Primer Partido Comunista de Cuba
Christine Hatzky
Sin ruido mayor, casi en silencio, apareció el tomo 1 de la historia del primer Partido Comunista de Cuba, de la historiadora Angelina Rojas. La autora nos presenta en este tomo los primeros diez años del PCC, desde su fundación en 1925 hasta el año 1935. Es el primer intento de escribir la historia del PCC y esto sobre una base sólida y amplia de fuentes primarias del propio partido y del movimiento obrero y sindical de Cuba. Rojas no se limita a narrar simplemente los acontecimientos alrededor del partido, sino analiza y discute críticamente las tácticas y estrategias adoptadas por el mismo. Nos ofrece además una vista íntima de los multiples y complejos problemas interiores del pequeño partido sin dejar de lado los desafíos del ambiente en que nació y en el cual lucharon sus miembros. Se trata de un libro con una transcendencia significativa pues – si mal no recuerdo – es la primera vez que un Partido Comunista en el poder empieza a escribir sobre sus antecedentes con franqueza sin renunciar a una mirada autocrítica. Como ella misma escribe en la página 21, “es un primer acercamiento que facilitará la realización de otros estudios”. Es deseable que el libro encuentre un gran círculo de lectores y promueva un amplio debate sobre los orígenes del PCC en una década crucial de la historia republicana de Cuba.
Lo refrescante y novedoso de este tomo es que la autora no elude ningun hecho controversial en la existencia de este primer partido: Todos los errores tácticos y estratégicos del joven partido que llevaron a mayores o menores consecuencias políticas se recogen y se discuten con la mayor amplitud posible. Empezando por la huelga de hambre de Julio Antonio Mella y como consecuencia su separación temporal del partido a sólo cinco meses de haberlo cofundado. Rojas asume el doloroso hecho, de fatales consecuencias políticas para el reciente PCC con la mayor objectividad posible. Ella nos presenta un partido de “carne y hueso”, de hombres vivos, que actuaban, que entregaron sus vidas en la lucha por su ideal, sin ocultar los errores cometidos y sus inevitables limitaciones: los primeros comunistas cubanos eran seres humanos como cualquiera de nosotros.
La fundación del PCC coincide con la toma del poder del presidente Gerardo Machado, quien de inmediato inició una represión feroz contra los sindicatos, las distintas organizaciones oposicionistas, entre ellas el PCC. Machado fue uno de los peores enemigos que obstaculizó la vida del partido, con una lucha fatal para muchos de sus miembros, entre ellos Julio A. Mella, a quién persiguió en su exilio mexicano y logró asesinarlo mediante sus esbirros en enero de 1929. Las fuerzas secretas de Machado, una de las más sofisticadas de su época, coadyuvaron también a la realización de otras maniobras: Fabricó un partido apócrifo que llegó a interferir en la comunicación entre el PCC y la Internacional Comunista (IC) y la Internacional Sindical Roja (ISR) en Moscú, asi como con el Secretariado Sudamericano del IC en Buenos Aires, desinformándolas. Esto produjo mucha confusión, aceleró las discusiones internas y entre los miembros de la organización y debilitó aún más al pequeño partido, hasta en sus relaciones internacionales.
Este hecho demuestra ya una dinámica difícil entre las secciones nacionales de los partidos comunistas y su organización internacional, la IC, y otras organizaciones dirigdas por Moscú. Por un lado los partidos comunistas alcanzaron mucha fuerza política y simbólica del hecho que eran afiliados a la Internacional Comunista y así a la Revolución Rusa. Eso permitía por ejemplo al PCC, a pesar de ser un grupúsculo de ni siquiera 20 personas ser considerado como una amenaza potencial para el gobierno cubano, asi como para todos los gobiernos capitalistas, para las cuales la revolución socialista era una espada de Damocles. Visto por el ángulo de los propios partidos, esta ligazón con el “hermano grande” tenía muchas desventajas, pues el aparato de la IC era muy centralizado y sus ideas acerca de la estrategia para una revolución socialista se basaban, sobre todo, en modelos de sociedades europeas. La importancia de una posible revolución en América Latina quedaba en un segundo plano para los estrategas de Moscú.
Ese panorama se agudizó justamente en los años cuando nació el PCC: La cúpula de la IC, asumida cada vez más por personas fieles a la pólitica del entonces “hombre fuerte” de la Revolución Rusa, Josef Stalin, que estaba en camino de acabar con todos sus adversarios y apoderarse de la “herencia” de la revolución. La política de Stalin y sus seguidores ya no se oriantaba hacia la revolución mundial, aspiraba a su conservación en un sólo país para coexixtir con el mundo capitalista. Así la política exterior de la URSS, sobre todo a partir del VI Congreso de la IC en julio del 1928, no estuvo orientada por el interés de promover más revoluciones, sino más bien a evitarlas y a convertir las secciones nacionales en “guardafronteras” de la URSS, o sea en un instrumento para su política. Toda la orientación revolucionaria, que guió el espíritú de los comunistas cubanos – y si pensamos sobre todo en sus principales figuras, Julio A. Mella y Rubén Martínez Villena – era contraproducente para la Rusia Soviética. Si entendemos ese mecanismo de dependencia, estamos en condiciones de entender la naturaleza de los errores de los partidos comunistas.
Sin embargo este hecho no disculpa todos los errores locales, pues aún dentro de una organización como la IC había espacios para actuar y tomar decisiones independientes: Un buen ejemplo fue la expulsión de Mella del PCC a principios del 1926, decisión y sanción adoptadas por sus propios compañeros. La IC, consultada después sobre el hecho, condenó la expulsión de Mella y retardó por esa causa, el ingreso del PCC a las filas de la Internacional.
Si analizamos otro hecho en la historia del PCC el llamado “error de agosto”, el panorama, seis años y medio después, es diferente. La autora revisó los documentos más relevadores sobre la decisión tomada en agosto 1933, cuando se intentó detener el movimiento huelguístico y, ante el bloqueo naval de Estados Unidos, aceptar la continuidad de un Machado debilitado por las concesiones a que se vio obligado por la acción de las masas populares. Angelina Rojas Blaquier analizó los protocolos de los constantes debates internos para enfrentar esa difícil situación, y además, la correspondencia entre el PCC y el Buro del Caribe representante regional de la IC para el Caribe, con sede en Nueva York. Si recordamos lo anteriormente expuesto, entendemos que la IC respaldó al PCC en la decisión de poner fin a la huelga ante una revolución que aún los comunistas no podían controlar, y mantener a Machado para evitar la probable intervención norteamericana. Queda claro que la IC ni el Buro del Caribe tenían conocimientos profundos sobre la situación en Cuba y es probable que tampoco tuvieran mucho interés en provocar una verdadera crisis revolucionaria en el Caribe que propiciara la intromisión nortemeriana.
También pesa el hecho de que en aquella época, la directiva de la IC – completamente estalinizada – seguía la fatal política de “clase contra clase” o sea, considerar a a las organizaciones reformistas como los enemigos principales y combatirlas con la mayor fuerza. Influido por esta política esquemática y por ende falsa, los comunistas cubanos llegaron a la conclusión sectaria de que el mayor enemigo en este momento no era Machado, sino la oposición burguesa y el ABC. La autora cita aquí las palabras sabias de Fabio Grobart en medio de la ardiente discusión a principios de agosto de 1933: “Hay que reconocer un error grave: El Partido ha luchado durante toda la dictadura de Machado y terminó por no luchar cuando estaba al caer. (...) Si no decimos todos los errores a los obreros estamos a punto de volver a caer en ellos, (...) Lo principal es comprender si comprendemos el error de la huelga general o no.”(p. 193).
La autora analiza también la posición crítica del partido en la etapa siguiente a la caída de Machado, durante el llamado gobierno de los cien días con Grau San Martín como presidente y Tony Guiteras como ministro de trabajo. Los debates del II. Congreso del PCC en diciembre 1933 evidenciaron pues que este, por falta de influencia y fuerzas preparadas, no estaba en condiciones de guiar hacía una alternativa mejor, llevando a cabo – según la directiva de la IC – la revolución agraria y antiimperialista que culminaría con la instauración de un gobierno de obreros y campesinos. Una conferencia planificada para continuar el debate en febrero del año siguiente ya no pudo realizarse pues a mediados de enero se acabaron los llamados 100 días del gobierno Grau con el primer golpe de estado del sargento Fulgencio Batista y Zaldívar.
Los antagonistas del año 1933 se encontraron dos años más tarde en negociaciones para formar un frente único que se enfrentara al represivo gobierno guiado por Mendieta, Caffery y Batista (vease el cap.”Amigos y enemigos. El IV Pleno del PCC”). Esa decisión también fue influida por las políticas de la IC que ahora, bajo la impresión de la fuerza del fascismo en Europa, decidió construir frentes unidos con los antes llamados reformistas, los enemigos de hacía poco.
La publicación de un libro como éste, de Angelina Rojas Blaquier era necesaria y ya imprescindible. Enfrentarse de esta manera franca y honesta a la época, con una forma de expresión que atrapa al lector y lo atrae al conocimiento de la historia del PCC, enriquece no solo el panorama del lector sino ubica al primer Partido en su lugar, sin quitarle nada de su importancia histórica para la Isla.
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