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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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Dominicos en La Habana colonial
Alexis Pestano Fernández

En el contexto de la XVII Feria Internacional del Libro, Cuba 2008, la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana presentó una nueva contribución a la historia colonial cubana mediante el lanzamiento, bajo el sello de Ediciones Boloña, de La orden dominica en La Habana. Convento y sociedad (1578-1842). Fruto de la investigación realizada para la tesis doctoral de su autor, el historiador y profesor universitario Edelberto Leiva Lajara, la obra aborda las características, evolución y vínculos sociales de la Orden de Santo Domingo en La Habana desde finales del siglo XVI a mediados del XIX.

A lo largo de los cinco capítulos en los que se estructura el volumen presentado a la consideración de estudiosos e interesados en el tema, el autor analiza dos aspectos fundamentales. Por una parte, el convento dominico de La Habana, sus características internas, el patrimonio económico alcanzado en el período y las vías y mecanismos utilizados para reproducir ese patrimonio. Por otra, la Universidad habanera como espacio corporativo, según el carácter gremial de la sociedad colonial del momento, y como área de influencia de la Orden de Predicadores. Ambos elementos se integran en lo que constituye el núcleo de esta investigación: poder identificar y comprender el sistema de relaciones que logró establecer el convento dominico con la sociedad en la que se insertó.

Con respecto al primero de estos aspectos, se muestran al inicio las condiciones que impulsaron la evolución de las órdenes religiosas en los primeros siglos de la colonización americana y cubana. El desarrollo alcanzado por las mismas fue el resultado de un conjunto de factores. Entre los de mayor peso estuvo la adaptabilidad de las órdenes mendicantes, por su dinamismo y movilidad, a las condiciones americanas, lo que favoreció sus posiciones como instancias básicas en la evangelización de las nuevas tierras. Por otro lado, las prerrogativas concedidas por el Real Patronato acordado entre el Vaticano y la Corona española en virtud de las cuales la Iglesia americana era tutelada directamente por el Estado, permitió a las congregaciones religiosas contar con el respaldo del proyecto evangelizador de la Monarquía peninsular. Si a lo anterior se suman los significativos privilegios autonómicos obtenidos por el clero regular de la Santa Sede, en función precisamente de su efectividad misionera, no es difícil explicar la influencia que las órdenes capitalizaron en las sociedades americanas, en las que lograron establecer un amplio sistema de relaciones.

Una vez analizadas estas condiciones, el autor presenta las líneas generales que caracterizaron el desarrollo de la Iglesia Católica en Cuba en la etapa estudiada, entre las que señalan tres momentos principales. El primero, desde los inicios de la Iglesia en la Isla hasta mediados del siglo XVII, donde las características eclesiásticas fueron reflejo de la situación existente en la colonia: débil institucionalidad, dificultades económicas, relajación de las costumbres en particular del clero, entre otras. A finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII con la centralización borbónica, la Iglesia se benefició con el proceso de consolidación de la sociedad criolla. En este período de esplendor, la Iglesia criolla implementó un fortalecimiento institucional que conllevó a la celebración del primer Sínodo Diocesano de 1680 y la paulatina creación de importantes centros educativos como el Seminario San Basilio Magno en Santiago de Cuba, la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo y el Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, ambos en La Habana, al tiempo que crecieron las redes y locales de beneficencia. Por último, a partir del siglo XIX, el proceso de laicización de la sociedad cubana impulsada por la estrategia secularizadora de la burguesía liberal española, implicó para la Iglesia una disminución de sus fuentes de ingreso con una afectación particular en las órdenes religiosas.

Tras una breve mirada a la historia de los predicadores desde su fundación en el siglo XIII por santo Domingo de Guzmán, su llegada a España y a América, el texto se concentra en el arribo y asentamiento de los primeros dominicos en Cuba que culminó con la fundación de su convento habanero en 1578. A partir de aquí comenzó la expansión de la orden que logró establecerse además en Guanabacoa, Sancti Spiritus y Bayamo.

Explicado el asentamiento de los dominicos en la Isla y, sobre todo, en La Habana, la obra analiza exhaustivamente dos aspectos de gran importancia como las particularidades de la vida interna del convento dominico y las vías principales por las que transitaron las relaciones de los religiosos con la sociedad habanera. En este sentido, se explica que uno de los primeros indicadores de la progresiva importancia del convento de San Juan de Letrán en el contexto habanero fue el propio crecimiento constructivo del mismo en los siglos XVII y XVIII, como expresión de la fuerza simbólica que adquiere con el paso del tiempo.

Por otra parte se plantea que el núcleo esencial en el desarrollo de la orden de Santo Domingo en las décadas posteriores a la fundación del convento fue el proceso de criollización e la comunidad, no sólo por el gran número de criollos entre sus miembros, sino por la participación creciente de la Orden en las bases socioeconómicas y culturales de la sociedad criolla. Al mismo tiempo, la presencia mayoritaria de profesos criollos implicó para los dominicos un fenómeno de aristocratización, ya que devino un espacio privilegiado para hacer efectivo el interés de la élite habanera en la consolidación de su poder oligárquico también, hasta cierto punto, sobre la vida espiritual de la ciudad. La implementación de este objetivo tuvo su expresión más clara en la estrategia del clan Sotolongo, seguido por otros, consistente en ubicar en el convento a los hijos ilegítimos de personalidades influyentes de La Habana. Se intentaba asegurar así el reconocimiento social de estos descendientes, prohibido por razón de su origen.

Según se apuntaba al principio, el sistema de relaciones establecido entre la Orden dominica y la sociedad colonial habanera, constituye el principal interés en esta investigación, y, en cuanto tal, se privilegia en el análisis. Para esto, Edelberto Leiva desglosa en su texto las dimensiones más destacadas de dicho sistema de relaciones.

Entre ellas, la primera y más directa se encontraba en las funciones propiamente pastorales de toda orden religiosa católica compuesta en su mayor parte por sacerdotes. La administración de los sacramentos y las exequias, la celebración de misas votivas por diferentes razones, la predicación y otras, fueron la vía básica de interacción entre el convento y la sociedad. A esto respondía la influencia social alcanzada por las devociones populares, tanto a través de las cofradías como de las procesiones. Junto a su misión en el ámbito espiritual, los vínculos sociales de la Orden se incrementaron con la adquisición de propiedades y el aumento significativo de capital impuesto a rédito (rentas por causas diversas) a su favor. Estas imposiciones, amén de expresar en muchos casos un sentimiento religioso, surgían igualmente como resultado de préstamos conventuales y se verificaron especialmente en las propiedades inmuebles gravadas en un cinco por ciento anual, y fueron una considerable fuente de ingresos a la economía conventual. Las propiedades mencionadas se hallaban, a partir del siglo XIX, en alquiler o arriendo, y eran tanto de tipo urbano como rural, por lo que formaban la base material de un amplio conjunto de relaciones de interdependencia. Todas estas características de la economía dominica implicaban, según el texto, la coexistencia de dos niveles complementarios entre sí: los ingresos derivados de la actividad cultual, los que se podrían considerar de alcance amplio, de un lado; de otro, las rentas obtenidas de la explotación del patrimonio urbano y rural.

Por último, la labor educativa de la Orden de Santo Domingo fue una de las más importantes dimensiones del sistema de relaciones establecido con la sociedad habanera colonial. A pesar de la formal independencia del centro, los superiores del convento ejercieron una constante supervisión del gobierno universitario, además de que sólo los religiosos predicadores podían ocupar el rectorado de la Universidad. E l distintivo principal y que generó un sistema de relaciones propio en el alto centro de estudios era el carácter corporativo del mismo. Esto implicaba la existencia de un conjunto de privilegios que se otorgaban a los graduados y que constituían el llamado fuero universitario. Debido al control real que la Orden ejercía sobre la universidad, su convento recibía los mayores beneficios de los particulares vínculos que aportaba la corporación universitaria. Este aproximación a la historia universitaria, centrada en su impacto social más que en el tradicional enfoque educativo, es uno de los aportes fundamentales de la obra.

Ahora bien, los cambios que comenzaron a manifestarse en la sociedad insular desde finales del siglo XVIII y que mostraron una tendencia sostenida hacia la laicización de las concepciones ideológicas y espirituales, según se indicaba con anterioridad, tuvieron un fuerte impacto en el sistema de relaciones establecido entre la Orden de Santo Domingo y la sociedad de la que formaba parte. La evolución de las dificultades que enfrentó el convento dominico a partir de este momento, es el aspecto final que se trata en la obra. Para explicar este proceso, Leiva Lajara considera dos factores: uno interno y permanente y otro externo y coyuntural. El primero consistió precisamente en el proceso de laicización que ocurrió como resultado del auge azucarero y de la aceptación por parte de la oligarquía habanera de los presupuestos del absolutismo ilustrado español consistentes en incorporar los bienes de la Iglesia a fines productivos. El segundo, respondió al desarrollo del liberalismo español y su intento de modernización de las relaciones coloniales, en cuya estrategia romper lo que el historiador cubano Rigoberto Segreo ha denominado como alianza católico-criolla, era un factor clave. Así, la ofensiva secularizadora peninsular sería el factor fundamental en la destrucción del sistema de relaciones creado entre los dominicos y la sociedad colonial. Su resultado último: el cierre de los conventos de la Orden en 1841 y la secularización de la Universidad en 1842.

A grandes rasgos, son estos los temas que aborda La orden dominica en La Habana. Convento y sociedad (1578-1842). Junto a la clara presentación de las ideas expuestas y aporte medular que realiza al completamiento de los estudios de historia eclesiástica en Cuba, el texto se destaca por los siguientes aspectos:

  El exhaustivo trabajo y manejo de las fuentes documentales, tras su rastreo principalmente en el Archivo Nacional, el Archivo del Arzobispado de La Habana, el Archivo del Museo de la Ciudad de La Habana y el Archivo Central de la Universidad de La Habana. En una investigación que pretende desentrañar acontecimientos y procesos de los primeros siglos coloniales, la habilidad para la consulta de la documentación es prioritaria.

  La ampliación de los estudios sobre la historia universitaria cubana al considerar a la Universidad como espacio corporativo, en la particular dinámica que esto implica en el seno de la sociedad colonial. La mayoría de los acercamientos a la evolución de la Universidad de La Habana se han enfocado en los aspectos científicos y docentes, lo que implica que el enfoque predominante haya estado en la historia educacional o de las ideas. Sin desdeñar este importante tema, el autor introduce aristas nuevas.

  En último término, y el de más importancia, el precedente metodológico que sienta. Este reside, en palabras del autor, en el “estrecho vínculo de la institucionalidad religiosa y de las expresiones de la religiosidad con las condiciones económicas y socioculturales, entendiendo que las determinaciones sólo son inteligibles a través de múltiples mediaciones” (Leiva Lajara, 2007:17), para lo cual

“es necesario establecer la dinámica de las relaciones económicas y sociales de una época, develar el entramado del sistema de relaciones particulares de la institución que se estudia, y esclarecer los espacios en que interactúan estos componentes, modos en que se manifiesta y resultados más notables de esta interacción. En resumen, en qué medida se integra y qué papel desempeña en una sociedad la institución que se somete a estudio.” (Ídem)

La necesidad de entender la institución no sólo en cuanto a su propia evolución, sino ver esta como el resultado de una interacción con el contexto social y cultural que la condiciona, es ciertamente un aporte para la construcción de una metodología adecuada a la historia institucional.

Por todas las razones anteriores, esta obra constituye un referente imprescindible para la comprensión del período colonial cubano, etapa de la historia nacional que progresivamente emerge del olvido en el que estuvo en tiempos anteriores. Del mismo modo, se inscribe en la recuperación de los estudios de historia eclesiástica en dicho período, elemento igualmente clave por el peso de la Iglesia Católica en el universo ideológico y simbólico que lo caracterizó. Sólo resta felicitar al autor y a la Oficina del Historiador de la Ciudad por esta importante contribución a la historiografía cubana.

Referencias bibliográficas

Leiva Lajara, Edelberto. La orden dominica en La Habana. Convento y sociedad (1578-1842). Ediciones Boloña, Publicaciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad, 2007.

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