Los frisos de la Historia
Rodolfo Zamora Rielo
Parecería increíble, pero a veces los buenos libros se descubren por casualidad, hurgando con la incredulidad a cuestas en un anaquel polvoriento, pasando la mirada cansada por una solitaria librería o cumpliendo un compromiso profesional. Sea cual sea el móvil, el resultado se torna providencial cuando se cierran unas páginas que superan con creces las expectativas, arrancan una sonrisa velada o, tan siquiera, un callado reproche. Esa es la suerte del buen lector —y no creo serlo todavía—, descubrir, encontrar lo extraordinario en los frisos de la historia, como un arqueólogo del pensamiento, como un peregrino de las letras.
En una ocasión escuché decir a un amigo que los libros no se escriben; que ya existen aún antes de redactarlos. El rol del escritor es el de simple traductor, el de mero intérprete de significaciones cabalísticas que se mantienen equilibradas entre el ingenio humano y la más ávida circunstancia. A saber, posiblemente lo que perviva sea la historia, la memoria de una experiencia, la huella de un acontecimiento que mueva al talento para describirlo y al compromiso para inmortalizarlo. Para eso no se necesita ser escritor profesional; sólo tirar el corazón sobre las cuartillas aún frías y escribir tras él: es la única forma de convertir lo particular en colectivo, lo circunstancial en universal. Algo parecido sucede — y quien lea esta propuesta no dejará que mienta— con el volumen Entre la muerte y la esperanza, de José Díaz Rodríguez.
Publicado por la Editorial de Ciencias Sociales dentro de su colección Testimonio en el año 2006, en un modesto cuadernillo de 78 páginas, papel gaceta y cubierta sugerente, el libro no demuestra por su apariencia su calibre. En esas páginas se esconde la tragedia de un hombre enfrentado a sus enemigos, sedientos de dolor y tortura, la evolución de una conciencia, los matices de una situación límite, los pliegues de la fortuna. Si fuéramos a describir, rápido y mal, la trama de este libro diríamos que es el testimonio de un clandestino que sufrió las penurias de las mazmorras de la policía batistiana. Con todo el universo significativo que esto implica, ya cada cual puede hacerse una idea de lo que encontrará.
No obstante, es más que el recuento ardoroso de una voluntad endurecida por la prueba de fuego, más que la psicología de un guerrero imbuido de valores de fidelidad y vergüenza, más que la descripción de un cautiverio voraz y desestabilizador, en el cual se amanecía cada día sin saber si era el último, escuchando los ruidos del mundo interior y los alaridos de los torturados; mucho más que el juego subjetivo entre dos contendientes. Este libro es el retablo de una época y, a lo mejor sin quererlo, traza el perfil de un tipo de literatura que por años denuncia desde su “ficción” los desmanes de torturadores y represores en las dictaduras militares que asolaron todo el continente latinoamericano en los últimos cincuenta años del pasado siglo XX. Por esa razón, antes de valorar la obra en sí misma, sería pertinente ahondar un poco en esa relación dialéctica que han tenido la Literatura y la Historia.
¿Se puede considerar a la Literatura, en su relación con la Historia, como una fuente capaz de ofrecer datos sobre una realidad social o sobre hechos históricos determinados? La Literatura, como mensaje, funciona, entre otros, con dos elementos esenciales: el emisor y el receptor. El primero, encarnado por el escritor, construye un discurso como resultado de una variedad de necesidades, que puede ir desde las particulares hasta las colectivas. Por lo tanto, este mensaje está tamizado por mecanismos psicológicos que, aunque se persiga, no pueden quedar totalmente distanciados. Un ejemplo de esto lo ofrece Georges Duby al destacar que la historia de las mentalidades “ha sabido conceder status histórico a un universo simbólico atravesado por los conflictos internos de la sociedad de la que emana. Los sistemas de representación son cada vez referidos al lugar del locutor”.[1]
Alrededor de todo esto está el receptor, pues la Literatura es un diálogo, una transmisión de criterios, sentimientos, estados de ánimo. El receptor desempeña el papel de sostén e inspiración de la obra. El hecho de escribir no es caótico, sino que se busca un público susceptible y, sobre todo, receptivo al mensaje que se está emitiendo. Como dijo el historiador francés Gérard Lanson “Los libros existen para los lectores…¿Quién lee y qué se lee? He ahí las dos cuestiones esenciales.[2] En este nivel de denotación, la psicología del autor se vincula con la del lector y se articula alrededor de algo conocido como entorno histórico-social, del cual la Literatura suele ser reflejo. Analizar una obra literaria desligándose del contexto histórico-social en que se produce resulta desatinado, pues siempre van a localizarse rasgos distintivos, por mínimos que sean. En ese sentido, el historiador argentino Enrique Anderson Imbert plantea:
Sería una historia que diera sentido a los momentos expresivos de ciertos hombres que se pudieron a escribir, a lo largo de siglos. En vez de abstraer por un lado las obras producidas y, por otro, las circunstancias en que se produjeron, tal historia las integraría dentro de la existencia concreta de los escritores. —Y más adelante subraya— Los hechos de la filología, la etnología, la sociología, la economía política entrarán en nuestra historia en la medida en que antes hayan entrado en la conciencia creadora de hombres que están contándonos sus experiencias (…) Ya se sabe que la historia es un todo continuo.[3]
Entonces, se pudiera considerar a la Literatura como un medio capaz de convertirse en representación auténtica de un momento histórico, a través del cúmulo de exigencias, esperanzas y objetivos que pululen en la psicología del autor, como reflejo de la psicología social. Para lograr productos literarios consecuentes con la realidad, sin referirnos a la tendencia política del escritor, ésta tiene que sufrir una reformulación, una reconstrucción que permita llevar al plano literario experiencias, testimonios, recuerdos que tienden a despertar una sensación, concientizar o simplemente, llegar a reflejar una época trascendente. Uno de los padres de esa “historia de las mentalidades” nucleado en el grupo Annales, Lucien Febvre, disertaba sobre este tema:
Una historia histórica de la literatura, en una época dada, en sus relaciones con la vida social de esta época…, se necesitaría para escribirla reconstruir el medio, preguntarse quién escribía y para qué, quién leía y para qué (…) La literatura constituye, pues, un instrumento eficaz para comprender la sensibilidad de otra época, pero no es más que un elemento de un puzzle mucho más complejo (…) Si la historia consigue asimilar a la literatura (…), puede aspirar a un futuro resplandeciente en el campo del conocimiento de la cultura.[4]
Si fuéramos a emitir algún tipo de conclusiones a este primer acercamiento al tema podríamos decir que, siguiendo la metodología y a partir de los objetivos trazados, estamos en condiciones de afirmar que, según las pruebas documentales y los incipientes análisis que hemos podido realizar, la literatura contemporánea, por su riqueza temática, por su calidad estética y por su compromiso con la historia, ha fungido como una fuente histórica auténtica en todas sus expresiones cronológicas.
Asimismo, se ha convertido en la expresión auténtica de la dinámica histórico-social, de la psicología de los autores y de los receptores acerca de en una coyuntura política de gran impacto social en el pasado y que todavía se mantiene en las generaciones actuales. La literatura, en dependencia de sus criterios de recepción y distribución, se ha erigido como el vehículo de mantenimiento de la memoria histórica como una estrategia de resistencia.
La relación entre Literatura e Historia ha sido controvertida por muchos años; sobre todo, por la jerarquización que favoreció a la primera por su antigüedad y descalificó a la segunda como una ciencia menor. Sin ánimo de resolver esa contradicción bizantina, pero sin derecho a eludirla por completo, intentaré acotar algunos elementos que las acercan más, por encima de criterios muy particularizados, movidos por visiones coyunturales que han convertido a una en la expresión de la otra.
La Literatura, en su red de categorizaciones, ha ido estableciendo pautas para reconocer el valor de la Historia, como concepto, sin incluirla del todo o “elevarla” a su nivel. En ese sentido, podemos encontrar en la teoría literaria términos como “narrativa histórica”, “testimonio”, “memorias” y otros que enarbolan como principal punto de inflexión la dicotomía entre ficción —para muchos herramienta consuetudinaria de la Literatura— y no ficción —aspecto exclusivo del cientificismo histórico en tanto la Historia estudia los hechos acaecidos en la realidad. La esencia ha sido al contradicción ficción y realidad, lo que nos haría preguntarnos qué es la “realidad” y cuanto le debe la “ficción”. Sobre esta cuerda versa la opinión de Renato Prada Oropeza:
(…) al parecer existen, es decir, circulan en nuestro universo cultural presente ciertos procedimientos verbales que —con todo lo convencionales que puedan ser como son los elementos de las instituciones culturales— llevan las marcas de “literarios” y que, dentro de una tradición socio-cultural ya casi tres veces milenaria, sirven para reconocer una serie indefinida de manifestaciones.[5]
Particularmente, pienso que en este caso, la reflexión debe ir alejada, de cualquier diferenciación y apuntar hacia la complementación. Para eso creo que lo más saludable sería definir, aunque sea de manera informativa, qué separa a la realidad histórica de la ficción literaria y hasta qué punto esa realidad, como entorno social y no como concepto, influye e la creación. En esto pueden ayudar losa citerior de Roberto Fernández Retamar, cuando dice:
Si es cierto que no hay literatura sin escritores, no es menos cierto que no hay literatura sin sociedad; que cada literatura supone una cierta forma de sociedad, la cual diseña el cuadro dentro del cual va a encontrarse, como sin saberlo, el escritor. En consecuencia, después de conceder, y conceder de veras, el respeto mayor al escritor, debemos reparar en todo lo que ese escritor debe a la realidad social. Tanto, que si no conocemos ésta, sencillamente no podemos entender la más personal obra literaria.[6]
Una definición epistemológica de ficción nos puede llevar, siempre de manera sospechosa, que es sólo la recreación de la realidad con objetivos artísticos, condicionados por la manifestación del arte que la utilice para su condensación. Es lo que se opone a lo “real”, en tanto construcción, es entendida entonces como manipulación de un hecho verificable o fuente de la imaginación creativa. No obstante, la ficción, en mayor o menor medida, siempre guarda relación con la “realidad”, pues en ella se basa y apoya para reconstruirla, presentarla con recursos y orientaciones provenientes de la voluntad del creador. La ficción es, muchas veces, la imagen de la realidad que tiene ese autor que, si bien posee su propia versión de los hechos, éstos constituyen una marca en su devenir y una necesidad de comunicación con sus semejantes. En este caso, la “realidad” puede estar recreada, pero no negada; incluso la redistribución de sus referencias puede responder a una condición ajena al autor, proveniente de la connotación del mismo hecho para él y para los receptores.
En este punto interviene la “condición de autor” o, en otras palabras, la “intención del autor”. Los formalistas rusos (Vladimir Propp, Victor Shlovski, B. Tomashevski) utilizaban dos términos que, de alguna manera, invitan a la diferenciación: el dato y lo construido, algo que, desde su estrecha relación con la lingüística, Tzvetan Todorov identifica como historia y discurso. Estos dos últimos términos vendrán a acercarse más a las propuestas de interpretación que propone esta tesis: el hecho en sí y la forma en que se refleja, con objetivos muy bien planteados hacia la conservación del recuerdo de esos hechos. Aunque el especto puramente lingüístico no es la esencia de nuestro trabajo, sí debemos tener en cuenta el aspecto semántico que, como señalaba Prada Oropeza, apunta hacia un recuso verbal que despeja el camino para entender la variabilidad del sistema literario, a partir de sus correlaciones con el sistema extraliterario —entiéndase aquí la realidad social— y la posición que asume el autor en ella. Yuri Tynianov concluye:
¿Cómo y en qué terrenos entra en correlación la vida social con la literatura? La vida social posee numerosos componentes con diversos aspectos, y sólo la función de estos aspectos es específica para ella. La vida social entra en correlación con la literatura ante todo por su aspecto verbal(…) Esta correlación entre la serie literaria y la serie social se establece a través de la actividad lingüística, la literatura cumple una función verbal con respecto a la vida social. Tenemos la palabra “orientación”. Aproximadamente significa: “intención creadora del autor”.[7]
Y es el mismo autor el que impresiona. José Díaz no es un escritor profesional, o no lo era, pues logra, a partir de la vivencia, transmitir de manera excelente la dinámica interna de su encierro, la guerra psicológica que establece con el jefe de sus torturadores y su antiguo condiscípulo de una de las escuelas cívico-militares fundadas por Fulgencio Batista. Y es la psicología lo que más se hace señalar en esta obra, pues es lo que logra mayor profundidad y aporta grandes cuotas en lo que a credibilidad se refiere. El personaje principal se encuentra ante varios conflictos, lo que aumenta la riqueza dramatúrgica de la obra. En primer lugar, mantenerse firme ante la tortura y no revelar la posición de su amigo y jefe, a la sazón, pieza esencial del M- 26-7 en la capital, el posteriormente comandante Faustino Pérez. Asimismo, derivada de la segura muerte por su posición digna, la nostalgia por su familia y, además, las condescendencias que gana de su antiguo condiscípulo, quien, a la postre, hace todo lo posible por preservarlo con vida.
Estaba solo, sin más aliciente que mi pensamiento, sin más consejero que la conciencia y esa se me tornaba vigilante y exigente: “tienes que morir sin claudicar, no puedes tener la más mínima expresión de debilidad”.
Yo no quería morir. Me asustaba dejar viuda a mi esposa y huérfanos a mis hijos; pero cuando estos pensamientos ocupaban mi mente en la soledad, la conciencia acudía en mi ayuda: “una mujer jamás sería feliz con un marido delator y los hijos vivirán la eterna vergüenza del padre débil; ningún amigo estrechará la mano de un traidor”.[8]
Desde el punto de vista literario, la descripción de la época se erige como documento vívido y palpable para un lector alejado en el tiempo, que gracias al autor puede aquilatar de manera casi fotográfica los rasgos de una sociedad y una idiosincrasia propia de un momento histórico tan convulso y lleno de símbolos de ruptura como los años de la dictadura batistiana. En un momento de la narración, Díaz dibuja a grandes rasgos el escenario de lo que será su calvario:
Las navidades habían sido tristes; el invierno hacía las noches frías. En las primeras horas de la madrugada, las calles quedaban casi desiertas. Parejas de enamorados prolongaban las caricias iniciadas, tal vez, en los pocos concurridos night clubs. Otros, pasados de tragos, exhibían lo escondido de la personalidad. El pueblo rechazaba la situación política que vivía el país, se retraía de las fiestas de fin de año. En lucha contra la tiranía ofrecía su sangre y su vida lo mejor de la ciudadanía.[9]
Si de descripción se trata, Díaz establece ese difícil equilibrio entre lo justo y lo pertinente en reseñar situaciones de alta carga emotiva. Con lo que logra conmover, pero no empalagar; logra incluir al lector en la trama como un personaje omnisciente, pero sin abrumarlo con imágenes excesivamente plásticas. Ese es otro de sus aciertos, por ejemplo, al dibujar el perfil del excondiscípulo, Marcel, construido como una persona de físico fortalecido y matices que irán variando y enriqueciéndose a lo largo de todo el libro. El lector cerciorarse de estos dos aspectos en momentos de la obra:
Los cinco esbirros avanzaron hacia mí. Crucé las piernas escondiendo entre ellas los genitales, me dejé caer hacia adelante articulando las rodillas hasta apoyarme en ellas; los brazos los puse de forma tal que toda la espalda quedó a merced de ellos. Una avalancha de golpes cayó sobre mí. Los cinco pegaban a la vez exhortados por Varela (…)[10]
En otro momento se nos retrata la figura de Marcel con soltura y sobriedad:
Manuel Marcel era unos años mayor que yo. Aunque entonces no se notara, en el colegio era evidente. Yo tendría catorce o quince años cuando él rebasaba los dieciocho. Lo recordaba como uno de los alumnos de más fuerte complexión. Él vivía orgulloso de su cuerpo atlético, que cultivaba con ejercicios apropiados.[11]
Es evidente que la esencia del libro radica en la particular relación de opuestos que se desarrolla entre el personaje principal y el jefe de los torturadores. Esa relación entre víctima/ victimario, revolucionario/ esbirro, bueno/ malo va diluyéndose mientras van aflorando los rasgos humanos que se traslucen, también, en el espíritu del torturador. Por ejemplo, la relación con sus hijos, que haya adoptado a un niño desvalido, la relación con la esposa. Es como una visión menos maniqueísta, aunque tampoco sacralizadora, de la figura del personaje negativo de la obra; rol que gana con holgura Varela, el subordinado, algo que se ve incluso al final, cuando es a Varela a quien ajustician y no a Marcel, a quien se le conmuta la pena de muerte. No obstante, las polémicas existenciales, ideológicas entre los dos personajes se vuelven interesantes para medir la perspectiva de su subjetividad:
- Los animales no toman chocolate ni comen sándwich. Los perros son golpeados por personas desalmadas.
- Ustedes sí tienen buenos sentimientos; por eso andan por ahí poniendo bombas. Ustedes los terroristas.
- En Cuba los únicos que apelan al terror para mantenerse en el poder son los batistianos.
- Y lo seguiremos haciendo –dijo Marcel. Y cuando terminó de cerrar las rejas, gritó: - ¡Batista es el hombre!
- ¡Que mató a Guiteras! – contesté con la cabeza debajo del periódico. Un instante después se apagó la luz.[12]
Mucho se podría hablar sobre un libro como éste, pero no por falta de espacio no se profundiza más en la historia de las mazmorras de las estaciones policiales, ni las tácticas de desinformación que utilizaban con las familias de los detenidos, tampoco en los orígenes de las escuelas cívico-militares, creadas por Batista con objetivos políticos y proselitistas, ni en las especificidades de la represión que se practicaba bajo aquel régimen de oprobio, como lo bautizó José Antonio Echeverría. Se deja solapado ese análisis porque este libro merece una lectura concienzuda y virgen, sin contaminaciones, por pequeñas que sean. Este libro merece un estudio a pequeña escala por parte de cada uno de sus lectores, no sólo para que se cercioren en lo necesario de buscar en lo más remoto de librerías y bibliotecas, sino para que puedan vivir a su manera la fina línea de sentidos que se traza, a veces, entre la muerte y la esperanza.
[1] Torres Fumero, Constantino (comp.) Historiografía contemporánea. Selección de Lecturas, Editorial Félix Varela, La Habana, Cuba, 2005, p. 481.
[2] Lanson, Gérard. “Programme d’études sur l’histoire provinciale de la vie littéraire en France”, en: Essais de méthode et d’histoire littéraire, Hachette, 1965, p. 83. Citado por Torres Fumero, Constantino (comp.) Historiografía contemporánea. Selección de Lecturas, Editorial Félix Varela, La Habana, Cuba, 2005, p. 463.
[3] Anderson Imbert, Enrique. Historia de la literatura hispanoamericana, Edición Revolucionaria, Instituto Cubano del Libro, La Habana, Cuba, 1972, pp. 7-8.
[4] Torres Fumero, Constantino: op.cit., pp. 463-464.
[5] Renato Prada Oropeza: “El estatuto semiótico del texto narrativo-literario. Preliminares a una tarea”, en: la Narratología hoy, selección y presentación de Renato Prada Oropeza, Editorial de Arte y Literatura, La Habana, 1989, pp. 57-58.
[6] Roberto Fernández Retamar: “Teoría (y práctica) de la literatura”, en: ibídem, p. 8.
[7] Yuri Tynianov: “De la evolución literaria”, en: ibídem, ,p. 59.
[9] Díaz Rodríguez, José: Entre la muerte y la esperanza, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 1.
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