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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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La Habana en el Mediterráneo Americano.
Edelberto Leiva Lajara

Orgulloso y voluble, el mar acaricia en ocasiones las costas que antes asoló con furia, lleva de un extremo al otro embarcaciones, restos y rumores, hombres y mercancías, guerras y libros. Desde hace siglos, el mar Caribe y el Golfo de México -como todos sus similares del planeta- son inseparables de las comunidades humanas que a su vera han construido culturas diversas, pero de un modo u otro, todas, deudoras de su especial vecindad. Comunidad geográfica y etnocultural que trasciende todo límite por estrecho y toda simplificación por incapaz de trasmitir la profunda diversidad de los nexos con que nos aúna el mar. En ese universo múltiple creció La Habana, y sin dudas en él se ocultan algunas claves para entenderla. Con La Habana en el Mediterráneo americano (Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2007), Arturo Sorhegui D´Mares nos muestra su particular comprensión de la historia de la capital cubana, como ente histórico-cultural propio -nos dice en la introducción-, pero “integrado de un mar interior que, al estilo del Mediterráneo europeo, resulta un elemento de interrelación económica y comercial.”

En este caso, no estamos en presencia de una aproximación historiográfica más o menos coyuntural en sus motivaciones, como con frecuencia ocurre, sino de un conjunto de siete trabajos que nos permiten seguir la evolución de un interés arraigado en la temática habanera por más de 20 años. Y este es sin dudas el primer acierto de este libro, porque los textos que lo conforman han sido publicados en momentos y latitudes diferentes, lo que los hacía hasta ahora prácticamente inaccesibles como totalidad. Un poco a contrapelo de la opinión del propio autor al identificar dos grupos temáticos fundamentales, hay tres direcciones a mi juicio claramente discernibles en el libro. Una es la evolución de la ciudad, su crecimiento y conformación de los perfiles urbanos a la sombra de tensiones internas nacidas del particular rol asignado a la urbe en el entramado imperial. La segunda, el proceso de formación y maduración de las elites citadinas, con sus aspiraciones de hegemonía social y económica. La última, la integración de La Habana a los circuitos comerciales americanos, tejidos a lo largo y ancho del Caribe y el Golfo. Todas, en conjunto, esclarecen aspectos importantes de la compleja historia habanera entre los siglos XVI y XVIII.

No intentaré un análisis de cada uno de los escritos que forman el volumen por dos razones: sería un ejercicio algo tedioso y en definitiva siempre será recomendable que cada uno juzgue a partir de su propia e irrepetible experiencia en la lectura. Prefiero aproximarme de modo general a algunas de las cuestiones que considero centrales en la obra y a partir de las cuales pudiera comenzar a construirse el necesario consenso –digamos, “gremial”- en torno a su valor historiográfico.

En ese camino, tal vez lo primero que habría que señalar es la propia lógica que ordena los trabajos, que parte del análisis de la expansión del núcleo urbano no como mero problema arquitectónico, sino como expresión del modo en que se resuelve en cada momento histórico un núcleo de tensiones en cuyos extremos se encuentran los intereses militares y los civiles. Aunque no parece haber dudas acerca del peso que adquieren los últimos, al menos desde la segunda mitad del siglo XVII y como resultado de un proceso de conformación de una elite regional, Sorhegui sugiere que desde el siglo XVI es constatable en La Habana lo que denomina “una franca tradición civilista y de particulares” que promueve asentamientos religiosos y creación de ciertos primitivos espacios de esparcimiento. Posiblemente se trate de una afirmación un tanto audaz referida a época tan temprana, pero deja ya claro el camino que ha de recorrer el resto del ensayo en torno a lo que el autor denomina “las tres primeras Habanas”. Los mayores aportes, a mi juicio, se encuentran en el estudio del período posterior a 1717, con el tratamiento de la dinámica social implícita en el crecimiento urbano, la interacción de los espacios intra y extramurales y las particularidades de la evolución demográfica, en particular de la parroquia extramuros de Guadalupe.

En la formación y desarrollo de una aristocracia colonial en La Habana, en los siglos XVI y XVII, centran su atención los dos trabajos que se ubican a continuación. Este es sin dudas uno de los temas recurrentes en la obra de Arturo Sorhegui, como puede comprobarse en los epígrafes correspondientes de aquel tomo I de la Historia de Cuba - Historia de Cuba: La Colonia. Evolución socioeconómica y formación nacional. Desde los orígenes hasta 1867- que en los medios universitarios identificamos como “del Instituto”, publicado originalmente en 1994. El primero de los escritos que sobre esta temática aparece en el libro que nos ocupa tiene la importancia de ser el primero en el que Sorhegui analizó el surgimiento de una aristocracia en el occidente cubano en el siglo XVI -fue publicado inicialmente en 1980-, dejando sentada una propuesta coherente en torno a este complejo proceso. El análisis parte del papel esencial desempeñado en la formación de una elite ganadera por los colonos que no abandonaron la Isla en la época del éxodo tras las promesas de riqueza fácil en la conquista del continente.

La estabilidad lograda por estos núcleos, la actividad ganadera, el control del cabildo y las estrategias de apropiación de la tierra por ellos implementadas son los momentos que el autor presenta como claves ineludibles en el análisis del proceso formativo de esta aristocracia original. A partir de ellas, se estructura una trama en la que monopolio del poder local y propiedad sobre la tierra se condicionan mutuamente, en una interacción constante que culmina en la aparición de un grupo de poder local cerrado y excluyente en relación con el resto de los sectores poblacionales de la colonia. Las diversas modalidades de este proceso el autor las deriva de un acucioso estudio de las solicitudes y concesiones de mercedes de tierra realizadas ante y por el cabildo habanero, así como las estrategias latifundiarias de los principales clanes familiares identificados, el de los Rojas-Madrid-Sotolongo y el de la familia Recio. Cada uno de ellos es estudiado como ejemplo de modalidades diferentes de conformación de un considerable patrimonio, que no obstante tiene siempre como fin el afianzamiento del prestigio familiar y de sus roles preponderantes económica y socialmente a nivel local. En mi opinión, no contamos al presente en la historiografía sobre Cuba con una explicación más convincente de la que nos ofrece Sorhegui sobre un momento esencial en la más temprana etapa de nuestra evolución colonial.

No obstante, hay algunas aristas en este problema que parecen emanar con cierta claridad del análisis y a las que por alguna razón no se les presta la atención que a mi juicio ameritan. Una de ellas, a modo de ejemplo, es el hecho de que, de un modo u otro, estamos en presencia de un episodio de conformación de un grupo social en el que el elemento volitivo desempeña roles de primer orden. Es decir, existe una intencionalidad clara, a veces incluso explícita, de establecer límites o fronteras que implican sin ambages privilegios y que se sustentan en un derecho supuestamente adquirido por la participación en la conquista o la temprana llegada posterior como colonos a la Isla. Esta oposición refleja cuan tempranamente este grupo logra una articulación de sus intereses -a pesar de sus diferencias internas- en un discurso que les permite incluso confrontar determinadas decisiones reales, y con mucha mayor frecuencia decisiones y actitudes de sus representantes en Cuba. Sin dudas el estudio de los orígenes de esta, llamémosle, mentalidad grupal, requeriría de interés historiográfico posterior.

En “Elite, oligarquía o aristocracia en La Habana de los siglos XVI y XVII”, publicado 19 años después del trabajo que comentábamos, el autor retoma los elementos principales del análisis anterior, pero lo extiende en el tiempo unos 60 años, adentrándose en el siglo XVII, para mostrar el modo paradójico en que los intentos metropolitanos por debilitar la influencia de la primitiva aristocracia ganadera devienen en la aparición de un grupo oligárquico con más posibilidades de adaptación al complejo escenario que en el mundo colonial genera la decadencia española. Sorhegui ubica el punto de partida de este cambio en la década del 80 del siglo XVI, cuando la Corona promueve el acceso al cabildo de personajes provenientes del sector del comercio o del funcionariado colonial, a quienes supone más estrechamente vinculados a los intereses centrales. En la práctica, el caudal acumulado, las relaciones en la corte y el control de puestos claves en el escenario público -como los de escribano, por ejemplo- fueron capaces de generar un sector que aprovechó a plenitud las posibilidades a su alcance, que a semejanza de sus antecesores del grupo oligárquico original, realizó importantes inversiones en tierra y que logró, entre 1628 y 1680, los mejores dividendos en un nuevo reparto hasta conformar lo que Sorhegui denomina una “nueva generación de hateros”. Entre las características más sobresalientes de este grupo se hallaban “su más marcado espíritu de empresa y mayores posibilidades de inversión”. Aunque sin la solidez argumental y el peso demostrativo del material factual que el autor utilizó en el artículo de 1980, este trabajo redondea su concepción en torno al proceso de surgimiento y consolidación de las más tempranas elites coloniales cubanas -al menos en el occidente, habida cuenta de las dificultades que presenta la reconstrucción de procesos similares en el resto del territorio insular- si bien, por lo mismo, una serie de cuestiones de interés solo resultan esbozadas en sus generalidades. Es el caso, por ejemplo, de la posible reconstrucción de las estrategias latifundiarias de los más destacados representantes de este grupo, que de modo tan sólido realizó antes con el grupo primitivo de hateros, y con toda seguridad discernible a partir de los datos que ofrecen las actas del cabildo, tan profusa y detenidamente trabajadas por Sorhegui D´Mares.

El tercer y último núcleo de interés está formado por cuatro trabajos que, de un modo u otro y en un marco temporal que va del siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX, abordan las modalidades de integración de la ciudad de La Habana al circuito marítimo y comercial del Caribe y el Golfo de México, con sus proyecciones hacia el Atlántico que une América y Europa. Se trata de ese Mediterráneo americano al que el autor concede primordial importancia en la evolución habanera. En esta dirección, lo primero que considero necesario destacar es la dimensión americana en la que se contextualiza una historia urbana que ha sido analizada en su desarrollo, trascendiendo la representación metropolitana como llave del comercio y de la defensa de las Indias para intentar una aprehensión de la especificidad de la urbe a través de las relaciones creadas y recreadas por las necesidades del mundo colonial, con frecuencia a contrapelo de los intereses peninsulares. En esta ecuación la variable que implica a La Habana en un entramado novomundista en el que se mueven hombres, mercancías y cultura resulta imprescindible para la interpretación de algunos momentos importantes de su evolución.

Una de las aristas sometidas a estudio es la temprana aparición de un importante núcleo de comerciantes canarios en La Habana en la segunda mitad del siglo XVI y la formación de una red comercial con ramificaciones en otras villas cubanas. Lo más importante, en mi opinión, parece ser la quiebra del criterio predominante, según el cual la presencia canaria en Cuba se limitó siempre al ámbito de la actividad agrícola. Estos canarios, afirma Sorhegui, fueron “…mercaderes, dueños de navío, maestres, pilotos, marineros, escribanos de embarcación”, tomando parte activa en el tráfico intercolonial. El carácter puntual de este trabajo no le resta interés desde la perspectiva de la formación del intrincado ámbito de intercambio comercial y sociocultural entre los asentamientos y pueblos del Golfo y el Caribe. Los canarios, desde esta óptica, parecen haber estado entre sus fundadores, aunque evidentemente se requieren posteriores aproximaciones desde fuentes más abarcadoras.

En los tres trabajos restantes la percepción de ese espacio intercolonial -digamos con el autor, mediterráneo- se despliega de modo más complejo a través del estudio de las relaciones entre Cuba y Nueva España desde el primer siglo colonial hasta inicios del siglo XIX. Las fases de esta relación, sus vínculos con la política colonial en cada caso y con los grupos que en España se mueven en torno al monopolio comercial americano, la caracterización de las ciudades portuarias, su papel en la colonización interior, la complementariedad económica entre los componentes de este sistema intraamericano de comercio, la significación del cambio de coyuntura para la potenciación de algunos polos -la importancia de Nueva España crece en siglo XVIII a expensas de Perú-, los intentos modernizadores ilustrados, entre otras cuestiones de indudable interés, son abordadas por Sorhegui D´Mares. La mayor parte de ellas son prácticamente vírgenes en nuestra historiografía, por lo que cada conclusión, propuesta o atisbo puede considerarse un aporte y una incitación a transitar por estos caminos. Por lo mismo, debe decirse que el tratamiento de algunos aspectos resulta aún insuficiente. Personalmente, pienso que la riqueza de matices y complejidades del siglo XVIII es muy superior a la imagen, ya en sí misma problémica, que ofrece el conjunto de estos trabajos, y resulta necesario un estudio que contemple con mayor detenimiento el papel de la evolución interna del propio mundo colonial -eso sí, con telón de fondo en la política metropolitana, los intentos de reforma y el difícil panorama de las relaciones internacionales-, en la definición de los perfiles de ese propio mediterráneo americano y los pueblos nacidos a su vera en vísperas de las luchas emancipadoras continentales.

En resumen, es mi opinión que La Habana en el Mediterráneo americano es una importante contribución a nuestros estudios coloniales y abre interesantes perspectivas de investigación en el ámbito de los estudios sobre el principal núcleo urbano de la Isla y sus interrelaciones con otros importantes centros portuarios del imperio español en América. Como toda obra que se mueve en los bordes de lo casi desconocido, despierta muchas más interrogantes de las que someramente se han expuesto en este comentario, lo cual por supuesto es más un mérito que un defecto en los libros de historia. Como resultado de largos años de investigación, consolida la figura de su autor como uno de nuestros más importantes estudiosos de las etapas más tempranas de la evolución colonial insular, lamentablemente aún poco atendidas. En lo personal, a la vista de este tomo, se renuevan las esperanzas de ver en blanco y negro otros resultados de ese inmenso trabajo en fuentes que sabemos atesora Arturo Sorhegui D´Mares.

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