Normas editoriales cabezal
ISSN 2075-6046
cabezal_01 cabezal_02 cabezal_07 cabezal_10
mayo-agosto, 2015
XXII 
 
inicio documentos clasicos avances eventos
articulos
resennas
autores
 
 
Escrituras del tiempo
Félix Julio Alfonso López

Las alas son velas. El viento, que sopla desde el Paraíso, está en ellas.

Walter Benjamin, Interpretación del Angelus Novus de Paul Klee.

El primer libro que leí del Dr. Oscar Zanetti Lecuona, hace más de veinte años, cuando estudiaba el segundo curso de la licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, me atrajo en primera instancia por el título, de indudable sabor literario, pues parecía el rótulo de una novela de aventuras: Los cautivos de la reciprocidad. Conocer quiénes eran aquellos cautivos y qué extraña reciprocidad los sujetaba, me introdujo de manera seria en un tema particularmente sensible para la naciente república cubana, me refiero al Primer Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos, cuyos nefastos colorarios en el orden de la dependencia y el subdesarrollo lastraron la economía insular durante décadas. Aquel libro, deplorablemente impreso,[1] tenía su origen en la tesis doctoral de Zanetti y estaba muy bien escrito, con una prosa elegante y precisa, superior a los estándares narrativos con que habitualmente se hacía, y en buena medida todavía se hace, la historia económica en nuestro país.

Al año siguiente, frecuenté las páginas de un manual de metodología de la investigación histórica escrito por Zanetti, Aleida Plasencia y Alejandro García,[2] muy sugerente por la manera diáfana en que nos enseñaba las artes de la pesquisa historiográfica a los bisoños estudiantes, en particular el capítulo siete (uno de los escritos por Zanetti), dedicado al proceso de la investigación histórica. Aunque después he leído muchos otros manuales de metodología, no dejo de recordar con cariño aquel volumen, que todavía conservo con numerosas anotaciones en mi biblioteca.

Ambos campos han marcado la mayor parte de la carrera profesional de Zanetti: de un lado, el cultivo de la historia económico-social de los períodos colonial y republicano, con énfasis en los procesos relacionados con la producción y lo que pudiéramos llamar la civilización azucarera en las Antillas hispanas;[3] y del otro, sus reflexiones de orden teórico y epistemológico sobre la ciencia histórica, y en particular sobre la historiografía, entendida como discurso, es decir, las diferentes maneras y modos de investigar y escribir la historia a lo largo del tiempo, por sucesivas generaciones de historiadores.

Una incursión sistematizada del autor en este último asunto —al que por lo general los historiadores profesionales no suelen prestar suficiente atención, pues lo consideran un ejercicio erudito o que los desvía de sus investigaciones específicas— fue el libro titulado Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo xx, publicado por Ediciones Unión en su Colección Clío en 2005.[4] Allí Zanetti demostró, en apenas 90 cuartillas, su profundo dominio de la producción escrita por los más relevantes historiógrafos de la pasada centuria, y en una síntesis magistral nos ofreció una exhaustiva cartografía, no solo de los valores e insuficiencias de los textos y autores analizados, sino que también ilustró sus circunstancias particulares de producción intelectual, dentro de los complejos procesos sociales, políticos y culturales de Cuba en aquel siglo preñado de acontecimientos.

A diferencia del volumen citado, estructurado de manera orgánica como libro, este que reseñamos titulado La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, nuevamente publicado por Unión en su colección de obras históricas, es una antología de ensayos, conferencias y entrevistas con reflexiones comunes al quehacer historiográfico, y que su autor ha publicado en revistas o pronunciado en eventos científicos durante los últimos años. Pese al origen diverso de los textos, estos logran una admirable unicidad dentro del corpus del libro, y su lectura es posible realizarla de manera coherente y holística. En un panorama editorial donde las ilustraciones de los libros no suelen ser muy apreciables, es de agradecer la imagen seleccionada para la cubierta, el Ángelus Novus del pintor suizo Paul Klee, una obra que perteneció al filósofo y crítico literario alemán de origen judío Walter Benjamin (1892-1940), y sobre la cual construyó su teoría acerca del “Ángel de la historia” en su célebre ensayo Tesis sobre la filosofía de la historia.[5]

La obra en cuestión se divide en tres secciones, agrupadas bajo las denominaciones genéricas de El Tiempo, Las Palabras y Los Hombres, en cuyos apartados reúne trece textos relacionados con el tiempo como categoría epistémica para el conocimiento de la historia, el ensayo y sus problemáticas como género historiográfico, los avatares de la historia social y económica en Cuba y Latinoamérica, una revisión de la historiografía nacional en la etapa posterior a 1959 y un conjunto de ensayos dedicados a figuras cimeras del oficio de historiador en Cuba: Julio Le Riverend (1912-1998), Raúl Cepero Bonilla (1920-1962), Manuel Moreno Fraginals (1920-2001), Juan Pérez de la Riva (1913-1976) y Francisco Pérez Guzmán (1940-2006). Se trata de nombres imprescindibles de nuestra historiografía contemporánea, y sus obras son examinadas con objetividad y rigor, valorando sus numerosos aportes y enseñanzas, y señalando también sus limitaciones y objeciones, siempre con el acertado juicio de considerar sus méritos mucho más trascendentes que sus faltas. Valga como ejemplo esta perspicaz opinión sobre la creación intelectual del autor de El ingenio: “…el perenne cuestionamiento que la caracteriza, la propuesta a veces rotunda de sus hipótesis, sus calificativos de tono irreverente, harán que la obra de Moreno ofrezca por mucho tiempo materia para la controversia, única manera de mantenerla viva”.[6]

Quisiera referirme, de manera breve, a algunas de las trascendentes cuestiones que Zanetti aborda, y que remiten directamente al corazón de la historia como ejercicio intelectual. La cuestión del tiempo histórico en absoluto es un asunto menor, y ello ha conllevado dilatados debates y querellas entre historiadores, antropólogos y sociólogos, y quizás el más formidable de sus expositores fue el gran historiador francés Fernand Braudel (1902-1985) con su famosa teoría de las duraciones históricas: la del tiempo breve, el de la vida de los individuos; el tiempo intermedio de la coyuntura o tiempo oscilante, y el tiempo largo de las estructuras profundas, no sujetas a los cambios que suelen ocurrir en la superficie de los hechos.[7]

Zanetti participa en la polémica desde una postura más sosegada, con la convicción de que el tiempo es una de las dimensiones claves de la creación historiográfica, distanciándose de interpretaciones mecanicistas, esencialistas o anacrónicas; y desde una perspectiva integradora de la cronología, los procesos de cambio y la periodización, postula que: “Estamos condicionados por el tiempo vivido y por las experiencias adquiridas en una sociedad organizada sobre pautas temporales, pero somos también constructores del tiempo, tanto al aceptar los valores temporales impuestos como cuando optamos por proyectar futuros distintos”.[8]

Las reflexiones de Zanetti sobre el tiempo, incluyendo las del estudio titulado con reminiscencia proustiana “Recobrar el tiempo, pensar históricamente”, me hicieron evocar aquel hermoso ensayo de la escritora belga Marguerite Yourcenar “El tiempo, gran escultor”, donde la autora de las célebres Memorias de Adriano nos recuerda el fatum que parece marcar el devenir de los hombres y de las sociedades, esa duración creadora y devastadora a la vez:

El día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza. Se ha salvado la primera etapa que, mediante los cuidados del escultor, la ha llevado desde el bloque hasta la forma humana. Una segunda etapa, en el transcurso de los siglos, a través de alternativas de adoración, de admiración, de amor, de desprecio o de indiferencia, por grados sucesivos de erosión o desgaste, la irá devolviendo poco a poco al estado de mineral informe al que la había sustraído su escultor (…). Estos duros objetos (…) han padecido a su manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han cambiado igual que el tiempo nos cambia a nosotros.[9]

Otro asunto de gran interés radica en el sustrato o fundamento narrativo de la historia, y su capacidad para evocar o reconstruir en un texto versiones del pasado. No podemos olvidar que el historiador es también un arquitecto de los hechos que selecciona, analiza o describe, y que de esa manera los trae al conocimiento social bajo la forma de narraciones históricas. Son estos relatos, (re)construidos por el historiador sobre numerosas fuentes, los que en buena medida nos explican y nos permiten comprender el pasado, que de otro modo permanecería ignorado, excepto por vagas y azarosas informaciones conservadas por la memoria o la tradición. En ese sentido coincido con el historiador polaco Jerzy Topolsky, uno de los clásicos estudiosos de la metodología de la historia, cuando afirma que: “Todo trabajo histórico, tanto si reconstruye hechos históricos que eran desconocidos, como si arroja una luz nueva y diferente sobre hechos que ya se conocen, no solo describe el pasado, sino que lo crea”.[10]

No puedo entrar aquí en los detalles de la polémica entre “narrativistas” y “antinarrativistas”, positivistas y neopositivistas lógicos, pero sí puedo afirmar que esta creación historiográfica no tiene nada que ver con explicaciones ficticias, idealistas o nihilistas del hecho histórico, como la sustentada por Roland Barthes cuando aseveró que no existía nada que pudiéramos llamar pasado fuera del discurso.[11] En otras palabras, la historia se construye y expresa con lenguajes formales y adopta representaciones narrativas diversas, pero sus límites, a diferencia de las obras de ficción, no son los de la incredulidad, sino al contrario. Sus afirmaciones todas deben y pueden ser verificadas y contrastadas por métodos científicos, es decir, como nos apunta Zanetti: “El historiador expone los resultados de su indagación mediante una expresión organizada, articulada en partes y jerarquizada, con la cual transmite una proposición sobre los acontecimientos o procesos históricos, una explicación de estos o, simplemente, su descripción. Se trata de una representación por medio de un lenguaje que, en el caso de la ciencia, da cuenta de forma comprobable del aspecto de la realidad que se estudia”.[12]

Termino con una cita del historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012), certeramente estudiado en este libro por Zanetti, en su doble sentido de historiador y hombre universal. Hobsbawm ha sido considerado el más trascendente de los historiadores marxistas del siglo XX, es autor de una prolífica y monumental obra de síntesis sobre la historia moderna y contemporánea del mundo occidental, y uno de los ensayistas más exquisitos e inteligentes de su generación. En una penetrante charla titulada “El sentido del pasado y la historia”, organizada en 1970 por la prestigiosa revista británica Past and Present y publicada dos años más tarde, el autor de Rebeldes primitivos concluía: “Cuesta menos formular preguntas que dar respuestas (…) sin embargo, quizás el hecho de hacer preguntas (…) no resulte una ocupación inútil. Estamos inmersos en el pasado como un pez lo está en al agua, y no podemos escapar de él. Pero nuestra forma de vivir y movernos en este medio hacen necesario el análisis y el debate”.[13] Creo que este nuevo texto de Oscar Zanetti, en el que como todo buen libro, he aprendido muchas cosas que antes no sabía, cumple cabalmente ambos propósitos.



[1] Por fortuna existe una edición posterior, notablemente mejor impresa, revisada por el autor y publicada por la Editorial de Ciencias Sociales en 2003.

[2] Metodología de la investigación histórica, ENPSES, La Habana, s/f, aquí Zanetti es el autor de dos secciones del capítulo 1 y de los capítulos 6 y 7.

[3] Las manos en el dulce, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004; Economía azucarera cubana. Estudios históricos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009, y Esplendor y decadencia del azúcar en las Antillas hispanas, Editorial de Ciencias Sociales y Ruth Casa Editorial, La Habana, 2012.

[4] Isla en la historia. La historiografía de Cuba en el siglo XX, Ediciones Unión, La Habana, 2005.

[5] “Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”. Tesis sobre la historia y otros fragmentos, edición electrónica y traducción de Bolívar Echeverría, disponible en: http://www.bolivare.unam.mx/traducciones.html

[6] La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, Ediciones Unión, La Habana, 2014, pp. 174-175.

[7] Fernand Braudel: Las ambiciones de la historia, Crítica, Barcelona, 2002, cap. V “La larga duración”.

[8] La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, pp. 19-20.

[9] Marguerite Yourcenar: El tiempo, gran escultor [1983], Alfaguara, Barcelona, 1999.

[10] Jerzy Topolski: Metodología de la historia, Cátedra, Madrid, 1992, pp. 465 y ss.

[11] “El discurso de la historia”, ensayo publicado originalmente por Roland Barthes en Information sur les sciences sociales (1967), se propuso deconstruir las tipologías tradicionales de los discursos, haciendo énfasis en la difuminación de las fronteras entre el relato ficticio y el relato histórico.

[12] La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea, p. 63.

[13] Eric Hobsbawm: Sobre la historia, Crítica, Barcelona, 2014, p. 37.

cierre
 
PDF Imprimir Sobre el tema El autor Índice

 
La escritura del tiempo. Historia e historiadores en Cuba contemporánea
Sobre los Estados Unidos y otros temas martianos
Director: Félix Julio Alfonso López
Edición: Ana Molina
Diseño: Alejandro de la Torre Chávez
Programación: David Muñoz Compte
Consejo asesor: Roberto Fernández Retamar, Eusebio Leal Spengler, Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta, María del Carmen Barcia Zequeira, Raúl Izquierdo Canosa, Sergio Guerra Vilaboy, Fernando Martínez Heredia, Rolando Rodríguez, Ana Cairo, Fernando Rojas, Rolando González Patricio y Felipe Pérez Cruz.
ISSN2075-6046 / RNPS 2223