encabezado   mayo-agosto, 2015
Antecedentes históricos del oficio de cronizar en Santiago de Cuba (siglos XVIII-XIX)
Julieta Aguilera Hernández

Santiago de Cuba es ciudad baluarte de múltiples tradiciones que han trascendido a lo largo de casi cinco siglos de historia. Sin embargo, es precisamente la capital sur oriental uno de los sitios en el archipiélago donde aún prevalece la tradición de cronizar, convertido en punto de referencia para el rescate de la historiografía local en el país, a pesar de los avances existentes en la informática y las telecomunicaciones. De igual modo, el oficio del cronista se mantiene vivo en pueblos y urbes de España y Latinoamérica, ejercido de modo anónimo por historiadores o periodistas preocupados por legar a la posteridad el acontecer y el modus vivendi de estos variopintos parajes y sus pobladores.

Pero el primer exponente de una obra cronográfica genuinamente santiaguera data de mediados del siglo XVIII, cuando el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz[1] redacta en 1741 su Diario de lo ocurrido en Santiago de Cuba desde las primeras noticias de la intentada invasión por los Yngleses (sic).[2] Contrario a sus textos históricos Historia de la Isla y Catedral de Cuba,[3] y La visita eclesiástica[4] —donde cuestionaba la actuación de las autoridades locales y el estado de la economía insular—, aquí el dignatario católico centraba su atención en el impacto que tuvo para la ciudad santiaguera y otras poblaciones de la región sur oriental la fallida irrupción del Ejército británico entre el 11 de julio y el 24 de agosto de dicho año.

Mientras que en los libros antes referidos Morell de Santa Cruz consignaba algunos pormenores sobre el bregar diario dentro de las villas cubanas y el estado constructivo de sus edificaciones, en su Diario… el dignatario católico apelaría al estilo sintético —característico de la cronología clásica— para ofrecer un prontuario de las estrategias logísticas llevadas a cabo por el gobernador del Departamento Oriental Francisco Cajigal de la Vega para enfrentar a las tropas inglesas. En la brevedad de estas páginas describe el cronista en ciernes cada jornada de la invasión, desde la composición y el movimiento de tropas de ambos frentes militares, hasta profusos detalles de la correspondencia cruzada entre las autoridades locales con el mando superior en la metrópoli para coordinar las acciones que determinaron el fin del conflicto bélico. Ante tales argumentos, este diario del obispo Morell de Santa Cruz trasciende en la historiografía nacional por ser —según el criterio de María Nelsa Trincado— “una rica fuente para el estudio del desembarco británico”.[5]

La Historia de Santiago de Cuba, de José María Callejas,[6] marcó un parte aguas en la historiografía nacional, al plasmar una serie de acontecimientos trascendentales de la evolución sociocultural y urbanística de la ciudad durante los siglos xvii y XVIII; fue un texto precursor de los estudios de historia local en el país. La obra consta de seis capítulos y un apéndice, que comprenden desde 1492 hasta el año 1823, cuando el cronista se traslada hacia La Habana.[7] Pero los primeros dos capítulos del libro —que abarcan desde la llegada de los conquistadores españoles hasta 1799— tienen un carácter referencial; y en su contenido es apreciable el empleo de fuentes documentales, al consignar los hechos asociados a la fundación de la villa santiaguera en 1515, e incluir una relación cronológica de los gobernadores y obispos locales. Paralelamente, el cronista registraba en forma sintética (a modo de cronología anual) aquellos acontecimientos sociopolíticos, económicos y eventos naturales que contrastaron la vida cotidiana del territorio durante la génesis de la sociedad colonial. Por su parte, en los restantes capítulos se percibe la impronta testimonial del autor, dado su contemporaneidad existencial con los hechos descritos en la obra, plasmando en forma profusa sus criterios sobre los sucesos y sus protagonistas gracias al acceso que tuvo a las fuentes documentales del Cabildo. Para tales empeños se valdría de la utilización de un lenguaje directo —desde la descripción identitaria y un discurso comprometido[8]—, donde muestra su postura anticonstitucional y de rechazo ante la presencia de soldados franceses en el puerto santiaguero como resultado de la Revolución de Haití en 1791.

Callejas fue el primer historiador que reflejó los sucesos relacionados con el flujo migratorio franco-haitiano a fines del siglo XVIII, y su impacto dentro del entorno socioeconómico de la región sur oriental de Cuba; además, incluye varias referencias analíticas sobre el gobierno de Sebastián Kindelán, el tránsito de la producción hatero-hacendista a la economía de plantación cafetalera, y las influencias del liberalismo europeo en la ciudad.[9] La consulta de este volumen resulta particularmente valiosa —tanto por la riqueza informativa, como por el nivel de acuciosidad en el análisis— para cualquier persona interesada en hurgar sobre el acontecer cotidiano de las tres primeras décadas del siglo decimonónico santiaguero.

Otro cronista que legó para la posteridad sus vivencias sobre la vida cotidiana de la ciudad en la primera mitad de la centuria decimonónica fue Manuel María Pérez Ramírez.[10] Desde el oficio periodístico en los rotativos El Dominguillo de Santiago de Cuba, El Eco Cubense, El Canastillo, el Periódico Nacional de Santiago de Cuba, Ramillete de Cuba, El Pasatiempo Cubano y El Redactor entre 1811 y 1850,[11] brindaría en su obra cronográfica un amplio panorama de la repercusión que tuvieron las reformas liberales en los contextos sociopolítico y económico del territorio santiaguero; también incluiría profusos exponentes de la crónica costumbrista en las que comenta sobre los hábitos sociales y tradiciones populares de sus convecinos.

Pero la crónica “Santiago de Cuba en 1800”, redactada en 1847 y publicada en el segundo volumen de la cronografía de Emilio Bacardí Moreau,[12] es su texto más conocido entre los santiagueros de hoy. Las elocuentes descripciones sobre algunas peculiaridades del comercio y la economía locales, las modas, costumbres culinarias y festivas —tanto religiosas, como profanas— revelan el sello testimonial del autor. Desde un lenguaje carente de artificios estilísticos y un discurso sin pretensiones críticas, Manuel María Pérez reflejaría sus impresiones sobre el modus vivendi de la capital del Departamento Oriental, de particular importancia para la comprensión de los variados componentes culturales y folclóricos que conformaron la identidad de sus moradores.

De similar datación y perfil temático es la crónica “Santiago de Cuba a principios del siglo XIX. Memorias escritas en 1847”,[13] del periodista gaditano Agustín de la Tejera.[14] Pero a diferencia de la anterior, su autor incluiría diversas referencias sobre el acontecer cotidiano del territorio entre 1801 y 1810, donde no faltaron sus opiniones sobre asuntos tan disímiles como el clima y vegetación locales, la trata de esclavos, las condiciones higiénico-sanitarias del cementerio y los brotes epidémicos que asolaron la municipalidad. También aparecen datos acerca del intercambio comercial de la urbe santiaguera con otros enclaves portuarios de la cuenca caribeña, Europa Occidental y Norteamérica, junto al estado de conservación de las carreteras y caminos que comunican a la capital sur oriental con territorios aledaños y el resto del país.

Desde su condición de inmigrante radicado en la ciudad, el cronista ofrece en su obra —por medio de un discurso crítico y una visión desprejuiciada– profusas observaciones relacionadas con los hábitos culinarios de los vecinos y el mercado local, el crecimiento demográfico y la participación activa de la inmigración francesa en el desarrollo económico de la jurisdicción; así mostraría una ciudad que ya experimentaba cambios sustanciales en su fisonomía y en la proyección psicosocial de sus moradores.

El resto de la producción cronográfica gestada en Santiago de Cuba durante la segunda mitad del siglo XIX se encuentra disperso en diversas publicaciones periódicas de la época. Con independencia de su filiación política o procedencia social, los testimonios de cada uno de los cronistas de este cincuentenario resultan útiles para los historiadores actuales, y ofrecen una mirada más abarcadora del entorno colonial santiaguero y sus habitantes.

Dentro de este panorama sobresalió la crónica costumbrista “Combate de gallos y galleros en Cuba”, de Vicente Jústiz del Castillo,[15] publicada en dos partes en el Semanario Cubano entre el 4 y el 11 de marzo de 1855.[16] Pese a la efusión que emana en sus descripciones sobre uno de los espectáculos lúdicos practicados en las comarcas cubanas por aquellos años, el autor era contrario a dichas peleas, por considerarlas ajenas a las costumbres civilizatorias.

Esta reseña constituye un retrato psicosocial de una tradición que aún tiene arraigo en varias zonas rurales del país; a partir del empleo de un lenguaje coloquial —donde los discursos identitario y persuasivo se entrecruzan con la sátira criolla—, Jústiz del Castillo introduce al lector en las singularidades de las lidias de gallos. Primeramente, el cronista ofrece una disertación sobre el origen hispano de esta práctica, junto al análisis etimológico del vocablo “gallero”, al explicar sus múltiples usos en el escenario local, diferenciándolo de sus homólogos del Occidente cubano. Desde su experiencia personal como espectador en una valla santiaguera, resultan vívidas sus descripciones sobre los actores de esta singular escena: el gallo, víctima de crueles maltratos para satisfacer la ambición y el desvelo de sus dueños; los galleros, desde la fanática pasión que compulsaron, tanto en la concertación de la pelea como en su desarrollo; y el público, cuyas reacciones transitaron entre el desborde de la diversión y la exaltación de sus ánimos. También resulta ilustrativo su criterio en torno a los modos de hablar y conducirse que adoptaron dichos individuos, según sus roles dentro del referido espectáculo.

Datan de este período los textos costumbristas Cuadros cubanos[17] y Narraciones y leyendas de Santiago de Cuba[18] (ambos publicados pos-mórtem), del periodista José Joaquín Hernández Matos.[19] El primero de ellos es un folleto que contiene cinco crónicas alusivas a algunos hábitos sociales de la época, entre los que destacan: el profuso relato donde el autor expone los encantos y singularidades de la mujer santiaguera; el uso cosmético de la cascarilla por las damas para el blanqueamiento del cutis; o la “jaqueca”, pretexto socorrido de las féminas para eludir diversos compromisos exigidos por la etiqueta y el matrimonio. Pero “El mataperros” es, sin lugar a dudas, la crónica más sobrecogedora para el lector, al develar los entresijos que significaron para los niños desvalidos de la ciudad la supervivencia en las calles, quienes lidiaban sus penas entre el abandono, el hambre y la insalubridad. Asimismo, es reveladora la reseña titulada “Cuba a fines del siglo XVIII”, que introduce este pequeño volumen, contentiva del diario bregar de la población local desde la descripción del paisaje, el clima, la arquitectura y el trazado de sus calles; también el autor sumaba descripciones sobre el carácter y las faenas habituales de sus vecinos para convivir en una ciudad que se desruralizaba paulatinamente,[20] gracias al auge del intercambio comercial con las naciones vecinas de la cuenca caribeña y el impacto del primer flujo migratorio franco-haitiano en la economía municipal.

En cambio, las Narraciones y leyendas… constituyen la obra mayor de Hernández Matos, al compilar en dos tomos cuantiosos textos publicados en la revista Ensayos Literarios y otras publicaciones periódicas en las que colaboró durante los últimos años de su vida. A partir del empleo de la remembranza como recurso estilístico —desde un lenguaje ameno y un discurso comprometido con la impronta costumbrista—, el cronista alterna la descripción y el juicio crítico para consignar aquellos pasajes y personajes de la tradición oral que identificaron el imaginario colonial de la ciudad.

Hacia 1864 vio la luz el libro Efemérides cubanas: calendario histórico, con los hechos más notables sucedidos cada día, de Francisco Cartas.[21] Se trata, pues, de la única obra cronográfica de alcance nacional sobre la colonia que ha llegado hasta nuestros días; su autor compila de manera sintética los principales sucesos que han trascendido en la historia de las ciudades del archipiélago, desde 1492 hasta diciembre de 1856. Según el criterio del Dr. Fernando Ortiz —prologuista de dicho volumen, publicado en 1921—: “La obrita carece de valor literario, pero tiene algún valor histórico como manuscrito histórico relacionado con Cuba, y como documento demostrativo de lo que aun a mediados del siglo último constituía un hecho notable en nuestro pueblo […]”.[22]

Por su brevedad en la redacción, estas efemérides se limitan a ofrecer datos puntuales acerca de la creación de publicaciones periódicas, la fundación de diversos poblados, el nombramiento de las autoridades eclesiásticas y gubernamentales, o el arribo al país de inmigrantes de varias nacionalidades (españoles, ingleses, franceses, etc.) que buscaron fortuna en estas tierras, entre diversos temas de interés general, organizados desde una secuencia diaria como referencia en el manejo del tiempo. Sin embargo, esta cronología —ausente de análisis sobre los hechos consignados— representa el antecedente directo de los textos cronográficos que fueron concebidos posteriormente en Santiago de Cuba.

En esta dirección surgió en 1866 la Tabla cronológica de los sucesos ocurridos en Santiago de Cuba, desde su fundación hasta nuestros días, escrita por Ambrosio Valiente Duany,[23] como la primera cronología sistematizada sobre la capital sur oriental del archipiélago cubano. Pero el autor tampoco tuvo pretensiones críticas en el reflejo de los hechos ni en la caracterización de los protagonistas, por lo que solo centró su esfuerzo en referir sucintamente cada suceso en su contexto temporal. No obstante, en dicho volumen se ofrece un recuento pormenorizado de la evolución económica y sociopolítica de la ciudad durante tres siglos, a partir de aquellos momentos que definieron este proceso: la fundación de la villa por los conquistadores españoles; el arribo de los primeros esclavos africanos, o el origen de la explotación minero-extractiva en el antiguo asentamiento de Santiago del Prado (El Cobre).

El cronista también añadiría otras informaciones relacionadas con las catástrofes naturales (incendios, huracanes y seísmos) que asolaron al territorio en aquellos años, junto a la consignación sucesiva de los nombramientos de alcaldes, gobernadores y obispos que rigieron los destinos políticos y espirituales de la localidad. Pese al estilo sintético en su redacción y la presencia de algunos errores de datación histórica,[24] el mérito de la obra de Valiente Duany para la historiografía regional radica en el modo que supo captar la dinámica cotidiana del Santiago colonial entre 1515 y 1852, desde una perspectiva global, siendo pionero en la concepción metodológica en el oficio de cronizar que se gestaría en períodos posteriores.

A pesar de su dispersión, las colaboraciones de Desiderio Fajardo Ortiz (El Cautivo)[25] en los rotativos locales El Mercurio, El Porvenir, El Eco de Cuba y La Patria entre 1851 y 1890, fueron un claro ejemplo de la crónica periodística desde sus vertientes histórica y costumbrista. Gracias a su consagrada labor, hoy se conservan algunos testimonios de la crisis económica que sufrió la ciudad en la antesala de la Guerra Grande, sumado a la participación del pueblo santiaguero en dicho conflicto y el impacto que tales sucesos tuvieron en la cotidianidad del territorio. Igualmente fue decisivo el aporte fundacional de los periódicos El Cubano Libre (1895), El Fomento y La Independencia (ambos de 1898) en la compilación de crónicas sobre la Guerra del 95, a través del talento creativo de Mariano Corona Ferrer, José Joaquín Hernández Mancebo y Federico Pérez Carbó, etc. El privilegio de haber sido testigos oculares de estos acontecimientos cruciales de la historia patria aumenta el valor testimonial de sus reseñas para la posteridad.

Otra contribución meritoria para la crónica histórica del período es el libro De la manigua. Ecos de la epopeya,[26] de Mariano Corona Ferrer,[27] con prólogo de Joaquín Navarro Riera, Ducazcal. Desde sus experiencias como oficial del Ejército Libertador, el periodista compila 21 crónicas sobre algunos de los principales combates sostenidos por el mambisado en el sur oriente de Cuba y varias reseñas biográficas de personajes (relevantes y desconocidos) que participaron en dicha epopeya. Sin embargo, “Apóstol y caudillo” es la crónica que —a mi juicio— trasciende para la historiografía nacional, al consignar la entrevista sostenida entre Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí en la finca La Mejorana; el autor se abstuvo de emitir su criterio sobre este pasaje cuyos detalles aún yacen en el misterio, donde afloraron las contradicciones dentro de la unidad del movimiento revolucionario. Similar importancia tienen sus testimonios sobre la batalla naval de Santiago de Cuba en la transformación del status político del archipiélago cubano.

Por su parte, la crónica “Santiago de Cuba en 1898. Memorias de un bloqueado” [28] es la obra más conocida del periodista José Joaquín Hernández Mancebo.[29] Un fuerte sentimiento antimperialista está presente en estas líneas al revelar diversos pormenores sobre las frustraciones de la sociedad santiaguera, a través de las vivencias que marcaron hondamente al autor y sus convecinos, comprometidos con el ideario independentista. Se valdría de la descripción identitaria, con el propósito de reflejar los matices psicológicos de los sectores contendientes en las operaciones finales de la conflagración anticolonial, unida al discurso crítico donde cuestionaba el proceder de las autoridades españolas hacia la población civil de la urbe y El Caney. Estos testimonios marcaron el fin de la cronografía santiaguera de la etapa colonial, tras la inminente neocolonización de Cuba por parte de los Estados Unidos al concluir la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana en 1898, e iniciarse el inminente tránsito hacia la nueva república.



[1] Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y Lora (Santiago de los Caballeros, 1694-La Habana, 1768). En diciembre de 1718 arribó a la ciudad de Santiago de Cuba, nombrado deán de su catedral; posteriormente recibió la mitra de obispo de esta urbe en marzo de 1729, electo por el cabildo y con el respaldo de sus feligreses. Considerado por muchos investigadores como precursor de la historiografía santiaguera, Morell legó dos textos primordiales para el estudio de la historia y vida cotidiana de la Isla durante el siglo xvii: Historia de la Isla y Catedral de Cuba, y La visita eclesiástica, fruto de sus vivencias como dignatario católico, donde consignó algunos pormenores —desde la perspectiva histórica— sobre el diario bregar dentro de las villas cubanas y la actuación de sus gobernadores, en las que la ciudad de Santiago de Cuba no escapó de su atención. Sin embargo, su Diario de lo ocurrido en Santiago de Cuba desde las primeras noticias de la intentada invasión por los Yngleses (sic), constituye el primer exponente conocido sobre el origen del oficio de cronizar en la capital oriental de Cuba.

[2] Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: “Diario de lo ocurrido en Santiago de Cuba desde las primeras noticias de la intentada invasión por los Yngleses (sic)”, en Olga Portundo Zúñiga: Una derrota británica en Cuba, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2000, pp. 219-232.

[3] Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: Historia de la Isla y Catedral de Cuba, Imprenta Cuba Intelectual, La Habana, 1929.

[4] Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: La visita eclesiástica, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985.

[5] María Nelsa Trincado Fontán: “Pedro Agustín Morell de Santa Cruz: el fundador”, en Rafael Duharte Jiménez, Olga Portuondo e Ivette Sóñora Soto (comps.): Tres siglos de historiografía santiaguera, p. 15.

[6] José María Callejas: Historia de Santiago de Cuba, Imprenta La Universal, La Habana, 1911.

José María Callejas Anaya (Santiago de Cuba, 1782-1839?): Proveniente de una familia acomodada, desde su juventud se inclina por la carrera militar, alistándose en el ejército como voluntario en 1797. En ese año viaja a España para cursar estudios, graduándose de cadete en 1799 en el 70 regimiento de Cantabria; más tarde matricularía en el colegio militar de Zamora. Durante su estancia en tierras hispanas, el joven Callejas es ascendido en varias ocasiones por su conducta ejemplar. En 1808 participa en el levantamiento contra las tropas napoleónicas, y se identifica plenamente con el sentimiento antibonapartista de la población peninsular. También muestra su rechazo hacia las ideas liberales y constitucionalistas, fruto de su formación monárquica y anticonstitucional. En 1811 regresa a su ciudad natal como ayudante mayor de la brigada del Departamento Oriental. En 1815 fue designado comandante interino de artillería de Santiago de Cuba; en este puesto se ocuparía de la dirección y actualización del sistema defensivo de los castillos del Morro y Aguadores, junto a las baterías de La Estrella y Sardinero. Similares operaciones fueron efectuadas por Callejas en la compañía de milicias y los puestos de Baracoa, Cabañas y Manzanillo. Como funcionario público, fue vocal de la Junta de Fomento e Industria, donde laboraría en función del desarrollo económico y urbanístico de la localidad. En 1823 es trasladado a La Habana, y en 1824 viaja a México —nombrado comandante— para dirigir las tropas de artillería del Castillo de San Juan de Ulúa. Por su destacada labor en la protección de dicha guarnición, Callejas fue condecorado con las cruces de San Hermenegildo, de Isabel la Católica y San Fernando, de segunda clase. Aún existe gran incertidumbre entre los historiadores sobre la verdadera fecha de muerte de este notable militar santiaguero, aunque sus últimas referencias datan de los años 1837 y 1839. Vid. Alfredo Sánchez Falcón e Ivette Sóñora Soto: “José María Callejas, una historia para Santiago”, en Tres siglos de historiografía santiaguera, pp. 24-26.

[7] Cfr. Alfredo Sánchez Falcón e Ivette Sóñora Soto: Ob. cit., p. 26.

[8] En este análisis (que comprende todos los períodos históricos de la presente investigación) se ha tenido en cuenta las pautas conceptuales expuestas por el lingüista holandés Teun A. Van Dijk, al expresar que la orientación del discurso ideológico de un autor —sea escritor, periodista o historiador— se encuentra orientado hacia diferentes vertientes semánticas que responden a una intención específica: a) descripciones autoidentitarias: definen quiénes somos, de dónde venimos; o sea, los orígenes culturales e históricos de un país; b) descripciones de actividad: centradas en la definición de tareas y sobre las expectativas y roles sociales de cada persona; c) descripciones de propósitos: cuando las actividades del individuo o el grupo adquieren un sentido ideológico y social si estas tienen un propósito (positivo); d) descripciones de normas y valores: cuando en el contenido del discurso ideológico se involucran normas y valores que identifican la postura social del autor; aquí se particulariza en una serie de temas comprometidos, como las etnias, las minorías sociales, las visiones particulares de la verdad y las acciones que se desarrollan para lograr un propósito; e) descripciones de posición y relación: este es un concepto que atañe a los grupos, en tanto definen ampliamente su identidad, actividades y propósitos con respecto de otras asociaciones (profesores- estudiantes, periodistas-público receptor de la noticia, etc.), y f) descripción de los recursos: los grupos pueden existir y subsistir sólo cuando tienen acceso a recursos generales y específicos. Cuando dicho acceso se ve limitado o amenazado por conflictos intergrupales, el discurso ideológico se centrará básicamente en tales herramientas (ej.: el periodista protegerá sus fuentes de información). Cfr. Teun A. Van Dijk: “Análisis del discurso ideológico” (traducción de Ramón Alvarado), en UAM, vol. X, México D.F., 1996, pp. 29-31. En Internet: http://www.criterios.es [Consultado el 14 de mayo de 2012].

[9] Cfr. Alfredo Sánchez Falcón e Ivette Sóñora Soto: Ob. cit., pp. 27-28.

[10] Manuel María Pérez y Ramírez (Santiago de Cuba, 1772-1852). Poeta, dramaturgo y periodista. Según el criterio de la Dra. Olga Portuondo, es considerado como “polígrafo y erudito”. Tanto su producción poética, como periodística, fue publicada en el Papel Periódico de la Havana [sic], y en varios rotativos locales en los que laboró, como El Eco Cubense (1811), Ramillete de Cuba (1812), El Canastillo (1814), El Redactor —que fundó y dirigió durante su primera época—, el Dominguillo de Santiago de Cuba (1824), el Diario de Santiago de Cuba (1830) y el Diario Constitucional de Santiago de Cuba (1936). Hasta el presente se conocen dos piezas teatrales de su autoría: el monólogo Marco Carcio [sic] y el drama alegórico en dos actos La feliz alianza, representado en la urbe santiaguera en marzo de 1830. Cfr. Francisco Calcagno: Diccionario biográfico cubano, Imprenta y Librería de N. Ponce de León, New York, 1878, pp. 493-494, y en Felipe Martínez Arango: Próceres de Santiago de Cuba, Imprenta de la Universidad de La Habana, La Habana, 1946, p. 141. Véase también en León Estrada: Santiago literario, Fundación Caguayo S.A. y Editorial Oriente, Colección La cultura artística y literaria en Santiago de Cuba. Medio milenio, Santiago de Cuba, 2013, pp. 44-51.

[11] Cfr. José M. Labraña: “La prensa en Cuba”, en Cuba en la mano. Enciclopedia Popular Ilustrada, Talleres Gráficos de Úcar, García y Cía., La Habana, 1940, pp. 649-650, 657, 662, 674 y 676-677.

[12] José María Pérez: “Santiago de Cuba en 1800”, en Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba, Tipografía de Carbonell y Esteva, Barcelona 1908, anexo II, t. II. En investigaciones recientes de la Dra. Olga Portuondo Zúñiga —Historiadora de la Ciudad—, se ha demostrado que el autor de esta crónica es Manuel María Pérez Ramírez.

[13] Vid. Agustín de la Texera: “Santiago de Cuba a principios del siglo XIX. Memoria escrita en 1847”, en Del Caribe, Santiago de Cuba, Año vi, no. 13, 1989, pp. 90-105.

[14] Agustín de la Tejera y Baso. Nacido en Cádiz —no en Sevilla, como aparece en referencias anteriores— en el siglo XVIII. Desde su infancia radicó en La Habana, y en 1801 visitó la ciudad de Santiago de Cuba; dos años después, en 1803, se instaló definitivamente con su familia. Fue miembro de la Sección de Agricultura y Estadística de la Real Sociedad Económica Amigos del País (RSEAP). Fue periodista en el diario El Redactor, donde laboró junto a Juan Bautista Sagarra. Falleció en Santiago de Cuba el 25 de diciembre de 1852. Cfr. Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba, t. ii, p. 231; y en León Estrada: Santiago literario, p. 112.

[15] Vicente Jústiz del Castillo: “Combates de gallos y galleros en Cuba”, en Del Caribe, no. 25, Santiago de Cuba, 1996, pp. 121-123.

[16] Olga Portuondo Zúñiga: “Algo más que costumbrismo en Vicente Jústiz del Castillo”, en Del Caribe, no. 25, Santiago de Cuba, 1996, p. 120. Véase también en León Estrada: Santiago literario, pp. 76-77.

[17] José Joaquín Hernández: Cuadros cubanos, Imprenta El Cubano Libre, Santiago de Cuba, 1910.

[18] José Joaquín Hernández: Narraciones y leyendas de Santiago de Cuba, 2 t., [s.n.], Santiago de Cuba, 1945.

[19] José Joaquín Hernández Matos (Santiago de Cuba, 1824-1870). Escritor y periodista. Padre del reportero José Joaquín Hernández Mancebo. Poco se conoce sobre su vida y trayectoria profesional. Fundó, junto a Pedro Santacilia Palacios y Francisco Baralt de Celis, la revista Ensayos Literarios en 1846. Fue director del Diario de Santiago de Cuba en 1862. Publicó numerosos artículos costumbristas en periódicos, revistas y libros colectivos editados en la urbe santiaguera entre 1840 y 1870. Cfr. León Estrada: Santiago literario, pp. 70-71.

[20] Vid. María Elena Orozco Melgar: Génesis de una ciudad del Caribe. Santiago de Cuba en el umbral de la modernidad, Ediciones Alqueza, Santiago de Cuba, 2008, pp. 27-55.

[21] Francisco Cartas: Efemérides cubanas: calendario histórico, con los hechos más notables sucedidos cada día (pról. de Fernando Ortiz) [s.n.], La Habana, 1921.

[22] Fernando Ortiz: “Al lector” (prólogo), en Francisco Cartas: Ob. cit., p. 7.

[23] Ambrosio Valiente Duany: Tabla cronológica de los sucesos ocurridos en la ciudad de Santiago de Cuba, desde su fundación hasta nuestros días (pról. de Pedro Santacilia Palacios) [s.n.], New York, 1893.

[24] En su volumen Santiago literario, el investigador literario León Estrada afirma que la obra “contiene algunos datos valiosos —además de errores históricos, como la fecha de la introducción de la imprenta” (sic). Apud. León Estrada: Ob. cit., p. 112.

[25] Desiderio Fajardo Ortiz, El Cautivo (Santiago de Cuba, 1862-1905). Poeta, dramaturgo, pedagogo y periodista. En 1868, siendo apenas un niño, emigró a Colombia junto a su familia, como consecuencia de la Guerra Grande. Durante su juventud sufrió un lamentable accidente que le causó invalidez en sus piernas, condenándole a vivir el resto de su vida en silla de ruedas. En 1882, ya de regreso en su tierra natal, fundó el periódico El Mercurio y colaboró como articulista en los diarios El Derecho y El Eco de Cuba. En 1885 vuelve a emigrar —esta vez a Costa Rica— como consecuencia de sus actividades revolucionarias, al ser un activo colaborador del Ejército Libertador. Por su parte, su obra La emigración a El Caney lo consagró en la historia del teatro cubano, por el modo en que plasmó las vivencias de la población santiaguera en la culminación de la Guerra del 95; en ese mismo recorrido temático transitó el argumento de la pieza La fuga de Evangelina (juguete en un acto y cuatro cuadros en verso), donde se evidencia el patriotismo del autor. Pero su labor periodística fue prolífica, al ser editor y jefe de redacción de El Cubano Libre. Colaboró con los rotativos Patria, Porvenir, el Diablo Cojuelo, El Eco de Cuba, El Derecho y El Triunfo. Apud. León Estrada: Santiago literario, pp. 106-109.

[26] Mariano Corona: De la manigua. Ecos de la epopeya, Imprenta El Cubano Libre, Santiago de Cuba, 1900.

[27] Luis Mariano Corona Ferrer (Santiago de Cuba, 1870-1912). Periodista, poeta, dramaturgo y narrador. Fue presidente del Gremio de Tipógrafos de Santiago de Cuba. En su trayectoria periodística destacan: su nombramiento como director del periódico El Cubano Libre en la manigua, por el mayor general Antonio Maceo, y su labor como corresponsal de Patria. También fue redactor del diario El Triunfo y colaboró con la Revista Cubana. Fue comandante del Ejército Libertador y representante a la Cámara. En su obra publicada se cuentan los siguientes textos: De la manigua, Ecos de la epopeya (1900); El Jaque (zarzuela cómica-dramática en un acto, 1909); Veras y bromas (1911) y Prosas (editada pos-mórtem en 1936). Utilizó los pseudónimos Bariguá, Cobeador y Ney. Vid. León Estrada: Santiago literario, pp. 175-176.

[28] José Joaquín Hernández Mancebo: “Santiago de Cuba en 1898. Memorias de un bloqueado” (apéndice), en Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba, t. X, Tipografía Arroyo, Santiago de Cuba, 1925, pp. 313-375.

[29] José Joaquín Hernández Mancebo (Santiago de Cuba, 1857-?). Escritor y periodista. Hijo de José Joaquín Hernández Matos. Ingresó a las filas del Ejército Libertador en el transcurso de la Guerra de los Diez Años e integró la tropa del general Antonio Maceo Grajales.