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octubre-noviembre-diciembre, 2008
 
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Los códices de la alborada
Rodolfo Zamora Rielo

Mucho se pudiera escribir, y teorizar, sobre el triunfo de la Revolución Cubana; ahora más que extiende su aliento medio siglo y es calificada por los nuevos líderes izquierdistas del continente, como dijera recientemente el presidente ecuatoriano Rafael Correa, el acontecimiento más trascendental de la historia latinoamericana del siglo XX. Sin embargo, como proceso político-social al fin, no estuvo exento de divergencias y escollos, de radicalizaciones que avanzaban junto a la edificación de los pilares de una nueva sociedad con mucha experiencia combativa, pero muy poca pericia gubernativa, ya que sus líderes principales no excedían de los 35 años. No obstante, se logró y para ello se generaron una serie de estrategias que, desde temprano, le otorgaron el carácter nacionalista y democrático que la ha acompañado todos estos años, unidos al socialismo y al antiimperialismo. Para palpar esos primeros tiempos y atemperar las contradicciones y obstáculos que tuvo que enfrentar la joven Revolución aparece el libro Documentos de la Revolución Cubana 1959.

Concebido por los investigadores José Bell, Delia Luisa López y Tania Caram, y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales, va más allá de una mera compilación de los documentos que prueban las primeras acciones estatales del Gobierno Revolucionario después de instalarse en el poder tras el triunfo del 1ro de enero. Con la premisa de trabajar el año 1959 como un año nodal en el posterior desarrollo de la política revolucionaria y el trazado de las principales trayectorias del proyecto rebelde, este libro presenta documentos de diversa índole: desde decretos y leyes hasta órdenes militares y actas de gobierno; un enramado documental que se torna imprescindible para entender los engranajes que le dieron los primeros impulsos a esa Revolución que se instaló a sólo 90 millas de su más encarnado enemigo, en una época en que los movimientos de izquierda necesitaban la esperanza que ahora les llegaba desde una pequeña isla del Caribe.

Contrario a lo que pudieran pensar muchos, los años fundacionales del proyecto revolucionario cubano estuvieron alejados de la euforia. El pueblo reaccionaba muy favorablemente frente a esa alternativa que había descabezado una sangrienta dictadura plagada de corrupción y entreguismo a las apetencias económicas del vecino del Norte. La nación cubana, con una trayectoria de lucha de más de cien años contra imperios y avaros, despertaba a la segunda mitad del siglo con un nuevo paso, con un reto que implicaba recobrar su dignidad política y rescatar las posesiones más auténticas de un pueblo empobrecido y viciado. Por eso, entre las primeras decisiones del gobierno rebelde fue desmontar el enramado sociopolítico burgués neocolonial, decretar la Reforma Agraria, defenestrar la industria del vicio y el juego que había convertido a Cuba en una famosa meretriz, nacionalizar los recursos naturales y económicos, entre otras medidas.

No obstante, la maquinaria imperialista también comenzó a funcionar y demonizó a la Revolución Cubana que se vio en la necesidad de radicalizarse frente a las posiciones de fuerza de los Estados Unidos. Con toda la propaganda en contra, Cuba fue quedando sola a escala regional e internacional y tuvo que volcarse a reestructurar su política interna. Las primicias siempre han constituido una dura prueba, pues las decisiones se vuelven pesados bloques de significaciones y levantar una nueva nación sobre las cenizas de casi sesenta años de tiranías, expoliaciones y frustraciones se erige como una empresa harto sensible. Por esa razón, las primeras semanas se caracterizaron por la inestabilidad y la inoperancia por la necesidad de estructuras un gobierno plural que no siempre estuvo decidido a hincar rodilla en tierra para construir novedades contra tenebrosas tempestades. Es así que afirman los autores en un momento del texto:

“Las complejas circunstancias del triunfo insurreccional determinaron la instalación de un gobierno de composición mixta, entre cuyos integrantes eran identificables figuras revolucionarias, reformistas y de la burguesía, estas últimas contribuyeron a la inoperancia que lo caracterizó durante el primer mes y medio de su existencia.”[1]

Las transformaciones sociales y políticas de esos nuevos líderes que habían combatido al tirano Batista para lograr una Revolución “de los humildes, con los humildes y para los humildes” necesitaba implementar medidas de carácter oficial que demostraran la perspectiva honesta y comprometida de su dialéctica, completamente divorciada de la demagogia que el pueblo cubano había sufrido por décadas. Estas medidas pretendieron extirpar las huellas de la represión dictatorial y las trazas de la corruptela que colocaron a la política insular como el segundo rubro económico del país, como subrayó el informe Truslow del Banco Mundial en 1950. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo enrumbar el desarrollo de un país y enseñarlo a trabajar en pos del enriqueciendo de su potencial económico y social?

Lo primero que se imponía era desbancar el andamiaje doctrinal neocolonial, que incluía reformas elementales como crear bases institucionales completamente nuevas, con el costo organizativo que eso implica en una sociedad con altos índices de analfabetismo, moldear las premisas para edificar un criterio de soberanía interna, como ente decisor y generador de una planificación dialéctica de los recursos y las oportunidades hacia lo interno de factura dialéctica, tomando en cuenta las perspectivas, pero sin dejar de percibir la realidad objetiva del momento histórico. En muchos de estos documentos fundacionales se puede constatar la voluntad de percepción y ejecución objetiva del gobierno revolucionario. Por ejemplo, la Ley Fundamental de la República, firmada el 7 de febrero de 1959.[2]

Otro aspecto a lograr era devolverle los recursos al pueblo y para esto se nacionalizaron las empresas extranjeras y se confiscaron los bienes malversados por los partidarios del régimen batistiano. Con esto, se pensó construir una estrategia de repartición y administración que favoreciera al pueblo en todos los sentidos: desde rebajar las tarifas del transporte, dulcificar las tasas de alquiler de viviendas hasta sanear las finanzas, profundamente desorganizadas. Así se eliminaron privilegios y se instauró una repartición extensiva de los recursos que no siempre fueron comprendidos por muchos individuos que, si bien apoyaron a la Revolución en un primer momento, la atacaron al ver incumplidas sus expectativas personales. Ese fue el caso del conflicto con el presidente Manuel Urrutia que no se decidió a adoptar posiciones verdaderamente incondicionales hacia la nueva trayectoria política del país y provocó la renuncia de Fidel a su cargo de Primer Ministro. Mas el respaldo total del pueblo colocó a Fidel al frente del país y obligó a Urrutia a renunciar. Uno de los acuerdos de la Segunda Sesión del Consejo de Ministros, del día 5 de enero de 1959 es una muestra. Allí se expone:

(…) el señor Presidente manifestó que siendo un deber del Gobierno establecer y organizar los departamentos que permitan desenvolver los postulados revolucionarios, había creado, al tomar posesión de su cargo, el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados (…) y que, a ese fin, deba dictarse la correspondiente Ley que le de al nuevo organismo las más amplias facultades para obtener la restitución al patrimonio público de los bienes o dineros pertenecientes a la nación que hayan sido apropiados o estén siendo disfrutadas por particulares.[3]

Los constantes ataques de los enemigos, que se intensificarían a medida que la Revolución fuera madurando su proyecto de justicia e igualdad social obligaron al nuevo estado a consolidar las fuerzas armadas, lo que implicaba, no sólo entrenarlas y equiparlas, sino sumar a todo un pueblo como una gran fuerza, dispuesta a morir por defender su Revolución. Desde los primeros momentos, la más alta dirección del Ejército Rebelde hizo patente su doctrina de armar al pueblo para defender la Revolución de las amenazas militaristas yanquis y de las acciones contrarrevolucionarias que, desde muy temprano, se fraguaban por expropietarios y sicarios del antiguo régimen. La charla del Comandante Ernesto Guevara sobre la evolución política, ideológica y militar del Ejército Rebelde y su proyección social es un ejemplo fehaciente e ilustrativo de esa doctrina. Dijo el Che:

Estamos ya en las proyecciones sociales del Ejército Rebelde, tenemos una democracia armada. Cuando planeamos la Reforma Agraria y acatamos las demandas de las nuevas leyes revolucionarias que la complementan y que la harán viable e inmediata, estamos pensando en la justicia social que significa la redistribución de la tierra y también en la creación de un mercado interno extenso y en la diversificación del cultivo, dos objetivos cardinales inseparables del gobierno revolucionario que no pueden ser pospuestos porque el interés popular está implícito en ellos.[4]

Y más adelante, vuelve a decir el Guerrillero Heroico en aquel encuentro organizado en la Sociedad Nuestro Tiempo, el 29 de enero de 1959:

El Ejército Rebelde es la vanguardia del pueblo cubano y al referirnos a su progreso técnico y cultural tenemos que saber el significado de estas cosas en un sentido moderno. Ya hemos comenzado simbólicamente su educación con un recital presidido casi exclusivamente por el espíritu y as enseñanzas de José Martí.[5]

La proyección libertaria de la revolución se extendió a todos los estratos de la sociedad. Una muestra son las leyes que suprimieron la Cuota Sindical Obligatoria que, en lugar de ofrecerle garantías a los trabajadores, constituía un medio de corrupción y enriquecimiento para los sindicalistas que tributaban a la dictadura y a las patronales, sirvientes de las trasnacionales extranjeras. También se emprendió la eliminación del juego y la prostitución junto a la resolución del problema de la vivienda y la planificación de una política de ahorro, como la Ley No. 86 del 17 de febrero de 1959, con la que se creó el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda.[6]

No sólo en el plano económico se dieron pasos de especial trascendencia como la intervención de la Cuban Telephon Co., la rebaja de las tarifas telefónicas y los productos farmacéuticos, sino otras acciones en el ámbito cultural que le ganaron rápida resonancia en la sociedad cubana, como la creación del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficas (ICAIC) con la ley 169 de 20 de marzo de 1959. Uno de los precursores del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, el ICAIC se ha empeñado por años a reflejar la realidad de nuestro continente sin la manipulación de la gran industria hollywoodense. Asimismo, la creación de la Imprenta Nacional de Cuba y la publicación de, en un hecho sin precedentes, del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, como el primero de sus títulos.

Una medida que marcó para siempre los derroteros de la revolución, de su política socioeconómica y la influencia que tuvo a nivel planetario fue la Ley de Reforma Agraria y la creación del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) como su organismo rector. Uno de los problemas que señaló Fidel en el juicio que se le celebró por el ataque al Cuartel Moncada, publicado después como La Historia me absolverá, fue el de la tierra, pues el recuerdo más doloroso de la neocolonia fue el abandono que sufrió el agro y las condiciones infrahumanas en que vivían los campesinos, martirizados por las carencias y los abusos de los terratenientes. Con la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, el 17 de mayo de 1959, el gobierno cubano sentó las bases para las conquistas de años posteriores. De esto opinan los autores:

Sin que pueda ser calificada como una disposición legal de carácter socialista, la Ley de Reforma Agraria de 1959 constituyó la primera medida revolucionaria que inició la transformación de la estructura económica dependiente de Cuba y, por lo tanto, el primer paso efectivo en su proceso de desarrollo. Por esta razón, el gobierno de Estados Unidos y sus agencias especializadas decidieron, desde ese momento, iniciar las acciones subversivas hacia el pueblo cubano y su Revolución.[7]

Sobre un libro tan abarcador se podría escribir mucho y sobre un proyecto como la Revolución Cubana, que ha transitado un camino tan tortuoso de tinos y desaciertos, existe ya una gran bibliografía caracterizada por la pluralidad de aristas y la amplitud de connotaciones. Uno de los logros más significativos de este libro, el primero de una zaga que se interna en la década de los 60, es la cronología que recoge los hechos más importantes de 1959, lo cual servirá de mucha ayuda a todo el que se acerque a los inicios revolucionarios de esta pequeña isla. El mérito de todo volumen es brindar información para que se pueda palpar de primera mano los procesos políticos, económicos, sociales y culturales para pensar por cabeza propia y aquilatar la trascendencia de un evento histórico tan destacado en todo el siglo XX como la Revolución Cubana. Considero que Documentos de la Revolución Cubana 1959 de José Bell, Delia Luisa López y Tania Caram cumple con creces su objetivo con el público cubano y con todo el que pretenda acercarse a la Historia de nuestro pueblo.

Notas:



[1] Bell, José (et al). Documentos de la Revolución Cubana. 1959, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 5.

[2] Ibídem, pp. 40-113.

[3] Ibídem, pp. 19-20.

[4] Ibídem, p. 35.

[5] Ibídem, p. 37.

[6] Ibídem, pp. 115-125.

[7] Ibídem, p. 158.

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