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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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Julio Antonio Mella. Una biografía
Angelina Rojas Blaquier

En unos días esa gran fiesta del libro que es la ya imprescindible feria de cada febrero, acogerá entre sus presentaciones un libro muy especial. Se trata de una biografía de Julio Antonio Mella escrito por la historiadora alemana Christine Hatzky, que será presentado por la prestigiosa Editorial Oriente.

Christine llegó a Mella de modo accidental. Joven estudiante en la entonces República Federal Alemana, se acercó a los numerosos círculos de solidaridad con los procesos emancipatorios centroamericanos. De ellos su primera visita en una brigada solidaria a Nicaragua, en 1987, la cual facilitó a Christine el despliegue de su intensa actividad solidaria que en 1988 la trajo a la de sus muchas visitas a Cuba. Terminados sus estudios universitarios optó, en 1992, por una especialización en México para adentrarse en la realidad latinoamericana. Simultáneamente realizó una activa labor solidaria con Guatemala a través de la entonces agencia de noticias de los guatemaltecos exiliados “CERIGUA”.

Adentrándose en tierra azteca en el conocimiento de las mujeres que habían marcado el devenir del movimiento revolucionario latinoamericano, encontró el libro Tinísima, de la novelista mexicana Elena Poniatowska,[1] y allí llegó a Mella. A partir de entonces, la elaboración de una biografía sobre el joven revolucionario fue el objetivo último de su investigación.

En Mella: una biografía, la autora no ofrece una visión casi ideal y perfecta del líder, por el contrario, nos presenta al hombre en su complejidad, contradicciones y vivencias, lo cual induce a la polémica y a la profundización en el estudio de la personalidad y el accionar de Mella en los distintos aspectos de su vida, toda vez que el lector puede adentrarse en su peculiar manera de asumir la cotidianeidad e incorporarse a lucha por un ideal ante el cual valía la pena entregarlo todo.

Como precisa la autora ya desde la introducción y donde a su juicio se concentra la trascendencia de su legado:

Mella no proporciona respuestas acabadas, sino que estimula a pensar, y estuvo toda su vida empeñado no sólo en combinar el marxismo con el nacionalismo revolucionario, sino en adaptarlo a la realidad cubana y no a la inversa.

La autora distingue que Mella se encontraba entre jóvenes que, en los albores del siglo XX, se empeñaron en la búsqueda de una nueva identidad política latinoamericana, en cuya labor, como a Rubén Martínez Villena, le fue la vida.

Para Julio Antonio Mella, afirma Hatzky, la relación entre el ser y el deber ser se vio influida, ante todo, por el pensamiento humanista, patriótico revolucionario y antimperialista de José Martí y también por el ideario de otros pensadores latinoamericanos; los conocimientos de la filosofía marxista-leninista; y la percepción que adquirió de la realidad que lo circundaba, tanto cubana como internacional.

Destaca la influencia de su mirada a las revoluciones independentistas americanas, al papel de Simón Bolívar, y al idealismo del filósofo uruguayo José Enrique Rodó, especialmente, por la convocatoria que hace a la juventud, en su conocido ensayo Ariel, para que ésta desarrollara una autoconciencia latinoamericanista en oposición a la sociedad materialista-utilitarista norteamericana.

Otro factor no menos importante fue que Mella pudo mirar en retrospectiva, en su propia familia, especialmente mediante su abuelo, el general Ramón Matías Mella, uno de los padres fundadores de la República Dominicana, un ejemplo de las revoluciones independentistas de Latinoamérica.

Esas influencias, expresa Hatzky, se reflejan con especial nitidez, en las Glosas al pensamiento de José Martí, donde Mella reflexiona sobre el pensamiento revolucionario y antiimperialista del Héroe Nacional cubano, y cómo, a partir de éste, demandaba una reinterpretación de su obra y la pronta realización del principal objetivo del más universal de los cubanos: la liberación nacional de Cuba, la independencia, la democracia y la justicia social. Ese trabajo de Mella, subraya Christine, convertía a Martí, en medio de un clima de nacionalismo reemergente, en un factor político de actualidad y altamente explosivo en Cuba. Al respecto, nos afirma: Mella fue el precursor de un nuevo discurso sobre Martí.

La interrelación de esta multilateral herencia latinoamericana con las teorías de Marx y Lenin, que el líder compartía, afirma la autora, hizo de Mella alguien imprevisible para sus contrincantes y sus enemigos políticos dentro de las filas propias: no solo era un nacionalista latinoamericano, sino también un comunista no ortodoxo, y desde esa posición, intentó transformar el trauma de la primera república cubana – el dominio de los EE UU y la permanente amenaza de una nueva intervención – en un lema de combate: el antimperialismo.

En esta obra, la profesora e investigadora Christine Hatzky aporta información novedosa y definiciones importantes acerca de la fecunda labor de Mella. Destacan entre ellas, su afirmación de que, para el líder revolucionario, la fundación de la Universidad popular José Martí fue un medio de formar al hombre nuevo, y hacer avanzar el objetivo de construir una contra hegemonía cultural que tuviera como sujetos a los estudiantes y los obreros, sobre la base de una imprescindible unidad. Afirma que a Mella le inquietó mucho desde siempre el papel de la intelectualidad en el proceso revolucionario, y en ese sentido, laboró intensa y exitosamente por atraer a las luchas sociales a ese importante sector de la sociedad.

Vale destacar asimismo, la singular valoración que de la personalidad de Mella hace la autora al iniciar el epígrafe titulado Juventud, el ángel rebelde…, donde nos ofrece una visión realista y desprejuiciada de la personalidad del líder, sacándolo de una imagen perfecta, sin matices y nos acerca a defectos y virtudes que lo humanizan y que, al propio tiempo, fueron rasgos que propiciaron y favorecieron su quehacer político revolucionario.

Atención especial merece el tratamiento de la sanción partidista que le fuera impuesta en enero de 1925. De hecho, y aunque esta biografía se publica después de la edición del tomo 1 del libro Primer Partido Comunista de Cuba,[2] es justo reconocer que fue Christine Hatzky la primera historiadora que ahondó en los pormenores de la misma, y a quien agradezco me entregara toda la información que logró atesorar sobre ese hecho. Esa expresión de profesionalismo y sentido de la colaboración entre colegas que caracterizan a Christine, ha servido para que demos versiones no totalmente coincidentes, y para que estudiosos de este hecho y lectores en general puedan continuar escudriñando, en aras de enriquecer la historia de los comunistas cubanos y sus dirigentes, sin excluir el aspecto humano de los hombres que, en condiciones muy difíciles, optaron por entregarse a la lucha por la defensa de los intereses populares y preparar a las masas para su incorporación al movimiento nacional liberador frente a los intereses económicos y geopolíticos del capital estadounidense.

Otros aportes incuestionables de su obra, son los argumentos en torno al accionar de la Internacional Comunista, sus instancias regionales y sus principales dirigentes y tendencias en la época; el acucioso examen de la realidad mexicana; el análisis crítico del enfoque con el cual se habían abordado hasta ese momento diversos aspectos del devenir del Partido Comunista de Cuba; el carácter antimperialista del nacionalismo latinoamericano, no exento de matices a ratos positivistas; el papel del nacionalismo, el antimperialismo, la liberación nacional y la revolución social en el pensamiento y la acción de Mella, junto a su contribución a la organización de la unidad americana e internacional.

Hace evidente que las ideas de Mella no se detenían en las fronteras del continente americano, en tanto un convencido, ante todo, de la universalidad del movimiento comunista. Para él, la lucha contra la opresión imperialista tenía que ser conducida conjuntamente con los movimientos nacionales y anticoloniales de todo el mundo; que la causa de los oprimidos por el capitalismo y el imperialismo era una sola, y que por ello era menester la formación de un frente único para obtener el triunfo a través de los mares y de las fronteras.

El abordaje del exilio mexicano de Julio Antonio Mella propicia un riguroso análisis de aquella sociedad en los años 20, tras su histórica e influyente revolución. Al respecto subraya la autora: la Revolución Mexicana despertó en toda Latinoamérica la esperanza de que el deseo de una transformación social no continuara siendo una utopía. Y con mucha certidumbre afirma algo sobre lo cual la historiografía no ha profundizado suficientemente: el México revolucionario acercó la posibilidad de realización de los intereses nacionales contra el poder continental hegemónico de los Estados Unidos, y con ello, a su juicio, el nacionalismo se convirtió en una ideología de la emancipación.

En ese contexto se aborda con especial atención la contribución de Mella, en su condición de revolucionario profesional, como él se había autodefinido, a la organización de las fuerzas populares mexicanas y al fortalecimiento de sus organizaciones políticas sin desatender las luchas en Cuba. Al respecto, vale destacar su estudio acerca de la creación y desarrollo de la Asociación Nacional de Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), en el cual aporta un valioso caudal informativo y analítico. No menos importante resulta lo relacionado con la activa solidaridad de Mella hacia las luchas del pueblo nicaragüense así como acerca del papel del APRA en las luchas sociales latinoamericanas.

No escapó en esta biografía, por supuesto, la intimidad del ser humano. Christine la aborda en toda su crudeza, adentrándose en ese mundo especial de los sentimientos íntimos del hombre que no podía separarse de lo que consideró el principal objetivo de su vida. De esa suerte, nos trae a Silvia Masvidal, a Olivín Zaldívar, a Tina Modotti, a su hija Natacha Mella, y a las huellas que dejara por ello en esos amores, especialmente en Tina, y sobre todo en Natacha, quien tuvo la oportunidad de narrarle a la autora sus vivencias, desvelos, dolor e incomprensiones.

La obra que nos presenta Christine Hatzky, algunas de cuyas valoraciones que pudieran ser polémicas, es el resultado de la acuciosidad, laboriosidad y seriedad de su labor investigativa junto a una sólida preparación científica y un conocimiento profundo de los postulados para una interpretación materialista de la historia, convirtiéndose, de hecho, en expresión de cuánto puede estudiarse aún en torno a la figura de ese líder revolucionario internacional, cuando quizás muchos consideran que ha sido suficientemente estudiado.

Resalta por último, el amor, la admiración y la solidaridad de Christine a las luchas del pueblo cubano. Desde el 2002 varias editoriales de otros países le han propuesto su publicación en español, pero ella siempre las ha declinado, convencida de que un texto sobre Mella debe tener en Cuba su primera edición. Por ello Christine prefirió esperar, han pasado ciertamente algunos años, pero finalmente su libro ve la luz en nuestra patria. Cuando supo la noticia me expresó: Estoy muy feliz que avancen con el libro, sabes que es un sueño mío pues la historia de Mella pertenece a ustedes...!!!

Solo queda agradecer a Christine por su solidaridad desinteresada, por su entrega, por su fidelidad a la causa de nuestros pueblos latinoamericanos y decirle que es una enorme felicidad que el mundo cuente con intelectuales como ella, y que su amistad y espíritu de ayuda y de justicia nos enorgullece.



[1] La narradora y periodista mexicana Elena Poniatowska, nacida en Paris en 1932, acaba de recibir en este año 2007 el Premio Iberoamericano de Literatura Rómulo Gallegos por su libro El tren pasa primero, dedicado a las luchas de los trabajadores ferroviarios mexicanos.

[2] La autora del libro citado, publicado también por la Editorial Oriente, en el año 2006, lo es también ahora de este prólogo.

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