parte de la Columna número 9 “Antonio Guiteras” que dirigió Hubert, estaba integrado por oficiales rebeldes que venían del grupo de Andrés Cuevas (Capitán del Ejército Rebelde), que murió en combate al frente de este grupo en julio de 1958 en la Sierra Maestra, por algunos oficiales de la tropa de la Columna comandada por René Ramos Latour, quien murió en la Sierra Maestra a fines de julio de 1958 y por otros oficiales que habían pertenecido al grupo del Comandante Francisco Cabrera Paco, quien había sido operado de urgencia de apendicitis en la Sierra Maestra por el doctor Trillo a mediados de julio de 1958. […] Teniendo Fidel necesidad de designar un jefe para esta nueva columna que formaba con la intención de apoyar el Tercer Frente del comandante Juan Almeida al Este de la Sierra Maestra, en las proximidades de las ciudades de Santiago de Cuba, Palma Soriano y Contramaestre, en una reunión que sostuvo en La Pata de la Mesa con Félix Duque Güelmes, (sustituto de Andrés Cuevas), Duney Pérez Álamo y Francisco Cabrera, Paquito, los tres capitanes de Cuevas y Paco Cabrera, oriundos de la Columna Número Uno “José Martí”, fueron los que le propusieron a Fidel designar a Huber Matos.

El origen de Huber Matos hay que encontrarlo en su estancia en Costa Rica en la que trabó amistad con José Figueres, presidente de esa República Centroamericana en ese momento y quien logró con otros cubanos que estaban a su vez en Costa Rica, como el moro José Assef, Pedro Miret, Samuel Rodríguez y otros, un cargamento de armas que llevó a la Sierra Maestra, por Cieneguilla, en un avión pilotado por Pedro Luis Díaz Lanz y Roberto Berdaguer, el 30 de marzo de 1958. […]

Huber recibió como tarea de Fidel llevar adelante la construcción de trincheras escalonadas para defender a la Sierra Maestra de la ofensiva que pregonaba como “definitiva” la dictadura de Batista. No hay dudas que en esta gestión se distinguió por su eficiencia y disciplina. En esta época ya había sido maestro en Manzanillo, poseía conocimientos y era un hombre mayor de cuarenta años. Teniendo en cuenta su serenidad e inteligencia, a Fidel le pareció buena la propuesta de Álamo, Paco y Duque, aún cuando Huber Matos no había mandado ninguna tropa antes. Su grado se debía a su formación educacional, a la disciplina que mostraba y al mérito de la expedición con armas y al trabajo desplegado en la construcción de las trincheras. Si existen otros elementos, yo no los conozco.

No obstante lo anterior, después de su designación, Fidel tuvo la primera señal de una torpeza política de Hubert. Me refiero al incidente de la beretta que se puede apreciar en la declaración que hizo Fidel como testigo durante el juicio, cuando alude al incidente. El incidente, está descrito en el intercambio de notas. En la última carta Fidel le dice a Huber que o manda la beretta o le entrega el mando a Duque, y Huber devolvió la beretta.

No es fácil escapar del calificativo advenedizo si me retrotraigo a un incidente promovido por Huber Matos en el Puerto de Boniato, al norte de Santiago de Cuba y a unos veinte kilómetros de dicha ciudad, que era un nudo de comunicaciones con el resto de la provincia y el país, y que territorialmente era el último límite del Segundo Frente ya con la ciudad de Santiago de Cuba. Hasta días antes del incidente podía afirmarse que esto era territorio ajeno al Segundo Frente Oriental “Frank País”. En los días del incidente que paso a relatar este territorio se convirtió en territorio del Segundo Frente. […]

En la base de estas estribaciones, y hacia el Sur directamente hacia Santiago de Cuba se encontraba la prisión provincial de Boniato. La carretera que ascendía directamente al Puerto de Boniato y que pasaba delante del penal, antes de llegar al mismo se bifurcaba en dos direcciones; la que ascendía hacia el Puerto de Boniato y la que desviándose a la derecha rumbo Nordeste pasaba por El Cristo, continuaba hacia Songo La Maya y Guantánamo y Baracoa. En particular, en esta rama hacia El Cristo ¡muy importante! cruzaba delante del Escuadrón del Ejército enclavado en dicho poblado y que contaba con una tropa normal, reforzada por una compañía de 120 hombres. Esa tropa fue cercada por la Columna 9 dirigida por el comandante Huber Matos. Tenía que enfrentar dos problemas. Primero, defenderse de tropas provenientes del Este (Guantánamo-Songo La Maya). Esto lo garantizaba la Columna 17 del Segundo Frente al mando del comandante Antonio Enrique Lusson. El problema de las tropas provenientes de Santiago de Cuba era más complicado. La Columna 9 podía con sus propios recursos impedirlo con emboscadas en la carretera Santiago-El Cristo, o sea cerca de la bifurcación con el Puerto de Boniato. Pero si los guardias cruzaban por el Puerto de Boniato simulando la dirección de San Luis y forzaban a través de las lomas en dirección al Cristo, ya esto era un problema más serio. A esto se le unía que el Ejército tenía dos compañías acantonadas en el lugar que se conoce como La Torre de Microondas para defender toda esta zona y que podía darles órdenes que forzaran en esa misma dirección hacia El Cristo. Había que impedir que estos refuerzos llegaran al Cristo, y por ello Huber solicitó del Jefe del Segundo Frente, comandante Raúl Castro un apoyo para esta operación que consistió en reforzar el flanco del Puerto de Boniato para neutralizar el peligro tanto de la microondas como de Santiago de Cuba.

El Comandante Raúl Castro le solicitó el refuerzo al segundo jefe del Frente, comandante Efigenio Ameijeiras, y jefe de la Columna 6 “Juan Manuel Ameijeiras”, el cual envió al segundo jefe de la Columna, comandante Samuel Rodiles Planas al frente de 60 experimentados combatientes de dicha Columna para reforzar el Puerto de Boniato y evitar que le entraran refuerzos al Cristo provenientes de esa zona.

El refuerzo de Boniato de la Columna 6 era un apoyo solicitado por Huber al Jefe del Segundo Frente, comandante Raúl Castro. Las operaciones que se llevaban a cabo en esta región, que iba a tener lugar lógicamente concluirían con una expansión del Segundo Frente; con la unión física, territorial con el Tercer Frente y con el Primer Frente, o sea con la Sierra Maestra, y determinaría un aislamiento o cerco, primero psicológico y luego real, de las principales ciudades de la provincia de Oriente. Sobre todo en el Sur de dicha provincia. Quedarían aisladas Guantánamo, Santiago de Cuba y Palma Soriano entre sí. Desconectadas. Esto era sumamente importante porque despejaba la situación militar. Se creaban las bases para un cerco real sobre la segunda ciudad de la nación, que quedaría cercada por varias aguerridas tropas rebeldes, de los tres frentes guerrilleros que operaban en las cordilleras montañosas próximas.

Las tropas de Huber Matos estrecharon el cerco sobre las tropas acantonadas en el poblado de El Cristo, las que quedaron aisladas de posibles refuerzos provenientes de Santiago o Guantánamo. […] Esta tropa ubicada en el Puerto de Boniato enfrentó a las tropas de la microonda, basificadas en el firme y al Oeste de Boniato. Allí había acantonados unos 150 hombres, bien pertrechados, tropa operacional y con misiones concretas de defender ese nudo de comunicaciones de cualquier ataque rebelde.

En los diferentes encuentros que tuvieron esas tropas con las fuerzas de Rodiles Planas, quedaron sin posibilidad operacional en dirección al Este y se hacia precaria una presunta evacuación hacia Santiago a través de Boniato. Sólo le hubiese quedado descender por las faldas en busca de la Carretera Central, entre Santiago de Cuba y Palma Soriano para refugiarse en el poblado del Cobre o en la capital provincial.

La situación de las tropas cercadas por la Columna 9 era no sólo precaria por lo estrecho del cerco y la embestida de las tropas de Huber Matos, sino angustiosa porque a esa altura estaban convencidos de que no le llegarían refuerzos desde Santiago de Cuba o Guantánamo. Al cerco militar se unía el cerco psicológico, que se tornaba en un constante estímulo a la desmoralización. En esta situación, las tropas cercadas lograron encontrar un hueco en la media noche y a campo traviesa pretendían unirse antes de la salida del sol con las tropas acantonadas en la microonda.

Es difícil definir si era una retirada o una huida, pero todo hace suponer que iba acompañada de un alto grado de desmoralización porque coincidiendo con el amanecer ascendían por la falda Norte de Boniato en dirección Oeste cuando tropezaron con las postas de seguridad del refuerzo de la Columna 6. Al primer disparo tiraron las armas y levantaron los brazos en señal de rendición. La mayoría se tendió bocabajo en la tierra. No hubo bajas. La rendición fue general sin que mediara diálogo alguno.

Habían logrado evadir el cerco de la Columna 9, pero habían caído ante las tropas de la Columna 6. Todos prisioneros y cientos de armas ocupadas: una centena y media de fusiles, cinco o seis ametralladoras bípode, dos ametralladoras calibre 30, dos bazoocas, dos morteros y armas cortas.

Cuando sobre el mediodía llegaron los primeros oficiales de la Columna 9 y el comandante Huber Matos, no sólo constatando que los soldados que se le habían fugado a ellos se le habían rendido a las tropas de Rodiles Planas, frustrándose el intento de unión con la unidad militar acantonada en la microonda, sino que todas las armas habían sido ocupadas. Cuando menos, se hacia evidente que se había producido una victoria compartida entre la unidad principal que cercaba a la tropa del Ejército de Batista y la que apoyaba con el propósito de impedir los refuerzos.

Sin embargo, el comandante Huber Matos reaccionó de una forma incomprensible, como si no aceptara esto. Consideró que las armas ocupadas ¡todas! le pertenecían porque habían sido ocupadas en territorio de su Columna. Incluso, se negó a entregar la cantidad de balas que había usado el refuerzo de la Columna 6 tanto en la contención de la unidad militar de la microonda como con la unidad militar que se le rindió.

Esto, por supuesto, produjo una discusión violenta entre el comandante Huber Matos y el capitán Samuel Rodiles Planas en la que intervinieron de mediadores el entonces capitán Manuel Piñeiro Lozada, Inspector del Segundo Frente y el capitán Lester Rodríguez, también del Segundo Frente; y los capitanes de la tropa de Huber Matos, Duney Pérez Álamo y Antolín Quiroga, además del comandante Félix Duque Guelmes, segundo de su Columna. Ninguno de los oficiales que intervino en la acalorada discusión tomó parte a favor ni de uno ni de otro, lo que evitó un agravamiento del incidente.

Tengo entendido que el acaloramiento en la discusión llegó al punto de casi provocar un enfrentamiento personal entre Samuel y Hubert. ¿Es cierto esto?

El asunto no pasó de una discusión acalorada. Finalmente, Samuel subordinó la decisión última a la jefatura del Segundo Frente, o sea, al comandante Raúl Castro y al comandante Efigenio Ameijeiras, su jefe inmediato y segundo jefe del Segundo Frente.

Culminando este relato, se impone una valoración que, naturalmente, está determinada por la lógica de la época, las costumbres dominantes en el Ejército Rebelde y la violación de un principio de cooperación que pertenece más al Derecho Natural que a un reglamento militar rebelde. Era una ley guerrillera no escrita, pero sí acatada, que arma cogida en combate le pertenecía al combatiente. Esto había sido siempre así; era una decisión de Fidel y se había convertido en ley en el Ejército Rebelde.

Todos los combatientes involucrados en este incidente provenían de la Sierra Maestra y conocían esta ley. Irónicamente, el más alto oficial participante del incidente había sido el último combatiente que se había integrado a la guerrilla. En su beneficio, probablemente no conocía a profundidad esta ley rebelde, que había surgido en el Ejército Rebelde en lo momentos de su situación militar y logística más precaria. No sabía, probablemente, que el estímulo más grande para un combatiente era mejorar su arma, aún a riesgo de su propia vida. Saltar de una escopeta a un arma corta semiautomática o a un revólver de seis balas, o a un fusil mecánico, o a un fusil semiautomático, o a un fusil automático, o a una ametralladora. Y naturalmente, era una ley no escrita, proveniente del jefe del Ejército Rebelde, comandante Fidel Castro. Esto alcanzaba al parque, a las balas. ¡El botín de un rebelde eran las armas capturadas en combate! ¡No el dinero, los alimentos, la ropa, las botas o el transporte! De ellos se haría uso, pero no eran codiciados. Además, ¡el arma era un símbolo de hombría! Cuando un guerrillero podía exclamar “esta arma la cogí en combate” era como mostrar una condecoración al valor.

¡Eso es lo que mata la actitud de Huber Matos! Tal vez también por esto es que califico a Huber de advenedizo, como sinónimo de extraño a un proceso, de extranjero a la psicología del rebelde. ¡Advenedizo entre rebeldes!

Es en este sentido que uso el vocablo y no con ninguna idea de disminución de su valor personal y hombría, cualidades que tienen que haber sido tomadas en cuenta por Fidel para otorgarle la jefatura de la Columna 9.

[…]

Pero en 1959 Huber Matos adquiere difusión nacional, pese a ser solamente el jefe militar de la provincia de Camagüey. Pese a todo cuanto ha señalado, a lo largo de los primeros diez meses de la Revolución en el poder, y pese al hecho de que Huber sólo era el jefe militar de una provincia, continuamente emergía como si se tratara, no de un advenedizo, sino como una figura nacional. Muchos de sus discursos fueron difundidos íntegramente por el periódico Revolución, Órgano Oficial del Movimiento 26 de Julio. ¿Cómo explicar esto?

Yo creo que de hecho y de derecho Huber era una figura nacional, aunque no fuera un dirigente nacional. Como Comandante del Ejército Rebelde gozaba de mucho prestigio dentro y fuera de la institución. No hay duda que la tropa que Fidel puso a su mando lo ayudó mucho, porque eran formidables combatientes y tenía formidables capitanes. Y Hubert, como Comandante del Ejército Rebelde, tenía cualidades intelectuales, de carisma y experiencia que mucho le ayudaron a forjarse cierta aureola.

Pero esto, no lo convierte en un dirigente nacional.

Los problemas internos dentro de la Revolución, especialmente las reales y supuestas —porque hay de ambas—, diferencias entre la jefatura clandestina del Movimiento 26 de Julio y la jefatura de la Sierra Maestra le otorgaban a los comandantes guerrilleros una posición política dentro de la Revolución que de hecho los equiparaba, o, incluso, superaban en autoridad a algunos dirigentes históricos del Movimiento. Esto tiene una explicación muy sencilla: el pueblo no distinguía entre un comandante y un dirigente nacional del Movimiento. Para el pueblo eran lo mismo o equivalentes. Como el Ejército Rebelde fue el que al final se erigió como autor del triunfo revolucionario, era muy difícil desvincular la idea del autor o autores de la victoria de un liderazgo social.

Por otra parte, los dirigentes civiles del Movimiento, aún cuando tenían una notoriedad interna eran, en buena medida desconocidos públicamente, consecuencia, entre otras cosas, de la clandestinidad misma; no así los comandantes rebeldes, que eran muy conocidos en las regiones en que operaban. Así llegaron a ser famosos antes de ser conocidos físicamente. Ahí tienes los casos de Camilo, Che, Almeida, Raúl. Y también de Huber Matos.

Por otro lado, ciertamente, Huber se benefició de unos espacios mediáticos. ¿Por qué? Por varios factores. Primero, él era habilidoso, sabía qué hacer en materia de publicidad; la buscó. Segundo, no es de descartar que encontrara simpatías entre algunos de los que dirigían los medios, como Carlos Franqui, quien le abrió las puertas del periódico Revolución. Y tercero, y probablemente muy asociado a lo anterior: Huber era manzanillero, amigo de Celia y de Vallejo, muy cercanos a Fidel, lo cual debió tener alguna importancia para abrirle puertas y facilitarle espacios. En fin, su edad y nivel cultural, y sus dotes políticas, potenciaron el reconocimiento que Fidel hizo de él, y el reconocimiento social también. Yo no tengo dudas de que la apreciación que de Huber hizo Fidel fue justa.

Para renunciar a su condición de jefe militar de Camagüey, Huber Matos alegó un problema ideológico. Sostuvo en octubre de 1959 que se estaba produciendo una infiltración comunista en la Revolución. Convirtió este hecho en la razón de su actitud política. ¿Cuánto hay de razón y cuánto de pretexto en esto? ¿La historia le dio la razón? ¿Han de adoptarse dos ángulos de aproximación al problema: en el momento y en perspectiva? ¿Cuáles juicios le merece el asunto?

En primer lugar, los terratenientes, hacendados, ganaderos, con el triunfo de la Revolución, se enfrentaron a dos cosas fundamentales. Primero, la desaparición o muerte de la clase política anterior, como fuerza de presión nacional, víctima de la corrupción propia, la politiquería, la pérdida de prestigio, la participación o complicidad con la dictadura y su huida de Cuba; ese era el estamento político en que descansaba la confianza de los sectores económicos y sociales dominantes. Segundo, el surgimiento de un nuevo estamento político, desconocido.

¿Cuál es el miedo fundamental de los estamentos conservadores? El radicalismo político. ¿A quién se asocia el radicalismo? Con el comunismo, con los comunistas. Y entonces, cuando tú sumas la carta de Fidel de 14 de diciembre de 1957, denunciando una asociación política con los viejos políticos; unas especulaciones acerca de si el Che es comunista o no; la Operación Antiaérea, con el secuestro de los norteamericanos; los fusilamientos de Santiago de Cuba y en La Cabaña; la desarticulación de las antiguas Fuerzas Armadas; la retórica revolucionaria; el discurso doctrinal de producir una revolución social; la guerrilla que derrota a un Ejército, una juventud sin lazos ni ataduras políticas con el pasado; la ausencia de vínculos o relaciones con los Estados Unidos; la presencia de comunistas en algunas tropas del Ejército Rebelde y en puestos importantes dentro de la administración pública; la cantidad de estudiantes o recién graduados universitarios con tendencia natural al radicalismo político en la oficialidad rebelde y en posiciones claves del Gobierno; entonces aquella clase se sintió sentenciada a muerte. Todo apuntaba a un desastre político y de clase. Y reaccionaron buscando apoyos y garantías. Y Hubert, en buena medida, vino a jugar ese papel.

Huber es de los nuevos elementos, pero ya es conocido por ser un productor de arroz en las proximidades de Manzanillo, por ser maestro y profesor en los principales colegios de aquella ciudad; se distingue además por su edad y relaciones sociales y su prestigio militar por haber cercado a Santiago de Cuba y dirigir la Columna 9. Los grandes propietarios tienen información sobre él, y él tiene sus propias aspiraciones y sus diferencias ideológicas con los elementos más radicales de la Revolución. Ambas cosas, coincidiendo e interactuando lo van a empujar a decisiones que lo alejaban, y lo alejaron irremediablemente, de los objetivos fundamentales del proceso revolucionario.

Hubert, cuando le dan el cargo en Camagüey, comenzó de una u otra manera a establecer relaciones con ganaderos, latifundistas, gentes perjudicadas por las leyes revolucionarias. Pero gentes con más temor en ser perjudicadas que perjudicadas en sí mismo, pues realmente la Revolución no había desplegado a plenitud todas sus leyes.

Y busca el apoyo del doctor Manuel Urrutia, el Presidente Provisional.

Y busca el apoyo de Manuel Urrrutia.

Huber Matos, que comenzó a crear una red de intereses en Camaguey que pudieran apoyarlo en una pretensión política, demuestra dos cosas. La primera, que no tenía una gran visión de la realidad política y de hacia donde iba el proceso. Esto era una fase de la formación político-cultural de Hubert, que queda evidenciada al pretender rivalizar con Fidel, haciendo alianzas con ganaderos y latifundistas. Por otra parte, Huber Matos es un hombre que llega tarde al proceso político del Movimiento 26 de Julio […] Y él quiere en esta última hora de la historia aparecer como un oficial del barco, cuando él es un tripulante, siempre. El tiene pretensiones de oficial de barco, y en el fondo no es más que un tripulante más. Alguien que coge la vela, tira el ancla, la saca.

De acuerdo con la visión de advenedizo que usted manifestó, Huber Matos no tiene posibilidades de producir con éxito un conato sedicioso en Camagüey.

En ese momento Huber es un hombre, digamos, que tenía más ambiciones que posibilidades. Te reitero la idea: Huber tiene pretensiones de oficial de barco, y en el fondo no es más que un tripulante más. Siempre que eso ocurra, un individuo que tiene más ambiciones que posibilidades, lo conduce a actos donde se busca rollos para los que no está preparado.

Y eso le pasó a Huber Matos. Una de las maniobritas que pretendió realizar fue la de producir un enfrentamiento con Fidel. Una maniobra que implicaba un desvío de la atención sobre él. Una maniobra suficientemente bien calculada, fue promover la renuncia de los oficiales de su Regimiento, de renunciar a pertenecer al Ejército Rebelde, porque el Ejército Rebelde estaba siendo o podía ser conducido al comunismo. Y que ellos no estaban de acuerdo. Es un acto de protesta.

Objetivamente, en el Derecho Penal Militar esto es un acto de sedición. Esto es un delito típico del Código Penal Militar. Si un grupo de personas se ponen de acuerdo para renunciar a su cargo en un Ministerio eso lo más que puede ser es un acto de renuncia colectiva, que puede poner en crisis a un ministro, o ellos se van. En fin, el ministro se los quita de arriba. Puede ser el grupo, incluso, víctima de una provocación. Incurrieron en la provocación y el ministro se desprendió de ellos, a través de una maniobra. Pero en el caso de los militares eso es sedición, delito que se sanciona severamente en cualquier parte del mundo.

Este hecho por sí solo ponía de manifiesto no solamente las ambiciones de Huber Matos, sino el embarque al que había llevado a una serie de oficiales, traicionando la autoridad que la Revolución había depositado en él como jefe militar de Camagüey. Pretendiendo insurreccionar todo el Regimiento de Camaguey contra el Ejército Rebelde. Una cosa muy peligrosa, que, como luego se descubrió, tenía vinculación con los norteamericanos, porque los norteamericanos hicieron una película en una semana de todos estos hechos; que nunca se dio a conocer en Cuba, pero de la cual tuvimos noticias después. Nunca pusieron la película porque fracasó la maniobra.

Usted actúa como acusador revolucionario. ¿Qué instrucciones recibe de Fidel?

Al entrar al juicio, yo le dije a Fidel: “Este juicio está perdido”. Pero todo cambió durante el proceso.

Fidel sabía que la carta de renuncia que Huber Matos le había enviado como personal y secreta había circulado. No había pruebas. Así lo trató de plantear Huber en el juicio. Que su carta era privada, que no había circulado, que él no tenía nada que ver con la circulación de su carta de renuncia.

¿Es entonces que se produce la testifical del comandante Félix Duque en el juicio? ¿Qué aportó?

Para que te ubiques. Nosotros estábamos en el estrado del teatro de la Ciudad Militar de Columbia. En el lunetario, en las primeras filas, estaban los acusados. El público estaba compuesto por miembros del Ejército Rebelde.

Ya había testificado en ese juicio el comandante Félix Duque, segundo de la columna de Huber Matos. Habiendo testificado, vino y se sentó a mi izquierda. Un testigo después que testifica puede sentarse donde quiera, dentro del público. Pero él vino y se sentó al lado mío, para seguir viendo el juicio, porque era amigo personal mío.

Fidel estuvo testificando a lo largo de siete horas. Fue haciendo un relato minucioso de la lucha en la Sierra Maestra desde el inicio, y habló de algunos de los que estaban acusados allí. Se extendió en explicaciones de la Sierra Maestra, no porque tuvieran un significado político-jurídico preciso. Fidel está hilando los hechos, de manera que se viera con claridad que había un complot, y que muchos de los que aparecían acusados allí eran víctimas de una conspiración que desconocían. Fidel quería dejar sentado las maquinaciones de Huber Matos. Las conversaciones que había tenido con Jorge Enrique Mendoza, con Suárez Gayol, donde lo sondeó para ver qué posibilidades tenía de comprometerlo con él; y también con otros oficiales rebeldes. Algunos de aquellos oficiales habían alertado a Fidel.

Fidel quería desenmascarar los procedimientos subterráneos de Huber Matos. Se refirió entonces a la carta de renuncia que Huber Matos le dirigió a él, que se suponía era privada, y no pública, lo que la convertía en política. Sin embargo, sobre este particular en el juicio se demostró que habían tenido conocimiento de su existencia y contenido algunos oficiales, entre ellos el comandante Félix Duque. Llegado a este punto, Huber Matos se paró y le dijo a Fidel:

-          Esto es mentira suya.

Y el comandante Félix Duque, que está al lado mío, me dice:

-          Eso es verdad, Papito. Es como dice Fidel.

-          ¿Y tú cómo lo sabes?

-          Porque Huber Matos me dio una copia de esa carta para que yo viniera y se la entregara a Miguel Angel Quevedo en Bohemia.

-          ¿Y dónde está esa carta?

-          La tiene mi padre en Sancti Spíritus, porque cuando yo venía de Camagüey para La Habana, paré allí y le pedí a mi padre que me guardara esa carta.

-          Párate, y dilo ahí.

-          Pero mira Papito...

-          Duque, párate y dilo ahí, coño, que yo no puedo plantear que tú vuelvas a testificar. Párate y dilo ahí.

Y Fidel hablando.

-          Párate y dilo, Duque.

Y el comandante Félix Duque se para. Entonces Fidel lo mira como preguntándose:

-          ¿Qué hace este parado ahí?

Fidel me mira. Sergio del Valle que está presidiendo no dice nada. ¡Yo no puedo hablar!

Entonces es que Duque se para y afirma que Huber le había entregado un copia de la carta para que se la entregase a Miguel Ángel Quevedo en La Habana para que la publicara en Bohemia, pero que cuando él pasó por Sancti Spíritus la dejó bajo custodia de su padre.

En ese instante se produjo una escena formidable. Ese diálogo, tal y como yo lo recuerdo ahora fue así:

-          El que tiene la razón es Fidel, porque usted me dio una carta a mí para que se la entregara a Miguel Ángel Quevedo en Bohemia.

Fidel se queda asombrado:

-          ¿Y dónde está esa carta?

-          La tiene mi papá en Sancti Spíritus. Porque yo le dije a Huber Matos: ustedes mañana están presos apenas Fidel se entere de todo esto.

Días antes, Duque había hablado con Fidel, pero como él no le daba importancia política al asunto de la carta, no habló nada de esto. Tanto Fidel como yo fuimos con total desconocimiento del asunto al juicio. Yo me enteré allí. Pero no es como se ha dicho por ahí. ¡Mentira! Es como yo te lo estoy contando. Si lo hubiésemos conocido antes, todo hubiese sido más simple, porque ese era el eslabón que faltaba en la acusación. Y yo era el primer interesado en aportar todos los elementos para condenar a Huber Matos por traidor. El juicio no lo tuvimos ganado hasta esta aplastante intervención de Duque.

¿Cómo explicar que Duque no le hablara de eso a Fidel cuando se encontraron antes del juicio? ¿Por ignorancia?

Yo creo que ahí existe un problema moral. Probablemente Huber Matos, con sus afirmaciones sobre la penetración comunista en el Gobierno y en el Ejército Rebelde, y sobre las supuestas complicidades de Fidel en una conspiración que escapa a sí mismo, logró entronizar dudas en Duque, quien no vio el alcance de la intriga que Huber Matos sembraba en su cabeza. Desde mi punto de vista, esto se hizo claro en el momento del juicio ante el insólito diálogo que se produjo con las interrupciones de Huber a Fidel. Y le quedó todo claro a Duque de que había sido víctima de un engaño.

Duque deja la carta en Sancti Spíritus porque tiene dudas, las que luego le originan reservas con el proceso judicial a que se somete a Huber Matos y a los demás encartados. En el juicio se termina de aclarar y es por eso que entonces reconoce públicamente el conocimiento que él tenía de la carta y aporta la información de dónde estaba la copia de la carta.

Duque se percató de que los hechos lo colocaban ante una disyuntiva moral. Ante la verdad, o caía del lado de Huber Matos o reconocía la verdad de su jefe histórico. Probablemente este hecho central y pivote del proceso político-penal es la manifestación o presencia de la tragedia en el seno de todo gran hecho político en un proceso revolucionario.

Pero este nuevo testimonio de Duque, ¿no violenta el procedimiento penal? ¿Cómo reaccionaron los defensores?

No protestaron, que yo recuerde. Si tú revisas las actas del proceso, la transcripción de la sesión del juicio oral en que declaró Fidel, seguramente encontrarás decenas de escenas similares, en que otros testigos intervienen para aclarar aspectos o afirmaciones que indistintamente realiza Fidel y realiza Hubert, quien en todo momento tuvo la oportunidad de manifestarse, incluso, interrumpiendo a Fidel. No ha de extrañar, en último caso, que en un juicio así, Duque volviera a declarar. De hecho, anteriormente a este momento, ya lo había hecho, y dentro del propio testimonio de Fidel.

Una hipótesis. Si Lorié Bertot, el defensor de Huber Matos, hubiese dicho, por ejemplo: Esto rompe la continuidad del proceso. Esto violenta el procedimiento penal. ¿Qué respuesta le hubiese dado?

Probablemente:

-          Lo importante aquí no es velar por la rigurosidad del procedimiento. En los Tribunales Revolucionarios lo que importa es la verdad, no la claridad del procedimiento. Aquí todo vale, como si un testigo tiene que declarar cinco veces.

Ese podría ser un argumento, al calor de las circunstancias. Pero, en realidad, estrictamente, fue una violación del procedimiento penal, porque un testigo no puede declarar dos veces, después que ya haya declarado y esté presente en la sala. Más, aquí lo importante es la justicia revolucionaria, la verdad; no la justicia que se desprende de los procedimientos jurídico-penales.



[1] Esta entrevista fue publicada originalmente en la Sección “Palabra viva” del Cuadernos de historia principeña 8, compilación de Elda Cento Gómez, Editorial Ácana, Camagüey, 2009.

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La gratitud confesada y la maestría premiada
Antonio Álvarez Pitaluga

En los años más que “duros” del llamado Período Especial realicé mis estudios universitarios, exactamente en el primer lustro de los difícilmente inolvidables noventa. Para un trabajo de la sociedad científica que preparaba en segundo año, sobre la invasión a Guantánamo durante la Guerra de 1868, tuve la necesidad de buscar varios textos relativos al tema. La extensa biografía de Antonio Maceo escrita por José Luciano Franco y las de Máximo Gómez de Benigno Souza y Ramón Infiesta, fueron mis primeros acercamientos. Después vino el relato del asalto al Cafetal La Indiana de Manuel de la Cruz. Eran obras esenciales. Sin embargo, ningunas me conducían a Roma como reza la añeja frase; quizás la sobrevolaban, pero yo no lograba aterrizar en sus dominios.

Aquellos años de disímiles retos a nuestra sobrevivencia privada y familiar, hizo que muchos pusieran en venta más de una prenda o reliquias valiosas. La tienda del oro en Casalta se hizo un castillo que nos dispusimos a asaltar, siempre que tuvimos lanza y el escudo para hacerlo. Así sucedió también con decenas de libros con los cuales habíamos forrado orgullosamente y por años las paredes de nuestras casas. Esa tranquila idea de estar durmiendo dentro de una biblioteca se desmoronó para muchos en unos pocos años. En short y bicicleta buscamos a los improvisados bibliotecarios de portales habaneros con la esperanza de regresar felices a casa con una mano de plátanos.

Como ratón en busca de comida, yo husmeaba en aquellos improvisados anaqueles de “libros viejos”. Mis ojos paneaban cada desordenada exposición a mi paso por la ciudad, mientras la invasión a Guantánamo no dejaba de asaltar mi mente a tiros, machetazos y toques de a degüello. Una tarde de sábado, en uno de aquellos portales, vi un pequeño libro con una rara combinación de carátula amarilla, grandes flechas verdes, negras y naranjas, que sacó de orbita a mis ojos instantáneamente: La primera invasión.

Lleno de sorpresa vi que anunciaba en primera plana el Premio UNEAC de literatura, 1986. Confieso que en mi desespero estudiantil poco me importó que el autor fuera un tal Pedro Pablo Rodríguez. Era sencillamente el libro que necesitaba en ese justo momento.

Ya mediados de lectura quedé fascinado con el mismo. Conocí por qué Guantánamo no se incorporó hasta 1871 a la gesta emancipadora; pero sobre todo comencé a aprender cómo se había desarrollado el genio político y militar de Máximo Gómez durante este cardinal suceso histórico. El volumen de información, su novedosa interpretación y la manera tan bien escrita en que se hallaba redactada me llevaron entonces a preguntarme, ¡¿quién era ese tal Pedro Pablo Rodríguez?! La ficha autoral lo presentaba como historiador y periodista habanero nacido en 1946 con varios trabajos publicados y un Premio 26 de Julio, como coautor de otra obra anterior. El “tal” Pedro Pablo se trasformó en breves minutos en un respetado historiador que desde ese entonces no deje de leer.

Terminé la breve investigación y continué en mis empeños estudiantiles hasta graduarme. Pero desde ese entonces el nombre de Pedro Pablo Rodríguez entró a formar parte en mi arsenal de conocidos historiadores del independentismo cubano. Manejaba su nombre como el estudiante o recién graduado que exhibe de manera pretenciosa un nombre importante y necesario; en otras palabras, si mencionaba a Pedro Pablo Rodríguez y su libro, yo me anotaba un punto porque estaba actualizado con lo último y mejor sobre guerras independentistas, sin descontar otros nombres no menos relevantes.

En esos complejos años la obra intelectual de Pedro Pablo Rodríguez tuvo varios frutos. Estos pueden ser agrupados en una rica gama que va desde los estudios generales del independentismo, la excelente especificidad de sus investigaciones martianas hasta temas socioculturales el siglo XIX, sus finales e inicios del XX. Sin intenciones de hacer un exhaustivo inventario historiográfico, quisiera detenerme brevemente en dos de los trabajos que más me han aportado. En primer lugar los dos capítulos escritos junto a Ramón de Armas para la obra colectiva Historia de Cuba. Las luchas por la independencia nacional y las trasformaciones estructurales, 1868-1898, de 1996. Se trata de los capítulos VII y VIII. Para mi fueron y son formadores en cuanto a la comprensión de la evolución general del independentismo en el período entreguerras de 1878-1895. Los análisis sobre los avances y retrocesos de la ideología liberadora mambisa, a través su complicada espiral de vida, son imprescindibles para entender dicha línea de pensamiento. Y sin lugar a dudas, el despliegue de ideas y reflexiones de Pedro Pablo sobre el pensamiento y acción de José Martí fue y es germinal a la hora de articular la obra revolucionaria de Martí en procesos tales como la creación del Partido Revolucionario Cubano y la importancia y lugar de la revolución por venir en el concierto internacional de ese momento.

Un trabajo como “Modernidad y 98 en Cuba: alternativas y contradicciones”, aparecido en la revista Temas 12-13, de 1998, ilumina con creces la amplitud y capacidad del doctor Rodríguez hacia otras temáticas sociohistóricas, más allá del independentismo. Los principales pensadores y teorías sociales de entonces, el muy profuso tema de la modernidad y los impactos del sistema neocolonial en los primeros años republicanos, fueron logros de aquel intenso ensayo que hoy sigue siendo un faro en los estudios sobre ese agudo período histórico.

Precisamente en 1998 comencé mis estudios de maestría. No pude suponer que el nombre de Pedro Pablo aparecería de manera directa en mi labor profesional nuevamente, pero esta vez en cuerpo y armas, en carne y hueso. Mientras el doctor Oscar Loyola y yo ventilábamos los detalles de la tesis en su etapa final, en una conversación telefónica surgió la duda del posible oponente. Mi querido Oscar dijo algo más o menos así: no sé tú, pero a mi me gustaría que fuera Pedro Pablo Rodríguez, ¿tú lo conoces?; a lo que respondí, no; y a lo que Oscar respondió: es uno de los grandes especialistas contemporáneos de Martí, la emigración y de la época en general. Por supuesto, mi sí fue categórico.

Unas semanas después, a principios de diciembre de 2001, tras obtener el consiguiente número telefónico, llamé al doctor Pedro Pablo. Acordamos que yo fuera un miércoles a las cuatro de la tarde para entregarle la tesis al Centro de Estudios Martianos. Allí lo conocí. Estreché la mano por primera vez del hombre que había escrito aquel libro tan suigéneris, con la sensación personal del aún alumno que por fin conoce a un maestro. Un mes después fui a su casa a recoger las preguntas de la oponencia. Después de subir hasta el último piso del edificio de la calle 25 llegué a la azotea pedrobableña descubriendo en ella un detalle que la inmortaliza para siempre: los ecos musicales pocos bienvenidos de un incomodo vecino llamado Centro Recreativo Hola Hola, que no ha recreado precisamente la salud auditiva del edificio y sus estoicos vecinos.

Pero volvamos a la ciencia….Antes de entregarme las preguntas hablamos inevitablemente de la tesis. Con mesura fue dando sus interesantes opiniones. Yo quedé asombrado de su dominio sobre Martí, los emigrados y varios temas sobre el 95. Por primera vez escuché hablar frente a mí a uno de sus grandes estudiosos sobre el Apóstol José Martí de toda la historiografía revolucionaria. Las preguntas fueron serenas, pero profundas, como para estar unos diez días en busca de sus respuestas. Se hizo la defensa. Gracias a su sabiduría y observaciones la tesis tomó mejores rumbos. Con otro apretón de manos me despedí el doctor Pedro Pablo. Y por increíble que parezca no lo volví a ver más por algunos años conviviendo en la misma ciudad.

Formando parte ya del claustro de profesores del Departamento de Historia de Cuba, tuve que hacer una oponencia –en el 2006- a una tesis del doctor Pedro Pablo. ¡Que placer!, era como un agradable giro del destino que ahora me acercaba, una vez más, a la personalidad del doctor Rodríguez. El hecho nos hizo volver a hablar por teléfono en varias ocasiones. Y en el lugar de siempre, L y 27, volví a verlo ese año. Ahora mi satisfacción fue mayor por tener el privilegio de sentarme a su lado como colega.

Dos años después, a mediados del 2008, otro hecho nos volvió a encontrar, mi tesis fue publicada. Cuando tuve el libro en la mano le comenté al doctor Loyola que tenía en mente un nombre para la primera presentación del libro: Pedro Pablo Rodríguez; con lo que Loyola Vega estuvo de acuerdo inmediatamente. Esta vez los azahares del destino hicieron que fuera yo el que le propusiera a mi amigo Oscar Loyola el nombre del destacado intelectual que él un día me propuso inicialmente. Demás esta decir que volverlo a ver fue, como siempre, otro acto de aprendizaje al observar como ponía toda su ilustre sagacidad en un análisis sobre Máximo Gómez y una de las más convulsas épocas de la historia nacional. A esa altura estaba convencido plenamente que Pedro Pablo Rodríguez era ya, por derecho propio, uno de los imprescindibles en los estudios sociales de los siglos XIX y XX cubanos. Su obra así lo puede demostrar con creces.

Pienso que el destino nunca deja de obrar en la vida de los seres humanos, llena nuestras vidas con sus azahares, juegos y sorpresas. Y sinceramente, no estimo que estos sean casuales o fortuitos. Así que todavía la enorme inteligencia de Pedro Pablo Rodríguez intervendría en uno de los capítulos más intenso de mi vida profesional. Corría enero de 2009 cuando fue preciso definir uno de los dos oponentes para la predefensa de mi tesis doctoral. El doctor Loyola Vega (tutor de tesis) y el doctor Edelberto Leiva (en su calidad de jefe de Departamento de Historia de Cuba) especularon en una detenida conversación el nombre de los dos probables “verdugos”. Loyola Vega y Leiva Lajara consideraron que el doctor Pedro Pablo Rodríguez podría ser uno de los dos. Unos pocos días después Pedro Pablo aceptaba. Y ahora, si creen que el destino no existe, ¡allá ustedes! Yo no necesito más pruebas.

Regresé a la azotea pedropableña con un Hola Hola más reposado y domado por el curso del tiempo, pero sin dudar para nada que en ello algo tendría que ver la labor “combativa” de Pedro Pablo contra tal insulto auditivo. Sentado al compás de sus agradables brisas la conversación significó otro capítulo imborrable en mi formación intelectual. Recuerdo que por casi tres horas consecutivas me hizo reflexionar sobre criterios e ideas del texto que según su acumulada experiencia eran preciso repensar todavía. Con razonamientos cargados de espléndidos conocimientos me señaló deficiencias, matices soslayados y aspectos aún insuficientes en el trabajo. Las preguntas fueron el colofón final de una relevante espiral cognitiva.

Y en medio de tanto regocijo intelectual no olvidaré que por aquellos días me dijo rotunda e inesperadamente: ¡compadre, hasta cuando me vas a tratar de usted; acábame de decir tú! Yo quedé sin habla... En el acto de predefensa fue recio y exigente con mis respuestas; así, discrepó con una de ellas, y tuve que defenderme como gato patas arriba.

Si todo lo anterior fuera poco, el doctor Pedro Pablo fue uno de los miembros del Tribunal de la defensa doctoral. Ya con todo lo dicho, muchos podrán imaginar la intensa alegría experimentada cuando leí una mañana de diciembre la noticia que el periódico Granma daba, en su primera plana, anunciando el otorgamiento del Premio Nacional de Ciencias Sociales al doctor Pedro Pablo Rodríguez.

Hace casi un mes atrás, cuando Jorge Ibarra Guitar me pidió hacer esta intervención no lo dude ni un segundo. El solo hecho de estar hoy aquí, a su lado una vez más, me hace sentir el eterno alumno que siempre irá en busca de los sabios consejos del maestro.

Pero si aún alguien puede pensar que todo esto fuera insuficiente para aquilatar la valía intelectual y personal de la figura nacional que hoy felizmente nos convoca, entonces les dejo caer una última gota para estallar su copa. Después de haber afrontado personalmente algunas marejadas, que todos solemos tener cuando dirigimos el barco de nuestras vidas, tuve el privilegio que él y otros muy estimados colegas apoyaron firmemente aquellas investidas al igual que hizo Martí frente a más de un reticente en su larga obra a contracorriente, ese Martí tan revolucionario y revolucionador que ha consagrado buena parte de la obra de Pedro Pablo. En esa coyuntura también gocé del privilegio de oírlo mientras hizo uno de los análisis más brillantes que he escuchado en toda mi vida sobre Martí y la Revolución del 95.

Disculpen si no he sabido rememorar de modo brillante estos casi 12 años de conocer personalmente al doctor Pedro Pablo R. y haber aprendido muchas cosas gracias a él. No obstante, me atreveré a concluir diciendo tres ideas deseadas:

Enhorabuena para las ciencias sociales cubanas por contar con el Premio Nacional de Ciencias Sociales 2009 doctor P. Pablo Rodríguez. En particular me enorgullece más aún poder decir: Gracias doctor Pedro Pablo por su obra y quehacer intelectuales.

Y finalmente, permítanme darme el lujo exquisito de decirte de todo corazón: gracias, muchas gracias amigo Pedro Pablo por haberle aportado y enseñado tanto a muchos historiadores y cubanos que hemos seguido y seguiremos tus pasos.

Notas



* Palabras de elogios al doctor Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Ciencias Sociales, 2009, en la Sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC el 15 de abril de 2010.

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Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
ISSN2075-6046 / RNPS 2223